El arte de la permanencia

En este momento estás viendo El arte de la permanencia

Hay frases que son más que sentencias; son diagnósticos. «Cambiarlo todo para que todo siga igual». Atribuida al espíritu de una isla, la máxima siciliana encontró en Il Gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa su manifestación más perfecta, y en la película de Luchino Visconti, su más deslumbrante puesta en escena. Pero, como toda gran literatura, su significado trasciende el tiempo y el espacio. Es una leyenda local que se convirtió en clave para descifrar la mecánica de ciertos procesos históricos donde la máscara del cambio oculta el rostro inalterable del poder.

     Visconti, como Lampedusa, nos muestra el poder en su ocaso. La belleza de Il Gatopardo es mortuoria. La luz del atardecer sobre los jardines de Donnafugata, el polvo en los salones, la decadencia como categoría estética. El príncipe Salina es solo un testigo. Su grandeza reside en la contemplación. Es un astrónomo de su propio naufragio.

     Frente a los discursos triunfalistas del progreso, Lampedusa nos ofrece la certeza de la erosión. El poder se defiende con la paciencia de la piedra que el agua moldea. La novela es un tratado sobre el tiempo, sobre cómo las estructuras no se derrumban por el asalto exterior, se disuelven en el interior, cambiando de nombre para seguir siendo las mismas. El príncipe ve venir la unificación de Italia como una oportunidad para que su clase se recicle. La aristocracia se posa sobre los nuevos uniformes.

     Aquí reside la primera gran lección. No hay mayor acto de conservación que asumir la retórica del cambio. La transformación se convierte en un traje nuevo para un viejo cuerpo. La película, con su languidez visual, convierte este proceso en una elegía. El espectador asiste a un desfile de máscaras.

     El corazón político de la novela late en el matrimonio entre Tancredi y Angélica. Él, sobrino del Príncipe, cínico y ambicioso, encarna al nuevo poder que se sirve de las viejas formas. Ella, hija de un rico terrateniente burgués, representa la nueva riqueza que busca el lustre del título nobiliario. Su unión no es amor, es la fórmula perfecta de la permeabilidad. El dinero se casa con la sangre, y el resultado es una nueva casta que es, a la vez, antigua y moderna.

     Tancredi es el portavoz del «cambiar todo para que todo siga igual». Es un pragmático. Entiende que la forma de no ser barrido por la marea es surfear su cresta. La novela y la película nos obligan a preguntarnos: ¿quién cambia realmente? ¿El ciudadano pobre que sigue sin comida? ¿El nuevo rico que accede a los salones de gobierno? ¿La antigua casta convertida en empresariado? O solo se reconfigura la cúpula, se amplía el círculo de los privilegiados para desactivar la amenaza de los excluidos.

     El baile final de la película es paradigmático. La cámara se mueve por el salón entre los cuerpos que giran. Es un vals de la confusión; no se distingue al nuevo empresario del viejo gobernante. El polvo del tiempo los iguala y los confunde. La celebración es, en realidad, el rito de iniciación de un nuevo orden que es una fotocopia del anterior. Es una coreografía donde la música cambia, pero los pasos y el propósito son los mismos.

     Una mirada superficial suele leer la obra como una defensa de la aristocracia frente al populacho. Es un error. Lampedusa es más complejo. Su cinismo es tan profundo que abarca a todos los bandos. Nos muestra que la diferencia entre el viejo inmovilismo y el nuevo aperturismo es, a menudo, una cuestión de vocabulario, no de esencia.

     Don Fabrizio no es un héroe porque no cree en nada, ni siquiera en su propia clase. Sabe que su mundo se acaba y, sin embargo, lo observa sin nostalgia activa. Su sabiduría radica en saber que la muerte de su clase es el precio de la aparente continuidad de los actores que la escenifican. La ópera de la vida sigue su curso mientras el coro cambia de disfraz.

     ¿Qué es ese «todo» que permanece? No es un conjunto de leyes o una constitución. Es un ethos. Es la relación vertical entre los hombres, la jerarquía incuestionable, la distancia entre el que manda y el que obedece. El gatopardo no referencia a un animal, constituye un sistema de vasallaje. Cambian los nombres de los cargos, cambian las relaciones económicas, pero no la estructura de su influencia. Cambia la ideología, pero no la lógica del privilegio.

     Cuando el Príncipe rechaza ser senador es un acto de lucidez. Sabe que aceptar sería someterse a las reglas del nuevo juego, y él es demasiado orgulloso para fingir. Pero su rechazo no cambia nada; su clase seguirá jugando, y él se convierte en un espectador privilegiado, un fantasma en su propio palacio. Su «no» es el «sí» más absoluto a la continuidad de la farsa.

     La verdadera transición, la que sí cambiaría las raíces del ethos, sería aquella que altera las relaciones humanas en su núcleo. Pero esa es la que nunca llega, porque los que tienen el poder de cambiar las formas son los mismos que necesitan mantener su estatus. La obra nos muestra, con una lucidez apabullante, que la principal tarea de un poder que se siente amenazado es absorber, reciclar; invitar a su antiguo enemigo a la mesa para que, al comer juntos, ambos se olviden de que la mesa sigue siendo la misma.

     Así, la lectura de Il Gatopardo se convierte en un ejercicio de arqueología del presente. Su mensaje desde aquella Sicilia perdida, es un espejo para toda sociedad que ensaya el gesto de la mudanza mientras ancla sus cimientos en la roca vieja. Cambiar el paisaje para no moverse de él. Alterar la melodía para no tocar la partitura. La historia no avanza, se pliega sobre sí misma. Y el gatopardo, que parecía morir en la novela, resulta ser una bestia inmortal. Solo cambia de piel. Pero, ¿y si la bestia, esta vez, encontrara un cazador que no se deje engañar por el disfraz?