LA VIRGEN DE LA CARIDAD DEL COBRE
A cabo de concluir la lectura de esta obra,[1] apasionante, legado inconcluso e inédito de Don Fernando.[2] La compilación, prólogo y notas a pie de página se deben a José Antonio Matos Arévalos, a quien deseo ponderar por su encomiable labor de exégesis al interpretar el pensamiento del sabio.
Palidece cualquier intento de exaltar su sabiduría y magisterio, pues Ortiz logró que su entorno tuviera el perfil renacentista del universo. Gracias al azar, que hace concurrir admirables talentos, se convirtió en el sucesor legítimo de esa constelación de grandes humanistas que fueron trazando el misterioso camino, siempre ascendente, de la forja de la nación cubana: los presbíteros José Agustín Caballero y Félix Varela, así como José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero, Domingo del Monte, José María Heredia, Gertrudis Gómez de Avellaneda, José Martí… Ellos marcaron resueltamente nuestra vocación y destino.
A Miguel Barnet, uno de sus más brillantes discípulos, le rogué que me procurase una copia de aquel retrato que captaba —por un instante— el reflejo de mi propia memoria: el recuerdo de cuando visité a Don Fernando en su bella casa de El Vedado, diseñada en la más pura inspiración griega.
Al trasponer el umbral, sorprendía la imponente acumulación de objetos; en verdad no eran otra cosa que materiales de estudio que podía tocar y volver a reconocer, una y otra vez. Había instrumentos musicales extraños, antiguos atavíos de los danzantes cabildos afrocubanos, infinitud de collares, cascabeles, hachas ceremoniales …
Fue particular privilegio aproximarme a su biblioteca, a las cajas de las fichas y anotaciones —razón tiene Matos Arévalos para afirmar que “no dejó nada oculto, nada por descubrir, y sí por estudiar”—, para finalmente llegar ante el sabio, inclinados sobre su escritorio, donde apenas había un espacio vacío. La época juvenil había quedado atrás; actuaba como si le faltase tiempo. Pero mantenía esa cualidad de trabajar con virtuosismo y versatilidad prodigiosos.
Hacia 1929, comenzó Don Fernando su indagación sobre el poético misterio del hallazgo en 1628, en las cristalinas aguas de la bahía de Nipe, en el Oriente de Cuba, de la imagen de la Virgen de la Caridad, llamada luego del Cobre.
Su imaginación le había llevado a investigar el huracán, vocablo indígena que define esos fenómenos de la naturaleza en esta parte del mundo, relacionándolos con las espirales dibujadas por los aborígenes en la piedra de las cavernas. Asimismo, con igual interés, se dedicó a indagar en la devoción de aquella imagen cristiana que, en Cuba, se había aparecido precisamente durante una tormenta, además de explicar la singularidad de su representación iconográfica.
Comparando los manuscritos inéditos de Julián Josef Bravo[3] (siglo xvii) con los del también capellán Onofre de Fonseca, Ortiz trata de desentrañar los orígenes del culto mariano, que ya había abordado la meritoria historiadora norteamericana Irene Wright,[5] aunque ella subrayaba el referente estrictamente hispánico de esa tradición católica.
Más adelante, José Juan Arrom[6] y Leví Marrero[7] —entre otros— hallarían pruebas irrefutables en los archivos documentales que contribuirían a fundamentar el carácter testimonial de la presencia de María en aguas cubanas.
Ante tamaña certeza, prosiguieron no pocos debates que llegan hasta nuestros días, no solo por el hecho de que la Virgen de la Caridad del Cobre fuera proclamada Patrona de Cuba —el 10 de mayo de 1916— por el Papa Benedicto xvi,[8] sino porque devino genuinamente “símbolo de la cubanía”. Así lo refrenda en uno de sus libros[9] más recientes la historiadora Olga Portuondo, quien reconoce sus pesquisas en la papelería inédita de Don Femando.
Para el sabio, esa historia vendría enriquecida por el contexto etnológico y etnográfico en que españoles, indios, africanos y criollos se entremezclan hasta llegar a lo cubano —ya en la plenitud de la acepción del gentilicio—, a la par que los valores cristianos van desplazando a los elementos paganos o fantasiosos en la conformación de nuestra identidad.
Su certeza intuitiva sobre lo acontecido le permite acercarnos a los hechos que sucedieron durante los días y horas siguientes a la vivencia de los tres Juanes en trance de transculturación: dos indígenas y el negrito criollo (Juan Moreno), cuya longevidad le posibilitó dejar testimonio personal de la constatación del milagro.
Por último, la peregrinación que hacen los tres hombres al hato de Barajagua, y de allí —entre alabanzas y rumores— a las minas de Santiago del Prado, conocidas comúnmente como El Cobre.
En medio del huracán, misterio desafiante de la naturaleza, ha emergido la virgen morena, a semejanza de aquellas dispersas por Europa, particularmente España. Así fueron apareciendo los cultos marianos en otras tierras conquistadas de América, como manifestación autóctona que respondía a los enunciados de la pastoral católica. En el caso nuestro, tanto para los hombres de fe, como para quienes no la tienen, esa advocación forma parte del alma de Cuba.
Juana fue el nombre dado por Cristóbal Colón a la isla recién descubierta, como homenaje al príncipe infante Juan, de vida efímera. Pero ese nombre perviviría por un tiempo relativamente breve, para ser sustituido por el actual, primigenio, que el Almirante había escuchado en boca de los tripulantes de una canoa que se acercó a sus carabelas.
Puede decirse, sin temor, que la canoa de los tres Juanes —quienes se expresaban en castellano, y uno de los cuales podía leer la tablilla en que la imagen se identificaba a sí misma— era ya cabal representación de nuestra existencia insular, de los elementos étnicos y culturales que sustentan su porvenir. No fue, no es y no será una cuestión de raza; se trata de una profecía cultural: “la sangre nos llama, pero la cultura nos determina”.
Atrae poderosamente mi atención que casi en el epílogo de esta historia, en el año 1899, cuando el país estaba ocupado y penaba por la pérdida de su soñada independencia, un grupo de malhechores sustrajeron la imagen venerada, destrozándola virtualmente para robar sus sacros atributos.
Afirman que en la frente ostentaba un diamante resplandeciente como una estrella. Ante la indignación popular y el celo de la gente de la comarca, fueron hallados las joyas y metales preciosos, así como el pequeño busto de la antigua escultura, profanado y abandonado.
Restaurada la imagen y una vez restituida a su lugar original, ella ha sido —desde su imperturbable mirada— la señora de aquellas serranías, donde en 1927 se levantó su santuario. Allí, Nuestra Señora de la Caridad del Cobre lleva bordado en sus áureos vestidos el escudo de la nación cubana; sin embargo, al pie de su peana de plata, no está la canoa con los tres Juanes.
Quizás la explicación de ello sea que la isla entera es su canoa: un inmenso tronco de caoba, cedro, caguairán… en el que navegamos todos los cubanos gracias a su amparo virginal.
Honda. Revista de la Sociedad Cultural José Martí, La Habana, 2008, no. 24, pp. 72-73.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Fernando Ortiz: La Virgen de la Caridad del Cobre: Historia y etnografía, compilación, prólogo y notas de José A. Matos Arévalos, La Habana, Fundación Fernando Ortiz, 1998.
[2] Fernando Ortiz (1881-1969).
[3] Joseph Julián Bravo (¿-?).
[4] Véase Onofre de Fonseca: Historia de la aparición milagrosa de Ntra. Señora de la Caridad del Cobre, Imprenta Fraternal, 1840.
[5] Irene Aloha Wright (1879-1972).
[6] José Juan Arrom (1910-2007). Véase “La Virgen de la Caridad del Cobre: historia, leyenda y símbolo sincrético”, Certidumbre de América. Estudios de letras, folklore y cultura, 2da ed., 1971, pp. 184-214.
[7] Leví Marrero Artiles (1911-1995).
[8] Papa Benedicto xvi (1927-2022).
[9] Olga Portuondo Zúñiga: La Virgen de la Caridad del Cobre: símbolo de cubanía, Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 1996 y 2008.

