Del 16 al 20 de diciembre de 1889, la ciudad de Nueva York acoge a los delegados suramericanos a la Conferencia Internacional Americana organizada con toda intención en Washington por el secretario de Estado Blaine. Abierta oficialmente el 3 de octubre de ese año, concluirá el 19 de abril de 1890.
El 26 de diciembre de 1889, The New York Times reproduce[2] una carta dirigida poco antes al periódico español de esta ciudad, Las Novedades,[3] por un “distinguish Spanish American”, uno de los delegados a la Conferencia Internacional Americana, y en la cual, a pedido de su editor, le da algunas impresiones sobre la ciudad: le llama la atención el mal estado de las calles y lo inconfortable y la poca calidad de los hoteles donde los alojaron, pero se dice “sobremanera impresionado” por el “maravilloso puente de Brooklyn y el no menos admirable Equitable Building”, y concluye con el punto sobre el cual más se extiende y que parece ser el motivo esencial de su carta. Tras haber señalado que no dispone de tiempo para apuntar más observaciones porque ya tiene “el pie en el estribo” para volver a Washington, escribe:
pero no puedo obviar en absoluto dos observaciones; por lo menos, tengo que hacerlas porque no pueden quedarse en el tintero. […] // Noté con asombro, en la lista de los huéspedes invitados al suntuoso banquete con el cual nos agasajó la Spanish‑American Commercial Union, la omisión de un nombre que esperaba ver entre los primeros. La Unión, según sus estatutos, se propone alentar las relaciones comerciales entre este país y las demás naciones de América, Cuba y las islas Filipinas. Por ello, es muy extraño que el ministro español, representante de la nación a la cual están sujetas esas islas, no haya sido invitado. ¿Fue intencional o no la omisión? En todo caso, es imposible no reconocer que fue muy desafortunada, máxime cuando se la contrasta con la actitud del Union League Club, en cuya recepción tuve el placer de encontrarme con el representante de España. El hecho es que dicha omisión disgustó a la mayoría de los hispanoamericanos. […] // Pero más que disgusto, indignación causaron entre nosotros las palabras de cierto orador cubano en la recepción de la Sociedad Literaria Hispanoamericana. Siempre consideré como un error que aquellos que tienen en sus venas sangre hispana calumniasen la memoria de esos héroes que implantaron la civilización cristiana en este continente, y me pareció absolutamente fuera de momento y lugar hacer comparaciones con la intención deliberada de rebajar nuestra raza, la raza de la cual, incluso si se acepta como verdadero todo lo que dicen de ella nuestros enemigos, tenemos el honor de descender. No obstante, al orador cubano no se le permitió hablar impunemente, y antes de que finalizara su discurso, se oían silbidos y otros síntomas de desaprobación.
Por supuesto, ese “cierto orador cubano” es José Martí que, algunos días antes, el 19 de diciembre de 1889, pronunció en Nueva York, en la Sociedad Literaria Hispanoamericana, ante los delegados a la Conferencia Internacional Americana, uno de sus discursos más brillantes y asombrosos, el que se conoce como “Madre América”, en el Scottish Rite Hall, lugar de reunión de esta rama escocesa de la francmasonería. Por supuesto, la visión que en él ofreció Martí acerca de la “civilización” traída por España a América y que resumió en una famosa y lapidaria exclamación: “Del arado nació la América del Norte, y la Española, del perro de presa”, no podía agradar a un hispanófilo devoto de la madre patria.
Desgraciadamente, el autor firma su carta como “A Pan‑American”, de manera que es imposible saber qué delegado latinoamericano se sintió tan ofendido y enojado por lo que expresó Martí. En todo caso, si el firmante dice la verdad, parece que hubo reacciones. ¿Sorprendieron a Martí? Lo más probable es que no. Cinco días después, el 24 de diciembre de 1889, en una carta a Mercado comenta ese discurso:
que le envío, y dije en ocasión para mí dificilísima, ante los miembros de la Conferencia que vinieron a N. York,—porque los más seguros de sí, o menos obligados, quisieron dar muestra de su opinión con no venir;—y era mi objeto, porque veo y sé, dejar oír en esta tierra, harta de lisonjas que desprecia, y no merece, una voz que no tiembla ni pide,—y llamar la atención sobre la política de intriga y división que acá se sigue, con daño general de nuestra América, e inmediato del país que después del mío quiero en ella más,—en las tierras confusas y rendidas de Centroamérica. Nadie me lo ve tal vez, ni me lo recompensa; pero tengo gozo en ver que mi vigilancia, tenaz y prudente, no está siendo perdida. ¡Y qué montados y equivocados, tienen los guatemaltecos contra México! Qué esfuerzos para hacerles entender que México no es su enemigo, sino en cuanto ellos se presten a ser aliados de los enemigos de México! Pero esto Vd. no me lo pregunta, y yo no debo estarle hablando de intruso. Solo que lo que veo, lo veo, y hago lo que creo que debo hacer, y tengo gusto en decírselo de paso. ¡Y cuánto haría, si no estuviera en la pobreza en que estoy, sin más ayuda para estas propagandas, puesto que yo a nadie se la he pedido, que lo poco que puedo rapiñar de mi trabajo! […] Pero, mientras viva, velo. Quiero libre a mi tierra,—y a mi América libre.[4]
Cuando Martí caracteriza esa ocasión como dificilísima, ¿a qué alude concretamente? ¿A la composición de su audiencia o a las reacciones que parece que desencadenó su verbo? En todo caso, lamenta la ausencia de los delegados “más seguros de sí, o menos obligados”, es decir, los argentinos que de hecho fueron los que más se opusieron a las intenciones de Washington en los diferentes frentes de combate, entre ellos los más candentes como los intercambios comerciales, la unión aduanera y el principio de arbitraje. Martí sabía que no todos sus auditores estaban muy conscientes del peligro que empezaban a representar los Estados Unidos para la independencia de América Latina.
Basta leer lo que escribe en sus crónicas sobre la Conferencia Internacional Americana y sobre todo en sus cartas más privadas a Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra para darse cuenta de que uno de sus grandes temores y dolores era la división de los gobiernos latinoamericanos, las rencillas y hasta los odios entre ellos, que les impedían hacer frente común ante el enemigo más obvio, los Estados Unidos en los albores de su arrancada imperialista. Sus cartas a Gonzalo de Quesada del 13 y del 14 de diciembre de 1889,[5] algunos días antes de su discurso, dejan pocas dudas acerca de su decisión de ser el veedor, el que llama la atención. Sabía que lo que les diría levantaría ronchas, pero ¿cómo dejar pasar esa oportunidad que se le brindaba de dirigirse directamente a los delegados latinoamericanos? Por lo demás, su visión de “apátrida”, en el sentido lato de la palabra, no podía coincidir, por supuesto, con la de algunos “panamericanos”, como llamaba la prensa estadounidense a los delegados reunidos en Washington.
Resulta curioso que en ninguna parte accesible de sus escritos —ni a Mercado, ni a Quesada, ni en sus crónicas— Martí ofrezca sus impresiones acerca de esa visita que hicieron los delegados latinoamericanos a Nueva York y de la cual él mismo fue uno de sus estrellas al hablar ante ellos en la velada de la Sociedad Hispanoamericana. ¿Habrán desaparecido textos de él? ¿O habla de ello en su crónica fechada del 24 de diciembre y al parecer extraviada?[6] Tampoco hay alusión de su parte al “incidente” de que habla el autor anónimo de la carta a Las Novedades. ¿Su cargo de cónsul de Uruguay le impedía insistir demasiado en un asunto relacionado en algo con la diplomacia y prefirió dar la callada por respuesta? Porque es imposible que no haya estado al tanto de esa “protesta” anónima publicada en un diario en español y vuelta a publicar en varios de los más importantes periódicos neoyorquinos…
Máxime cuando el asunto no quedó allí. En efecto, el 3 de enero de 1890, The New York Times publicó una nota fechada del 30 de diciembre de 1889 y dirigida desde la Conferencia Americana Internacional al editor del periódico:[7]
Séanos permitido por la presente negar cualquier conexión o conocimiento de la carta que se publicó en el periódico español Las Novedades hace unos días bajo la firma de “A Pan‑American” y se tradujo y publicó por varios diarios americanos. Además, conociendo como los conocemos los sentimientos de nuestros colegas acerca del asunto a que se refiere la carta, deseamos añadir que no creemos que dicha carta fuese escrita por uno de los miembros de la Conferencia Internacional Americana. […] // “Aprovechamos esta oportunidad para expresar públicamente nuestro profundo reconocimiento y gratitud a las autoridades y ciudadanos de Nueva York por la manera espléndida y cordial con que fuimos recibidos y entretenidos durante nuestra última visita.
Y suscriben la carta: F. C. C. Zegarra (Perú), A. Laforestrie (Haití), José S. Decoud (Paraguay), J. H. P. Cassano [J. M. P. Caamaño] (Ecuador), Manuel Aragón (Costa Rica), J. G. do Amaral Valente (Brasil), Jacinto Castellanos (San Salvador), José Andrade (Venezuela), H. Guzmán (Nicaragua), Juan Francisco Velarde (Bolivia), Fernando Cruz (Guatemala), Jerónimo Zelaya (Honduras), Carlos Martínez Silva (Colombia), Alberto Nin (Uruguay), M. Romero (México), Francisco Antonio Silva (Venezuela), N. Bolet Peraza (Venezuela), José Alfonso (Chile) y Salvador de Mendonça (Brasil). Es decir, de los diecisiete países del Sur representados en la Conferencia, dieciséis ratificaron esa carta de desmentido con por lo menos una firma.
El único país ausente es Argentina, cuyos dos delegados —como lo indican otras fuentes— no respondieron a la invitación y no viajaron a Nueva York. Argentina fue el país que más se opuso a los designios de Blaine y Estados Unidos a todo lo largo de la Conferencia. De hecho, el gobierno argentino había designado oficialmente a un tercer delegado, Vicente G. Quesada, el embajador en función, precisamente a pedido expreso de este: “yo he pedido e insistido para que se nombrasen 3 delegados, considerando que los Estados Unidos han elegido 10, y solo contando con el número de los otros hispano‑americanos, se podría equilibrar la influencia de los norteamericanos”.[8] Dichas Memorias, permiten descartar versiones según las cuales Quesada no se presentó nunca en protesta por la organización de la reunión y la nominación del secretario de Estado Blaine como presidente a pesar de que no era delegado oficial de su país. La explicación es mucho más sencilla: ¡el embajador argentino estuvo ausente durante toda la larga duración de la Conferencia (octubre de 1889‑abril de 1890)! En marzo de 1889, aparentemente porque tenía ganas de visitar la Exposición Universal de París,[9] se le ocurre pedir permiso a su gobierno para volver un tiempo a Buenos Aires: en efecto, a falta de transporte marítimo directo entre Nueva York y el Río de la Plata, tiene que pasar forzosamente por Francia. Una vez autorizado en abril, Quesada abandona Estados Unidos en una fecha que no precisa, visita París, viaja luego desde Burdeos a Buenos Aires, se queda en casa de su hijo y regresa a Estados Unidos, haciendo el mismo viaje al revés, en una fecha que tampoco especifica. Pero escribe: “Me detuve en París [en su viaje de regreso] y, cuando el doctor Bosch [encargado de negocios en Washington] me anunció que habían terminado las sesiones del congreso panamericano, regresé a los Estados Unido, y entonces fue cuando en Washington me encontré con Mr. Blaine”.[10]
Los dos argentinos, llegados desde Buenos Aires como delegados especiales y no como diplomáticos, eran Roque Sáenz Peña y Manuel Quintana. Por lo tanto, es lógico que no aparezcan como firmantes, lo que explica, dicho sea de paso, la afirmación algo sibilina de Martí en su carta a Mercado: “ante los miembros de la Conferencia que vinieron a N. York—porque los más seguros de sí, o menos obligados, quisieron dar muestra de su opinión con no venir”.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Redacción revisada por Ana María Solís Peñate.
[2] “As Pan‑Americans Saw Us. Some Wonderful Things and Some Unpleasant Incidents”, The New York Times, December 26, 1889.
[3] Las Novedades. España y los pueblos hispanoamericanos. Periódico en español de la ciudad de Nueva York. Comenzó a editarse en 1876 y su director era José G. García. Su frecuencia era diaria de lunes a sábado, con cuatro páginas, y los jueves publicaba un semanario de veinte páginas. Era el vocero del integrismo peninsular en aquella ciudad, en pugna perpetua con los periódicos cubanos del exilio. Se publicó hasta 1918. (Tomado de OCEC, t. 17, p. 478).
[4] JM: Correspondencia a Manuel Mercado, compilación y notas de Marisela del Pino y Pedro Pablo Rodríguez; introducción de Cintio Vitier, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2003, pp. 328‑329; EJM, t. II, pp. 174‑175. Los destaques son del autor.
[5] EJM, t. II, pp. 167-169 y 169-170, respectivamente.
[6] Véase JM: “Carta a Manuel Mercado”, [Nueva York, 24 de diciembre de 1889], ob. cit., p. 328 y 174, respectivamente.
[7] “A Pan‑American Disclaimer”, The New York Times, January 3, 1890, p. 3.
[8] Carta a su hijo del 9 de abril de 1889, en Vicente Gonzalo Quesada: “Mis memorias. Recuerdos de mi vida diplomática. Misión en Estados Unidos (1885‑1892)”, Anales de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, Buenos Aires, 1904, tomo sexto, p. 119.
[9] Véase JM: “La Exposición de París”, La Edad de Oro, Nueva York, septiembre de 1889, La Edad de Oro. Edición facsimilar, ensayo y notas de Maia Barreda Sánchez, La Habana, Centro de Estudios Martianos y Ediciones Boloña, 2013, pp. 66-82.
[10] Ibíd., pp. 118‑119 y 154‑155.

