DIMENSIÓN FILOSÓFICA,
SOBRE TODO, EN SU SENTIDO DE LA VIDA
Cualquier estudio del contenido filosófico de un hombre notable puede hacerse en una, o más, de estas cuatro direcciones: apreciándolo como profesor de Filosofía; por su doctrina propias, si la posee en forma desenvuelta; por la cultura filosófica, según la muestran algunos escritores, sin más pretensión; y por la capacidad de pensador, aun con escasa información sobre los sistemas.
Con respecto a lo primero, Martí fue profesor, y el hecho pudiera parecer de mucha significación. Creo que tiene poca. Las materias filosóficas de la carrera que las incluye, en las Universidades españolas, le dieron escasa preparación en esas disciplinas. Ante una cátedra, en Guatemala, muy joven, tuvo que leer en meses lo que requiere años. Su aptitud asimilativa era excepcional, y de seguro salió de su empeño con fortuna. Pero no existe fundamento para reputarlo de buen profesor de Filosofía, en la rama histórica que le asignaron. No tenía la formación del caso para esa enseñanza. Si hubiera hecho de la cátedra el objeto de su vida, sin duda que habría sido eminente a ese respecto, más por el aporte propio que por el caudal del largo aprendizaje.
En lo tocante a lo segundo —una doctrina expuesta en libro— no hay nada en su ejecutoria. Me refiero a trabajos como La evolución creadora, de Bergson, o Fundamento de la moral, de Varona. No que tratara asuntos análogos ni con igual fuerza, sino que compusiera libros así, monográficos. Ni ensayos hizo con tal finalidad.
En cuanto a cultura filosófica, la tenía, si bien muy desigual. Sus cursos universitarios, lo poco que trabajó en la cátedra y las lecturas libres le dieron un conocimiento general, no creo que firme ni bien articulado, del proceso filosófico occidental.
Las referencias a la materia, en sus escritos, son escasas. Cuestiones filosóficas sí toca con frecuencia, pero lo hace desentendido de las escuelas, del vocabulario riguroso, de los representantes —contemporáneos o clásicos— de las doctrinas. No refleja el movimiento filosófico del último cuarto del siglo, o digamos con más precisión, de 1870 a 1895. De allá parte la peripecia del neokantismo —valga este ejemplo— diversificada después hasta su madurez entrado el siglo actual.
Entre sus artículos críticos no los hay que fuesen de actualidad filosófica, ya motivados por la aparición de un libro o por la muerte de un filósofo, o por el ruido de una doctrina. La del propio Varona no la examina. Respeta y elogia a su gran amigo sin denunciarle la limitación del Positivismo. Cierto que esto sí lo hace en otra oportunidad. Varona empezó sus cursos en 1880, año en que ascendía la estrella de Martí como escritor, sin alcanzar todavía su mejor altura. No enjuició al joven filósofo. Por sus Seis conferencias sí, en 1888, pero en aquel artículo sobre esas piezas de Varona, la apreciación es literaria, certera, por cierto. Roza allí un tema filosófico, y es para quejarse —así parece— de que Emerson, visto por Varona, luzca menos radioso de lo que es,[1] nota fugaz que indica una afinidad, según hemos de ver más adelante.
Nos resta considerar la cuarta de las direcciones apuntadas: la capacidad filosófica. Por aquí el juicio es otro. Por lo pronto esa forma de aptitud es notoria en Martí, cualquiera que haya sido la extensión de su saber en dicha rama del conocimiento. Su mente es especulativa y propende a formular asertos pertenecientes a dos “regiones” filosóficas (valga el término): la ontológica y la axiológica, sin que él emplee ninguno de estos dos adjetivos, pues la cosa profesional no le interesa. En efecto, lo que tiene de sentencioso —y no es poco— se le vierte por esos declives, donde los problemas siempre abiertos, incitan y parecen retar al intelecto: el ser y los valores, la íntima contextura del universo y del hombre, por una parte, y el sentido de toda acción, por otra. Con airoso señorío se mueve Martí entre tanta cuestión, reiteradamente tratada y cada vez más pertinaz en su esquivez.
Se marca el contraste entre cierto desvío suyo en lo concerniente a la erudición filosófica y la afición que muestra hacia los temas fundamentales. Adviértase que no como “temas”, en su instancia académica, sino como vivencias de su pensamiento.
Por manera que a tenor de lo precedente me atengo, sobre todo, a la dimensión filosófica en punto a capacidad. Las demás formas quedan al margen. Como es usual en él, esas dotes no las exhibe en escritos de unidad temática sino en especies diseminadas que, por momentos, en páginas del más cotidiano acaecer, sorprenden.
Mente especulativa, he dicho. Sin embargo, ello no lo aleja de los hechos. Tiene delante, a toda hora, el rostro adusto, enigmático, de la realidad corriente y cree percibir —tal es su clave— las señas que le hace la Realidad suprema. Ni la más abstracta especulación lo desvincula del sufrimiento humano, fuente, por cierto, de sus reflexiones.
Especulación da idea de trabajo largo o teoría desenvuelta por vía lenta. No hallamos eso en Martí. Él formula en cláusulas breves sus credos y piensa uno que llegó a ellos tras continuado meditar. Sospecho, con todo, que lo intuitivo, más que lo discursivo (sin acepción oratoria ¿no?), le alimentó el cauce de sus ideas acerca del mundo y del hombre.
Es la suya una filosofía de seguridades, es decir, de lo que hoy se busca afanosamente, como se buscó, a partir de la muerte de Aristóteles, en el 323 a. de C., durante el período denominado helenístico, que algunos extienden hasta los días de San Agustín.
Naturaleza ardiente, más sintética que analítica, pide cuenta del ser y del destino individual. No la pide al puro razonamiento; ni a la apariencia de seres y cosas, que diría Parménides; ni a las conclusiones de la ciencia, cuyas “leyes” son, a lo más, simbólicas; ni a los sistemas, en discrepancia continua. Pide esa cuenta a la vida, en su drama perenne, y al dolor, en su majestad, para muchos, impenetrable, para él, reveladora.
Kantiano de la Razón práctica, consciente o no de serlo, va de la realidad ética a Dios, y no a la inversa. Lo “dado” ya aquí, en el mundo, con los imperativos del bien, le aseguran un contexto oculto. ¿Dios? Sea. Por ahí discurre su pensamiento. No da impresión de búsqueda sino de hallazgo. Por eso percibe uno detrás del tumulto vital martiano, una paz extraña, como la halla el marino que afronta oleajes y tormentas, cuando a determinada latitud el mar reposa en azules calmas o lame tierno la ribera silente.
Con lo analítico que descompone los planos de la realidad hace poco el gasto. Es propio de las mentes enamoradas del ser en su función total, rehuir el análisis. No desdeñan lo parcial y subalterno, sino que lo perciben mejor —así piensan— partiendo del todo, como Hegel, que creyó vislumbrar el Espíritu absoluto, y bajó de esa altura a ver cómo se objetiva en la Historia, en el Arte, en la Filosofía…, sin que esta referencia quiera dar filiación hegeliana a Martí.
Para él la filosofía estudia las relaciones entre las varias formas de existencia,[2] y es, por cierto, un criterio en consonancia con los modos actuales de estimar esa disciplina. Dichas relaciones las siente, más que explicarlas. Es un “sentidor”,[3] como decía José de la Luz y Caballero de un polonés[4] amigo suyo. Y a fe que por la sensibilidad hay que explicar algunas concepciones de Martí. Pero su riqueza interior es tal que en muchas páginas nos parece un pensador frío que se impulsa para saltar contundente sobre una teoría falsa, como cuando indica la limitación del Darwinismo que, si acierta en las especies irracionales, queda incompleto en lo concerniente al hombre.
¿Es monista o es dualista su pensamiento? Es evidente su dualismo antropológico, su visión de lo humano en dos entidades. No adopta el criterio somático, biológico, unitario, para explicar la naturaleza humana. Es, en consecuencia, espiritualista, sin que intente caracterizar el alma con cualidades al uso teológico.
Su dualismo no me parece que puede extenderse, con seguridad, al Universo. Cierto que habla de Dios, pero no siempre como una fuerza rectora, providencial. En algunos pasajes la impresión es de panteísmo. Lo que de ningún modo se le puede atribuir es un monismo mecanicista, determinista, para emplear términos rigurosos, de los cuales él apenas se vale. Después de todo, algunos filósofos, Ortega y Gasset, por ejemplo, se adentran en cuestiones de esta índole sin acudir al vocabulario de cátedra y de tratados. Pero Ortega no se despide del ensayismo ni en sus más ceñidos escritos.
Lo humano ¿lo percibe bajo signo de inmanencia o de trascendencia? Esto para continuar con términos consagrados. Claro que todo dualismo es trascendente,[5] en cuanto el ser se escinde, y la vida terrena mira a otra forma de existencia, trasciende su instancia actual. Martí declara que cree en una vida preexistente y en la venidera. Lo primero se halla en notas de su juventud; lo segundo persistió hasta en sus últimos escritos.
Desde luego que, para el Positivismo, en boga en América (no tanto ya en Europa), durante los años más fecundos de Martí (1880-1895), lo trascendente se desecha. Lo mismo hacen otras direcciones posteriores, que ven al hombre en su unidad biológica, autónoma, inmanente. La inmanencia nos dice que todo en el hombre —impulsos, deseos, avidez intelectual, sueños de virtud— se genera en él y en él halla sus leyes y su término, sin más dependencia. Eso no lo creía Martí. Lo cual significa, si lo expresamos de otro modo, que no lo atrajo la corriente llamada Naturalismo, que como línea más o menos irregular y marcada, se dibuja en la filosofía, desde el Renacimiento, aunque este, en su tumulto, acogía credos trascendentes, sobre todo en aquel fervor platónico de la Academia florentina.
En 1882 escribe Martí sobre Darwin, con ocasión de la muerte del gran investigador que publicó a mediados del siglo On the Origin of Species by Means of Natural Selection. Conoce al menos lo general de la teoría darwinista. Todo estudioso de la ciencia le inspira un alto respeto. Alaba la perseverancia y la avidez de Darwin por la verdad. Dice que el naturalista “bien vio, a pesar de sus yerros”, y que vio en una parte del ser, no en todo.[6] El Darwinismo y el Evolucionismo de Spencer, que tienen contenidos coincidentes pero que no son iguales, influyeron, desde el plano científico, en la filosofía del siglo pasado. El Naturalismo que acentuaron no convenció a Martí. Excluía fenómenos que a su juicio tenían realidad, como cuando afirma que “la vida espiritual es una ciencia, como la vida física”.[7] Y es comprensivo. No condena así, sin más, la filosofía que no le satisface, según suelen hacer tantos, sino que se dispone a verle lo valioso. Lo demuestra este párrafo de un artículo de 1884, en que juzga un libro de tema biológico:
La filosofía materialista, que no es más que la vehemente expresión del amor humano a la verdad, y un levantamiento saludable del espíritu de análisis contra la pretensión y soberbia de los que pretenden dar leyes sobre un sujeto cuyo fundamento desconocen; la filosofía materialista, al extremar sus sistemas, viene a establecer la indispensabilidad de estudiar las leyes del espíritu.[8] De negar el espíritu,—la cual negación fue provocada en estos tiempos, como ha sido en todos, por la afirmación del espíritu excesiva,—viene a parar en descubrir que el espíritu está sujeto a leyes y se mueve por ellas […].[9]
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] “Emerson aparece menos radioso acaso de como por sus versos de esfinge rescatada se revela; pero allí está con sus ojos azules y porte imperial, con su paso de cumbres y filosofía de estrella, con el acuerdo imponente de su espíritu puro—testigo de lo universo—y la maravilla espiritual y armónica de la naturaleza, donde diez años antes que Darwin vio al gusano, en su brega por llegar a hombre, ‘ascendiendo por todas las espiras de la forma’”. (JM: “Seis conferencias por Enrique José Varona”, El Economista Americano, Nueva York, enero de 1888, OCEC, t. 28, pp. 41-42).
[2] “La filosofía no es más que el secreto de la relación de las varias formas de existencia”. [JM: “El poema del Niágara” (prólogo a El poema del Niágara, de Juan Antonio Pérez Bonalde, 2da edición, Nueva York, 1883), OCEC, t. 8, p. 154].
[3] José de la Luz y Caballero: “Carta a José Podbielski”, Habana, 21 de marzo de 1854, Obras. Diarios y epistolario, ensayo introductorio, compilación y notas de Alicia Conde Rodríguez, La Habana, Ediciones Imagen Contemporánea, 2001, 5 t., t. V, p. 189.
[4] José Podbielski.
[5] Es curioso que la gente usa trascendente, trascendencia, en el sentido de cosa seria, de consecuencias graves. Sabido es que en filosofía la acepción es otra.
[6] “Bien vio, a pesar de sus yerros, que le vinieron de ver, en la mitad del ser, y no en todo el ser”. (JM: “Darwin ha muerto”, La Opinión Nacional, Caracas, 17 de mayo de 1882, OCEC, t. 11, p. 210).
[7] JM: “Libro nuevo y curioso. Registro de las facultades de la familia”, La América, Nueva York, mayo de 1884, OCEC, t. 19, p. 191.
[8] “No hay verdad moral que no quede expresada, como la mejor de las comparaciones poéticas, con un hecho físico. // No se puede abrir un libro de ciencia sin que salten en montón ilustraciones preciosas de los hechos del espíritu.—Sí: hechos del espíritu”. (JM: “Cuaderno de apuntes no. 18” [1894], OC, t. 21, p. 396. El subrayado es de José Martí).
[9] “Libro nuevo y curioso. Registro de las facultades de la familia”, ob. cit., p. 190.

