LA MUERTE DE JOSÉ ORTEGA GASSET

Ya hoy lo podemos complacer, pues le acaba de llegar la gracia de la complacencia transcendente, ya le podemos decir Ortega[1] el americano. La extrañeza del americano en el idioma, su voluntariosa o soterrada desconfianza de las palabras, hasta que una a una se decide a descubrirlas, a desgarrarlas en cada instante germinativo, estaba vivaz en él. Sabía que no podía disfrutar del idioma en blanda siesta, sino apoderarse de él como una conquista, como un comienzo. Ni el calvado aticismo, máscara de tanta endeblez y ñoñería, ni las elegancias minuciosas de la sensación en sus reflejos, ni el rodaballo perifolloso. No apetecía la tradición como disfrute, sino el disfrute de una tradición matinal, reciente, descubierta. Primera de sus hazañas, frente a la mortandad del verbo hispánico de sus comienzos, levantarse a la eficacia conquistadora del idioma. Por eso subrayamos la verdad esclarecedora de José Gaos,[2] cuando nos dice: “su par habría que elegirlo, a mi parecer, entre los máximos prosistas hispanoamericanos, que pertenecen al período posterior a la independencia de estos países”.

     Sabía que en España el labriego y el cortesano a la manera de Garcilaso, habían cantado y danzado, para el mejor gusto o el éxtasis, pero quedaba el fragmento del escritor, que le correspondía al campesino, que tenía que comenzar su aventura. Que desde siglos había perdido carácter, energía, desenfado, o para decirlo en el lenguaje de los músicos su “alegría majestuosa”. No solo había disfrutado en su juventud la palabra de áureos ramos almendrinos del “indio divino”, sino que había leído a los cronistas de Indias, en su afán de aunar la palabra que se extrae con la aventura del paisaje de nueva tierra firme. Años antes Unamuno[3] se encontraba con Martí, y tenía que descubrir allí, que dos de las mejores tradiciones españolas, el barroquismo de esencias y el misticismo, se encontraban de nuevo en su llegada americana. Ortega el americano, Martí y Unamuno,[4] primer triunfo, de nuevo en el idioma. Plenitud que comienza por nacer de una frustración, de un reojo de desterrado.

     Una consumada torpeza engendraba en la valoración de la valentía de Ortega, las temporadas que había pasado en San Sebastián o en las tertulias bonaerenses del Jockey Club. No se le situaba la gran valentía con que iba a sus cosas esenciales, aunque tuviese que torcer simpatías de cavernícolas o liberales. Es ahora el momento de manifestar que fuera Ortega y Gasset, el que dijera las cosas más valientes, inteligentes y voluntariosas, acerca de historia, paisaje y política, que se han dicho en España en las últimos cien años. Desde muy joven penetró en su destino, “parecería lo que dijese una historia de España vuelta del revés”. La historia se había hecho tópica, repetición, cartoné. Y Ortega comprendió que había que despellejar aquel falso ordenamiento que dañaba lo hispánico. “La perdurable modorra de idiotez y egoísmo que había sido durante tres siglos nuestra historia”. Se enfrentó hasta su muerte con esa idiotez; combatió, hasta que una mezquina circunstancia histórica le cerró todas las puertas, esa modorra. Pero aún hay más en esa valentía, señalar el tránsito de Castilla, medieval, mística y creadora, a pura escenografía., a retórica de la llaneza. Ese momento en que según nos dice, Castilla “se vuelve suspicaz, angosta, sórdida y agria”. Combatió todo esbozo de estatificación y de muerte. Y subrayó que el gran momento vital de España, había sido la colonización americana, matinal, plena, frente a la agriedad del fetichismo castellano. “Para mí, dice Ortega, es evidente que se trata de lo único verdadero, sustantivamente grande, que ha hecho España”. En esa dimensión, Ortega llegó a decidirse contra lo más altivo y rifoso, sin dar muestras de vacilación. Así nos dice de El Escorial, que allí “se muestra petrificada un alma toda voluntad, todo esfuerzo, exento de ideas y de sensibilidad”. En esas valoraciones es donde Ortega muestra su valentía, la decisión de su estilo.

     Y esa colonización, revés de la minoritaria inglesa, según él subrayaba, había sido hecho por el pueblo. Todo lo había hecho el pueblo, pero la que él no había hecho, marchaba a la deriva sin pulso formativo. Entonces fue cuando Ortega precisó el destino que le quedaba por realizar a “los mejores”. A su formación, a su responsabilidad, a lo necesario de su universalidad, dedicó sus mejores vigilancias. Es decir, al lado del pueblo hispano, creador de voz y numerados pies danzables, grave de guitarras romanceadas, acarreo de las mejores resistencias, el ejercicio místico para constituirse en “los mejores”. No era aristocracia sin raíces, como afirman superficiales, sino la elaboración y cuidado de los bíblicos “vasos de elección”.

     De ese destino derivó su concepción de la esencial frustración del hombre dentro de la órbita hispana. “Todo español lleva dentro, como un hombre muerto, un hombre que pudo nacer y no nació”. Frente a la trágica decisión de esa frase, es innegable que Ortega Gasset se empeñó toda su vida en superar esa frustración, ese no habitar su destino del hombre hispano. En el señalamiento de esa frustración, no hubo pesimismo en Ortega, sino virtudes aurorales, enérgicas flechas elevadas a un más alto potencial hispánico. Los que se contentaban y aprovechaban de esa frustración, mirarán siempre con recelo maligno ese esplendor, ese triunfo de la inteligencia, ese recio señorío mostrado por Ortega para combatir las enfermedades de su circunstancia y su tiempo.

     Huyendo del yo transcendental de los alemanes, trampa mística para los místicos, no se detuvo en la alabanza del Dios en Castilla. Para no caer en el panteísmo alemán desconfió del misticismo español, y pareció siempre huir de todo diálogo teocrático. Pero el frailecito incandescente y el morabito máximo, como él llamaba a dos de las más esenciales figuras de la historia de España, estarán allí para contestar a las preguntas que él no satisfizo. Pero él era también un místico del fervor del conocimiento, del apetito de las esencias. La sobriedad de su muerte, rodeado de cosas muy esenciales, la maligna incomprensión que se complació en escarnecerlo durante sus últimos años, hicieron que de nuevo en él esplendiese la antigua grandeza castellana. A su espíritu de fineza, a la noble voracidad de su fervor humanístico, a la rectitud de su señorío, a la sobriedad de su muerte, el homenaje, un angustioso detenernos en la marcha, de los que trabajamos en ORÍGENES.[1]

J. L. L.

Tomado de Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, 1956, año XIII, no. 40, pp. 76-78.


Nota:

[1] José Ortega y Gasset (1883-1955). 

[2] José Gaos González-Pola (1900-1969).

[3] Miguel de Unamuno y Jugo (1864-1936).

[4] Principales textos de M. de Unamuno dedicados a José Martí:

  • “Sobre los Versos libresde Martí” [1913], “Martí y Unamuno” [carta a Gonzalo de Quesada y Miranda (08-07-1919)], “Sobre el estilo de Martí” (1919), “Cartas de poeta” (1919), “Unamuno y los americanos” (¿-?), Archivo José Martí, al cuidado de Félix Lizaso, La Habana, enero-diciembre de 1947, 11, pp. 7-9, 10, 11-14, 16-18 y 19-20, respectivamente.

Otros textos relacionados:

  • Guillermo Díaz-Plaja: “Martí y Unamuno”, Martí desde España, La Habana, Editorial Selecta, 1956, pp. 77-87.
  • María Zambrano: “Sobre Unamuno”(1939), Credo, año I, núm. 3, La Habana, octubre de 1994, pp. 3-4.
  • Manuel Díaz Martínez: “Martí en Unamuno”, LaGaceta de Cuba, La Habana, mayo-junio de 1979.
  • Gastón Baquero: “La América de Unamuno” (1964), Una señal menuda sobre el pecho del astro. Ensayos, selección y prólogo de Remigio Ricardo Pavón, Holguín, Ediciones La Luz, 2014, pp. 363-380.
  • Manuel Isidro Méndez: “Martí, Unamuno y Darío” (Orto, Manzanillo, diciembre de 1949), Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1982, no. 5, pp. 292-293.