Para Carolina, Elegía como un himno

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No tenía planeado ir al centro, antes de abrir la librería, esta mañana.

   Madrugué, como siempre, a las cinco de la mañana. Mi reloj interno me despierta a esa hora (aunque a veces le da por hacerlo antes). En algún momento, después de bañarme y antes de desayunar, decidí ir a la peatonal de la calle 16 (entre la octava y la novena) a buscar y ser encontrado por libros. De un tiempo para acá he vuelto a hacerlo. Me gusta ver y esperar en esos puestos callejeros de libros. Siempre algo se me aparece.

   Lo más increíble es ser reconocido por colegas de los viejos tiempos heroicos de San Victorino. De cuando todos éramos un poco más jóvenes y estábamos un poco menos cascados y desbaratados. Esos tiempos en los que aparecían tantas cosas. El cargar y descargar libros nos ha ido mellando. Ahora nos reconocemos entre iguales porque pareciera que nos hubieran botado de la casa por el bulto que cargamos (como si fuera un caparazón) a las espaldas.

   No deja de asombrarme cuando alguno de ellos me reconoce. He cambiado mucho. Ya no soy el joven andrógino, flaco, de pelo largo y tímido que pasaba mirando a ver qué se encontraba. Ahora soy calvo y he engordado. La timidez he aprendido a disimularla. Creo.

   -Yo me acuerdo de usted en San Victorino… Era mechudo… buscaba libros…, me dijo alguien que después recordé se llamaba William.

   -Claro, le respondí. Su puesto estaba al lado del Pájaro.

   -Sí, éramos vecinos. Hacía mucho tiempo no lo veía. Pensaba que ya no vendía libros..

   -Aún, siempre…

   También me encontré con alguien que comenzó como pregonero o jalador de libros. Su “nombre” es inolvidable: Chuki.

   Llegué recién pasadas las 9. Apenas habían armado dos puestos. Casi no había ninguna librería abierta. Pasé a saludar a un colega que ya había empezado la faena y aproveché para revisar los mensajes del celular. Desde la pandemia me he transformado, también, en un librero virtual. No queda de otra. Al frente de su librería queda otra a la cual solo había ido una vez. Ahora que lo pienso no sé o no recuerdo los nombres de ellas. Debo poner más cuidado. Esa vez compré un libro maravilloso que alguna vez tuve y le regalé a Camilo Delgado, mi socio. La primera edición de la Urbanidad de Carreño (sí, la impresa en Nueva York).

   Entré por segunda vez. Es una librería pequeña atiborrada de libros. Las estanterías están cubiertas por libros de cara que impiden ver a los de atrás. Se ve la mitad. Di una ojeada rápida. No encontré nada. Pedí permiso para mirar en la parte trasera, detrás de un librero que divide la librería en dos. Allí están los libros repetidos y los que ofrecen por Mercado Libre. La dueña conversaba por teléfono con alguien a quien le contaba, indignada, que a su esposo no le habían dado dos días de vacaciones para ir a los llanos.

   – ¡Dos días! ¿Puedes creerlo?

   Lo peor es que puedo hacerlo.

   De inmediato lo vi. Estaba en el segundo estante, sobre otro libro: Elegía como un himno, de Roberto Fernández Retamar, publicado por Ediciones Unión, en 1999. Lo tomé y automáticamente lo abrí. Estaba dedicado en la primera página por una letra, pequeña muy pequeña, que conozco muy bien: “Para Carolina: este, mi cuaderno primero, republicado casi medio siglo después. Con afecto Roberto. La Habana, febrero/04”. Quedé helado, estaqueado en el suelo, pasmado. Esa “Carolina” fue una mujer a la que amé profundamente. Ese libro se lo dedicó a ella, en mi presencia, don Roberto (así siempre le dije) hace 22 años, en La Habana, cuando presentamos en la librería Ateneo de Línea su antología ¿Y Fernández? y otros poemas, publicado por Ediciones San Librario. ¿Se acuerdan?

   ¿Cómo llegó este libro acá? Nuestra historia se acabó hace veinte años. No volvimos a hablarnos ni a encontrarnos desde entonces. ¿Lo vendió, lo regaló, lo botó, le perdió, se lo robaron? ¿Hace cuánto está aquí? Y la pregunta más importante: ¿Por qué lo encontré yo? ¿Qué caminos y tiempos tuvieron que cruzarse, coordinarse para llegar a mis manos? ¿Por qué yo, por qué otro no lo vio? ¿Me esperaba? Y si así fuera, ¿para qué?

   Son demasiadas preguntas que no tienen ni tendrán respuesta. La que yo amé ya no existe. El que ella amó, tampoco. Soy, ahora, un librero encontrado por un fragmento de tiempo que alguna vez fue algo parecido a la felicidad. Se cruza con este que pronto va a cumplir cincuenta y siete años y no deja de mirar libros, como el que espera el rayo verde abrazado por “la luz, bróder, la luz” …

   Lo compré junto a otro libro sobre Cecilia Porras. Llegué a la librería en punto para abrir.

San Librario, Bogotá, 19 de junio de 2026