ILUMINACIONES 4:
CINTIO Y FINA HABLAN DE AGUSTÍN PI
Apartamento de la calle Paseo, La Habana, 5 de febrero de 2008
Llevábamos años fraguando este homenaje a Agustín Pi, el “miembro silencioso de Orígenes”,[1] que nombró “El Turco Sentado” a las tertulias que los jóvenes poetas de esa generación iniciaron en la casa de la calle Neptuno, en la década del 40. Por diversas razones se posponía, y no porque Fina se negara hablar, siempre tan esquiva a las entrevistas. Tanto ella como Cintio propiciaban con gusto el recuerdo del “amigo absoluto”, “captador silencioso, compañía esencial, omnicomprensivo, único”, como lo ha llamado en sus memorias el autor de Ese sol del mundo moral.
De hecho, cada vez que nos hemos visto, en casi veinte años de una relación que se inició justo de la mano de Agustín, su nombre aparecía entre nosotros, hilo mágico que nos une, incluso desde antes de que Fina y Cintio supieran quién era la estudiante que siguió yendo con cualquier pretexto al diario Granma, donde encontraría inevitablemente al Doctor Pi, respetadísimo corrector de estilo, y más tarde a su casa, cuando él se jubiló. Iba sólo para escucharle hablar. No importaba de qué, porque cualquier camino que tomara su palabra era un viaje irrepetible que recordaría para siempre. A él le debo, por ejemplo, esa sensación de que los origenistas, a los que conozco personalmente y a los que descubrí a través de sus libros y de Pi, son criaturas que pueblan mi cotidianidad, con las que sigo dialogando y comparten mi pan y el sillón de la sala de mi casa.
Pero otras entrevistas y otras urgencias se imponían y retrasaban la conversación con Fina y Cintio “solo para recordar a Agustín”, hasta que Aitana Alberti, poeta y promotora cultural, amiga querida, nos brindó su espacio Fe de Vida en el Centro Cultural Dulce María Loynaz y fijó una fecha inapelable en la que debería estar listo todo el material. Fina buscó en sus papeles y encontró un ensayo inédito y Cintio ofreció su capítulo de De Peña Pobre, donde aparece su versión de “El Turco Sentado” y rescata un texto de Agustín, “Los extraños músicos”,[2] el único que él publicó en vida.
Finalmente, el cuadernillo se publicaría a fines de 2008, e incluiría además el poema que Roberto Fernández Retamar le dedicó a Agustín Pi, en 1994, y las palabras que Miguel Barnet y Ricardo Alarcón le dedicaron al “amigo mejor” en el espacio Fe de Vida, conducido por Aitana el 30 de noviembre de 2008 en la sede de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba.
A estos y otros textos recuperados del olvido, se añade el diálogo que he transcrito casi tal como sucedió en la casa de Fina y Cintio. Solo faltan mis preguntas, eliminadas a propósito para que no interfirieran el cariñoso contrapunteo que generó en los esposos el recuerdo de Agustín, más próximo que nunca en una tarde en La Habana que él tanto amó.
Fina García Marruz: Y yo, ¿qué te podría decir? Tú sabes lo que dijo ya Luz, que “hablar es dejar correr” y escribir, “escoger” lo que es esencia,[3] y no anécdota de lo que se cuenta, y es así que, al pasar a otro espacio, inevitablemente, siento que algo de él huye, y que no lograría comunicar su enorme receptividad, intuitiva y silenciosa.
Anoche cuando tú me llamaste, me quedé pensando: ¿qué puedo decir de una persona que conocimos a los 17 años, en la Universidad? A Cintio lo había conocido en el otoño de 1936, cuando Juan Ramón Jiménez vino a La Habana. En ese momento, Cintio y yo no nos tratamos: yo tenía 13 años y él, 15.
Sabía que Cintio tenía un libro, con notas de Juan Ramón. Sin embargo, no nos tratamos hasta la Universidad. Ya éramos novios Cintio y yo, y mi hermana y Eliseo cuando coincidimos con Agustín y con Octavio Smith, que parecían una sola persona. Agustín apareció de pronto.
Cintio Vitier: A ellas las estábamos esperando. Llegaron a la vez, Fina y Bella.
Fina García Marruz: Agustín y Octavio se unieron enseguida a nosotros en las reuniones nocturnas de nuestra casa de Neptuno 308, altos, entre Galiano y Águila. Agustín iba siempre; Octavio, a veces. Había personajes fijos: nuestros novios, Agustín y Octavio. También iba mucho Gastón (Baquero). La revista Clavileño (1942-1943)[4] la hacíamos allí con él. También llegaba Lezama, más raramente, y alguna que otra vez, (Emilio) Ballagas.
Al padre Ángel Gaztelu lo veíamos en Bauta, y a veces en su iglesia, en La Habana Vieja. También nos reuníamos en la casa de Julián Orbón que era, junto con Agustín y Octavio, el amigo más cercano. Las reuniones muchas veces se producían en casa de Julián —el Conservatorio Orbón, que Lezama llamaba con su hipérbole el “Palacio Orbón”. Allí nos encontramos muchas veces con María Zambrano, particularmente en la etapa de nuestro noviazgo. Después, cuando ya vivíamos en la Víbora, íbamos todos a Bauta a ver al Padre. Iban Agustín y Octavio, también Mario Parajón. Pero esa fue una etapa posterior.
Reuníamos en la Quinta de Arroyo a los hijos nuestros —los de mi hermana, los de Agustín y los de nosotros. José María (Vitier) suele decir: “Los días de la semana eran lunes, martes, miércoles, jueves y Arroyo…”. Mamá iba y tocaba el piano. En Visitaciones recuerdo el momento en que llegaba el amigo mejor. Ese era Agustín. Eso fue él, “el amigo mejor”.[5] Todos los demás fueron muy queridos, pero Agustín fue “el Amigo”.
Cintio Vitier: Le puso a nuestras tertulias de Neptuno “El Turco Sentado”. Era tradición que los círculos de los lectores adquirieran nombres extravagantes.
Fina García Marruz: Él no era una persona difícil, sino sencilla. Lo difícil era desentrañar en qué consistía su peculiar sencillez, el encanto de su compañía. Ambrosio Fornet, que lo conoció en sus últimos años, dice que era el conversador más excepcional que él había conocido.
Sin embargo, eso no da una idea completa de Agustín. Él no se parecía a ese tipo de conversador brillante, que expone principalmente lo que piensa, que dialoga con el otro. Lo de él consistía en una receptividad enorme. Era un lector insaciable, pero lo que más le interesaba eran las personas. Lo que más le llamaba la atención de la obra de Ortega [y Gasset] era Ortega, su carácter, y eso le ocurría con todo el mundo. Por eso los que conversaban con él no sólo se sentían entendidos, sino atendidos.
Hablaba de cualquier cosa: no tenían que ser cosas importantes, y la tarde iba pasando sin que uno se diera cuenta. Las horas iban pasando. Siempre me acuerdo, cuando pienso en Agustín, en lo que decía Martí: “La vida es una corriente silenciosa”.[6] No se trata de la historia personal, de la historia nacional, ni siquiera de la intrahistoria —esa de la que hablaba Unamuno, que se refiere a los hechos trascendentes que forman la cultura. No es ni siquiera lo que decía María Zambrano: la “vida secreta” de los que no tienen una historia, como ella dijo de la revista Orígenes en “La Cuba secreta”.
Tampoco se trata de eso que también a María le interesaba tanto, esos personajes sin historia, como Nina, la criada a la que nada le ocurría en Misericordia, de Benito Pérez Galdós, y que no cabía en sus Episodios Nacionales. No era la historia, ni la intrahistoria, ni la historia secreta: a Agustín le interesaba la vida silenciosa, inadvertida, que en algunos momentos uno la siente con mucha intensidad, como un aroma.
¿Cuál era ese aroma que a veces se sentía y que atravesaba las cosas más importantes que a uno le pueden haber ocurrido? Era eso lo que le interesaba a Agustín, como Martí, que cuando le envió los Versos sencillos a su madre le advertía “es pequeño, es mi vida”.[7] Hay hechos trascendentes en ese libro. En el poema XXX, cuenta lo que le ocurre a los 9 años, momento en el que hace un juramento infantil ante el esclavo colgado en el ceibo, hecho que va a determinar su vida. Pero en ese libro también se refiere a las cosas leves: al día en que la muchacha le dice que va a llevar a su hija a la comunión con un sombrero alón: “Ya sé dónde ha de venir / Mi niña a la comunión; / De blanco la he de vestir / Con un gran sombrero alón”.[8] No caben dudas de que para él ese fue un día feliz. O cuando nos cuenta que en una dulcería, durante su época estudiantil, piropeó a la repostera: “¡Díganle a la repostera / Que ha tanto tiempo no he visto, / Que me tenga un beso listo / Al entrar la primavera!”[9]
Ese aroma era lo que sentíamos en compañía de Agustín. ¿Cuáles podían ser esos momentos de vida, inadvertidos, silenciosos, que decía Martí? Podía ser la tardecita de domingo en que Agustín llegaba a Arroyo y en el que los hijos de mis hermanas ni los suyos no habían llegado todavía. No había llegado aún el piano de mamá, que venía los domingos. Él llegaba por la tardecita, momento que he recordado toda la vida.
Agustín era un noctámbulo, un conocedor de La Habana de noche, de los bufos habaneros, de los poetas. Fue el mejor amigo de Rolando Escardó —“el hombre bueno”, lo llamaba Escardó. Amigo de Fayad Jamís. Conocía La Habana del Café Las Antillas, de los que se reunían a la salida del periódico y conversando les daba el amanecer.
Me contó un día que cuando llegaba tarde veía la luz encendida en el cuarto de sus padres. Recuerdo las cosas tan increíbles que en ese momento me dijo. Los padres estaban por acostarse. Él no los llamaba ni hablaba con ellos en ese instante. Él seguía para su cuarto, pero sentía con mucha fuerza su compañía. Un día nos habló de cuando su madre, Juana, enviudó. Agustín nos dijo algo que nunca he olvidado. Juana estaba desconsolada, porque era un matrimonio que se adoraba, y alguien le comentó: “Pero usted tiene a sus hijos”, Agustín nos dijo: “Sí, mamá nos tenía a nosotros, pero los viejos esposos, cuando se van a acostar, hablan unas pocas nonadas —esa palabra que también usaba Vallejo— que no tienen importancia, pero que ya no podrán volver a hablar con nadie jamás”. Él se fijaba en esas cosas. Era típico de Agustín.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] “Un gran amigo y, además, un lector incomparable. Tenía una capacidad de penetrar en la lectura y en la conversación, como pocos. Él nunca pretendió ser nada, ni aparecer en nada. Lo llamo el miembro silencioso de Orígenes. Solo una vez escribió un artículo, que tituló “Los extraños músicos”, aquellos que iban de barrio en barrio, aquellos que tocaban en los restaurantes, con sus guitarritas, las músicas populares conocidas por todos. Ese trabajo de Agustín es maravilloso”. [Cintio Vitier, en Rosa Miriam Elizalde: “Iluminaciones 1: Diálogo en vísperas del 110 aniversario de la caída en combate de José Martí” (entrevista realizada a Fina García Marruz y Cintio Vitier el 10 de mayo de 2005)].
[2] Agustín Pi: “Los extraños músicos”, en Cintio Vitier: Obras 5. Narrativa. De Peña Pobre (trilogía) y Cuentos soñados, prólogo de Francisco López Sacha, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2002, pp. 448-449; Cintio Vitier y Fina García Marruz: Agustín Pi. El amigo absoluto, La Habana, Centro Cultural Dulce María Loynaz, 2009, pp. 51-52.
[3] “Escribir es escoger, y hablar es dejar correr”. [José de la Luz y Caballero: “Aforismo 53” (ab. 7-45), Aforismos, Obras, ensayo introductorio (“José de la Luz y Caballero, las raíces de una cubanidad pensada”), compilación y notas de Alicia Conde Rodríguez, La Habana, Imagen Contemporánea, 2001, p. 85].
[4] Clavileño. Cuaderno mensual de poesía, La Habana, 1942-1943, núm. 1-7, edición de Amauri F. Gutiérrez Coto, Junta de Andalucía/Feria del Libro de La Habana, 2010.
[5] Fina García Marruz: “Arroyo Naranjo”, Visitaciones (1970), Obra poética, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Letras Cubanas, 2008, 2 t., t. I, p. 284.
[6] “[…] la verdadera vida viene a ser como corriente silenciosa que se desliza invisible bajo la vida aparente, no sentida a las veces por el mismo en quien hace su obra cauta […]”. [JM: “El poema del Niágara” (prólogo a El poema del Niágara, de Juan Antonio Pérez Bonalde, segunda edición, Nueva York, 1883), OCEC, t. 8, p. 152].
[7] “Lea ese libro de versos: […] Es pequeño—es mi vida”. (JM: “Carta a doña Leonor Pérez”, [Nueva York, enero de 1892], EJM, t. III, p. 31).
[8] JM: “IV”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, OCEC, t. 14, pp. 305-306.

