El verdadero progreso nace siempre de un
corazón abierto al otro, de una inteligencia
dispuesta a escuchar, de una voluntad que
busca lo que une más que lo que separa.
Papa León xiv
(Magnifica humanitas, n. 15).
I. Preludio
Justo esta semana, el 25 de mayo de 2026, la Oficina de Prensa de la Santa Sede distribuyó el texto de Magnifica humanitas. Quienes lo hemos devorado en dos días o menos percibimos de inmediato que no estamos ante un documento más del magisterio pontificio. Había algo en el íncipit, en esa contraposición entre la torre de Babel y la reconstrucción de la ciudad de Jerusalén, que resonaba con la fuerza de los grandes textos fundacionales. Magnifica humanitas es a la revolución digital lo que Rerum Novarum fue a la revolución industrial, lo que por demás fue el propósito del papa desde la misma elección de su nombre pontificio. Late, sin embargo, una diferencia. León xiii tardó trece años de pontificado en publicar su encíclica social; León xiv lo ha hecho a poco más de un año de su elección, como si intuyera que el tiempo apremia y que la Iglesia no puede darse el lujo de la lentitud cuando los algoritmos ya están reconfigurando el alma de las nuevas generaciones.
El subtítulo, «Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial», ya delata la operación conceptual que el Papa ha llevado a cabo. No se trata de un documento sobre la IA, sino sobre la persona humana en el tiempo de la IA. El desplazamiento es sutil pero decisivo. El centro es lo que la tecnología amenaza con hacer olvidar. El Pontífice ha comprendido que el problema de la IA y de toda la revolución tecnológica, más que científico o técnico, es antropológico. Por eso, antes de proponer regulaciones o códigos éticos, León xiv se detiene en lo fundamental: ¿qué es eso que llamamos «dignidad humana» y por qué ninguna máquina podrá jamás agotarla?
II. Un eslabón en la cadena
No es casualidad que León xiv haya fechado la encíclica el 15 de mayo de 2026, exactamente 135 años después de que León xiii firmara Rerum Novarum el 15 de mayo de 1891. La fecha es un guiño deliberado, una declaración de intenciones. Así como aquella encíclica respondió a la «cuestión obrera» de la Revolución Industrial, esta responde a la «cuestión algorítmica» de nuestra época. Pero hay algo más. León xiii fue el primer Papa que se atrevió a señalar que la Iglesia tenía algo que decir sobre el orden social, más allá de la salvación individual de las almas. Frente a quienes le objetaban que «la Iglesia no debía desperdiciar energías en cuestiones mundanas», respondió con realismo que el anuncio del Evangelio no puede olvidar la vida concreta de los pueblos.
León xiv recoge ese gesto y lo actualiza. Si en 1891 los «nuevos asuntos» eran la relación entre capital y trabajo, hoy son la relación entre algoritmo y persona. El Papa Francisco ya había dado pasos importantes en esta dirección. Laudato si’ (2015) denunció el «paradigma tecnocrático» que reduce el mundo a objeto de dominio, y Fratelli tutti (2020) propuso la fraternidad universal como antídoto a la globalización de la indiferencia. León xiv sistematiza esas intuiciones y las aplica al campo específico de la inteligencia artificial, pero sin perder de vista el horizonte más amplio. La tecnología es una dimensión de la crisis ecológica, social y espiritual contemporánea.
Uno de los aciertos más notables del documento es su tratamiento de la Doctrina Social de la Iglesia como un «pensamiento dinámico fiel al Evangelio». León xiv rechaza explícitamente la tentación del «manual», esa tendencia a convertir la DSI en un catálogo de normas aplicables mecánicamente, y propone en su lugar una «teología de la comunión en la historia». La expresión es densa y merece ser desentrañada.
«En la historia» significa que esa comunión se vive dentro de las coordenadas concretas de cada época. Por eso la DSI debe hacerse cargo de las res novae —las «cosas nuevas»— que cada generación trae consigo. La novedad de nuestro tiempo es que la tecnología ha dejado de ser un instrumento externo para convertirse en un ambiente en el que vivimos y respiramos. La IA es, cada vez más, el suelo epistémico sobre el que se construyen nuestras decisiones, nuestros deseos, nuestras relaciones. La DSI, para ser fiel a su vocación, debe aprender a leer ese suelo.
III. Tres tesis centrales
La primera gran tesis de Magnifica Humanitas es que la tecnología no es moralmente neutra. Esta afirmación choca con el sentido común tecnocientífico dominante, según el cual las herramientas son meros instrumentos cuyo valor depende del uso que se haga de ellas. «Guns don’t kill people, people kill people», repite el lobby armamentístico. «La IA no es buena ni mala, depende de cómo se use», repiten los ejecutivos de Silicon Valley.
León xiv desmonta este argumento con precisión filosófica: «Todo artefacto técnico lleva consigo decisiones y prioridades: lo que mide, lo que ignora, lo que optimiza y el modo en que clasifica personas y situaciones» (n. 104). Un sistema de IA que selecciona candidatos para un puesto de trabajo ya incorpora una teoría de lo que es un «buen candidato»; un algoritmo de crédito ya contiene un juicio sobre quién es «digno de confianza»; una plataforma de noticias ya materializa una decisión sobre qué tipo de contenido «merece ser visto». No hay neutralidad porque no hay diseño sin valores.
Este argumento tiene antecedentes ilustres en la filosofía de la tecnología. El filósofo estadounidense Langdon Winner acuñó en los años ochenta el concepto de «política incorporada» (embedded politics) para referirse a cómo los artefactos técnicos pueden tener consecuencias políticas inherentes a su diseño. Heidegger, medio siglo antes, había señalado que la esencia de la tecnología no es algo técnico, sino una forma de «desocultamiento» que reduce el mundo a «fondo disponible».
León xiv se inscribe en esta tradición, pero la radicaliza al vincularla con la Doctrina Social. La no neutralidad es, antes que un dato ontológico, una exigencia ética. Si la tecnología lleva inscritos valores, entonces quienes la diseñan tienen una responsabilidad moral que no puede ser delegada en el «mercado» o en la «innovación».
La segunda tesis es aún más provocadora. La concentración del poder tecnológico en pocas manos genera una forma de dominio epistémico que amenaza la democracia. El argumento es el siguiente. Las plataformas digitales venden, además de productos y servicios, atención y persuasión. Sus algoritmos están diseñados para maximizar el tiempo de conexión, y el modo más eficaz de lograrlo es alimentar las emociones intensas como la indignación, el miedo, la polarización. El resultado es un ecosistema informativo en el que la verdad deja de ser relevante y triunfa lo que genera más clics.
Pero hay algo peor. Quienes controlan las plataformas no solo amplifican ciertos contenidos; también moldean el imaginario colectivo, es decir, el repertorio de imágenes, narrativas y deseos con los que las personas interpretan su vida y el mundo. «Quienes disponen de poderosos recursos técnicos y económicos —escribe el Papa— tienen una gran capacidad para provocar cambios culturales y, en última instancia, para convencer a un número significativo de personas acerca de cuál es la verdad sobre el ser humano, sobre el mundo, sobre el sentido de la existencia, sobre la familia, e incluso sobre Dios» (n. 133).
Aquí la encíclica toca un nervio sensible, el poder cultural de las tecnológicas. Se trata de que están redefiniendo silenciosamente lo que significa el ser humano. El filtro de belleza que estandariza los rostros, el asistente de voz que educa en la cortesía algorítmica, el sistema de recomendación que decide qué merece nuestra atención; todo ello constituye una pedagogía invisible que forma hábitos, moldea sensibilidades y configura subjetividades.
El diagnóstico del Papa converge con el de pensadores como Byung-Chul Han, para quien la sociedad del rendimiento y la transparencia somete a nuevas formas de dominación. Lo notable es que León xiv no se limita a denunciar; propone una respuesta concreta. Propone una «ecología de la comunicación» que incluya regulación transparente, periodismo serio, educación crítica y fortalecimiento de los cuerpos intermedios (n. 137).
La tercera tesis central es una crítica articulada al transhumanismo y al posthumanismo. El Papa distingue entre ambas corrientes. La primera más centrada en la «mejora» humana mediante tecnología, la segunda más radical en su disolución de la distinción humano-máquina. Las considera, sin embargo, igualmente problemáticas por su común rechazo del límite como constitutivo de lo humano.
El argumento merece atención, porque no se limita a una condena de manual. León xiv reconoce que «en las promesas del transhumanismo y de algunas corrientes posthumanistas […] reconocemos un deseo que nos interpela: la necesidad de una vida más plena, menos expuesta a la fragilidad y al sufrimiento» (n. 232). No demoniza, sino que escucha. Pero luego introduce una paradoja radical donde la verdadera exaltación está, más que en eliminar el límite, en habitarlo desde el amor.
Esta perspectiva tiene implicaciones éticas directas para el debate sobre la «mejora humana». Si la fragilidad es la condición que posibilita la compasión, el cuidado, la solidaridad, entonces cualquier proyecto que prometa «liberarnos» de ella se enfrenta a un interrogante moral insoslayable: ¿qué se pierde cuando se elimina lo que nos hace vulnerables?
El filósofo alemán Rudolf Eucken, premio Nobel de literatura en 1908, ya había señalado en su filosofía del espiritualismo activo que el peligro de la época técnica es la reducción del hombre a un «eslabón funcional» en un proceso que lo excede. León xiv actualiza esa intuición al contexto de la IA. Cuando el límite desaparece como categoría valorada, también desaparece la posibilidad de la gratuidad, del perdón, de la esperanza que no se apoya en certezas técnicas. Un algoritmo no puede perdonar porque el perdón supone reconocer la falta y decidir no obstante amar; una máquina no puede esperar porque la esperanza supone una apertura hacia un futuro que no se puede calcular.
IV. Necesidad, oportunidad y silencios
No temo exagerar al sostener que Magnifica Humanitas es, junto con la Laudato si’ de Francisco, el documento más importante del magisterio social del siglo xxi. Su grandeza reside, en mi opinión, en tres virtudes.
Primera, la necesidad. La IA y la llamada «Cuarta Revolución Industrial» ya están aquí, ya están reconfigurando la economía, la política, la cultura, la psicología individual. La Iglesia no podía seguir mirando hacia otro lado o limitándose a declaraciones genéricas sobre la «ética tecnológica». Se necesitaba un documento de la altura y la densidad de una encíclica para situar el debate en el lugar que le corresponde.
Segunda, la oportunidad. León xiv ha publicado su encíclica en un momento en que el debate sobre la IA aún está en formación, antes de que los intereses creados hayan fijado posiciones inamovibles. En los próximos años veremos una cascada de regulaciones nacionales e internacionales sobre IA. La encíclica llega a tiempo para influir en ese proceso normativo, ofreciendo criterios éticos que trascienden las lógicas de mercado y los intereses geopolíticos.
Tercera, la accesibilidad. El documento está escrito en un lenguaje que, sin renunciar a la precisión técnica, resulta comprensible para un público amplio. Las metáforas de Babel y Jerusalén, el recurso a Nehemías como figura del constructor responsable, el énfasis en la «magnífica humanidad» como don que custodiar; todo ello hace que la encíclica sea legible más allá de los círculos especializados. Esto no es un detalle menor. Un documento que aspira a influir en la conversación pública debe ser capaz de hablar a todos.
Ahora bien, la encíclica se centra en la IA y la revolución digital, pero el campo de la «tecnología emergente» es más amplio. Me refiero en particular a la biotecnología y a la ingeniería genética, cuyo desarrollo avanza a un ritmo comparable al de la IA, y plantea cuestiones igualmente radicales para la dignidad humana. La encíclica toca la bioética en varios puntos. Habla del respeto a la vida humana (n. 55) y de la ecología integral (n. 43). Pero el tratamiento es marginal, casi tangencial.
Esto es paradójico, porque la biotecnología también tiene que ver con la «custodia de la persona humana»; es más, la IA está incidiendo notablemente en su desarrollo y potencialidades. La edición genética de embriones (CRISPR), la clonación terapéutica, la selección de embriones por características genéticas, la gestación subrogada, el diagnóstico genético preimplantatorio; todas estas técnicas, al igual que la IA, plantean el riesgo de tratar al ser humano como un objeto de diseño. Y, al igual que la IA, están impulsadas por actores privados con intereses económicos y escasa supervisión democrática.
La pregunta que la encíclica deja sin responder es, ¿por qué este silencio relativo? Una hipótesis es de alcance; el Papa ha querido concentrarse en un solo frente, el digital, para no diluir el mensaje. Otra, quizás más plausible, es que la bioética ya ha sido ampliamente tratada por sus predecesores (Juan Pablo II en Evangelium vitae, Benedicto xvi en Caritas in veritate, Francisco en Laudato si’), mientras que la IA era un territorio magisterial virgen. Sea como fuere, se echa de menos una aplicación más sistemática de los principios de la DSI a las tecnologías biomédicas y su relación con la IA.
Otra observación atañe a la factibilidad de muchas propuestas. La encíclica es generosa en exhortaciones (v.gr. «desarmar la IA», «hacer discutible y refutable el algoritmo», «gestionar los datos como bienes comunes»), pero escueta en estrategias de implementación. ¿Cómo se «desarma» una tecnología que ya está incrustada en miles de procesos cotidianos? ¿Qué institución internacional tendría la autoridad para declarar los datos como «bien común» frente a la resistencia de las grandes corporaciones?
La Doctrina Social tiene una función deontológica, como es señalar el horizonte hacia el que debemos caminar, aunque el camino sea largo y la meta inalcanzable a corto plazo. León xiv es consciente de ello cuando escribe que «no basta invocar genéricamente la ética; se necesitan marcos jurídicos adecuados, vigilancia independiente, educación de los usuarios, una política que no renuncie a su tarea» (n. 106). Sabe que la exhortación moral debe traducirse en instituciones.
Pero, aun así, el optimismo del documento a ratos desentona con la asimetría de poder que él mismo denuncia. Las grandes tecnológicas tienen recursos financieros superiores a los de muchos Estados, equipos legales que redactan las normas que luego cumplen, y una capacidad de lobby que distorsiona cualquier intento regulatorio. Decir que «es necesario establecer reglas compartidas» es verdadero pero insuficiente. La cuestión es, ¿cómo se construye poder democrático para contrapesar el poder tecnológico? La encíclica no ofrece una respuesta, quizás porque esa respuesta compete a al ámbito civil y no al eclesial. Pero, aquí también, te asalta la sensación de que el análisis del problema es más agudo que el de las soluciones.
V. Una civilización del amor en tiempos de algoritmo
Al final del recorrido, la encíclica nos devuelve a su punto de partida: la «magnífica humanidad» que Dios ha creado. La expresión es bellísima. Magnifica humanitas es el objeto de la custodia. El Papa nos invita a maravillarnos nuevamente de lo que somos, unos seres capaces de amar, de perdonar, de esperar, de dar la vida por los demás. Ningún algoritmo podrá jamás replicar esa capacidad, porque no es una función que se pueda programar, sino un don que se puede recibir y ofrecer.
Esta apuesta por lo humano es el núcleo teológico del documento. Frente al transhumanismo que promete la inmortalidad técnica, León xiv recuerda que la auténtica vida es un don gratuito que no se puede fabricar. Frente al posthumanismo que disuelve la persona en flujos de información, recuerda que cada ser humano es único e irrepetible. Frente a la cultura del descarte que trata a los débiles como residuos, recuerda que la fragilidad no es un defecto, es una oportunidad para el amor.
La imagen de Nehemías que atraviesa el documento es un programa sociológico. Nehemías no construye una torre para llegar al cielo, edifica una ciudad para proteger a su pueblo. La humanidad no debe aspirar a dominar el mundo ni a imponer una verdad subjetiva; su realización está en proteger a los más vulnerables, a reconstruir los lazos rotos, a ofrecer un espacio de acogida y cuidado.
Termino con una experiencia personal. Cuando leí el párrafo 110, ese en el que el Papa dice que «desarmar la IA significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística» y «romper la equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar», recordé las palabras del filósofo francés Jacques Ellul, que ya en los años cincuenta advertía contra la «técnica» como fenómeno autónomo que escapa al control humano. Ellul era pesimista; León xiv no.
El Papa cree que la tecnología puede ser domesticada, orientada, puesta al servicio de la persona. ¿Es ingenuo? Quizás. Pero la esperanza, esa virtud que no se confunde con el optimismo, no es ingenua. Es la certeza de que el bien es más fuerte que el mal, aunque a menudo se manifieste en la pequeñez de un grano de mostaza. Magnifica humanitas es, en el fondo, un acto de esperanza. Y en tiempos de incertidumbre algorítmica, la esperanza es quizás lo más revolucionario que podemos practicar.

