PROPÓSITOS

Extraña a todo género de prejuicios, enamorada de todo mérito verdadero, afligida de toda tarea inútil, pagada de toda obra grandiosa, la Revista Venezolana sale a luz. Nace del afecto vehemente que a su autor inspira el pueblo en que la crea: va encaminada a levantar su fama, publicar su hermosura, y promover su beneficio. No hace profesión de fe, sino de amor. No se anuncia tampoco bulliciosamente. Hacer, es la mejor manera de decir.[1]

     Hierven aquí en pasmoso número, singulares ingenios. Las liras, como aquellas blandas arpas, vibran con desusados sones al soplo más leve del espíritu, o se cuelgan de rosas para encomiar a los nativos héroes, o recogen al paso de los vientos la queja de las selvas impacientes y el estruendo de las tormentas mugidoras. Un anciano débil,[2] escribe como Carlyle; tal abogado, como Taine; tal académico de la historia,[3] como si sobre sus páginas vertiese caja de ricas joyas, que fulgurasen y llameasen al vibrante sol. Señalado vigor, que viene de la general virtud; delicadeza extrema, que se debe al suave influjo de las castas damas; sano y amplio lenguaje, como de noble casa solariega; y algo, en suma, de monumental y de ciclópeo, fragante aquí como la Biblia, tonante allá como la historia, relampagueante acá como la batalla,—avaloran e ilustran los talentos de esta tierra, de tanta alteza de cuna que bien puede suspirar por ella el ánima cautiva, sin miedo de que el rubor encienda el rostro, ni los menguados lo tengan a lisonja.

     ¿Cómo, del natural asombro que el número y valía de los trabajadores de la mente causa al que los observa, y con ellos goza,—no ha de venirse a la creación de un hogar pobre, más limpio, y con la buena voluntad aderezado, donde campeen con sus variadas dotes estos hombres extraños, en cuyas manos generosas pone al nacer hada benéfica la péñola y el plectro? ¿Ver gloria y no cantarla? ¿Ver mérito, y no celebrarlo? ¿Ver cubiertas de polvo, averiguaciones minuciosas, tradiciones amadas, memorias de épocas viejas, de arte patrio, de libros patrios, de hombres patrios, y no salvarlas con cuidado amante, y sacudirlas a la clara luz? ¿Dejar, como trabajo de escasa monta, a pasto de roedores, este imparcial estudio de una vida imitable, aquel acucioso examen de nuestros elementos de riqueza, cuál pintoresca escena de costumbres indias, cuál notación curiosa de nuestra fauna y nuestra flora, y nuestra atmósfera matizada de colores, y nuestro aire henchido de perfumes? O una triste memoria de aquellos tiempos olvidados, de hombres desnudos y penachos vívidos? O una tranquila escena de aquellas pampas vastas, con su sacerdote de cabellos blancos, y sus indígenas sin inquietud y sin ventura? O un combate de filibusteros? O una sesión de nuestro primer Congreso?[4] O una cabalgada del fúlgido Bolívar? O aquellas plazas nuestras, con su árbol histórico y coposo, y su orador magnífico, y su apiñada y clamante muchedumbre? O nuestros adelantos, futuro desarrollo, o sabias leyes? He ahí a lo que viene la Revista, a toda pasión doméstica y caso de debate interno decorosamente ajena: no a detenerse en lánguidas y peligrosas contemplaciones de la gentil naturaleza, útiles solo cuando de ellas nacen la certidumbre de la poquedad de nuestra vida,—y urgencia de prepararnos por la austera virtud para la próxima,—o el patriótico anhelo de poner a bullir sus colosales y dormidas fuerzas; no a dolerse, con boabdílea[5] rima, de esos imaginados males de hábito que de bracear en mar de versos, no en mar de verdadera vida, vienen; no a decantar como razón de una culpable calma las históricas glorias, que no han de ser a pechos esforzados más que el deber de conquistar las nuevas:—a poner humildísima mano en el creciente hervor continental; a empujar con los hombros juveniles la poderosa ola americana; a ayudar a la creación indispensable de las divinidades nuevas; a atajar todo pensamiento encaminado a mermar de su tamaño de portento nuestro pasado milagroso; a descubrir con celo de geógrafo, los orígenes de esta poesía de nuestro mundo, cuyos cauces y manantiales genuinos, más propios y más hondos que los de poesía alguna sabida, no se esconden por cierto en esos libros pálidos y entecos que nos vienen de tierras fatigadas; a recoger con piedad de hijo, para sustento nuestro, ese polvo de gloria que es aquí natural elemento de la tierra, y a tender a los artífices gallardos las manos cariñosas, en demanda de copas de oro en que servirlo, a las gentes—aún no bastante absortas: a eso viene, con más amor que fuerza, y más brío que aptitudes, la Revista Venezolana.[6]

     Cosas grandes, en formas grandes; sentimientos genuinos, en pulquérrimos moldes; acendrado perfume en ricas ánforas: he aquí lo que ella anhela, y a poco que la ayuden, hallará. Vendrán a ser en esta tarea los trabajos del que la encabeza y esto escribe,—como aquel cobre humilde, tan escaso de valer cuanto necesario a toda liga. Aposento natural tiene en la Revista Venezolana todo pensamiento americano; y cuanto al bien de nuestras tierras, y a auxiliarlas a formar conceptos propios y altos contribuya. No se publicará en extraño pueblo libro de nota que aquí no sea explicado; ni libro alguno entre nosotros que no nos halle con la pluma alzada en pro de sus bondades, y en excusa de los que nos parezcan extravíos. Amar: he aquí la crítica.[7]

     No obedece la Revista Venezolana a grupo alguno literario, ni la perturban parcialidades filosóficas, ni es su criterio airado y exclusivo, ni viene a poner en liza, sino a poner en acuerdo, las edades. Son las letras como madres generosas sobre cuyas rodillas se apaciguan las fugaces querellas de sus hijos. Pues ¿quién contiene esta irresistible simpatía que nos empuja, como a amado hermano, hacia el que, fatigado del interior demonio ardiente, lo echa de sí en resuelta prosa, o en alada rima? ¿No son todos buscadores de la verdad, con lámparas de colores diferentes?

     No abandonarnos nos prometen nuestros amigos generosos, y la Revista Venezolana se levanta en sus brazos, bien segura de ellos. De venir aquí empeñan promesas, y ya les vemos venir en procesión de vencedores, Arístides Rojas, con la América a cuestas; con sus proféticas visiones, Cecilio Acosta; el reposado Soublette, con su palabra clásica; con la suya elocuente, arrebatada y justa, Guillermo Tell Villegas; y el hidalgo Saluzzo, con sus voces sentidas; y Eduardo Blanco, el caballero de la gloria; y el vivaz Núñez de Cáceres, con su obra varia y nueva; y Morales Marcano, que arrebata al espíritu sinuoso sus ondas invisibles, y les da molde férreo; y el amado Aveledo, a contarnos coloquios con la naturaleza. Con cítara de oro, colgada de caléndulas, dirá Eloy Escobar sus cosas tristes; y con daga de señor, más que con plectro, tañerá en la suya el caballeresco Diego Jugo; y cantará Francisco Pardo sus arrogantes versos, de alas grandes de luz; y revolverá los suyos Armas, poderosos y límpidos; y cubrirá de rosas de Fíngal[8] a nuestros bravos el culto Tejera; y los ensalzará con entusiastas voces Arismendi; y como Plácido gemirá Domingo Hernández, y Julio Calcaño dará a los vientos su flexible lira, y Arvelo sus sinceras dulces cántigas, y Heraclio Guardia pulsará con mano enérgica su laúd fundido en el bronce macizo y resonante de los clarines de la lid moderna. No será, pues, tribuna egoísta, este humilde periódico; sino casa modesta, donde todo sereno pensamiento, y pensador hidalgo, tendrán casa. Alhajado está el hogar; y los miembros del areópago citados: ¡sea todo, humildemente, en prez de Venezuela, y de la América![9]

José Martí

Revista Venezolana, Caracas, 1ro de julio de 1881.

Tomado de José Martí: Obras completas. Edición crítica, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2009, t. 8, pp. 55-58.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] En “Patria de hoy” (Patria, Nueva York, 7 de noviembre de 1892, no. 35, p. 1), Martí, escribe: “Hacer, es nuestra manera de decir”. [OC, t. 2, p. 183. (N. del E. del sitio web)].

[2] Se refiere a Cecilio Acosta.

[3] Se refiere a Eduardo Blanco.

[4] Se refiere al Congreso de 1811, que declaró la independencia de Venezuela el 5 de julio de ese año.

[5] Referencia a Boabdil o Abu-Abd Allah. (N. del E. del sitio web).

[6] Estos propósitos latinoamericanistas de la publicación ya habían sido señalados por Martí con ideas y palabras semejantes en el discurso pronunciado en el Club del Comercio de Caracas, el 21 de marzo de 1881. Las versiones primera y segunda, que sirvieron de base a esta memorable pieza oratoria, están incluidas en el presente tomo.

[7] “[…] La crítica no es la censura; es sencillamente y hasta en su acepción formal, en su etimología es eso, el ejercicio del criterio”. (JM: “[Apuntes y fragmentos sobre Filosofía]”, [Guatemala, 1877-1878], OCEC, t. 5, p. 212).

“A hacer crítica de los dramas de D. José de Echegaray se dice que he salido a esta tribuna. A hacer crítica viniera, y no justicia, si por crítica hubiera de entenderse ese mezquino afán de hallar defectos, ese celo del ajeno bien, ese placer del mal ajeno, huéspedes ciertamente indignos de pechos generosos.—Crítica es el ejercicio del criterio.—Destruye los ídolos falsos; pero conserva en todo su fulgor a los dioses verdaderos. Criticar no es morder, ni tenacear, ni clavar en la áspera picota; no es consagrarse impíamente a escudriñar con miradas avaras en la obra bella los lunares y manchas que la afean; es señalar con noble intento el lunar negro, y desvanecer con mano piadosa la sombra que oscurece la obra bella.—Criticar es amar; y aunque no lo fuera, no es esta en que vivimos época favorable a la agitadora y dura crítica:—que en las horas de riesgo y de combate, cuando las penas de la duda roen y tintan el ánimo sereno, cuando no sobre firme tierra, sino sobre arena movilísima, fresca a trechos y oscura, descansa el pie agitado, es ley suprema, urgente y salvadora la hermosa ley de amor”. (JM: “[Apuntes para el discurso sobre Echegaray]”, La Habana, junio de 1879, OCEC, t. 6, pp. 66-67. Las cursivas son del E. del sitio web). Véase, al respecto, “Juan de Villalpando. Drama en tres actos de José Peón Contreras”, Revista Universal, México, 23 de agosto de 1876, OCEC, t. 3, p. 187; “Carta a Bartolomé Mitre Vedia”, New York, 19 de diciembre [de 1882], OCEC, t. 17, p. 353; y “Estudios críticos por Rafael María Merchán, La Estrella de Panamá, 9 de junio de 1887, OCEC, t. 25, p. 342. (N. del E. del sitio web).

“Su secreto de crítico, como todos los otros, está en su corazón. Cuando Martí nos dice: ‘Amar: he aquí la crítica’, parece señalarnos una modificación del camino spinoziano: un cierto ‘amor intelectualis’ dirigido a los hombres, ya que en el creador ve ante todo al hombre, a un cierto tipo especial de hombre que necesita un cierto tipo especial de amor, precisamente el ‘amor intelectual’, que es la esencia del alma, es decir, también spinozianamente, el conocimiento. Y nos recuerda la idea griega del amor, según la resume José Ferrater Mora: ‘En la concepción antigua, el amor es, en última instancia, lo que conduce a la justicia, esto es, lo que hace que cada una de las cosas sea lo que es dentro de la jerarquía del universo, lo que da a cada ser lo que le pertenece en verdad y en intransferible propiedad’. (Diccionario de filosofía, 1958). Y no podemos desligarlo de la concepción cristiana del amor como caridad entre los prójimos y participación fraternal. Ese amor que es conocimiento, justicia y participación, es el secreto de la crítica martiana: crítica que, como su creación en palabras y en actos, muchas veces creación ella misma, hizo inspiradamente para nosotros, para que ganáramos grados en el ser de la cultura, para que aprendiéramos a asimilar el mundo y a ser fieles al genio de nuestra tierra, para que creciéramos en el culto de la libertad y la universalidad del espíritu”. (Cintio Vitier: “Martí como crítico”, Temas martianos. Primera serie (1969), La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, pp. 246-247).

“[Martí] anticipándose a lo que hoy se llama ‘crítica de participación’, supera la vieja crítica normativa, que partiendo de criterios ya adquiridos, de lo ya hecho, pretendía juzgar lo realmente nuevo y creador, que siempre se le anticipa; censura nimia y gramatiquera, casi siempre de raíz académica, incapaz de descubrir las leyes estilísticas propias de cada universo de creación —objetivo real de toda crítica— y a la que opone un participar desde adentro de la idea generativa o intuición central de la obra examinada, para desde ella y no desde afuera, a través de esa evidencia amorosa sin la cual no nos entrega su secreto, detectar las fallas que entorpecen su propio acierto original y contribuir así a su conocimiento y logro verdaderos, ideas que sintetiza en esta frase que, lejos de encubrir ninguna dulzona benevolencia, entraña el más exigente y definitivo reto: ‘Amar: he aquí la crítica’”. [Fina García Marruz: “Venezuela en Martí” (1981), Temas martianos. Tercera serie (1995), La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, p. 84].

[8] Famosa gruta en la isla de Staff, Escocia, cuyo nombre proviene de Finn, personaje legendario de las narraciones célticas.

[9] Obsérvese la similitud entre estos “Propósitos” y los planteados en 1878 por Martí para su Revista Guatemalteca. Véase ese texto en OCEC, t. 5, pp. 291-293. En el Cuaderno de Apuntes no. 6 aparece este texto, obviamente una versión de la fundamentación de la Revista Venezolana en “Propósitos”:

Nacidos en una época turbulenta, arrastrados al abrir los ojos a la luz por ideas ya hechas y por corrientes ya creadas, obedeciendo a instintos y a impulsos, más que a juicios y determinaciones, los hombres de la generación actual vivimos en un desconocimiento lastimoso y casi total del problema que nos toca resolver.—A estudiarlo, establecerlo y dilucidarlo, viene este periódico. A ponernos en posesión de nosotros mismos.—A hacernos dueños de nosotros, y prepararnos de manera que no sirvamos ciegamente a sombrías intenciones o a vergonzantes intereses. A sacar a la luz lo que está en la sombra, y a luchar a la luz.—

Establecer el problema es necesario, con sus datos, procesos y conclusiones.—Así, sinceramente y tenazmente, se llega al bienestar: no de otro modo.—

Y se adquiere tamaños de hombres libres.—