JOSÉ MARTÍ [1]

(Colaboración para el Repertorio Americano.[2]
Del libro en prensa: Españoles de Tres Mundos) [3]


Hasta Cuba, no me había dado cuenta exacta de José Martí. El campo, el fondo. Hombre sin fondo suyo o nuestro, pero con él en él, no es hombre real. Yo quiero siempre los fondos de hombre o cosa. El fondo me trae la cosa o el hombre en su ser y estar verdaderos. Si no tengo el fondo, hago el hombre transparente, la cosa transparente.

     Y por esta Cuba verde, azul y gris, de sol, agua o ciclón, palmera en soledad abierta o en apretado oasis, arena clara, pobres pinillos, llano, viento, manigua, valle, colina, brisa, bahía o monte, tan llenos todos del Martí sucesivo, he encontrado al Martí de los libros suyos y de los libros sobre él. Miguel de Unamuno y Rubén Darío habían hecho mucho por Martí, porque España conociera mejor a Martí (su Martí, ya que el Martí contrario a una mala España inconsciente era el hermano de los españoles contrarios a esa España contraria a Martí). Darío le debía mucho, Unamuno bastante; y España y la América española le debieron, en gran parte, la entrada poética de los Estados Unidos. Martí, con sus viajes de destierro (Nueva York era a los desterrados cubanos lo que París a los españoles), incorporó los Estados Unidos a Hispanoamérica y España, mejor que ningún otro escritor de lengua española, en lo más vivo y más cierto. Whitman, más americano que Poe, creo yo que vino a nosotros, los españoles todos, por Martí. El ensayo de Martí sobre Whitman, que inspiró, estoy seguro, el soneto de Darío al “Buen viejo”,[4] en Azul, fue la noticia primera que yo tuve del dinámico y delicado poeta de Arroyuelos de otoño. Si Darío había pasado ya por Nueva York, Martí había estado. Además de su vivir en sí propio, en sí solo y mirando a su Cuba, Martí vive (prosa y verso) en Darío, que reconoció con nobleza, desde el primer instante, el legado.[5] Lo que le dio me asombra hoy que he leído a los dos enteramente. ¡Y qué bien dado y recibido!

     Desde que, casi niño, leí unos versos de Martí, no sé yo dónde:

Sueño con claustros de mármol
 Donde en silencio divino
 Los héroes, de pie, reposan:
¡De noche, a la luz del alma,
Hablo con ellos: de noche![6]

“pensé” en él. No me dejaba. Lo veía entonces como alguien raro y distinto, no ya de nosotros los españoles sino de los cubanos, los hispanoamericanos en general. Lo veía más derecho, más acerado, más directo, más fino, más secreto, más nacional y más universal. Ente muy otro que su contemporáneo Julián del Casal (tan cubano, por otra parte, de aquel momento desorientado, lo mal entendido del modernismo, la pega), cuya obra artificiosa nos trajo también a España, Darío, luego Salvador Rueda,[7] y Francisco Villaespesa[8] después. Casal nunca fue de mi gusto. Si Darío era muy francés, de lo decadente, como Casal, el profundo acento indio, español, elemental, de su mejor poesía, tan rica y gallarda, me fascinaba. Yo he sentido y expresado, quizás, un preciosismo interior, visión acaso exquisita y tal vez difícil de un proceso psicológico, “paisaje del corazón”, o metafísico “paisaje del cerebro”; pero nunca me conquistaron las princesas exóticas, los griegos y romanos de medallón, las japonerías “caprichosas” ni los hidalgos “edad de oro”. El modernismo, para mí, era novedad diferente, era libertad interior. No, Martí fue otra cosa, y Martí estaba, por esa “otra cosa”, muy cerca de mí. Y, cómo dudarlo, Martí era tan moderno como los otros modernistas hispanoamericanos.

     Poco había leído yo entonces de Martí; lo suficiente, sin embargo, para entenderlo en espíritu y letra. Sus libros, como la mayoría de los libros hispanoamericanos no impresos en París, era raro encontrarlos por España. Su prosa, tan española, demasiado española acaso, con exceso de giro clasicista, casi no la conocía. Es decir, la conocía y la gustaba sin saberlo porque estaba en la “crónica” de Darío. El Castelar[9] de Darío, por ejemplo, podía haberlo escrito Martí. Solo que Martí no sintió nunca la atracción que Darío por lo español vistoso, que lo sobrecogía, fuera lo que fuera, sin considerarlo él mucho, como a un niño provinciano absorto, Darío se quedaba en muchos casos fuera del “personaje”, rey, obispo, general o académico, deslumbrado por el rito. Martí no se entusiasmó nunca con el aparato externo ni siquiera de la mujer, tanto para Martí (y para Darío, aunque de modo bien distinto). El único arcaísmo de Martí estaba en la palabra, pero con tal de que significara una idea o un sentimiento justos. Este paralelo entre Martí y Darío no lo hubiera yo sentido sin venir a Cuba. Y no pretendo, cuidado, disminuir en lo más mínimo, con esta justicia a Martí, el Darío grande, que por otros lados, y aun a veces por los mismos, tanto admiro y quiero, y que admiró, quiso y confesó tanto (soy testigo de su palabra hablada), a su Martí. La diferencia, además de residir en lo esencial de las dos existencias, estaba en lo más hondo de las dos experiencias, ya que Martí llevaba dentro una herida española que Darío no había recibido de tan cerca.

     Este José Martí, este “Capitán Araña”, que tendió su hilo de amor y odio nobles entre rosas, palabras y besos blancos, para esperar al destino, cayó en su paisaje,[10] que ya he visto, por la pasión, la envidia, la indiferencia quizás, la fatalidad sin duda, como un caballero andante, enamorado de todos los tiempos y países, pasados, presentes y futuros. Quijote cubano, comprendía lo espiritual eterno, y lo ideal español. Hay que escribir, cubanos, el Cantar o el Romancero de José Martí, héroe más que ninguno de la vida y la muerte, ya que defendía “exquisitamente”, con su vida superior de poeta que se inmolaba, su tierra, su mujer, y su pueblo. La bala que lo mató era para él, quién lo duda, y “por eso”. Venía, como todas las balas injustas, de muchas partes feas y de muchos siglos bajos, y poco español y poco cubano no tuvieron en ella, aun sin quererlo, un átomo inconsciente de plomo. Yo, por fortuna mía, no siento que estuviera nunca en mí ese átomo que, no correspondiéndome, entró en él. Sentí siempre por él y por lo que él sentía lo que se siente en la luz, bajo el árbol, junto al agua y con la flor considerados, comprendidos. Yo soy de lo estático que cree en la gracia perpetua del bien. Porque el bien (y esto lo dijo de otro modo Bruno Walter,[11] el músico poeta, puro y sereno, desterrado libre, hermano de Martí y, perdón por mi egoísmo, mío) lo destrozan “en apariencia” los otros; pero no se destroza “seguramente”, como el mal, a sí mismo.

Juan Ramón Jiménez

(1938)[12]

Tomado del Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1982, no. 5, pp. 300-302.


Notas:[13]

Véase Abreviaturas y siglas

[1] Publicado originalmente en un número —hasta ahora extraviado— del quincenario habanero Baraguá, el autor lo recogió en su libro Españoles de tres mundos (1958), y recientemente Cintio Vitier lo incluyó en su compilación Juan Ramón Jiménez en Cuba (1981), editada en La Habana como recordación del gran poeta español en su centenario, y que reunió los textos escritos por este durante su estancia en Cuba. El Anuario lo reproduce en una sección eventual para rendir homenaje a Juan Ramón Jiménez y a las dos figuras valoradas por él en estas páginas: José Martí, objeto fundamental de su comentario, y Rubén Darío, cuyas declaraciones acerca del cubano fueron sabiamente rememoradas en José Martí. 1982, a un siglo del inicio —con la publicación de Ismaelillo— de la renovación literaria en que Martí y Darío desempeñaron una función capital, resulta propicio para ello. Se trata, en lo hondo y justo, de un triple homenaje: a grandes representantes de Cuba, España y Nicaragua. Se respeta la personal ortografía de Juan Ramón Jiménez.

[2] Repertorio Americano, San José, Costa Rica, 6 de abril de 1940.

[3] Se publicó en Buenos Aires, Argentina, en 1942.

[4] Rubén Darío: “Walt Whitman”, Azul…, Poesía, La Habana, Editorial Arte y Literatura, 1989, p. 244.

[5] “[…] Fui puntual a la cita, y en los comienzos de la noche entraba en compañía de Gonzalo de Quesada por una de las puertas laterales del edificio en donde debía hablar el gran combatiente. Pasamos por un pasadizo sombrío; y, de pronto, en un cuarto lleno de luz, me encontré entre los brazos de un hombre pequeño de cuerpo, rostro de iluminado, voz dulce y dominadora al mismo tiempo y que me decía esta única palabra: ‘¡Hijo!’” (Rubén Darío: “Impresión de Martí”, Yo conocí a Martí, selección y prólogo de Carmen Suárez León, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2012, p. 37. El evento biográfico aludido tuvo lugar en Hardman Hall, Nueva York, el 24 de mayo de 1893, instantes previos a un discurso que Martí pronunció en ese lugar).

“[…] la sangre de Martí […] pertenecía a toda una raza, a todo un continente; pertenecía a una briosa juventud que pierde en él quizá al primero de sus maestros; pertenecía al porvenir! // […] Cuba quizás tarde en cumplir contigo como debe. La juventud americana te saluda y te llora, pero ¡oh Maestro, qué has hecho!” [Rubén Darío: “José Martí” (La Nación, Buenos Aires, 1º de junio de 1895), Antología crítica de José Martí, recopilación, introducción y notas de Manuel Pedro González, Universidad de Oriente, Publicaciones de la Editorial Cultura T. G. S. A., México, D. F., 1960, pp. 5 y 11, respectivamente].

[6] JM: “XLV”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, OCEC, t. 14, p. 350.

[7] Salvador Rueda Santos (1857-1933).

[8] Francisco Villaespesa Martín (1877-1936).

[9] Rubén Darío: “El entierro de Castelar” (1899).

[10] Véase Samuel Feijóo: “Martí encuentra su paisaje”, Bohemia, La Habana, 31 de enero de 1954; y

Cintio Vitier: “Visión de la naturaleza y el hombre nuestro”, Lo cubano en la poesía (1958), en Lo cubano en la poesía. Edición definitiva, prólogo de Abel E. Prieto, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1998, pp. 196-202.

[11] Bruno Walter (1876-1962).

[12] De acuerdo con Alessandra Riccio este artículo fue publicado en el periódico Mediodía, en La Habana, el 5 de enero de 1937. (“El secreto de Cuba en Juan Ramón Jiménez y María Zambrano”, Opus Habana, La Habana, 2001, no. 14, p. 9). Antes de 1959, fue publicado, además, en: Archivo José Martí, La Habana, julio-agosto de 1940, año 1, no. 1, pp. 9-12; Boletín de la Orden de la Rosa Blanca, La Habana, año 8, no. 89-90, 1955, pp. 25-28; El Mundo, La Habana, 27 de enero de 1957, p. D-l; y Diario de la Marina, La Habana, 30 de mayo de 1958.

[13] Menos la primera nota, las demás corresponden al E. del sitio web.