CENTENARIO DE ANDRÉS BELLO [1]

Tengo delante de mí un cuaderno hermoso, de vastas páginas, de limpios márgenes, de clara letra.[2]—En eso se conoce el espíritu de los editores de libros: el de ánima ruin los imprimirá en letra pequeña, con borde estrecho, en líneas apretadas: el de ánima caballeresca y generosa será pródigo en el papel, como de beneficios, tenderá los pensamientos en páginas amplias, como sus propósitos, y dará a las ideas de poetas y letrados palacio, y no cárcel.—Este es el libro que el caballero Fausto Teodoro de Aldrey, director de La Opinión Nacional de Caracas, da en ofrenda a la América en el día centenario de Andrés Bello.

     Apenas lo hojeo, hallo nombres famosos. No sé qué tienen los ancianos fuertes que con mirarlos se alegra el alma, y cobra fe y pujanza; aún mantiene en alto la pluma batalladora don Antonio Leocadio Guzmán, que va a par de su tiempo, y, como movido de interna fuerza, perpetuamente se renueva.—Ahí Arístides Rojas, en quien el hábito de mirar los insectillos que manchan las rosas de su patio, o devoran las hojas de sus ricos libros, no ha hurtado a los ojos la fuerza de ver águilas. Ahí el señor Vicente Coronado, que dice que habla propias cosas justas. Ahí Eduardo Blanco, gallardo e impaciente como los históricos paladines. Ahí Tejera, de rima acicalada; Jugo Ramírez, que como manojo de fustas sacude sus enérgicas estrofas sobre la faz de los malvados o de los ignominiosos; Heraclio de la Guardia, cuyos versos no se arrastran por la tierra, como cansados peatones, sino que ostentan como escogidos guerreros, la armadura sonante y reluciente. Y hallo nombres de españoles preclaros, y que todos ellos dan fe de la verdad que uno de ellos, que es dramaturgo insigne, dijo por boca de un hermoso capitán en uno de sus dramas: “El que honra a los demás se honra a sí propio”.[3]

     ¡Cuán bien merece el poeta egregio el homenaje que le tributan agradecidas las letras, que él fundó, y la imprenta, que él enriqueció, en su patria! Ya me parece verle con su frente espaciosa, con sus ojos azules, con su cuerpo magro, con sus manos finas, hojeando a todas horas libros útiles, y haciéndolos, y mejorando los ajenos, y acompañándose de ellos, como de amigos tiernos y fieles, en la mesa, en el paseo, en el sueño. Ya le veo entrarse, como infantil Teócrito, por el fragante patio sembrado de naranjos y granados, y mirar con ternura las hojas amarillas, y alzar del suelo con piedad las flores mustias, o ensayar con recogimiento religioso, como de quien dice palabras divinas, aquella escena del Segismundo[4] de Calderón en que el hombre rebelde, desnudo de social arreo, se yergue, dislocado como corcel arrebatador, como río hinchado, ante los pálidos hombrecillos de la Corte;[5] o aquellas otras escenas discretísimas en que se manda que no haya burlas con el amor.[6] Ya lo alcanzo, sentado a la margen del risueño Anauco,[7] viendo correr al par, en el riachuelo el agua, y en el libro que lee los tiempos de la historia. Ya le oigo departir humildemente con su maestro Cristóbal de Quesada, y con el latín que aprendió de él, mejorado por su excelso juicio, vencer en las aulas animadas a condiscípulos y a dómines. Ya le miro, como quien doma águila, enseñar a Bolívar; y como quien oye a profeta, aprender de Humboldt; y le veo pasar del brazo del buen Ustáriz, con él como con todos bondadoso, y escucho las palmas regocijadas con que celebran sus amigos los sueltos y galanos versos con que los pasma y enajena. Y al elegir, de entre los grandes de América, los fundadores,— le elijo a él.

     Abre la rica ofrenda de La Opinión Nacional una página hermosa, en que el cariño va hermanado con el respeto, y la admiración con la ternura, y en que el tributo vale más por quien lo paga: y lucen en esta página arrogante, donde parece que ha ido la pluma como plegando manto majestuoso, aquella tersura y realeza de la buena lengua de otros tiempos, que se va perdiendo en estos, ya porque la prisa de vivir no da espacio al estudio, ni tiempo de sazón al pensamiento; ya porque entre la suma excesiva de brillantes patrones, andamos deslumbrados, y no damos con el bueno; ya porque ahora escribimos con la angustia sentada a nuestra mesa, y de un lado a Voltaire, y de otro a Goethe.

     Tras el homenaje de don Antonio Leocadio Guzmán pone el suyo, que parece haz de mieses doradas, Arístides Rojas. Corren los ojos contentos por sobre esas páginas dramáticas y abundosas. Diferénciase Rojas de los poetas en que la poesía se le escapa del ritmo. Lo que vuela, lo que palpita, lo que ilumina, está en su estilo. Encadena, porque enseña. No se nota en Arístides Rojas la labor del esfuerzo, el encarnizamiento de la idea que lucha por darse molde propio: desbórdase su lenguaje; y rueda fácil, ameno, coloreado. Ve de una vez muchas cosas y de una vez las dice. Si copia el mar azul, su estilo, como playa normanda, resplandece: si evoca caballeros vencidos, que van por sendas lóbregas sobre rocín cansado, el yelmo roto, la mano flaca, el rostro enjuto, la evocación parece cuadro, y no página. Ve lo que hace ver. Despierta, echa a andar, empuja, enaltece, despeña a sus personajes: toma a este: deja a aquel: los apareja. Presenta los sucesos como en ramas.[8] Tiene los caracteres de la naturaleza que pinta. Luego de haberlo leído, queda la impresión de un paseo brillante.—En este tributo a Bello, de un lado pone al sabio Viracocha, y de otro al creador Amalivaca; allá acumula las hazañas de San Martín, acá las de Bolívar; realza a Caracas, que meció la cuna y engalanó la fantasía del poeta, y a Chile, que le dio premio y sepulcro. Con inquietud febril, y animado desorden, pone en junto, al nacer el ilustre caraqueño, el mundo que se derrumba y el mundo que alborea; ve bullir a los caballeros hazañosos de la independencia; los canta y los consagra; estudia a Bello en el destierro triste, engendrador de fuerzas; acompáñale amante cuando dueño de ciencias y maestro de letras, va, camino de la gloria, a la apartada Chile.—Se va como por sobre alas, leyendo ese valioso tributo.

     El señor Vicente Coronado apunta, con juicio seguro y habla pulida, las magistrales bellezas del estilo y armazón poética de las odas de Andrés Bello. Es la frase de Coronado—bruñida y medulosa. Estudia, no rebusca, lo que dice. Su período es amplio y numeroso. Ve con ojos seguros y ahondadores. No es solo para él el poeta de Caracas bardo eximio y rimador perfecto, sino que le halla en el espíritu profundo aquellas innatas dotes de singular valía y rebelde genio que le llevaron a ser de colono humilde, maestro de Repúblicas; y de discípulo de adocenados enseñadores, señor y legislador de su majestuosa lengua.

     Eduardo Blanco encierra en espacio breve, cuadro bello. Ve al guerrero que pasa, triunfante y asolador; y al poeta que llora sobre las ruinas, como evocando las sombras de los infortunados que las poblaron; y como rogando a las piedras derruidas que se animen a su voz, y se junten de nuevo, y vuelvan a ser casa y palacio! El canto del poeta, como paloma blanca, se cierne sobre la guerra.

     Tiene don José María de Rojas merecido bien de Venezuela, por la lealtad filial con que mueve a los extraños al reconocimiento y alabanza de los patrios méritos. Y envía de España al caballero Aldrey atentas cartas, amorosas frases y versos de prohombres, escritos en honor de aquel que fue en su tiempo el más erudito hablista y el más profundo pensador de la tierra en que se hablaba lengua castellana. Escribe don Manuel Tamayo carta cordial y culta, en honra del celebrado, al solícito Rojas: salúdale con atenta frase Cánovas: dirígele galana misiva don Pedro Alarcón, que une a la fiereza gótica en el pensar, tales donaires y centelleos en el decir que perece su estilo, como los palacios de Granada, obra de artífice árabe, realzada de mosaicos de colores, y de calados y trasparentes ajimeces. Don Aureliano Fernández Guerra, que es máximo prosista, y ánima benévola, habla de Bello cariñosamente en carta agraciada como suya, y cual su carácter, risueña y abierta. Y don Manuel del Palacio, poeta hábil, ofrece a la memoria del poeta de la América un elegantísimo soneto.

     Cierran rimas valiosas este libro que abrió prosa selecta: a una vez cantan Heraclio Guardia, Felipe Tejera, Diego Jugo. Son siempre de fina labor y esmerado remate las rimas de Tejera, y esta gracia en el ajuste y mérito artístico realzan el entusiasta efecto con que en castizas décimas celebra el bardo joven al que ha dado en América con la pureza de su vida y la belleza inmaculada de sus estrofas, ley y ejemplo a los bardos.

     En Colombia van aparejados el fervor americano y la excelencia literaria, y a Colombia, que ha celebrado con un certamen de bellas letras el centenario del poeta de Caracas, envió Jugo Ramírez la levantada y valerosa poesía a que La Opinión Nacional da casa en su libro. La musa de Jugo es austera. Ha hecho de su pluma, no látigo de satírico, sino espada de caballero. Vésele en sus versos, como si con mano nerviosa e impaciente señalara a los pueblos el porvenir honrado, y como si a su corazón fuesen enderezadas las armas que desata la malicia humana. Le place la virtud, y le enoja lo que oscurece o vilipendia. Ve los tiempos futuros en que ha de embotarse en la pluma que crea, la espada que mata; ve, en lira felicísima, trocarse a la turba revuelta en la muchedumbre atenta y útil, y llamar con grandes voces de trabajo a la roca, el surco, a la entraña del monte. Ve cómo, ayudada de las artes, se salva la tierra. Vuelve los ojos a nuestra América maravillosa. Alaba, en versos esmerados, aquel amor del sosiego y aquel deleitoso lenguaje del pacífico Virgilio de los americanos.[9] La calumnia mordió a Bello, y flagela a la calumnia. Y ruega al poeta, con enérgica plegaria, que de nuevo taña la lira, y mueva a paz y a concordia a los pueblos que con su desacuerdo y su rudeza ofenden sus manes. Por honrada y artística merece loa especial la obra de Jugo.

     ¿Y estos versos de Heraclio de la Guardia, que ponen broche al elegante libro? Parecen amoldados en copa áurea y sonora. Hay como brillo de estrellas, y como aire tibio y aromado en esos versos melodiosos. A no menor homenaje tenía derecho el que puso la razón a la par de la imaginación, y a ambas mantuvo en desusada altura; el que dio canto a la naturaleza de América, y leyes a sus hijos; el que halló en el viejo hogar de la colonia una lira de alambres resonantes, colgada de azucenas de los valles, y de cándidas ofrendas de pastores. Y de tales bardos y de tales encomiadores merecía ir acompañado el publicador de este libro memorable que, como prueba de sí mismo, y prenda de su excepcional largueza y respeto a lo glorioso, ha salido a honrar a unos de los padres de los americanos, y ha recabado para sí la gloria que tributa.

José Martí

Nueva York, 23 de diciembre de 1881.

 La Opinión Nacional, Caracas, 6 de enero de 1882.
[Mf. en CEM]

Tomado de José Martí: Obras completas. Edición crítica, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2009, t. 8, pp. 133-137.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] Andrés Bello nació el 29 de noviembre de 1781.

[2] El homenaje de La Opinión Nacional en el centenario de Andrés Bello.

[3] La frase aparece en Locura de amor, drama histórico de Manuel Tamayo y Baus, en cuya escena VII, el capitán don Álvar dice: “Saldré de Burgos dentro de tres días, sufriré mi destierro. No pediré a Gonzalo de Córdoba un salario por lo que en su pro he dicho a Vuestra Alteza, que harto, honrando a quien lo merece, se honra uno a sí propio”.

Nota: Ya antes de la crónica escrita para La Opinión Nacional, de Caracas, Martí había hecho una admirable síntesis: “Honrar, honra”. Véanse, al respecto, los artículos “A La Colonia Española”, en la Revista Universal, México, 8 de septiembre de 1876 (OCEC, t. 1, p. 282) y “Don Miguel Peña”, en el primer número de La Revista Venezolana, Caracas, 1ro de julio de 1881 (OCEC, t. 8, p. 59). (N. del E. del sitio web).

[4] Alusión a escenas de la segunda jornada de La vida es sueño.

[5] Se refiere a las escenas tercera y décima de la jornada segunda, de La vida es sueño.

[6] Se refiere a las escenas decimocuarta a decimosexta de la jornada segunda y a la décima de la jornada tercera de La vida es sueño.

[7] Río de Venezuela.

[8] Nótese la similitud con el estilo literario de Martí, en estas dos cartas a Manuel Mercado:

“Por poca que sea mi vanidad, que me confieso con gusto que no es mucha, llegan a desesperarme de veras los errores esenciales e imperdonables con que aparecen mis cartas, a tal punto que los párrafos que, impresos con cuidado, fijarían tal vez la atención por el cuidado de su pensamiento, resultan, por el cambio de una o más palabras capitales, una jerga ininteligible. Esto me apena más porque, como yo escribo lo que veo, y lo veo todo con sus adjuntos, antecedentes y ramazones, cuanto escribo resulta fácilmente enmarañado y confuso, si no me respeta el caballero cajista las palabras que puedan parecerle nuevas, y la puntuación propia que enriquece y realza los pensamientos”. (“Carta a Manuel Mercado”, Nueva York, 20 de octubre de 1887, OCEC, t. 27, p. 162). (Las cursivas son del E. del sitio web).

“Ya por la carta de los anarquistas [“La muerte de los anarquistas”] vi el cuidado que V. quiere tomarse en que las sinuosidades de mi estilo, inevitables por la ramazón en que me ocurre el pensamiento, resulten claras, como creo que pueden, con una atenta corrección”. (“Carta a Manuel Mercado”, [Nueva York, 14 de febrero de 1888], OCEC, t. 28, p. 226).

[9] En la crónica “Un viaje a Venezuela” escrita “para alguna publicación estadounidense por José Martí, a su regreso de Venezuela a Nueva York, en agosto de 1881, y antes de la implantación de la llamada Constitución suiza en febrero de 1882” (OCEC, t. 13, p. 138), Martí escribió: “Andrés Bello, un Virgilio”. Véase en OCEC, t. 13, p. 143. (N. del E. del sitio web).