SANCHO COMO ESTETA
En el libro[1] maravilloso hay un ser humilde, llano, simple, que como todos los seres simples, llanos y humildes, esconde celosamente un tesoro de delicadas complicaciones en lo profundo de su corazón.
Pienso que Sancho no es sino se aparece a los ojos de todos: un rústico de al pan pan y al vino vino, un campesino de trotar y sudar. Ha hecho tradición lo que se ha definido de su persona y de su estilo: él es el patán, el barbián es él, él es el lengüisuelto. Sancho, en el libro maravilloso, no se rodea de maravillas sino de vulgaridades. En torno a su cabeza no hay, como en torno a la de Don Quijote, un halo de blanquísima luz de poesía e idealidad, sino que a Sancho lo que le corona es un descompuesto arco de pedazos de queso, tufos de cebolla, lamparones de aceite. Por su era caen los olores violentos, las palabras malsonantes, los gestos plebeyos. Si hay que eructar, Sancho, si hay que sudar, Sancho. Porque los héroes no tienen vísceras ni necesidades fisiológicas, ni nadie concibe a un Romeo lavándose los pies, ni a una Julieta[2] afanada en dominar un retumbante ruidaje de las tripas. Los héroes están por encima del estómago y de los riñones. Suda Sancho el humano, el hombre con pelambrera, con hipo, con legañas por la mañana, el que tiene el valor de interrumpir una conversación diserta para darle muerte a una chinche que le amenaza el cuello.
Todo lo despreciable y penoso se pone en la cuenta de Sancho, y no se echa de ver que los otros se mueven así de limpios, de fragantes, de puros, gracias a que la mugre común se la lleva Sancho en las corvas y en los pies. Él es quien se sacrifica, quien hace el burro, quien lleva las de perder. Se adelanta valerosamente a lo avanzado de la escena y confiesa: “Señores, aquí el sucio soy yo, yo soy el harto de cebollas y el abrumado de churre, yo soy el que piensa en salir afuera mientras habla un sabio, yo soy el que eructa mientras canta un ruiseñor”. Y Sancho se regresa a lo suyo, a lo humilde, a lo sucio, a lo llano, llevándose con él, silencio adentro, al Sancho interior, al otro Sancho. Se ha sacrificado, ha servido su papel resignadamente. Puesto que le tocó representar lo feo de la vida, él lo representa heroicamente. ¡Bendito Sancho, que acomete la quijotesca aventura de hacer el feo y el mugriento para que los otros brillen y reluzcan! ¡Bendito Sancho, que oculta las preferencias de su corazón y da un puñetazo o suelta una coz porque no lo sorprendan embelesado en la contemplación de una rosa!
De ese Sancho interior queremos hablar un poco, nada más que un poco. Del Sancho que Sancho lleva dentro de sí, arrebujado en la urdimbre del alma, metido en los cuévanos donde el hombre lleva su cosecha de espiritualidad. Más de una vez proclama Sancho a lo largo del Libro su convicción de que se le tiene por demasiado basto e irracional, cuando a la verdad tiene también un alma en su almario. Él también quiere ser comprendido, quiere que se le interprete, porque nada le mortifica tanto como verse relegado al papel de espantapájaros o papamoscas. Sancho, ¿cómo era? O mejor, ¿cómo no era, cómo negaba con su intimidad, con su ser genuino, en lo íntimo, al Sancho de por fuera? Sancho no es tan sanchesco como lo pintan. Si dijésemos que Sancho es un hombre lleno de amor por la belleza, de amor no consciente ni confesado pero dominante, siempre presente, no estaríamos exagerando ni yendo contracorriente. Basta recordar el Libro, para encontrarnos siempre con una misma situación. Sancho es zafio a ratos, es burlón, es sordo a muchos requerimientos de la ética, pero Sancho no se niega nunca a la admirativa contemplación de la belleza. Y es un contemplador que bien merece el nombre de esteta, en el sentido más honesto y fiel de esta palabra. Son las formas las que atraen a Sancho. Si alguien le sale al paso, solo necesita para embelecarle, hacerle un discurso medianamente bueno. En cuanto Sancho oye palabras bien dichas, estilo, oratoria, pone la oreja tiesa, y deja correr la admiración. A él no se le escapa nunca la gracia; para el ingenio tiene una especial agudeza: Sancho caza el retruécano en el aire, goza la frase bien hecha, y cuando le hacen gobernador, Sancho recibe una verdadera fiesta, porque para Sancho su gobierno se resolvió en puras combinaciones verbales, en torneos de ingenio.
Más allá de la palabra va Sancho. Los juegos bonitos, las danzas, los paisajes, las destrezas de los titiriteros, todo lo que sea color, movimiento, música, atrae a Sancho. Cuando le toca inventar, miente con una gracia que no consiste solo en las situaciones, sino también en las formas. Nadie le pregunta jamás por su concepción de la belleza; nadie toma en cuenta el parecer de Sancho. Se cree que un hombre como él, tan basto y tajante, no siente las emociones de un contorno nítido, de un paisaje, de unas nubes diamantinas. No obstante, Sancho es un hombre fiel a lo que le rodea, siempre que esto se le presente bajo forma apreciable. ¿No nos dice esto mucho más de lo que es corriente pensar sobre el carácter de Sancho? Ya se sabe que Don Quijote es un caballero entre otras cosas por su devoción a lo bello, que es signo de caballerosidad y buena sangre. De buena sangre espiritual, no localizable en miembro de clase alguna, sino capaz de soplar dondequiera, en hombre del campo o en señor de un palacio. Sancho, el buen Sancho de lo simple y lo material, del sudor y del trote, llevaba alma adentro, él también, la divina inquietud de las formas.
(Diario de la Marina, La Habana, 13 de abril de 1947).
Tomado de Paginario disperso, introducción de Carlos Espinosa Domínguez, La Habana, Ediciones UNIÓN, 2014, pp. 108-110.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Aventuras del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (1605-1615).
[2] Romeo y Julieta. Personajes protagónicos de la tragedia homónima de William Shakespeare, estrenada en 1595.

