ASUNTOS CUBANOS.

LECTURA EN STECK HALL, NEW YORK,

24 DE ENERO DE 1880

...continuación 7

     Elementos permanentes producirán la guerra permanente. Digan los arrepentidos; —digan los que caen en pecado gravísimo, para el que después no habrá suficiente penitencia, fingiéndose y alimentando esperanzas que osadamente, y brutalmente, les devuelve el enemigo con la punta de la lengua en el Parlamento, y con la punta del puñal en las haciendas y en los campos;—digan qué dique,—sino ese mismo que provoca contra sí la ira de las aguas, podrán oponer a los crecientes ríos;—cómo calmarán el fiero empuje de una raza que expone sin temor en el combate, todo lo que le es odioso,—para lograr al fin lo que le es caro;—cómo convencerán a tantas criaturas de que es honrada y amable una existencia inútilmente ignominiosa;—con qué pruebas de reales libertades ahogarán las banderías armadas;—qué castigo merecerán los que no aprovechen la ocasión de ennoblecerlas;—digan cómo conmoverán en nuestros pechos este sentimiento altivo, hecho bueno con la severidad de la razón,—que hoy tiene sacerdotes numerosos, y que aun cuando rodase en tierra, rota el ara, tendría siempre, enérgico y severo, al pie del ara rota, un sacerdote!

     ¿Qué esperan esos hombres que afectan esperar todavía algo de sus dueños? Oh! Yo no he visto mejillas más abofeteadas; yo no he visto una ira más desafiada; yo no he visto una provocación más atrevida. A tal punto se les rechaza y se les aterra, que no han osado alzar en Cortes, por creerla, según confesión de ellos mismos, irrealizable sueño,—esa palabra culpable, disfraz de timideces y apetitos, con que pretendieron distraer la atención y atar la voluntad de nuestro pueblo. ¿Qué afectan esperar, cuando con desdeñosa complacencia, no perdonan sus dueños ocasión de repetirles que no cabe pedir allí donde se ha de tener por entendido que no hay nada ya que conceder?—“No tiene España en el orden político, nada que conceder, ni nada que cumplir”.—¿Creéis acaso que es mía esta palabra de desesperación, este lema de soledad y desconsuelo?—¿Creéis acaso que es augurio pesimista, imaginado al calor de exagerada exaltación patriótica? Pues es la última declaración hecha en las Cortes españolas por el Ministro de Ultramar.[24]—España no tiene ya nada que conceder ni que cumplir. ¡Esperad ahora. Mendigos!

     Tiempo a mí, y fuerzas a vosotros, me faltan ya para deciros todo lo que, deseoso de engañarme, mas confirmando cada día mi juicio, he observado en mi último destierro, —que no es destierro este de ahora, que consiste en dejar de vivir en pueblo esclavo para venir a alentar en pueblo libre. Si tuviéramos tiempo, yo os diría,—mas a vosotros, que no merecéis que así os ofenda;—yo diría a los que no se cansan nunca de que la medida de los yugos sea tomada sobre su frente;—a los que se forjan aún una esperanza, porque siempre la hay sobre la tierra;—a los que pudieran fingir, como tabla que asoma en el naufragio, confianza alguna en venideros trastornos de la política española;—yo diría sereno, enfrente del juicio que el que de todos lo ha de hacer, hiciera de mí un día;—yo afirmaría—con la mano puesta sobre la cabeza rubia de mi hijo—que creo honradamente, y meditadamente, que no tienen esos perpetuos esperadores derecho alguno para fiar de la política probable, la salud de la patria que hoy les niega la soberbia política presente. Ni ¿cómo se ha de conceder lo que no se sabe aún de qué manera se ha de pedir? Ni ¿cómo han de triunfar diputados que han de estar perpetuamente en vejatoria minoría? Ni ¿cómo desarraigar la idea real de que abrir la puerta de las libertades a un pueblo rebelde, es abrirle las de la victoria? Ni ¿cómo pedir que ahogue España en la Península industrias a que fía su subsistencia, por hacer merced a las industrias de un pueblo que sabe que dejará pronto de ser suyo?

     ¿Que son acaso los dueños blanda cera a los pueriles intentos maquiavélicos de aquellos hombres hábiles, que engendraron tantos hijos, y que no se han cansado aún de ser vencidos?—¿Que cabe que en las Cortes Españolas sea votada una ley liberal de abolición, que los que afectan pedirla no han formulado todavía? ¿Que cabe que, sea rápidamente hecho visible un acuerdo benévolo de los dueños, cuando los exiguos, abandonados y sedicientes diputados liberales de Cuba, huelgan huraños entre sí y contra los suyos, alimentando todos esperanzas diversas, y el más bravo esperanzas incompletas, y el más enérgico aspiraciones absolutamente distintas, y repletas de español sentido, de las que vergonzantemente profesan, sin osar sacarlas a luz, sus desbandados compañeros?

     Se están fundiendo aún, y no tienen bastante hierro todavía, los cañones que han de echar abajo el trono trémulo de España. Metal conservador entrará por mucho en el cuño de la futura moneda revolucionaria. Triunfarán los conservadores, cuando la revolución triunfe. Distinta será la forma, y se concederá un ápice más al pueblo hambriento; pero la esencia no cambiará, ni cesarán la ira y el hambre.

     No ha de cambiar el tipo signalante de un pueblo terco,—por dar placer al interés de aquellos contra los que le movió siempre el desdén— y le mueven desde hoy desdén y cólera;—que el que fue siempre gobierno de intereses, y por ellos subsiste,—no ha de dejar de favorecerlos, ni atender especialmente a ellos, en tanto que gobierne.

     Pero demos de mano a esas inútiles reflexiones,—porque no somos nosotros los que las hemos menester:—no somos nosotros los que exclusivamente hacemos cuestión de dineros, aquella que es cuestión primera de honra y vida, sin resolver la cual, ni nuestros hijos tendrán techo, ni nuestra existencia objeto, ni nuestros huesos caliente sepultura.

     Nosotros no queremos resignarnos a tener siempre el corazón hinchado con las lágrimas, y el nudoso bordón siempre en la mano, y llenos los pies siempre del polvo del camino. Nosotros no queremos conformarnos a que nuestros nacientes pequeñuelos besen, en las horas de dolor, nuestras frentes pálidas, viviendo en una tierra donde hasta el rubor ha de ocultarse al ojo vigilante del tirano. Nosotros no podemos concebir que un pueblo que ha llenado los pueblos con sus hijos, y las llanuras con cadáveres, y con su sangre nobilísima los ríos, vaya atado hacia un Oriente en que se ha cansado ya de salir el sol, uncido a un carro informe y tosco, deshecho por la íntima batalla de los corceles impotentes que lo guían. ¡Para algo más nos hizo el cielo, que para sufrir intemperancias de corceles!

     Nosotros hallaremos en todos los honrados corazones magnánima ayuda. Los equivocados, se arrepentirán.—Los fugitivos, retornarán.—Los más culpables, lavarán al fin viniendo, la grave culpa de haber venido tarde. Volverán a cruzar naves amigas los mares que no ha mucho cruzaron con fortuna. Y no lucharán solo  los jinetes que en este instante cabalgan por el llano, ni quedará sin asta la bandera que manos valerosas pasean, saludada con triunfos, por campos no cansados todavía de recibir en su seno a muertos nobles:—que abanderados, tiénelos de sobra! Y tocaremos a cada puerta. Y pediremos limosna de pueblo en pueblo. Y nos la darán, porque la pediremos con honor. Y seremos vencidos, y tornaremos a vencer. Y darán en tierra con nuestro actual empeño, y con empeño nuevo caeremos sobre nuestra tierra.—Y nos ganarán esta batalla, y habrá aún alguna alma fuerte y fiera que quedará batallando todavía!

     ¡Oh, no, pueblo magnífico!;—no eres aún bastante grande para que estén perdonadas ya todas tus culpas;—pero no eres ya bastante pequeño para ofender los manes de tus héroes!—Ni las pasiones ruines son tu único alimento, ni tus hijos malos podrán más que tus hijos buenos, ni tus vicios más que tus virtudes, ni tu indignidad más que tu cólera, ni el maléfico genio de tu ruina más que tus vehementes necesidades; ni volverán a marchar por vía distinta el guerrero que lucha por la libertad, y el trabajador que le envía el arma!—El pueblo de auxiliares acompañará con su constancia al pueblo de batalladores,—que lo animará con su valor. Lo que de ti espera en estos mismos instantes tu enemigo,—de ti, pueblo decoroso,—lo tendrá! Llegue el valor del injuriado a donde llega el pánico visible del enemigo que lo injuria. ¡Qué facilidad, vencer al débil! Y ¡qué larga caída, hacer para combatirlo menos de lo que el adversario espera de nosotros! ¡Oh, no —pueblo lloroso, —que en tierra ajena educas a hombres y a mujeres, que no tendrán mañana el consuelo de distraer con los objetos nobles de la vida, las amarguras que acarrean sus exigencias! ¡Oh, no,—pueblo de mártires, que ha sabido en un día, y en largos años, más meritorios que el calor de un día, alzar en nuestros campos al esclavo con aquella misma mano enseñada a ofenderlo y castigarlo,—y comprar con la propia labor en tierra extraña la cuna de sus hijos!—¡Oh, no,—voces sonoras, antes gusto y regalo de salones, y hoy severo placer de las iglesias, en que a la vez entonan el himno del trabajo, el treno acongojado de la viuda, y el canto sollozante de la patria!—¡oh, no,—muertos ilustres, al calor de nuestra alma revividos, y en el fondo del pecho acariciados! ¡No durmáis todavía el sueño terrible de aquellos que han perdido ya toda esperanza!—no nos echéis aún sobre el rostro, con vuestras manos frías y descarnadas, la sangre que vertisteis por ingratos!—no os alcéis en la noche silenciosa, con vuestro cortejo de huesos deshonrados, a huir con ellos de un pueblo de mendigos, para darles extraña sepultura en un lugar más digno de abrigarlos!—¡Moveos y contentaos, muertos ilustres!—¡Antes que cejar en el empeño de hacer libre y próspera a la patria, se unirá el mar del Sur al mar del Norte, y nacerá una serpiente de un huevo de águila!

[Edición príncipe en CEM]

Tomado de José Martí: Obras completas. Edición crítica, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2009, t. 6, pp. 133-165.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[24] Bienvenido Oliver y Esteller. En realidad, tales declaraciones fueron expresadas en diciembre de 1879 por el ministro de Gobernación, el entonces muy conocido Francisco Romero Robledo, en un debate en las Cortes sobre las reformas en Cuba.