CARTAS DE MARTÍ

La República Argentina en los Estados Unidos.—Un artículo del Harper’s Monthly.

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Y con aquel espanto con que Catón acababa su discurso, con un elogio continuo y casi colérico que va levantando a latigazos la atención de sus compatriotas soberbios y dormidos,

—en vez de entretenerse en describir estatuas y edificios,—en vez de intentar desdichados y rudimentarios esbozos de mera historia política de nuestra lucha sublime por poner de acuerdo, con generosidad e ímpetu difíciles de entender para otras razas, nuestra población supersticiosa y primitiva con nuestros ideales acrisolados y magníficos,—en vez de burlarse a boca ancha de costumbres risibles que acaso conservamos solo por aquel tierno respeto del nieto leal a las chocheces de sus viejos buenos,—esto es lo que dice Curtis a los norteamericanos: “No os fiéis de aquella Patagonia inhabitable, porque lo es tanto como nuestro gran desierto: nuestra población aumenta en un setenta y nueve por ciento, y la de ellos en ciento cincuenta y cuatro: creéis que nuestra Minneapolis es la ciudad que más de prisa crece en el mundo, y Buenos Aires crece mucho más de prisa que Minneapolis. Wheelwright, de Pennsylvania, les fundó su primer ferrocarril; Halsey, de New Jersey, su primer rancho; Hale, de Boston, la primera casa de comisiones, que abrió la vía al comercio extranjero; pero tales son ellos que no solo imitan nuestros métodos, sino los mejoran, y nosotros somos tales que mientras Inglaterra envía allí trescientos nueve vapores en un año, los Estados Unidos, invitados por una subvención anual de cien mil pesos que no nos decidimos a igualar, no enviamos uno solo. La Compañía de carnes frigorizadas de Londres y el Plata está ya siendo enorme pulpo comercial, que acaparará el tráfico de carnes como nuestra Standard Oil Co. acapara el tráfico de petróleo. Y cuando aquel pueblo que va un siglo adelante de cualquiera otro país hispanoamericano; que tiene en sus ciudades más teléfonos y luces eléctricas que nosotros, sus propios inventores; que

con avidez inteligente se apodera de toda idea o procedimiento útiles; que tiene más escuelas, más riqueza animal, más riqueza relativa que nosotros, que echa por todo el continente, con éxito que pudiéramos aquí mismo envidiar, suntuosos ferrocarriles por tentáculos; cuando la Patagonia—de donde ha volado el indio—como el avestruz—esté poblada por los rebaños que ya la inundan, y por el ferrocarril del Norte baje el comercio, el tránsito, las minas del Pacífico, Buenos Aires será a la vez Londres y Nueva York, y la constancia de aquel pueblo latino habrá levantado contra la misma naturaleza un populoso emporio, una nueva maravilla hermana, en la ribera que con más prisa que juicio escogió para sitio de la ciudad, pensando antes en guerra que en trabajo, el fundador Mendoza.—Ya no es aquella la “Confederación Argentina”, como nuestros textos de geografía la siguen llamando torpemente, sino Nación, Nación con N mayúscula como la nuestra, y “una e inseparable”, y “unidos nos salvamos y divididos perecemos”, y todo lo más que nos plazca decir de nosotros, todo eso es la República Argentina: llamarla de otro modo es injuriar a los patriotas que con su sangre la han hecho lo que es, y poner en berlina nuestra propia inteligencia”.

 

Y así como la relación desnuda del viaje de Darwin en la fragata Beagle resulta a veces, por el influjo de la beldad americana en el autor sincero, épica como nuestro natural resplandeciente, fúlgida como un brillante negro, fresca y casi olorosa, así, por su efecto en este narrador desordenado y frío, por el orden y poesía que le infunden, por la belleza desusada que adquiere al describirlo su lenguaje, se enseñan mejor que con pujos retóricos o mercenarios éxtasis los elementos originales, y pintorescos como todo lo grandioso, con que se elabora aquella nación nueva, ya el pastoral, que pinta en el gaucho a la vez infatigable y muelle “devorando el espacio, semisalvaje y semicaballero”, acogiendo como esposa a la viuda del que le pagó con la vida el delito de vencerlo en la payada, ya el ímpetu contemporáneo, que sin más ayuda histórica que el arranque nativo, enfrena los ríos, levanta ciudades en lo que crece la yerba, da cita y envidia a las naciones y con tal virtud que oscurece sus vicios ante el extranjero hostil, cubre los llanos maravillosos de un pueblo digno de ellos.

Esmaltan el artículo,—donde se ve regatear las locomotoras, ir y venir los vapores repletos, encerrar con homérica sencillez la última indiada,—las peculiaridades graciosas que llamaron más su atención de viajero; y aun en esto se nota cómo domina al observador el asombro de hallar hasta en lo bajo y popular del argentino la única condición que inspira respeto al norteamericano,—la opulencia. “¿De qué familia eres?” dicen que preguntaban antes en Filadelfia al que quería hospedarse en la ciudad: “¿Qué sabes?” preguntaban en Boston: “¿Cuánto tienes?” preguntan en Nueva York: ahora Nueva York ha embebido la nación entera, y en toda ella solo se pregunta: “¿Cuánto tienes?” A Eleroy Curtis le llaman la atención, no las obras de arte que embellecen las plazas, sino las espuelas y estribos de plata maciza, la chinela de plata donde anida el pie breve la amazona argentina, las túnicas de plumón de avestruz “que ya desaparece como nuestro búfalo”, el poncho de vicuña “tan caro como un chal de pelo de camello”. “¡Cosa magnífica—dice—el poncho argentino; y ojalá que algún petimetre de Nueva York lo pusiera de moda, que no hay mejor ni más airoso abrigo!” “El estanciero va a su hacienda en un carro de Pullman, en vez del caballo de antes colmado de argentería, y habla  con su mayordomo por teléfono, y mata sus reses a la luz eléctrica”. “Cuesta seis pesos un asiento en el teatro”. “Hay bancos en Buenos Aires que mueven más caudal que casi cualquiera otro del mundo, y ocupan palacios de hierro, cristales y mármol”. “Su crédito es bueno, y sus bonos están sobre la par”. Todo, aunque a paso de viaje, lo celebra, acata y admira, y concretando con recogimiento visible sus inesperadas impresiones, depone la soberbia con que el hombre de Norteamérica se juzga único y prominente entre los pueblos, augura que la nueva generación, educada como en los Estados Unidos para dar a la patria hombres y mujeres útiles, borrará los últimos restos de la dominación española, y después de exhibir en sumario leal las leyes generosas y sensatas de la República, declara que aunque el Brasil, edificado sobre diamantes, le lleva la delantera en población femínea e inculta, aunque Chile “se envanezca con la devastación del Perú”, la Argentina es de todas esas naciones “la más próspera, la que mejor establecidas tiene las libertades religiosas y civiles, y la que con más éxito y cuidado levanta los cimientos de la grandeza nacional”.

 

                                                                                                                    José Martí

 

La Nación, Buenos Aires, 4 de diciembre de 1887.

[Copia digital en CEM]

 

Tomado de José Martí: Obras completas. Edición crítica, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2017, t. 27, pp. 32-40.

 

 

Tomado de José Martí: Obras completas. Edición crítica, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2017, t. 27, p. 41.

 

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