Señor Presidente del Círculo de Bellas Artes.
Señor Presidente de su Sección de Literatura.
Compañeros y amigos:
El Círculo de Bellas Artes que, desde su fundación, tan patentes pruebas ha dado de su espíritu de solidaridad intelectual, ofrece esta noche un nuevo ejemplo de su vigilante e íntimo sentido de la comunidad literaria.
El homenaje de hoy se tributa a un hombre apartado de las altas posiciones oficiales, lejos de las capillas más o menos cerradas de nuestra vida artística, relegado a una modesta cátedra de Escuela Normal, ajeno a todo espíritu de secta o bandería política, en suma, a un gran solitario de nuestra vida intelectual como lo ha llamado recientemente con su habitual agudeza crítica Félix Lizaso, en su magnífica Antología de ensayistas contemporáneos. Yo deploraba en lo más íntimo que fuesen corriendo los días y no hubiera un acto de afirmación de nuestro espíritu literario, del sentimiento de solidaridad artística con ocasión de haberse otorgado por primera vez en Cuba el Premio Nacional de Literatura. Laudo de tal naturaleza siempre debía haber tenido resonancia en un acto público. En el caso de Vitier, personificación del trabajo persistente y silencioso, parecía que no era solo el galardón a una obra admirable sino la consagración de una vida de entrega absoluta a las empresas del espíritu, animada por una aspiración a lo universal, con una entrañable preocupación cubana, con un sentido admirable de continuidad y permanencia.
Vitier surge a la vida literaria en 1915.[2] En ese año un poeta y crítico de tan altas perspectivas como José Manuel Poveda dudaba, en un artículo muy significativo publicado en el Heraldo de Cuba, de la eficacia de lo nacional en nuestras empresas literarias. Era la reacción crítica ante ciertas actitudes chauvinistas, limitadas como todas las de su clase. Pero se había ido muy lejos en el camino contrario y pareció entonces que iba a interrumpirse, en nuestro medio, la tradición creadora de nuestro siglo xix, la gran tradición humanística que se inicia en la antigua Revista Bimestre Cubana y culmina en la obra literaria de Enrique José Varona.
Este momento de crisis lo hemos vivido profunda, angustiosamente. Nos sentíamos un poco náufragos en nuestra generación por esta tristísima solución de continuidad que había en el proceso de nuestra cultura. Recuerdo —y perdonadme esta evocación de un episodio puramente personal— que cuando tuve que dejar a Cuba en mi primera salida diplomática y me vi obligado a separarme de mi biblioteca, muy rica en obras de nuestro siglo xix, no pude dejarla a ninguno de mis más íntimos amigos —y los había los más generosos, fieles y cordiales que pueden encontrarse en este mundo— porque la guarda de tales obras parecía una carga demasiado pesada para ellos. Así fue como aquella colección, que debía en buena parte a una donación familiar que aún recuerdo conmovido, y en otra a una suma de sacrificios enormes, fue a parar a quienes nunca debieron guardarla y la perdí para siempre, dejando la triste experiencia en lo hondo de mi espíritu un sedimento de amargura.
Vitier representa una clara excepción en aquellos años. Comprende que en el siglo cubano está la fe de vida de nuestra nacionalidad. Sabe que, a lo largo de aquella centuria, desde el padre Caballero hasta la generación separatista del 95, no hay un solo esfuerzo que no tienda de una manera o de otra a la formación de la personalidad política de Cuba. Poetas como Heredia, filósofos como Varela, críticos como Del Monte, historiadores y estadistas como Saco, educadores como Luz iban creando lentamente el espíritu de la nacionalidad. El padre Varela, renovador de la filosofía en Cuba, es también el doctrinalista del autonomismo que logra, primero que nadie, ver sometido a la consideración de las Cortes un proyecto de gobierno local para su patria; Saco, nuestro máximo historiador, es el gran nombre del reformismo político en Cuba; Luz, el insigne anticoussiniano,[3] crea con su Colegio El Salvador la fragua de la generación revolucionaria del 68. Todo esto lo ha sentido, lo ha vivido con íntimo fervor el ensayista a quien hoy ofrecemos nuestro emocionado homenaje de admiración y cariño. Su obra tiene una estricta correspondencia espiritual con la de aquellos varones egregios. Él reanuda la tradición, escribe un nuevo capítulo, en esta historia gloriosa. Así le debemos sobre Luz[4] y Martí[5] páginas esenciales; sobre Varona,[6] el filósofo de los cursos libres, el gran estructurador de nuestra cultura, en el novecientos, una biografía ejemplar; y de su esfuerzo cubano persistente y heroico que discurre por más de una centuria, de ese esfuerzo por una patria espiritual, común, de ese esfuerzo que ya presenta los ciclos, y las generaciones paralelas, los ritmos, los períodos rítmicos de nuestra cultura, señal de una inequívoca conciencia nacional, de ese esfuerzo secular ha hecho la más bella y ponderada exégesis en el libro que ha obtenido precisamente el Premio Nacional de Literatura.
Este sentido verdadero de cubanidad no ha puesto limitaciones en su obra varia y diversa. Además de los libros sobre sus especiales disciplinas (Vitier es uno de los más claros timbres de la pedagogía en Cuba), nuestro ensayista ha escrito monografías magistrales sobre vastos capítulos de la cultura universal. La información es siempre segura y precisa; el estilo claro, de viriles contornos, con un firme sentido de la economía verbal; su crítica penetrante, llena de ponderación y equilibrio. Hay en él un orador genuino, pero ni en sus tratados magistrales, ni en sus síntesis biográficas, ni en sus ensayos críticos encontramos jamás la huella de la declamación, del énfasis rotundo del discurso. Elocuencia, sí, elocuencia con ese tono de contención propio de la cátedra, que alguna vez tiene el más hondo matiz emocional.
Acabo de escribir una palabra que es la clave de muchas de las cualidades, la revelación cierta de cualidades características de nuestro amigo. ¡La cátedra! He aquí en Vitier una de las vocaciones más firmes, más silenciosas, más austeras, de más sentido de heroísmo cotidiano que pueden encontrarse en nuestro profesorado. No limita su magisterio creador a la escuela a la que oficialmente está adscripto. Yo he dicho antes que este hombre de cualidades excepcionales, este espíritu universal y universalista, saturado de cubanidad, ve limitadas sus funciones a una modesta cátedra de Escuela Normal. Pero él ha creado cátedras libres —esas cátedras tan necesarias en nuestra enseñanza superior y en nuestra misma enseñanza universitaria—, en muchas de nuestras instituciones culturales —reciente está su fundamental ciclo de lecciones sobre nuestros filósofos en los Amigos de la Cultura Francesa— y el ensayo, la nueva experiencia están llenos de los más felices augurios. En la cátedra admiramos en el maestro Vitier su sentido arquitectural del discurso, su cálido acento, la vida interior que da su matiz inconfundible a la palabra adecuada. Todo tiene en el historiador de Las ideas en Cuba una transparencia, una misteriosa luz espiritual. Hay una súbita iluminación interior que parece que no nos viene por los habituales caminos. Es la humanidad honda, palpitante, que alienta siempre en el escritor, es la correspondencia íntima, entre el pensamiento y la acción vital, entre la doctrina y la vida, entre la actitud y la conducta, lo que produce esa misteriosa luz del espíritu, ese misterioso resplandor desconocido. Porque este ensayista, este pensador, este crítico de tan altos y positivos valores es uno de los hombres más buenos, más generosos, más humildes y más llenos de heroico sentido —y quiero dar a esta voz de “heroico” su pura acepción emersoniana— que pueden encontrarse en este mundo. Ha de decir con San Pablo: Si andamos en el espíritu, vivamos también en el espíritu.
Esta actitud interior es una de las más eficaces lecciones de la vida y de la obra de Vitier. Pasó con humildad, en medio de un hondo silencio, por posiciones altísimas. Secretario de Educación, ni siquiera pudo prepararse un simple traslado a La Habana. Era aquel tiempo de profunda turbación en nuestra vida política. Vitier pasó por medio de la tempestad con silencioso gesto, cargado como siempre de vida interior. Cuando arreciaban los aires tempestuosos, cuando había en torno a nuestro amigo una atmósfera de violencia, él daba el ejemplo del trabajo persistente y silencioso. Silencio creador, fecundo y constructivo silencio, que en nuestro amigo es el signo inconfundible de su alta estirpe espiritual.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] El Dr. Medardo Vitier obtuvo en los recientes concursos de la Secretaría de Educación el Premio Nacional de Literatura, que se otorga por primera vez en Cuba. Alcanzó el señalado galardón con su libro Historia de las ideas en Cuba, que próximamente verá la luz editado por la Dirección de Cultura. Con este motivo el Círculo de Bellas Artes consagró al eminente escritor una sesión solemne, que abrió, en términos muy ponderados y precisos, el Dr. Cataneo, Presidente de la Sección de Literatura del Círculo. El poeta Hilarión Cabrisas leyó muy bellos versos, especialmente escritos para esta sesión. La Orquesta del Círculo interpretó algunos números de música clásica y de nuestro folclor. Encargado por la prestigiosa entidad de ofrecer al Dr. Vitier este justo homenaje, nuestro Director leyó las cuartillas que publicamos al final de esta nota. El Dr. Vitier, que tiene un sentido admirable de la oratoria docente, pronunció un discurso bellísimo, en donde fijó el verdadero carácter de la tradición creadora de nuestro siglo XIX. El discurso de Vitier dio una nota de profunda emoción a esta sesión inolvidable. Por un lamentable descuido no se tomó taquigráficamente, y su autor, embargado por renovadas empresas de cultura, no ha podido reconstruirlo.
La Revista Cubana, que se fundó por una resolución del Dr. Vitier, en la breve etapa en que desempeñó la Secretaria de Educación, y a propuesta de nuestro actual director, hace llegar al insigne ensayista el testimonio de su alto respeto y de su más viva y cordial admiración.
Dijo así el Dr. Chacón y Calvo en el ofrecimiento del homenaje.
[2] Antes había publicado Reflejos, Matanzas, 1909 y Martí, su obra política y literaria, Matanzas, La Pluma de Oro, 1911, premiada en el Colegio de Abogados de La Habana.
[3] Véase La polémica filosófica cubana (1838-1840).
[4] Véase Bibliografía de Medardo Vitier sobre José de la Luz y Caballero.
[5] Véase Bibliografía de Medardo Vitier sobre José Martí.
[6] Véase Bibliografía de Medardo Vitier sobre Enrique José Varona.

