MANUEL DE ZEQUEIRA Y ARANGO

(En el bicentenario de su nacimiento)

(Fragmento)

Tú que el primero
desdichado Zequeira, índico lauro
a tu frente ceñiste…

El nombre de Manuel de Zequeira y Arango va unido para todos a los dos rasgos con que aparece en citas y antologías: formar, con Rubalcava, la primera pareja poética de nuestra poesía del xviii y ser el autor de los sáficos. “A la piña”,[1] nuestro primer poema nativista. Es así que Manuel de Zequeira, militar español, “español hasta los tuétanos”, al decir de don Marcelino Menéndez y Pelayo, es, por modo bizarro muy propio de esos mismos tuétanos de la raza, el primer  poeta  cubano de nuestra literatura, y que esa cara extraña, entre ingenua y hosca, cerrada a la comunicación, con el cuello muy embutido en sus arreos marciales y el pelo como aplastado por el sudor del sombrero que dijérase que acaba de quitarse para  que lo veamos un momento, lleva, para la posteridad que lo evoca, un laurel indiano que nadie antes que él se había atrevido a llevar. La gloria de inaugurar, marcialmente, como convenía, la larga fila de los poetas cubanos, la tiene, sin duda, este extraño Manuel de Zequeira, vestido a lo español y ceñido de laurel índico invisible, el primero de su raza que sintió el estremecimiento de lo insular rodeando su dura coraza de militarazo con toda la barba, de luchador de las acciones de Yacsi y La Matrie, de extraordinario organizador de la defensa de España contra los insurgentes de Nueva Granada, que no supo defenderse él mismo del influjo sutil de las divinidades de la Isla ni resolver, sin quedar vencido, la batalla entre lo visible español y lo oculto americano. Inaugura así Zequeira la corriente secreta de nuestra poesía en el mismo centro del estruendo que cantó como nadie, la dualidad del hombre de acción y el hombre de poesía, el nudo, aún fuertemente cerrado, que iría a desatar el sacrificio de José Martí.

     Es el momento en que España ha dejado de ser activa y conquistadora para volverse pasiva y resistente. Se inicia la insurgencia criolla y España empieza a ponerse a la defensiva. El rudo atuendo del conquistador, luego del colonizador, va transformándose en el del militar bien uniformado, y a la anarquía primera sucede el redoble de los tambores de los guardias iniciando su ronda diurna por las calles empedradas. Se inicia el período de la vigilancia, llena, como toda vigilancia, de sospechas, de rumores nocturnos. Algo parece que se escapa y retira al paso del redoble marcial, aunque sean solo los ligeros soplos de Favonio y Flora, divinidades insulares que cantara don Silvestre de Balboa[2] en su Espejo de paciencia, allá en la villa de Puerto Príncipe. Es ese momento en el que aparece, como algo que fuera natural y necesario, la figura del militar Manuel de Zequeira, leal “en grado superlativo” que a la vez se nos describe como “esqueleto viviente”, como primer muerto-vivo de la patria. En su pecho uniformado se libraría la primera batalla de la Isla por su fundación poética invisible.

     Este “desdichado Zequeira” que cambió la suave serpiente insular de la S de su apellido gallego o portugués[3] por la Z retumbante y española, que se burló tantas veces de la figura del petimetre criollo, en nombre de la honradez ruda de los suyos, que miraba con el desdén del que ha abrazado con seriedad una carrera o un “destino”, como se decía antes, al ocioso jugador de gallos, bailarín de pie pequeño, habitante perpetuo de los tugurios o esquinas, fue también el primero que alzó la tozuda cabeza hispánica, fija siempre en lo eterno e inmutable, para mirar al gran Relox de la Havana, cuya crónica escribió con mano indeleble, el primero en recoger el pulso de la ciudad por el rumor, el primero que escuchó rumores, vida secreta nuestra, entre el sonido de los tambores militares de la ronda nocturna y diurna, el primero que descubrió, sobre el fondo del estruendoso escenario épico, las manecillas pequeñas, devoradoras de lo diario. Lo que Zequeira, el desdichado Zequeira, descubrió entre nosotros fue nada menos que el Tiempo.

1964[4]

Fina García Marruz

Tomado de Fina García Marruz: Hablar de la poesía, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1986, pp. 234-236.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] Manuel de Zequeira y Arango: “A la piña”, Poesía cubana de la colonia. Antología, selección, prólogo y notas de Salvador Arias, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2002, pp. 17-19.

[2] Véase Cintio Vitier: Lo cubano en la poesía (1958), en Lo cubano en la poesía. Edición definitiva, prólogo de Abel E. Prieto, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1998, pp. 33-45; y “Espejo de paciencia” (1960), Crítica 1, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2000, pp. 35-60.

[3] Calcagno afirma en su Diccionario biográfico que el apellido Sequeira era oriundo de Galicia y muy común en Portugal, debiendo su origen ser con S, como lo escriben Vasconcellos, Soarez y Linneo, pero que en autógrafo del poeta aparece siempre escrito con Z. Su hijo, Manuel de Zequeira y Caro restauró el apellido escribiéndole de nuevo con S.

[4] Cintio Vitier y Fina García Marruz: Estudios críticos I, La Habana, Biblioteca Nacional José Martí, 1964, pp. 43-100; Revista de la Biblioteca Nacional José Martí, La Habana, enero-junio y julio-septiembre de 1965, pp. 5-31 y 71-76, respectivamente; Ana Cairo Ballester: Letras. Cultura en Cuba, La Habana, Editorial Pueblo y Educación, 1997, t. 8, pp. 367-397.