ASUNTOS CUBANOS.

LECTURA EN STECK HALL, NEW YORK,

24 DE ENERO DE 1880

...continuación 6...

     No llevó el gobernador actual de la Isla,[20] más rasgo señalado, ni más original política que la vulgar y tenebrosa que consiste en concitar contra los blancos cubanos a los hombres de color. Los benévolos teorizantes de la Habana, ni acudieron a este mal, ni lo sospecharon tal vez; y al amparo de esta beatífica disposición, comenzó el gobernante novel la traidora campaña.[21] Pero había vigilantes en las sombras. Y caminaron por sobre sus pasos, y delante de ellos. Concedía el jefe español grados, y doraba uniformes, y traía a sus jefes negros a palacio, y pagaba oradores, y mantenía un periódico,[22] y como veneno por las venas, los derramaba por los clubs y por las casas a cantar las glorias del gobierno de España, y a ofrecerles en su nombre una libertad que han tenido, aunque no era menester, ocasión clara y reciente de juzgar.—Escudos invisibles pararon estos golpes alevosos, y dirigieron por fecunda vía a aquellas masas móviles y atentas. Por hombres de su raza conducidos, desoyeron por fortuna a los asalariados declamadores, y volviendo la espalda al grupo exiguo, harto bien pagado para que perdiese ocasión de empeñar lidia, aprendieron pronto que de los campos de batalla les había venido el mezquino bien de que gozaban, que al campo de batalla debían volver a ayudar a sus libertadores, y que aun cuando estos fuesen vencidos, y el gobierno español viniera a ser, por mágicas artes, prudente y generoso, a la terrible y legendaria década y a sus lecciones imponentes deberían todos los beneficios que gozasen.

     ¡Se necesita meditar tan poco para comprender que dos seres venidos a perpetua vecindad, vivirán mejor en paz necesaria, aunque entre algunos no cordial, que en perpetua y destructora riña! No sería cuerdo suponer que en pechos tan lacerados ha desaparecido ya toda amargura, e inspiramos a los que hemos oprimido, una confianza, no merecida aún en absoluto. Pero sería causar ofensa grave a la suma considerable de hombres de color cubanos, tan sentidores de lo noble y tan capaces de lo intelectual como nosotros, suponer en ellos intentos cavernosos, que con ánimo sereno, serían y han sido ya, los primeros en encauzar y contener. Cierto que huyen, y con sobrada causa, de los que los desdeñan o afectan temerlos para seguir aún, en una u otra forma, en el goce de fácil riqueza; posible es—y bien harían—que desdeñasen a su vez a los que buscan con no dignas lisonjas sus aplausos. Pero a los que han estudiado en sus hogares su capacidad para el sacrificio y la virtud; a los que han adivinado en sus corazones el perdón de todas las ofensas y el olvido de todas las injurias; a los que en horas de común angustia han sabido estrecharlos a su pecho; a los que han abierto sus heridas para poner, donde había veneno, bálsamo; a los que han tenido amor bastante para afrontar a su lado sus problemas, y virilidad sobrada para unir al blando consejo el severo raciocinio en la represión de sus exaltaciones naturales: a estos, los aman.—Ellos saben que hemos sufrido tanto como ellos y más que ellos; que el hombre ilustrado padece en la servidumbre política más que el hombre ignorante en la servidumbre de la hacienda: que el dolor es vivo a medida de las facultades del que ha de soportarlo; que ellos no hicieron una revolución por nuestra libertad, y que nosotros la hemos hecho, y la continuamos bravamente ahora, por nuestra libertad y por la suya. Y se cuenta la historia. Y se dice en las fincas, y se repite en las ciudades. Y no han de ser los hombres de color libertados infames que volvieran la mano loca contra sus esforzados libertadores. Al alborear nuestra redención, y antes de organizar los medios de conquistarla,—organizamos ¡sublime hecho! la suya. Grandes males hubo que lamentar en la pasada guerra. Apasionadas lecturas, e inevitables inexperiencias, trastornaron la mente y extraviaron la mano de los héroes. Pero como ante un sol vivo reverdece en los campos toda grieta, y truécanse en paisajes pintorescos los más hondos abismos,—ante esta vindicación de los hombres ofendidos, siéntense amorosos deseos de perdonar todos aquellos extravíos.

     Sobre los campos sin cultivos; sobre el hervor perenne de los esclavos engañados, que hace ondular, y ascender, y descender, y forma, y deforma nuestra vida, como la fuerza oculta de los terremotos, corriendo rápida e invisible por bajo la superficie de la tierra, la encorva y la amontona a su capricho; sobre la ira de los humillados, el clamor de los hambrientos, y los aprestos amenazantes de los vencedores; sobre este número de causas, bastantes ya a producir la nueva guerra,—otro airado elemento, por sí solo capaz de producirla, cansado del reposo, alzaba el brazo. Aquel pueblo de guerreros, ¿dónde había ido? Aquellos hombres avezados a la lucha, interesados en ella, deudores a ella de una fama y de una consideración de que antes de la guerra no gozaron;—aquel grupo, más estimable, de espíritus briosos, y de juicio seguro, que ha consagrado su vida a la conquista de la independencia de la patria, por cuanto honor y razón se la aconsejan, y antes ha de dar rosas la ortiga, y una serpiente un huevo de águila, que tales hombres cejen en su empeño,—sin cuidar grandemente del monto de con causas que favorecían el hábito de los unos y el indómito intento de los otros, bullían y elaboraban pertinaces, y templaban de nuevo los aceros enmohecidos e inquietos en la vaina.

     Los que intentan resolver un problema,—no pueden prescindir de ninguno de sus datos. Ni es posible dar solución a la honda revuelta de un país en que se mueven diversos factores, sin ponerlos de acuerdo de antemano, o hallar un resultado que concuerde con la aspiración y utilidad del mayor número.

     Los que por engaño cedieron, dábanse prisa a reparar su yerro. Los que cedieron por esperanza de reponer su fortuna, ven yermo el campo, y agrietado el solar, sin que haya modo de reparar este y fecundar el yermo. Los que se doblegaron por cansancio, empujados por el general desasosiego, y por la propia indignación, no oponen en su mayor parte valla al nuevo torrente. Los bienaventurados que esperan, hallan solo  persecución de la justicia. Los que a España vuelven los ojos, ven cohortes de astures y de fornidos vascos que vuelven triunfadores de las urnas.[23] Y los que no se avienen a pisar la tierra de rodillas, ni a recoger jirones de burlescas libertades, como los canes recogen los mendrugos; los que prevén que con la ley prolongadora de la esclavitud, harán los esclavos la guerra que no quieren hoy hacer buen número de blancos, y se tendrán, sin resultados propios y definitivos, todos los males, y los mayores males, de la guerra; los que sentían crecer, y oían rugir, y querían traer a buen cauce, y han tenido la gloria de traerla, esta lucha sombría; los que—prescindiendo ya de toda noble causa de decoro, que a tantos habría de parecer antigualla importuna,—conocen que hay una suma crecida de emigrados, que ha echado sobre los vacilantes toda la vergüenza de la patria, y se ha traído al hogar todo su honor;—los que no los han visto volver a vivir bajo techumbres profanadas, sobre sepulturas abiertas sobre queridas ruinas; los que saben, porque han querido saberlo todo, que hay parte buena de hombres valerosos que ni por el pasado fracaso, ni porque fracaso nuevo le siguiera, han de salir de la vida sino con el empeño logrado, o con la última bala de su cinto;—los que todo esto palpan o adivinan—creen un crimen desviar a la patria, con esperanzas fingidas, y con teorías contrahechas, del camino a que el país se lanza inquieto, en busca de fortuna, cuando no tienen los desviadores garantía respetable ni vía ancha que ofrecer, en vez de aquellas que pretendieron cegar primero, y erizar de obstáculos después, cuando el primer intento fue imposible.

     Así surgió la guerra; con estos elementos se mantiene; viene a la historia con un hermoso timbre, ya apuntado, y que no fuera prudente repetir. Cordura y cólera, razón y hambre, honor y reflexión la engendran. Esclavos que se adueñan de sí propios; ese dejo viviente de soldados que viene siempre después de las revoluciones; esa brillante y numerosa pléyade de hombres tenaces, hechos al rocío de la noche y al foguear y perseguir del día esos vivos que firmaron con los muertos un contrato que los que viven no han cumplido todavía;—y vosotras, mujeres entusiastas;—vosotros, ricos del Camagüey, del Oriente y de las Villas, que educáis a vuestros hijos en la labor modesta, y en el desdén de la riqueza infame; vosotros, artesanos habaneros, que apartáis de vuestros jornales el noble donativo, como anticipo que os ha de ser pagado con largueza por el sol de la patria honrada y libre, que calienta de bien distinto modo que aquel pálido sol de los esclavos; —vosotros no sois fantasmas errabundos, ni maléficos conjuros, ni sueños de una mente visionaria, ni setas olvidadas que crecen melancólicamente en tierras frías. Sois un pueblo real e inolvidable, hecho al dolor y a la fatiga;—que vive bajo la nieve, enamorado siempre de su sol;—que tiene ya la frente demasiado alta, por el ejercicio de sí propio, para entrar en la patria violada por puertas estrechas!

     ¡Oh! Qué terrible porvenir espera a nuestra patria, si todas las protestas pacíficas no se convierten en protestas útiles; si en vez de marchar, en poderoso acuerdo, con la rapidez de las cosas luminosas y la intimidad de las cosas fraternales, los hombres que pelean y los hombres que socorren,—fuera don de muchos esa funesta creencia de que basta para librar de males a la patria, enumerarlos removiendo el agradable fuego, o llorarlos femenilmente sobre la cabeza de nuestros hijos y sobre el seno de nuestras mujeres!—Los grandes derechos no se compran con lágrimas,—sino con sangre. Las piedras del Morro son sobrado fuertes para que las derritamos con lamentos,—y sobrado flojas para que resistan largo tiempo a nuestras balas.—¡Qué porvenir sombrío el de nuestra tierra si abandonamos a su esfuerzo a los bravos que luchan, y no nos congregamos para auxiliar, con la misma presteza y alientos con que se congregan ellos para combatir! ¡Qué adiós tan largo a la patria, perdida entonces, por nuestro crimen propio, para siempre! ¡Qué obra tan inútil aquella que hemos comenzado a realizar, y que consiste en dar un cauce abierto a cóleras justas y terribles, concitadas por un engaño cruel y por una ley osada contra nosotros y contra sí propios por nuestros enemigos! ¡Y cómo renacería tremendo este peligro, si fuera posible—que no ha de ser posible—que cesase la actual revolución!—¿Quién se atreve a esperar paz decisiva en una tierra donde todos los elementos están librando una mortal batalla, y los batalladores han adquirido ya los hábitos de combatir? Vagarán siempre por los campos familias miserables; los esclavos fugitivos, pobladores de las selvas, las llenarán de caseríos inaccesibles, y contraerán en ellas propios hábitos, que los alejarán mañana del comercial fragor de la ciudad, del cultivo afanoso de los campos, y de toda tarea que no les sea urgente y exclusiva; ¡brava manera de unir,—concitar divisiones duraderas entre las necesidades y costumbres de los nacidos a partir el mismo pan!—Ni cesarán jamás los combatientes aguerridos—ni los que de la guerra viven, mal inevitable, aflojarán en ella; —ni los que viven consagrados a lograr la libertad definitiva de la patria, y a concertar su suerte futura con su admirable casual colocación, los resultados de su historia, y la vivaz inteligencia de sus hijos, cederán jamás en la alta empresa, ni se desalentarán por fracasos repetidos, ni sancionarán con su presencia su ignominia, ni trocarán en incensario infame el puño de su espada. Que en este trueque, la punta de la espada queda vuelta contra el mismo que mueve el incensario.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[20] El general Ramón Blanco y Erenas, marqués de Peña Plata.

[21] Nótese la similitud temática con la nota en la sección “En casa” y el artículo “El plato de lentejas”, publicados en Patria, Nueva York, el 21 de mayo de 1892, no. 11, p. 3 (OC, t. 5, p. 366) y el 6 de enero de 1894, no. 93, pp. 2-3 (OC, t. 3, pp. 26-30), respectivamente. Véase, además, el ensayo de Fina García Marruz: “El problema negro”, en su libro El amor como energía revolucionaria en José Martí, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2004. (N. del E. del sitio web).

[22] Se refiere al bisemanario El Ciudadano, fundado en enero de 1879 por el pardo libre Manuel García Alburquerque, a quien el gobernador Blanco le ofreció los útiles necesarios para mejorar su impresión al igual que contribuciones monetarias a cambio de que prestase apoyo al gobierno colonial.

[23] De los 24 diputados electos por Cuba a las Cortes, hay constancia de que al menos 10 eran peninsulares, y de los 16 senadores, al menos 9 eran también nacidos en España. Martí pudiera estar aludiendo también a varios casos de diputados y senadores electos por otras zonas de España, que formaban parte o representaban los intereses de la camarilla conservadora que controlaba la situación en la Isla, como el asturiano Constantino Fernández Vallín, marqués de Muros.