PARALELOS. LA PINTURA Y LA POESÍA EN CUBA
(SIGLOS XVIII Y XIX)
(Fragmentos)
En nuestra expresión lo mismo se pierde el rasguño de los primeros años que lo más rotundo y visible de lo inmediato. Lo mismo perdemos un anillo hecho por Darío Romano, nuestro primer platero en el siglo xvi, que se inutiliza por la humedad un baúl lleno de la letra de José Martí en el anteayer que viene sobre nosotros como una avalancha. […] Casi todo lo hemos perdido […] las pláticas sabatinas de Luz y Caballero; las cenizas de Heredia; […] alguna mancha de Plácido en el taller de Escobar; las pulseras, he visto una de hilos de seda que era un primor, y las peinetas de carey, de Plácido; una receta de manjar cubano hecho por Manzano; […] el recuerdo de alguna sobremesa de Martí con sus padres,[1] donde tiene que estar el secreto de su cepa hispánica y de su brisa criolla, que une como una suprema sabiduría la madre y el caudal del río; sabemos que Julián del Casal hizo aprendizaje y algunos intentos de pintar, nadie ha visto una de sus telas de aficionado; en el museo no hay un solo cuadro[2] de Juana Borrero, sus Negritos son para mí la única pintura genial del siglo xix nuestro. Todo lo hemos perdido, desconocemos qué es lo esencial cubano y vemos lo pasado como quien posee un diente, no de un monstruo o de un animal acariciado, sino de un fantasma para el que todavía no hemos invencionado la guadaña que le corte las piernas.
[…]
Julián del Casal entrega en la guardarropía su capuchón de naipe marcado y se dirige a la casa del pintor Collazo. Se acerca con delectación a uno de los lienzos. Sobre una alta silla de mimbre, dama con igual palidez que Rosita Aldama, sentada, nos parece, de espalda al paisaje. Voluptuosamente su mirada juega por la terraza, palmerales de jardinería cercanos al mar. En el centro un jarrón alza en triunfo un monstruosillo terrestre ansioso de caminar dentro del mar como el caracol: la piña con su cabellera de ondina tropical. Fuerza la mirada: ¿qué es lo que ve? Ya Casal está muerto, pero vuelve a mirar y entonces ve a Juana Borrero pocos días antes de su muerte. La ve que pinta con la misma sabiduría que cuando tenía doce años. Ahora puede precisar por qué Sanz Cartas[3] fue el primer maestro de la niña. Desfilan las miniaturas de Sanz, los cisnes que buscan la luz y los árboles donde por el entrecruzamiento de las hojas parece que la copa está llena de hadas y de mariposas. Las hadas no se ven porque viven en la luz y la luz forma unas embarcaciones y las barcas están llenas de hadas que van desembarcando en la copa de los árboles. Y la niña las va desmenuzando entre su pulgar y su índice. Son palabras, son colores, son los escarchados que se cruzan en aspas sobre la muerte.
La más disciplinada voluptuosidad inteligente debe detenerse en los Negritos, de Juana Borrero. Se dice que este cuadro fue pintado en el sur americano, así lleva desde su raíz esa lejanía que necesita el cubano para acercar. Pero percibimos que lo mismo esos negritos podrían ser los hijos del palafrenero del doctor Borrero, o reírse de los que pasan, en una calle por donde pasan muy pocas gentes, podrían ser también los hijos del farero del Cabo de la Tortugas. Pero no importa. La primera fascinación que evaporan es el mantener tanto tiempo su sonrisa frente al pincel. Han logrado una especie de continuo de la sonrisa. Para lograrlo, tienen que haberse tomado sus precauciones. La boca se ha endurecido con innegable socarronería infantil, ofreciendo como una resguardada bahía a la sonrisa maliciosa y reservada a la vez. Vemos como una sonrisa que descansa en el rabillo del lince. Al centro se le acerca alguien que no sabemos si es un amigo emparentado con los niños o el mismísimo demonio que viene a tentar divirtiéndose. Parece traer noticia de sorpresiva importancia o un simple aviso de retirada para un menester menor. Nos sobresaltamos un tanto, pues ese tentador o sencillo avisador, con la gorra cruzada, que parece que ha llegado corriendo y se ha detenido de pronto sin cansancio visible, nos recuerda al gran Meaulnes que llega sin avisar a la fiesta donde se le espera sin que él lo sepa. Pero su llegada que brota de una causalidad misteriosa, logra una adecuación de prodigio con la sonrisita que no se extingue, como una rima perfecta entre la gorra con la visera corrida hacia un lado de la cara y las piernas de los garzones. Las vivencias profundas que produce la contemplación de los Negritos, son semejantes a las que produce La Gioconda. No creáis que deliro. Lo que en un sitio cualquiera puede intentarse con el enigma de una dama renacentista aislada en un coro de rocas, puede intentarse también en otro con enigmáticos negritos sonrientes, donde el coro de rocas está reemplazado por la indescifrable arribada de otro negrito con la gorra cruzada. Yo no hablo de la falsa categoría de lo cualitativo alcanzado en un arte, sino de las vivencias profundas que produce en el espectador el reto de las instantáneas aglomeraciones de lo que es verdaderamente configurador en el hombre. Leonardo creó esa familia de la sonrisa que no se extingue, tan resistente como las rocas cubiertas por el incesante devenir del oleaje, pero esa familia tampoco se extingue y sigue innumerables rutas como el Arca de la Alianza que encalla en cualquier arenera. Y en esa familia está la sonrisa de nuestros negritos, conservada genialmente por Juana Borrero en el espejo del cuenco de su mano.
[…]
De pronto se oyen las reyertas de los reyes en la tienda maldita de Agamenón. Hay una página arrancada. Me detengo absorto ante ese vacío. Pero mi perplejo se puebla, allí están, uno tras otro, los tres negritos de Juana Borrero. La página arrancada ha servido de fondo a la sonrisa acumulativa e indescifrable del cubano.
Tomado de “Paralelos. La pintura y la poesía en Cuba (siglos XVIII y XIX)” (1966), La cantidad hechizada (1970), La Habana, Letras Cubanas, 2014 (edic. digital), pp. 190-192, 218-220 y 229-230, respectivamente.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Doña Leonor Pérez Cabrera y Don Mariano Martí Navarro
[2] En el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba se atesoran unas pocas piezas de Juana Borrero. Pilluelos —también conocido por Los negritos— y Las niñas son las dos principales obras que se exhiben allí. Para Rafael Almanza “son lo único auténtico y durable de la pintura cubana decimonónica”. (N. del E. del sitio web).
[3] Valentín Sanz Carta (1849-1898).

