Fina García Marruz y el instante en que la forma se vuelve luz

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"La Transfiguración". Duccio. Galería Nacional, Londres.

Jesús camina con Pedro, con Jacobo, con Juan, grabados en la luz próxima e inmemorial;

traspasado traspasa el paño de la angustia e impulsa los vitrales;

hasta ahora Él les había mostrado sus palabras, pero ahora les ha de entregar también su silencio;

hasta ahora ellos han conocido su compañía, pero ahora les ha de entregar también su soledad;

he aquí que ya Él no es más un maestro dorado en la luminosa tristeza de las palabras;

por primera vez ejercita un acto que le es totalmente propio;

pero entonces ha visto a Pedro y a Jacobo y a Juan tan pequeños y pobres, y los ha llevado al Monte.

Fina García Marruz

(Transfiguración de Jesús en el monte)

     I.

La poesía religiosa de Fina se diferencia de la tradición hispánica (de San Juan de la Cruz a Juan Ramón Jiménez) por un rasgo decisivo, la ausencia de éxtasis psicológico. No hay en ella la «subida mística»; hay, en cambio, una inmanencia fracturada. Lo sagrado invade en la opacidad de lo cotidiano.

     «Transfiguración de Jesús en el monte» rompe incluso esa pauta. Aquí lo divino se manifiesta como luz excesiva, invirtiendo la tradición iconográfica. Frente a los cuadros de Rafael o Fra Angélico, donde los discípulos contemplan arrobados, Fina introduce el temblor, el miedo y, sobre todo, la corrección de Jesús a la luz.

     Esta corrección es el gesto teológico y estético más original. La gloria no debe anonadar porque los versos son una advertencia sobre el precio de la visión.

     II.

     El poema abre con cuatro frases encabezadas por «En tanto que» (anáfora acumulativa), que describen el mundo bajo del Monte. Jerusalén como escenario de controversias, prescripciones, olores «simples y brutales», una «tiznada intimidad» que se pega «como un manto muy usado». La sintaxis es deliberadamente pesada. Subordinaciones, gerundios, yuxtaposiciones que producen una intensidad estática.

     Hay avance cronológico, hay espesor etnográfico. Fina construye un fondo que es fenomenológico más que histórico. El mundo de la Ley, de la costumbre, de la virtud como «abstención justa». Ese mundo es descrito con una mezcla de precisión antropológica y ternura seca («ojos rápidos y diminutos» de los animales ofrecidos).

     La anáfora es una técnica de demora. El poema se resiste a llegar al monte. Cuando por fin irrumpe («he aquí que Jesús ha tomado de la mano»), el narrador ya nos ha preparado para una paradoja. La Transfiguración no será un corte abrupto, será el desgarrarse del mismo paño.

     La prueba textual está en la imagen recurrente del «paño gastado» que aparece dos veces; primero en las calles («el mismo paño gastado y minucioso»), luego como «paño de la angustia» que Jesús «traspasa». El milagro es así la transustanciación del tejido viejo.

      El poema evita la solución fácil de lo sublime romántico (lo infinito irrumpiendo en lo finito). En su lugar, propone una sublimación materialista. La gloria se vuelve luz que «penetra el cuerpo real de su pensamiento secreto». Hay una intensificación tal que el cuerpo se vuelve «totalmente exterior». El narrador, en tercera persona pero con una voz que a menudo se permite el plural («oh, difícilmente podríamos comprenderlo»), opera como un testigo lírico que accede al asombro ante la visión de otros.

     III.

     La obra realiza una operación semiótica inversa a la lírica mística tradicional. San Juan de la Cruz busca «la noche oscura» para vaciar el alma y permitir la unión. Fina, en cambio, parte de la intimidad como problema.

     En la segunda estrofa, la intimidad es descrita como «tiznada», «sabida hasta la dulzura y la angustia». Esa intimidad que es la conciencia propia, el fuero interno, la psicología, es también el obstáculo. Jesús, en el monte, «rehusa la intimidad y se echa totalmente fuera de sí mismo». La Transfiguración es, entonces, un acto de extrañamiento radical donde ser «totalmente exterior como la luz».

     El poema así concibe la interioridad como resto de la Ley. La intimidad es el espacio donde se negocia la virtud, la culpa, la memoria. Es la prisión de la «discusión de que ya conocemos todas las partes». Al volverse exterior, Jesús expande su subjetividad hasta hacerse nombre. Y el nombre, en la tradición bíblica, es la potencia de convocatoria. De ahí la sorprendente secuencia final: «la moneda salta en la fuente como la infancia o las cuarenta y dos generaciones desde Abraham hasta ese día».

     No se trata de una imagen decorativa. La moneda pequeña, cotidiana, intercambiable es lo que el niño «arroja indolentemente» tras la visión. La indolencia es la pérdida de la razón instrumental. El gesto de arrojar la moneda sustituye a la «abstención justa» (la virtud farisaica) por un acto gratuito. La fuente, que es el agua, el bautismo, la memoria, recibe la moneda y la convierte en infancia, en ese estado anterior a la Ley, pero también anterior a la intimidad posesiva.

     IV.

     Uno de los logros más notables del poema es la diferenciación de las respuestas de Pedro, Jacobo y Juan. No son tres testigos intercambiables: «Pedro ve a Moisés, y Jacobo ve a Elías, y Juan ha visto a Cristo». La distinción es teológicamente precisa. Pedro ve la Ley (Moisés), Jacobo la profecía (Elías), Juan la persona misma del Verbo.

     Pero Fina añade una capa psicológica que no es psicologista. Pedro tiembla desde «los cabellos contados» (cfr. Mateo 10,30), Jacobo tiembla por la «muchedumbre de pecados de su pueblo», y Juan, el discípulo amado, «siente pena de Dios por su Alegría indecible». Pena de Dios, fórmula audaz, casi blasfema si no fuera porque la tradición mística, desde Eckhart hasta San Juan de Ávila, conoce la compassio divina como reverso de la gloria. Juan quisiera recostar a Dios contra su pecho, invirtiendo el gesto de la Última Cena, pero tiembla. El temblor es la respuesta estética adecuada ante lo que excede la capacidad de la forma.

     Este pasaje resuelve un problema clásico de la poesía religiosa. ¿Cómo representar lo inefable sin caer en la tautología? La solución de Fina es representar los efectos sobre los testigos evitando el patetismo.

     Los efectos son físicos (temblor de cabellos, ojos atónitos, párpados cerrados); también son gnoseológicos, Juan ha visto a Cristo, no una apariencia. La visión es real, su consecuencia es una indolencia activa, es la capacidad de dejar caer la moneda.

     V.

     El momento más original del poema, aquel que justifica considerarlo un clímax de la poesía religiosa cubana, es la corrección: «pero Jesús la corrige suavemente porque ha vuelto a sentir lástima de su privilegio de heridas». La luz transfiguradora, que es el Padre manifestado, amenaza con anonadar a los discípulos.

     Jesús modera «el rayo de luz viva y el Horno subidísimo de su dicha». Este oxímoron acumula calor extremo y gozo inmanente. Lo decisivo es el verbo «corregir». La corrección es un acto pedagógico. Jesús corrige a la luz misma, es decir, al Padre. Esto es teológicamente atrevido. El Hijo modera la manifestación del Padre para preservar a los testigos.

     Literariamente, sin embargo, es genial porque introduce un principio de economía estética. La obra de arte religiosa debe dejar ver justo lo que un ojo humano puede soportar sin destruirse. Ese principio es el fundamento de la valoración crítica. La «Transfiguración» de Fina no es un poema exitoso porque conmueva o edifique, sino porque resuelve una contradicción estructural. ¿Cómo presentar la gloria sin caer en el kitsch (la tarjeta postal religiosa) ni en el hermetismo vacío?

     La solución es la modulación. La luz se vuelve nube (reverso de la nube del Sinaí), y la nube cubre sin aplastar. Jesús dice «no temáis», y eso es la palabra justa que permite que el temblor se convierta en reconocimiento: «sienten que dentro de su corazón alguien los ha llamado misteriosamente por su nombre».

     VI.

     Después pasa a la enumeración de las «catorce generaciones desde Abraham hasta David», luego hasta la Transmigración, luego hasta José. Es una cita directa de la genealogía de Jesús en el primer capítulo del Evangelio según San Mateo. Está, sin embargo, despojada aquí de su función cronológica.

     En el poema, se les pide a estas generaciones: «álcense y regocíjense porque en este instante una multitud se estrella en la boca del salmista como espuma». La genealogía, que es tiempo sucesivo, se pliega en el instante de la Transfiguración. Es la afirmación de que la gloria densifica el tiempo sin anularlo. Cada generación es una espuma que golpea la boca del que canta.

     La imagen es de una precisión sorprendente. La espuma es el residuo del oleaje, lo que sobra y también lo que brilla un instante antes de deshacerse. Así, la historia de salvación se vuelve material acústico.

     La cita más hermosa y problemática es la última: «como la infancia que acuña nuestro Rostro allí donde no puede ser despertado». El Rostro en plural incluye al lector, pero el rostro es el de Cristo, o quizá el del Padre, o quizá el del hombre transfigurado. «Donde no puede ser despertado», alude tal vez al lugar de la infancia, el origen, la inocencia, también a la muerte antes de la memoria. Es un sueño del que no se despierta porque no se ha entrado.

     El poema termina sin clausura, en una frase suspendida. El verso queda abierto como la fuente que recibe la moneda. Ese final no resuelve, es la marca formal de que la Transfiguración es una herida en el lenguaje.

     VII.

     En «Transfiguración de Jesús en el monte» cada recurso formal (anáfora, cambio de ritmo, uso del plural narrativo, corrección del clímax) está al servicio de una tesis teológica traducida en lenguaje. La tesis de que la gloria solo puede manifestarse como desposesión de la intimidad y como economía de la mirada. El poema es original incluso dentro de la obra de Fina. Aquí la cotidianidad no es «lo humilde donde Dios se esconde», sino la tensión máxima entre el exceso de luz y la fragilidad del testigo.

     El poema evita así los dos defectos mayores de la poesía religiosa contemporánea. Tanto el sentimentalismo devoto como el hermetismo abstracto son ajenos a estos versos. Pide fe y también atención a la forma. Y la forma ofrece una lección para la teoría literaria, que la representación de lo absoluto requiere una sintaxis capaz de demorarse y una imagen capaz de corregirse a sí misma.

     Jesús corrige la luz. Ese es el gesto estético fundamental. En ese monte de palabras, la poesía cubana alcanzó una de sus cumbres más extrañas y más serenas