EL JUICIO DE MARTÍ SOBRE ZENEA
...continuación 2...
No me diga que le enojo con demandas,—que lo único que voy a pedirle, como quien da a un bardo caballero empleo digno de sus altos mereceres,—es que, en son de victoria, me acompañe a Andrés Clemente Vázquez, a quien no he podido avisar que escribo a Vd., a obtener en algún diario de México, en El Diario del Hogar acaso, un puesto de corresponsal en New York sobre cosas interesantes a las damas—modas, divertimientos sociales, novedades de teatro, reseñas de dramas, extractos de novelas nuevas,—para una de las más cumplidas criaturas que hablan lengua española,—la Srita. Piedad Zenea, hija del poeta Juan Clemente. La elevación de su espíritu la saca, por buen número de codos, de la servidumbre a que sin ella la condenaría su rara hermosura;—y a los ojos de Vd., uno de los pocos poetas que hacen llorar en lengua de Castilla, se recomienda de suyo mujer que vale tanto,—que vive, joven y bella, de su propia labor,—y que es hija del que horas antes de morir veía dibujarse ante sus ojos, en las sombras del calabozo, las cumbres de los montes mexicanos,—y les mandaba el alma.[13]
Estas sencillas líneas bastan —qué alivio— para que volvamos a encontrarnos con la modesta y encantadora familia del “Nocturno” de Zenea, que fue la obsesión de sus últimos poemas. Y también habrá que excusar a Martí —por no conocer el proceso— que el 3 de agosto de 1888, en crónica titulada “Por la bahía de Nueva York”, vuelva a referirse a “la ‘hermosura cubana’ como llama el Herald a Piedad Zenea, ‘La Golondrina’, que escribe a los diarios cartas tan animadas y correctas, la hija del poeta, que, al desnudarse el pecho para que se lo llenasen de balas los soldados españoles, ¡prometió a sus amigos salir del sepulcro a dar gracias a los que fuesen buenos para su mujer y ‘para la niña’”![14] Solo él —y que inmenso honor para Zenea— mereció esas gracias.
Hasta aquí, sin embargo, pudiera decirse que se trata de alusiones meramente emocionales, desprovistas de rigor histórico, dictadas por la benevolencia o la conmiseración hacia la huérfana del poeta. Esto sería un error. Nunca puso Martí ninguna virtud por encima de la justicia. Maestro de las frases incidentales, en las que tantas veces expresó lo más agudo de su pensamiento, le sobraban recursos para ser riguroso sin dejar de ser benévolo o cortés. En cuanto a las cosas fundamentales de la patria, no vaciló nunca en censurar públicamente las conductas o actitudes que estimó negativas, como se demuestra, por ejemplo, en su juicio acerca del libro de Ramón Roa A pie y descalzo.[15] Por eso llama especialmente la atención que en Patria, el 11 de mayo de 1894, en pleno hervor de la campaña revolucionaria, con motivo de la muerte de la viuda de Zenea que en nada había desmerecido ante los ojos de Martí, hablara no solo del “genio sobrio y fino” del poeta, sino también de su “altivez”. Pero veamos completo el párrafo que le dedica a su viuda en la nota titulada “Tres madres” (las otras son las de Sotero Figueroa y Enrique Messonier), como un escudo contra las malignidades que aún después de muerta, como a su esposo, le perseguirían:
De la altivez del padre y su genio sobrio y fino, y de la cubana que vivió siempre enamorada de su patria y de su hija, siempre fiel al cadáver ensangrentado del esposo, nació, como gracia y honra de su tierra la que hoy, en tierra de España, se queda en el mundo sin más compañía que la de su talento y su virtud: ha muerto en Málaga, la tierra amiga del poeta que escribió El diario de un mártir,[16] la madre de Piedad Zenea. A todo corazón movía a respeto aquel viaje triunfante por la vida, a menudo fatal al mérito y a la belleza, de las dos mujeres inseparables,—la madre y la hija. Los peligros mismos de la cultura, que en verdad los tiene para toda alma briosa y superior, y la lucha ardua por el trabajo independiente, las hallaban siempre con las manos unidas, sonriendo, y fuertes contra todo. La buena madre ha muerto. No está sola, sino rodeada de respeto, la buena hija.[17]
Qué cargada de significación, como el párrafo todo en cada una de sus salvadoras palabras, nos suena esa frase que en una lectura rápida puede pasar inadvertida: “fuertes contra todo”. No es difícil imaginar a lo que alude, cuando se piensa en el desgarramiento y la soledad en que vivieron la madre y la hija, luchando juntas, no solo contra el desamparo y la pobreza, sino, además, y, sobre todo, contra la hostilidad y el deshonor de que se vieron cercadas.
No podía faltar, en el artículo dedicado a Azcárate, único autonomista a quien Martí respetó y quiso, amigo común de ambos en etapas sucesivas de sus vidas, la referencia a Zenea, que ya aquí tiene la precisión política y semántica de esas frases incidentales o aparentemente ocasionales a que antes aludimos. En ese artículo, en efecto, publicado en Patria el 14 de julio de 1894, se lee este párrafo pictórico de minuciosa justicia:
De lo saliente de su vida, no hay cubano que no sepa: de sus brillantes estudios, de sus altivas defensas, de su indignado y magnífico abolicionismo, de su confianza y laboriosidad inútiles en la Junta de Información en Madrid, de sus servicios grandes y burlados―en bolsa e inteligencia e influjo―a la democracia española, de la misión de España que paró en la muerte alevosa de Juan Clemente Zenea; de su censurable vuelta a Cuba, durante los años sagrados de la revolución, por la mar misma que se rompe contra la fortaleza donde le asesinaron al amigo, del destierro con que España ingrata recordó al incauto cubano que jamás se amó bajo ella impunemente en América la libertad, de su trabajo fecundo de periodista y de letrado en México, del calor e indulgencia con que a su vuelta a la Habana congregó a todo el pensamiento del país en el Liceo de Guanabacoa, sofocado a poco en sus manos por la Capitanía General, del cariño literario y continua nobleza de sus años últimos, que vinieron a ser en lo político, por soberbia postrera y dolorosa, como el tibio aunque leal acomodo del remate de su existencia al error que se la había consumido y estancado.[18]
Lo subrayado en estas líneas pone de relieve que Martí no identificaba el error vitalicio de Azcárate, consistente en creer que el destino político de Cuba no podía ni debía desligarse de España, en cuya capacidad para rectificar sus errores, dejar atrás sus crímenes y conceder una autonomía digna y satisfactoria, no perdió nunca la fe, y el error coyuntural de Zenea, separatista de toda la vida, consistente en creer que la guerra iniciada el 10 de octubre de 1868, de la que fue militante partidario y a la que intentó sumarse como combatiente, por el divisionismo desatado en la emigración y las pugnas crecientes entre el Ejecutivo y la Cámara (fenómenos ambos que para él procedían en gran medida de la funesta personalidad del general Manuel de Quesada), se estaba precipitando, hacia finales de 1870, en el descrédito y el fracaso. Fue la coincidencia en un punto crítico de ambos errores la que llevó a Zenea, mediante Azcárate, el más honorable de los mediadores que tuvo la Metrópoli en toda su historia, a involucrarse en esa “misión de España” de la que no fue el enviado oficial e incondicional, sino el agente libre y dispuesto a contribuir con sus propios criterios y a servir a la Revolución, aunque solo fuese como portador de una correspondencia altamente confidencial. Cada palabra de Martí, cuando de juicios políticos y estéticos se trata, tiene la precisión de un valor exacto en un cálculo matemático. No dice, por ello, que Zenea fue el emisario destinado a cumplir, como único objetivo, “la misión de España” representada por Azcárate, sino que esta misión, en la que Zenea por coincidencia ocasional y con fines propios, voluntaria e individualmente se implicara, “paró”, fue a parar, como tiro perdido que dio en un blanco no previsto, como único fruto deplorable de aquella misión inútil, “en la muerte alevosa” del poeta. Y es significativo que le censure a Azcárate su “vuelta a Cuba, durante los años sagrados de la revolución”, mientras ni en esta ni en ninguna de sus otras referencias a Zenea, le censura su viaje al campamento de Céspedes.
Si la anterior lectura contextual —única aconsejable en tan delicado asunto— parece exagerada o discutible, bastará completarla con el juicio definitivo de Martí sobre Zenea, aparecido en la sección “En casa”, en Patria, el 8 de diciembre de 1894,[19] en la apretada y sustantiva nota escrita con motivo de la boda de Piedad Zenea con Emilio Bobadilla,[20] léase cuidadosamente el párrafo en cuestión, y lo que de él subrayamos:
Ya tiene noble compañero para el camino del mundo, siempre áspero a quien esquiva de sus tentaciones el talento y la virtud, la ideal criatura, a la vez candorosa y enérgica, que dejó sin padre, en la tierra cruel, la alevosía de España. Ya, rodeada de amigos, de Piñeyro y Albarrán, de Solar y Goyeneche, de lo más valioso de nuestra gente en París, unió su vida Piedad Zenea a la del cubano famoso por el desembarazo de su pensamiento y el arte de su estilo: a Emilio Bobadilla. De ternura y lucha y soledad callada y de rudo trabajo, ha sido la vida de la hija del poeta, en quien la menor dote es la de su beldad perfecta e imperiosa. Ella, al lado de la triste viuda, ganaba con su trabajo, duro a la edad de los encantos, el techo y la mesa: ella, deslumbradora en el salón, era de día la penosa maestra: ella acaso, al cerrar la puerta al mundo, lloraba a solas. Por sí no había de llorar la huérfana valiente, sino la madre, a quien, de cuatro balazos en el muro, dejó sin compañero la nación que le usó a mansalva el deseo de sacar con decoro de la derrota a la patria que creía vencida: por el padre había de llorar, que la amó tanto y la cantó en sus días de muerte en versos de augusta serenidad, donde no halla quien sabe de almas, una sola voz de confusión o remordimiento. […] A la casa nueva de París envían flores de amistad cuantos, en el hospedaje de su corazón, guardan los versos de Juan Clemente Zenea, nunca tan bellos como cuando, con la frente a las rejas de su calabozo, veía, pensando en su mujer y en su hija, la pared a que lo habían de respaldar, para morir, las balas españolas.[21]
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[13] Referencia al poema VI escrito por Zenea en prisión en 1871, reunido posteriormente con otros y publicado por Enrique Piñeyro bajo el título Diario de un mártir.
[14] JM: “Por la bahía de Nueva York”, La Nación, Buenos Aires, 19 de septiembre de 1888, OC, t. 12, p. 24.
[15] Véase el estudio de Luis Toledo Sande sobre este tema, “‘A pie, y llegaremos’. Sobre la polémica Martí-(Roa)-Collazo”, Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1986, no. 9, pp. 141-212. Consúltese también “La carta de Collazo” de Fina García Marruz, El amor como energía revolucionaria en José Martí, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2004.
[16] Diario de un mártir, publicado póstumamente por Enrique Piñeyro en 1871.
[17] JM: “Tres madres”, “En casa”, Patria, Nueva York, 11 de mayo de 1894, no. 111, p. 3; OC, t. 5, p. 28.
[18] “Azcárate”, ob. cit., pp. 1-2. (OC, t. 4, p. 473). (Las cursivas son de CV).
[19] JM: “Piedad Zenea y Emilio Bobadilla”, “En casa”, Patria, Nueva York, 8 de diciembre de 1894, no. 140, p. 3; OC, t. 5, p. 456.
[20] Emilio Bobadilla y Lunar (1862-1921).
[21] Véase, al respecto, la crónica de Martí, “Por la bahía de Nueva York”, publicada en La Nación, de Buenos Aires, el 19 de septiembre de 1888, OC, t. 12, p. 24.

