GRACIÁN Y MARTÍ
...continuación 2
Frases que dan la impresión de suceder a los tres golpes con que el magistrado pone orden a los rumores de un tribunal.
Esto quizás obedezca al predominio que da a la potencia que señorea y juzga sobre la que padece y sirve. Llega a decir que toda ventaja —y la palabra ventaja tiene toda esa fría cautela aforística de Gracián— en el entender lo es en el ser, y que “no vive vida de hombre el que no sabe”, frase que contraponemos a aquella en que Martí, después de evocar en extenso y apasionado párrafo a los jóvenes inmolados del 68, concluye: “¡Y todo el que sirvió, es sagrado!”.[9] Ventaja del entender, de una parte, investidura del servir de otra.
Sin embargo, hay que detenerse en esta inesperada fusión de la idea de ingenio y la idea de grandeza en Gracián. Vemos al ingenio frívolo, a la grandeza, de esencia trágica. Pero ingenio no es quizás Wilde, ingenio es Miguel de Cervantes. “Todo héroe (dice Gracián) participó exceso de ingenio”. Retiene del sentido original de la palabra lo innato, lo que está dentro; del vulgar, lo que está hecho para atraer y brillar. Siempre encontraremos en Gracián estas dos nociones: lo que se oculta y lo que prevalece, la imagen del sol, la imagen del rey. Pero esta ocultación que aparece desde la primera página como supremo consejo al héroe, cuyo fin luce mundano (cebar la atención), revela su linaje divino al pretender servir al crédito (otra importante noción gracianesca) y al atraer por luz, proceder que deja de parecer martiano al subrayar la cetrería: “Cazar con luz es el verdadero escandilar”. (Es curioso que se fija en la noción de simpatía, unirse espontáneo y sin arte de los extremos, pero la llama “prodigio sellado”).
A la conducta, como a las cosas, pide el proceder regio, “el quilate rey”. Hay relación entre el conceptismo y la idea de rey. A un acero, a una pluma, a una vara, a un bastón, a un cetro, pide lo mismo: rige. Habla de un hacerse “señor de las materias” y actuar y hablar “con magistral potestad” y “como superior a los que escuchan” (pensamos en el deseo tan opuesto de Martí de ser “yerba de los que padecen”[10]). Dice: “corazón, de rey”, pero en él la palabra corazón se puede sustituir siempre por valor, temple de ánimo, acentuando de nuevo lo que regula mandando sobre lo que obra padeciendo.
Y aquí entra en escena una de las más curiosas nociones gracianescas, la del disimulo, de linaje divino. Zeus se vale de tretas. La Naturaleza ha introducido en ella al hombre por engaño. Los sentidos nos engañan, lo cual no quiere decir que nos mientan. Ha visto Gracián que lo natural y lo divino gustan de ocultarse, lo cual tiene de cortesía, el ser una caridad escondida. En la luz tan pronto fue el lucir como el ser. No les bastó a las cosas tener una esencia, sino que quisieron lucir ante otras, hacer simulacro, no engaño, para “realce de la sustancia”. Gracián siempre preferirá este punto. No dirá ser cortés sino “cobrar fama de cortés”, no dirá generosidad sino galantería, que es como darle traje de salón y modales de duque. Pero enseguida añade: “Supongo, o comunico, la bizarría de corazón”. Aconseja en el trato con las gentes, “la disimulación bondadosa”, actuar como si no alcanzásemos los motivos de su conducta. Esa bondad no oculta su fin de dominio. “Quien no supo disimular no supo reinar”, lo cual deja de parecer cínico si se tiene en cuenta que en Gracián el mando es siempre legítimo, la eminencia está fundada en la sustancia, lo regio en lo real. Léase su apología del pavón de Juno, la belleza como ostentación, y cómo a las aves sombrías las reúne la envidia, y cómo empezó la corneja a malear insinuando que a veces lo mejor se oculta y lo peor ostenta, mientras el pavón, en el centro de lo recién salido de las manos de Dios, realiza la unidad del ser que rompió la caída y hace corresponder los dos órdenes según justicia.
Aun partiendo de lo que se ha llamado “su profundidad animal” llega uno a preguntarse dónde están las ideas de sufrimiento o caída en Gracián, que es como ese rey español que no quería que le hablasen de desastres sino de victorias. Gracián ve siempre a la virtud triunfante, entre los tronos y las dominaciones. Ni una gota de sangre. Su héroe es amado, “feliz héroe universal”. (Oímos el contrapunto: “Nací para ser vaso de amarguras”.) ¿Los desdichados? No hay desdicha, dice, solo imprudencia, lo que es mucho simplificar. ¿La muerte? “El mismo sol, a buen lucir, suele retirarse a una nube porque no lo vean caer, y deja en suspensión de si se puso o no se puso”. El consejo de retirarse antes de caer ve la muerte bajo las mismas leyes de supremacía y ocultación, como si dijera al sufrimiento: sé como el sol, que se hunde lejos de la vista. La supremacía, vestida de disimulo, vuelve a ocultar la caridad. Diríamos que estamos en los extremos del sentimiento martiano para el que no existe retirada en el ser, punto que no sea activo. Gracián abre ese espacio casi retórico que parece corresponder al primer orden de lo creado, sin culpa, frente a su rey oculto, allí donde Martí se ofrece como intermediario y a semejanza del hijo encarnado, orden segundo de la redención, al ocultarse y lucir paternos opone el exponerse y morir. Pero este morir de cara a la luz ya no es regio sino en el fondo uno con su sentimiento del “morir callado”, desconocido, “pegado al último tronco”.[11]
Cuando el francés lee sus Máximas o el europeo su Castiglione, ideal renacentista del cortesano, les parece El héroe español tocado de mayor gravedad, eticismo, fortaleza. Pero desde la perspectiva del héroe americano recordamos la frase de Nietzsche,[12] que pensaba quizás en su Zaratustra, “le veo algo de rococó y de sublime filigrana”. Leemos esas reglas y preguntamos con el mismo Gracián: “¿Cómo, se hace un Rey?” A lo que él mismo contesta: “Sí, que no nace hecho”, con frase que debió gustar a Ortega, o “No basta la sustancia, requiérese la circunstancia”. Pero a este héroe suyo, menos atildado que cauteloso, le ha valido la cortesía para no caer despreciando como al germano —“¡no ser comprendidos por no importa quién!”—, y entre el vulgar y el paradojo ve un espacio vacío como una página en el que escribe con sorna: “Que el héroe platique incomprensibilidades a raudal”. Pero ya en el Criticón dirá al demonio: “Todo el distrito del ingenio será tuyo”, lo cual lo sitúa fuera del combate que propuso al principio y lo arroja a las puertas mismas del comulgatorio. Pues ha visto Gracián que la mancha de tinta se extendía por todas partes y que ese Anfiteatro de Monstruos, Cueva de la Nada, Jaula de Todos, tiene este rótulo goyesco: Nadie sin crimen.
Vemos a Gracián inclinar su oído de confesor. Oímos la voz de un hombre pequeño que nos habla a través de un enrejado. Ha visto que la Mentira entraba “primero en todo” y la Verdad llegaba “última y tarde, cojeando”. De un extremo a otro le ha parecido prudente extender avisos, prudencias, atajos, cautelas. El enemigo es solapado, séalo el plan. El vulgo se burla de los dos: “Mejor loco con todos que cuerdo a solas”. Imaginamos que Gracián ha bajado la pluma que aparece en alto en el retrato para escribir, dibujando las letras, una rectificación cautelosa: “Mejor cuerdo con todos que loco a solas”. Pero se detenido en esta frase, ha quedado pensando en el que se queda solo, en el héroe. Algún librillo ha escrito sobre el tema, pero el asunto le vuelve. Las virtudes se hallan repartidas. No cree haber visto nunca a ese “varón máximo”, prudente como Séneca, belicoso como Homero, sagaz como Esopo. Lo ha deseado tan singular como dibujado abstracto. Y dejando de pensar vuelve a escribir, un tanto vagamente: “Algunos fueron singulares en sus quimeras…”.
Martí ha ofrecido una batalla, Gracián ha dibujado una estrategia. Habíamos visto que su obra —críticas o cautelas— se cierne sobre la acción o la rodea, que busca el vocablo rey o abre ese espacio entre extremos que deja a cada uno de ellos con algo de icono o joya, relacionándolos el arte como en la vida el sufrimiento. Buscaríamos en vano en sus tratados de agudeza o artes de ingenio el hechizo de una frase de Martí, erraríamos si buscásemos en sus más prometedores epígrafes como aquel que nos habla de las “agudezas por ponderación misteriosa” algo más que la decepción de algunos ejemplos en que el misterio no se distingue bien de lo que llama agudezas por dificultad. Pero posponer un efecto o silenciar una explicación no basta para realizar la ponderación misteriosa que nos parece hallar a veces de veras en Martí. Buscamos el epígrafe que nos habla de agudezas por acción, prometiéndonos encontrar algo de ese misterio por el cual la enorme jerarquía de la palabra se hace acto silencioso, como en los últimos tiempos de Martí, y nos encontramos con actos que tienen la calidad de una frase que no se dice, así el emperador Carlos v dejando caer su anillo en Francia, o Pedro, conde de Saboya, cuando el gran canciller del emperador le pidió los títulos de su Estado y él le sacó la espada. Ya no es la palabra apoderándose de un acto sino de actos que quieren ser frases de ingenio, palabras.
Clasifica hasta lo laberíntico mil tipos de agudeza, por proporción, por improporción, complejas, incomplejas, y a todas nos parece verles de común el partir de análogos o extremos que se relacionan por acto del entendimiento o lo que llama sutileza objetiva. Llanto y contento, fuego y nieve, sepulcro y cuna, nacer hoy para morir mañana y muero porque no muero. “El invicto español, vivo y difunto, levantó este divino contrapunto”. Pero a veces nos parece que sin salir de la retórica se rozasen algunos misterios, el de la gracia cuando dice: “Duplícase la sutileza cuando se duplica la correspondencia y dada una grande se secunda con una mayor” o el de la caridad: “A veces no está uno de los extremos, pero se finge para fundar la correspondencia”. Gracián piensa en el mecanismo de la imagen, nosotros en la figura de Martí comenzando algunos de sus vastos elogios, porque a lo grande respondió con lo mayor y a lo inerte con el fuego que funda la correspondencia. Ante los extremos de vida y muerte, verdad y mentira, Gracián abre un espacio en que el sufrimiento prefiere vestirse de agudeza, disimular para triunfar, aunque sea en simulacro, de lo muy oscuro y terrible. “Es dificultoso llenar un gran vacío”, dice Gracián. Pero la muerte del héroe nuestro establece la relación, vence por lo inesperado, ya que, como decía San Agustín de la muerte de San Esteban,[13] “descansa el justo entre sus contrarios”.
1960
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[9] JM: “Discurso en conmemoración del 10 de Octubre de 1868”, Hardman Hall, Nueva York, 10 de octubre de 1891, OC, t. 4, p. 260.
[10] Véanse las cartas a José Dolores Poyo y a Gonzalo de Quesada y Aróstegui, fechadas en [Newport] el 18 de agosto de 1892 y en [Cabo Haitiano] el 6 de febrero de 1895, EJM, tt. III y V, pp. 188 y 62, respectivamente. En igual sentido se refirió —por su desinterés absoluto en el ejercicio del deber— a que él sería alfombra para que los demás lo pisaran. También escribió:
“En mí, no pienso: tendré que poner de lado enteramente mi persona, para lograr tal vez, con la supresión de ella, alguna forma menos odiosa e imprudente, ya la doy por muerta. En todo lo de mi persona cederé […]”. (JM: “Carta a Tomás Estrada Palma”, Montecristi, 16 de marzo [de 1895], EJM, t. V, p. 105).
“Yo soy un comino. Haré lo que mi patria me mande” (JM: “Carta a Gonzalo de Quesada y Benjamín J. Guerra”, [Montecristi, 25 de marzo de 1895], EJM, t. V, p. 124).
[11] “[…] De mí espere la deposición absoluta y continua. Yo alzaré el mundo. Pero mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador: morir, callado. Para mí, ya es hora. Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo”. (JM: “Carta a Federico Henríquez y Carvajal”, Montecristi, 25 de marzo de 1895, TEC, pp. 24-25).
[12] Friedrich Nietzsche (1844-1900).
[13] San Esteban (c. 5-c. 36).

