Y por aquel desdichadísimo negocio, que le valió nueva sentencia del Senado, que consistió en tomar de la Tesorería de Cartagena $200 000 en onzas de oro, que a Venezuela tocaban en el repartimiento del empréstito agrícola de entonces, contada cada onza por $16, y entregar $200 000 en la Tesorería de Caracas, como si cada onza valiese $18. Hallan los hombres excusa a los actos censurables en la frecuencia con que estos acontecen, y en la impunidad en que queda el delito; de tal modo que llega a causar asombro que se llame al crimen, crimen,―por el hábito de verlo cometido. Créase una especie de honradez relativa, que no satisface a los espíritus viriles, pero atenúa y excusa la falta que durante su reinado se comete. Ni vale que no parezca delito legal el que es delito moral;―que si a la justicia ajena escapamos, no a la propia. Por esto, desde entonces,―y por el necesario alejamiento en que su carácter, temido de Bolívar, y sus enérgicas gestiones en daño de las ideas más caras de este, le tenían de aquella excelsa criatura, roída por el diente interior de su grandeza y por el agudo de los hombres,―no vuelven ya a notarse en obras ni en palabras en el Dr. Peña, aquella altivez sana y áspera fiereza con que dejó asombro en el Senado bogotano, para sacarlas luego mal heridas de la Tesorería de Cartagena
Contra la voluntad de sus secuaces alarmados y de sus émulos envidiosos, vuelve Bolívar a Venezuela alzada, poniendo silencio, con la extensión de su grandeza, a cuantas palabras intenten celebrársela, a pedir cuenta a la rebelde hija, de aquel sacudimiento y devaneo. Él, más fuerte que todos, fue más fuerte que las ansías de Páez y las iras de Peña. Ve en este carácter bravío, ambición defraudada, rencor que no ceja; mas gozaba su fúlgida mente, en la elevada del valenciano, desusado prestigio; y, aunque acusado Peña de émulos, y no reñido tal vez completamente―cuidando más de ser cauto político que irreprochable amigo―con sus malogrados propósitos, ni con el glorioso llanero que lo aseguraba, no parece que perdiera, a pesar de su prisión transitoria en Barquisimeto, la confianza de Bolívar, ni que él se la negara: pues sobre confesar en carta suya que tenía del Padre de Colombia misión, y la cumplía,―es el tono de sus cartas a él de servidor humildísimo y apasionado; y por venirle de Bolívar, que quería gallardamente redimirlo del cargo de las onzas, acata el nombramiento que le envía a la apartada Ocaña, como miembro de aquella Convención
[48]
precipitada para acallar las impaciencias de los venezolanos, y dar nueva y más sólida base a la unión de las secciones descontentas de la Gran República. Ni Peña sabía olvidar, ni Santander. En vano, con marcado esfuerzo, que llegó hasta invocar, en excusa de la falta de su diputado, faltas iguales y mayores de otros que ya tenían asiento en los estrados de Ocaña, escribió sus llameantes frases el Libertador, en la admisión de Peña muy viva y principalmente interesado. Con todas sus artes se revuelve Santander contra su temidísimo adversario, y lo echan―rechazado de la Convención, porque no debe entrar en ella hombre acusado de comercio impuro con los dineros nacionales,―a llorar, con impotentes iras, su inesperada y pública vergüenza, al Puerto Nacional de Cartagena, donde inútilmente espera que el crédito del Libertador le vuelva el suyo, y donde, abrumado al fin, piensa en esquivar el rostro ruboroso de la patria, que lo ve humillado.
Fortalece en Cartagena ánima y cuerpo, y vuelve de nuevo los ojos, que un instante tuvo fijos en Bolívar y en Ocaña, al ensayo del año 1826,
[49]
y a Páez. No dice a Bolívar, a quien en agosto felicita por el término súbito de la Gran Convención,
[50]
y asegura que por él y sus hazañas de paz, más difíciles que las de la guerra, vuelven a abrazarse venezolanos y granadinos,―cómo en julio, con la primera pluma que en tierra de Venezuela hubo en sus manos, escribió a Páez, en carta batalladora, que de grandes cambios era la época, por la que todos suspiraban, y de Páez la fuerza de mover aquella revolución unánime e indispensable que tenía consigo a los hombres que pensaban y a los que batallaban.
Ya, con la rara fuerza de acometimiento que debía a la naturaleza, a todo acude y prepáralo todo para la cercana resistencia, porque él tenía las capacidades de ir poniendo en orden los elementos mismos que airaba y encrespaba, la cual es dote grandísima en tiempos de revoluciones; ya, con fulmíneo arranque, pide a Bolívar que extermine a los malvados que a su vida atentan; ya, como para impedir a Bolívar que mancille su gloria, o para obligar a Páez a que se la respete, o para volver a ser él grande, halla en aquel suceso memorable, y en aquel amor de compañero que a tanto hermoso guía, y su ardiente sentimiento americano, el alto tono histórico que realza el manifiesto que suscribe Páez en 7 de febrero,
[51]
en encomio de las glorias del Libertador, que enumera y agrupa:―manifiesto que brilla y que batalla! No quería él, como tantos otros, celosos de glorias ajenas, o atormentados de no poseer el valor necesario para lograrlas, fundar, con exclusión de su sublime hijo, la independencia de la patria. Estremece y conmueve aquella página vibrante en que, por entre las pasiones de vulgar orden que empujaban la mente del diestro valenciano, asoma aquel elemento grandioso que le dio brío en la Sociedad Patriótica, y que se fue en mala hora mermando, con la común merma de los hombres y los tiempos. Que los que se conservaron a su natural altura, como los hombres no perdonan nunca a los que les son reconocidamente superiores, perecieron.―Ni en Temístocles, ni en Pisístrato, ni en César, ni en el astuto Napoleón, ni en el honrado Washington, halla alguno a Bolívar semejante.
[52]
En su paseo por la Historia, ha recogido los elementos útiles. Con su ojo penetrante reduce lo grandioso pasado a sus proporciones naturales; y como con igual seguridad ve lo que fue que lo que va siendo, compárales sin miedo, y unge grande al más grande. ¡Qué modo de decir aquel para acabar un admirable párrafo:―“Ha tenido que lidiar con los cielos y con la tierra; con los hombres y con las fieras; lo diré de una vez: con españoles y con anarquistas”!