CARTAS DE MARTÍ
La República Argentina en los Estados Unidos.—Un artículo del Harper’s Monthly.
Dudley Warner ve bien los detalles; pero ¿de qué le sirve, si no ve con cariño? Pinta bien lo que ama, los lagos celestes, los sembrados lucidos, los coros de montañas, arrebujadas como las vírgenes en velos vaporosos; mas el mérito no está en eso, pues para eso no hay nada que vencer, sino en domar la antipatía, si se la tiene, y pintar con lealtad, y como si se le quisiera, aquello que por naturaleza no se ama. No es que todo sea bueno, ni que haya de disimularse lo malo que se ve, porque con cosméticos no se crían las naciones, ni con recrearse contemplando en la fuente inmóvil su hermosura; pero todo se ha de tratar con equidad, y junto al mal, ver la excusa, y estudiar las cosas en su raíz y significación, no en su mera apariencia. ¡Pues si acá fuera a juzgarse el país por la corteza, y no se mirara a sus yerros con la piedad y razón que son menester para excusarlos! Entiende Warner la naturaleza; pero es, a pesar de su forma, escritor estrecho, que no sabe salirse de su raza, como aquel del cuento indio, que porque tenía asido por una pata al elefante, sostenía que todo era pata. Por sobre las razas, que no influyen más que en el carácter, está el espíritu esencial humano que las domina y unifica. Sus emperadores tiene el pensamiento, que son los que ven de alto y en junto, como Emerson; y sus alféreces, que son los que, de mirar en los asuntos menudos de su escuadra, todo lo quieren modelar por ella.
¡Piernas pobres! Davides han hecho más que Goliathes. San Martín no se cuenta que pesase montes: Bolívar pesaba tanto como su espada: el cura Hidalgo llegaría a unas ciento treinta libras. ¡Piernas pobres! Precisamente era así el guía que cierto caminante llevaba una vez de Acapulco a México, al cual viaje dio fin sin que le robase nadie la suma fuerte que cargaba al cinto: así era el guía, poco de años y carnes, muy cenceño y zancudo; pero como un francés corpulento que se agregó a la caravana diera en punzarlo y hacer burla de él, llegando, porque le creyó flojo, a mover mucho el sable y desafiarle el valor, saltó el mozo de su arria con tal vuelo que pareció a todos gigante, y más que a nadie al francés, que escondió el sable en cuanto le vio al mozo los ojos, tan encendidos que no había modo de hacerle seguir camino hasta que el francés no se bajara de su caballo y aceptase el combate. ¡Al francés no le pareció el mozo “piernas pobres”!
Precedidos casi siempre por la fama de la riqueza natural del país, se han publicado principalmente en las revistas mensuales artículos miopes sobre Guatemala; que con política culpable ofrece ahora su alianza a los Estados Unidos a cambio de que estos abusen de su temible influjo en México para que el Gobierno mexicano permita al guatemalteco oficiar de potencia mayor y absoluta entre los países de Centroamérica que Guatemala mira como botín natural suyo; sobre Costa Rica, industriosísima colmena, que inspira cariño por la cordialidad de sus habitantes, de los “hermaniticos”, como en Centroamérica los llaman, y respeto por su laboriosidad e industria;—sobre Honduras, que levanta su nueva generación, medulosa y prudente, entre minas de oro y plata que estallan por todas partes a flor de tierra, como en la ceniza caliente se abren en florones níveos los granos de maíz;—sobre Colombia montada en oro, sujeto el seno henchido por un coselete de esmeraldas, oreada la frente, repleta en mal hora de latines, por las alas anchas de las mariposas azules de Muzo;—sobre Chile, “el país del yankee sudamericano”, donde vio Eleroy Curtis, secretario de aquella volante comisión norteamericana que recorría hace dos años nuestros países, “el paseo de Santa Lucía, el lugar más bello que he visto jamás”, donde le pareció el chileno “el más activo, emprendedor e ingenioso entre los hispanoamericanos, agresivo, audaz, arrogante, perspicaz, rencoroso, fiero de naturaleza, hombre de sangre fría”, mezclando en eso y en lo que aquí se calla, de tal modo las virtudes a los reparos, que más llegan a ser estos que aquellas.
Y hoy mismo acaba de publicarse en el Harper’s Magazine, que reclama con justicia entre las revistas ilustradas el puesto de representante terco del espíritu aguileño de Norteamérica, un respetuoso estudio sobre “el otro extremo del hemisferio”, sobre la Argentina y el Uruguay, donde el asombro mal contenido no deja al autor, que es el mismo Eleroy Curtis, espacio para la censura.
Adivínase el estupor con que los comisionados vieron surgir, cuando desembarcaban en Buenos Aires, “sobre los hombros de un tempestuoso italiano”, aquella inesperada y ya temible grandeza; y el escritor ligero que de todos los demás países de América trasmitió impresión tal que resultan, aun los más prósperos de entre ellos, semibárbaros y deformes, solo ve en Buenos Aires al gaucho que expira sobre su poncho de colores a los pies de una nación mágica y pujante.
No tiene el estudio mucha literatura; pero su misma desnudez realza su efecto y es su lección mejor, puesto que desde el exabrupto con que comienza, revela el miedo e impone el respeto que a su juicio merece la Argentina de un país que “vergonzosamente la desconoce”, aunque, a seguir como van los precios de producción y transporte en los Estados Unidos “acabarán los argentinos por echarnos de los mercados de provisiones y harinas”.
Y hay algo del floreo de brazos de los boxeadores en aquella avalancha de contrastes estadísticos. Ya no preocupan al escritor, como en los demás pueblos que visita, “si la costarricense anda descalza”, lo cual solo es verdad de alguna campesina infeliz; ni si en Santiago de Chile “se deja morir de frío la gente en las casas, arrebujada en sus pieles alrededor de un ético brasero”. ¡Lo que os debe preocupar, imbéciles, es que “a nosotros nos cuesta cincuenta pesos poner una res curada de Chicago, en Londres, y a ellos les cuesta veinticinco; que hace cinco años empezaron a exportar cereales, y de aquí a poco nos van a quitar el mercado de harinas del Brasil, como Chile nos ha quitado el del Pacífico; que con su tierra, cultivable casi toda, sus ríos hondos, sus impacientes ferrocarriles, los pueblos del Plata tienen ventajas que superan a las de cualquier otro país del globo!”

