ACERCA DE UNA MUCHACHA LLAMADA MARÍA

Hubo una vez una muchacha que vino de España a Cuba y tenía el pelo tan negro como sus ojos y los ojos tan resplandecientes como su apasionado corazón. Pues nada hay de muy extraordinario en tu historia, me interrumpe mi Infatigable Opositor, que no es otro sino yo mismo. Muchas de sus hermanas hicieron antes el viaje, o Cuba sería más pequeña aún. Cierto, respondo, mirándolo con helada indiferencia. Pero, verás, mi muchacha, es decir, la muchacha de mi historia, traía adentro de su menuda persona toda la inmensidad de España. Ahora sí has dicho algo de cierto interés, comenta el Otro, aunque debes demostrármelo o estimaré tu frase como una generalización alegórica de dudoso buen gusto. Pecas también de cursi, con esa jerga tuya de adolescente. Además, inmenso es lo que no se puede medir, y mal puede entonces caber en una muchacha como la descrita por ti. Un poco de sensatez, ¿no te parece? Y esboza una sonrisa donde según él se disimula una pincelada de extrema ironía.

     Lo contemplo con toda la poca calma aún a mi alcance. Si la hubiese visto y oído, digo, y subrayo de intento mis dos verbos, no pedirías más pruebas. A decir verdad, nunca percibí el brillo de tus gafitas cuando ella estaba presente. Anotemos a favor del Otro el silencio de ahora y los ojos vueltos a la ventana.

     Solíamos reunirnos en casa de Julián Orbón, continúo, a quien una vez llamé, a secas, el Músico.[1]  Hago una pausa destinada a permitirle apreciar, si puede, mi habilidad en el uso de tan arcaico recurso poético. Nunca faltaban José Lezama Lima, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Ángel Gaztelu,[2]  Bella,[3]  mi mujer, y yo mismo. Cuando venían a Cuba, nos acompañaban también Alejo Carpentier[4]  y Lilia,[5]  y de vez en cuando contábamos con Octavio Smith,[6]  el de purísimos silencios, y con Agustín Pi, lúcido de los pies al alma. Tangui,[7]  la esposa de Julián, cuidaba de nosotros, exquisita y vibrante. Toda una constelación de ingenios como habrá habido pocas en lo que va del siglo, ya ves, aunque entonces no nos percatáramos de ello. Solo uno era lego, a saber, este pobre diablo de mí a tu lado. Y aparto la vista con encomiable modestia para fijarla en un viejo aguafuerte de don Miguel de Cervantes, puesto en la pared de mi cuarto.

     En realidad, nos reuníamos en torno de la muchacha de mi historia, llamada María, prosigo a poco. Nombre de mujer bastante común, murmura el Otro. Lo observo piadosamente unos segundos. Cuando una mujer se llama María y es digna de su nombre, le asesto, uno tan solo habla de ella con reverencia y alabanza. Nuestra María era y es toda luz y fuego. Pero no creas, no, que tomaba entonces el aspecto de una Visitación Solemne. Aquí sonrío como quien paladea una imagen. Usaba para sus cigarrillos una larga boquilla de ébano. Jamás mujer alguna la habrá manejado con tanta elegancia y gracia. Hace poco volví a encontrarme con ella en Madrid —en el Madrid que siempre la acompañó como una aureola— y de nuevo estaba la boquilla entre sus finos dedos. Verla ir y venir sigue siendo una memorable delicia. Te creo, susurra el Otro. En esa última ocasión estaba yo presente, aunque fuese a escondidas. Por primera vez en muchos años lo miro un largo rato entre compasivo y melancólico.

     Nos reuníamos en torno a nuestra María, repito, solo por el placer de escucharla. Hasta el propio José Lezama Lima callaba para oírla. El Otro me echa de reojo una miradita incrédula, pero no se atreve a abrir la boca. Mi voz ha tomado ahora un timbre de autoridad irrefutable. Hasta yo me sorprendo.

     En el saloncillo donde nos reuníamos estaba el piano de Julián. De tiempo en tiempo, bien para ilustrar algún punto de la conversación, bien de puro gusto o porque se lo pedíamos, Julián se sentaba al piano y tocaba maravillas. El retablo de maese Pedro, por ejemplo, del también maestro don Manuel,[8]  o alguna cosa suya aún en trance de asomarse al mundo, o las canciones y romances de los Siglos de Oro, el primero y el de la generación de María. ¡Le vieras tú la cara a ella mientras escuchaba! Nadie ha sabido jamás escuchar de aquel modo.

     Solo hablas de escuchar y de oír, me interrumpe el Otro. Se rehace desde un leve rencor. Si hubiese otros sinónimos, sería la de nunca acabar. Va siendo hora de conocer algunas de las magnificencias salidas de los labios de tu magnífica María. Soy todo oídos, por seguirte la cuerda, si bien es una imagen repugnante a mis ojos por su crudo surrealismo. Imagíname sembrado de orejas de los pies a la cabeza. Y le da como un hipo de risitas tras el dorso de la mano.

     Me confieso estupefacto. Ha puesto el dedo en una antigua llaga. Sin duda me conoce como si fuera yo mismo. Tamborileo sobre el brazo de la butaca. Medito. Gano tiempo. Su condición de pequeño crítico amargado le impedirá entender mis sutilezas.

     Te dices un hombre culto, riposto al fin. Pues bien, ahí en esos libreros están las obras de nuestra María, por demás conocidas en el mundo entero, y no solo en español. Repásalas y no preguntes sandeces.

     ¡Ah, entonces la joven era escritora!, sonríe. Pero, tú lo sabes, me refiero a lo dicho por ella en tus famosas reuniones, no a textos, no a libros. Se trata de la palabra viva de una muchacha llamada María. Así lo planteaste tú desde el principio.

     Así es, desde luego. Sin quererlo, mis ojos se van al pasado. Allí está en el sofá de Julián, cruzadas las piernas, blanca la falda, negro el elegante chalequito escogido para hoy, en la mano su larga boquilla. Aguarda a que Lezama termine una vasta disertación para refutarlo con tanta lucidez como cariño. Lezama es su preferido, reflexionó con una punta de amargura, solo de punta, porque todos queremos a Lezama. Ella es española y está en La Habana, muy a gusto, lo sé, pero La Habana es España y no es España, y ahí se esconde el nudo de la angustia, que a veces le nubla los ojos. En España sus amigos de todos los días eran los dioses que admirábamos de lejos. Don José Ortega y Gasset,[9]  murmuro. Solo una imagen para nosotros, los jóvenes cubanos, los oscuros, los ocultos; pero ella estuvo junto a él, cara a cara, la mañana de un día y la tarde de otro en un posible siempre, el Maestro, él, y ella la joven Discípula. Sin embargo, conversa ahora con nosotros como con sus iguales, nos mira, nos ha visto. Somos.

     Somos su “Cuba secreta” de Orígenes, donde ella publicara los textos reunidos en este libro.[10] Nos permite editarlo, no lo olvidemos, como un homenaje a José Lezama Lima y su revista, porque ella sigue queriéndolo como si lo tuviese delante, y habla de él como si pudiera escucharla.[11]  Y sin duda es así, pues ella lo sabe casi todo. No recuerdo sus palabras de entonces, Dios me perdone, de tanto recordarla a ella, la muchacha de mi historia, nuestra María. Nuestra María Zambrano, en fin.

Eliseo Diego

Tomado de María Zambrano en Orígenes, México, Ediciones del Equilibrista, 1987, pp. VII-XI; La Gaceta de Cuba, La Habana, julio de 1989, p. 2; y Ensayos, selección y prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Ediciones Unión, 2006, pp. 197-199.

Poemas, artículos, ensayos y otros textos de Eliseo Diego o relacionados con él que pueden consultarse en Martí, el Maestro.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] Eliseo Diego: “Dedicatoria”, En la Calzada de Jesús del Monte, La Habana, Ediciones Orígenes, 1949, p. 7; Obra poética, compilación de Josefina de Diego, prólogo de Enrique Díaz, La Habana, Ediciones UNIÓN/Editorial Letras Cubanas, 2001, p. 18.

[2] Ángel Gaztelu Gorriti (1914-2003).

[3] Bella García-Marruz Badía (1921-2006).

[4] Alejo Carpentier Valmont (1904-1980).

[5] Lilian Esteban Hierro (1913-2008).

[6] Octavio Smith (1921-1987).

[7] Mercedes Vecino (¿-?).

[8] Manuel de Falla (1876-1946). Véase Julián Orbón: “Y murió en Alta Gracia”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, invierno de 1946, año III, no. 12, pp. 14-18.

[9] José Ortega y Gasset (1883-1955). Véase Medardo Vitier: “Una tesis de Ortega y Gasset”, El Mundo, La Habana, 22 de febrero de 1948 y José Lezama Lima: “La muerte de José Ortega Gasset”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, 1956, año XIII, no. 40, pp. 76-78.

[10] “La metáfora del corazón”, “El caso del coronel Lawrence”, “Los males sagrados: la envidia”, “La Cuba secreta”, “Lydia Cabrera, poeta de la metamorfosis”, “Fragmentos”, “Tres delirios” y “Dos fragmentos acerca del pensar”.

En el ejemplar del libro que se conserva en la biblioteca de la Casa Vitier García Marruz, en la parte inferior de la página del Índice, encontramos la siguiente nota de Fina García Marruz escrita a lápiz:

Faltan:
“Amor y muerte en los dibujos de Picasso” (no 31, 1952, p. 17-22)
“Delirio de Antígona” (no. 18, 1948, p. 14-21)
“El misterio de la pintura española en Luis Fernández” (no. 27, 1951, p. 51-56)

[11] En 1986, cincuenta años después de su primer encuentro con Lezama, María Zambrano recordaba:

La misma tarde que por primera vez puse el pie en La Habana, camino de Santiago de Chile y tras un largo y accidentadísimo periplo entre la vida y la muerte, encontré a José Lezama Lima, el año de 1936. Habíamos entrado en la ciudad por un mar que allí se hacía río, al pie de las casas, algunas espléndidas, nacidas del agua, y que luego se extendía en la inmensa bahía.

Fue en una cena de acogida, más bien nacida que organizada, ofrecida por un grupo de intelectuales solidarios de nuestra causa en la guerra civil española. Se sentó a mi lado, a la derecha, un joven de grande aplomo y ¿por qué no decirlo? de una contenida belleza, que había leído algo de lo por mí publicado en la Revista de Occidente. No es cosa de transcribir aquí mi estado de ánimo en aquel momento. En esta sierpe de recuerdos, larga y apretada en mi memoria, surge aquel joven con tal fuerza que por momentos lo nadifica todo. Era José Lezama Lima. Su mirada, la intensidad de su presencia, su capacidad de atención, su honda cordialidad y medida, quiero decir comedimiento, se sobrepusieron a mi zozobra; su presencia, tan seriamente alegre, tan audazmente asentada en su propio destino, quizá me contagió.

Estaba segura de reencontrarlo más tarde en un encuentro de esos que no se buscan, que vienen dados o que son nacimientos en la memoria y sus laberintos, en aguas transparentes y profundas, misterio y claridad. Y a través de tantos años sigue, no digo vivo sino viviente, dentro de mí, como si yo hubiera sabido que aquel joven pertenecía a mi vida esencial, sobre la cual pueden caer historias y, a veces, la Historia misma.

Ya en La Habana, en el exilio, supe siempre, nos viésemos mucho o poco, que fue un encuentro sin principio ni fin.

(“Breve testimonio de un encuentro inacabable”, en José Lezama Lima: Paradiso. Edición crítica, coordinador Cintio Vitier, Madrid, Cátedra, 1988).