GRACIÁN Y MARTÍ
Ha sido siempre referencia obligada al tratar de las fuentes del estilo martiano citar por lo coloquial a Santa Teresa, por lo conciso a Gracián. Al fijar su linaje entre el de los prosistas españoles del Siglo de Oro se hacía una aseveración que empezaba a ser imprecisa en la misma medida en que buscaba precisarse. Pues si Martí “parece” un escritor del Siglo de Oro es más bien porque no “se parece” a ninguno de ellos en particular.[1] No produce el genio hispánico esas estirpes literarias tan frecuentes en Francia, que el escritor que no tiene se apresura a buscar como un nuevo rico buscaría un título de nobleza y que lo hacen sentir después tan sonriente y seguro como a Gide[2] cuando afirma: pertenezco a la raza de Montaigne. Pero decimos Quevedo, decimos Santa Teresa, y parece que hemos nombrado a uno y a muchos, como si hubieran dado en lo del ángel de ser el individuo y la especie, o a manera del hombre rico que dejó muchos bienes y ningún heredero. Decimos Martí y tampoco hay resquicio por el que entren las causas y expliquen el milagro, ya que él logró, como pedía Gracián, cifrar una categoría y equivalerla.
Nos tienta más contraponerlos que asemejarlos. Miremos sus retratos. Si el mejor de Martí tenía que ser el que nos lo muestra de pie, pues de pie decía él que vivía, como si viniera de su profundidad ya unido y resuelto para el oscuro y fiero[3] premio, el único de Gracián que se conoce —el del colegio de los jesuitas de Calatayud— nos lo debía mostrar sentado, un poco ladeada la cabeza de médico o confesor, nariz de sensitivo, el oído presto a coger en el aire una sutil noticia que los demás no advierten, todo él más dispuesto a trocar lo que oye en consejo que lo que mira en acto. Martí ha quedado en el gesto de ofrecerse y callar, las manos a la espalda, Gracián en el de retraerse un poco de la página como el que asegura mejor el blanco, la pluma levantada y bien a la vista con no sé qué de suntuario. Parece que ha pensado bien lo que se dispone a escribir, pero aun así espera la ocurrencia de un retoque último, en tanto sostiene la pluma en la mano delicada con la cautela del que coge el tallo espinoso de una escogidísima flor.
Antes que nada, es preciso distinguir entre la concisión gracianesca y la martiana, que difieren por la carga retórica del ingenio de una parte, y la ética emocional de la otra. Uno va al análisis, el otro sale de él. Reacciona Gracián contra “el discurrir prolijo” del español en forma aún más española, esto es, por antítesis o discusión, oponiendo quintaesencias a fárragos. Se siente la unidad del procedimiento. “El retén en todo”. Ocultar, medir, regatear. A Martí no le sabemos la fórmula previa. Ve lo vivo y sus órdenes y prefiere, sin oponer, el natural al retórico, al que aun así llama “ornado”.[4] No da códigos de moralista francés o Séneca americano, y si a menudo sentencia lo vemos acentuar lo amoroso de la ley sobre lo crítico del precepto. Como se pliega a lo suyo, vivo, a veces es conciso pero las más es abundante. No ha escapado a Gracián que la ausencia de artificio pueda ser el mejor consejo, pero si en él es el arte mismo el que aconseja a veces no tenerlo, es la naturalidad en Martí la que alguna vez lo lleva a lo retórico por sobreabundancia, como si supiese que donde hay naturaleza bien puede quedarse el artificio.
Es curioso que Gracián recuerde ocasionalmente a Martí en la medida en que su frase deja de ser típicamente gracianesca. Así cuando dice: “No hay cosa que requiera más tiento que la verdad: que es un sangrarse del corazón”. Lo que él subraya es el tiento, la cautela. Nos pone en guardia frente a lo que parece más martiano, ese “sangrarse del corazón”. Cuando escribe: “No todos muerden la sustancia ni miran por dentro”, hay algo en la fuerza de esa expresión que nos recuerda lo de Martí: en la verdad hay que entrar como entra el carnicero en la res.[5] En los dos casos se une lo más abstracto a lo más concreto, el morder y la sustancia, la verdad y la res. Pero a poco que observemos las frases vemos que la de Martí es una invitación que nos hace a todos como juzgándonos capaces de aceptarla: a la verdad hay que entrar, mientras lo de Gracián se apoya en el aristocrático “no todos”, ya que él siempre opone vulgo y héroe. No creo que reitere la palabra “vulgo” Martí. A Gracián aún no le parece bastante fuerte y dice: hay vulgo y revulgo. Pero nunca es más engañoso el parecido que cuando luce más evidente, así cuando Gracián escribe: “Las palabras son sombras de los hechos, son aquellas las hembras, estos los varones”, que nos trae enseguida a la memoria “la expresión es la hembra del acto”.[6] Pero si las examinamos vemos que la frase de Martí, más impaciente que desdeñosa, es activa de principio a fin. Acto y expresión son igualmente absolutos en ella. Lo que nos viene a decir es que el acto debe fecundar la palabra, hacerla tan activa que dé fruto. En Gracián las palabras son sombras de los hechos y un hecho no puede fecundar a una sombra. Comprobamos una vez más cómo el desdén de la acción por la palabra es siempre de raíz retórica. Cuando se ha empezado por rebajar a sombra la naturaleza de la palabra es natural que se acabe por desdeñarla. El retórico quita algún extremo, roba sustancia, allí donde el amoroso completa y funda.
Gracián construye con ahorro. Nada parece haber quedado a su frase de discursivo, de gramatical. Topamos con el estilo antes que con el tema mismo. Se diría que, como en Ortega,[7] el modo de hacer aventajase el hacer, el tema se fuera volcando en el estilo, la sustancia en el modo. Nada más español que este acento en la voluntad que nos impresiona como el arquitecto que por orden del rey, mandó construir en el páramo.
Leemos algunas de sus frases y parece que se abren vacíos, como si nos hiciera saltar de categoría en categoría o nos hubiese escamoteado acá un verbo, allá un enlace, o ese adjetivo que nos habla como un hombre dentro de un espejismo. “Vistiera prudente toga, el que desgraciado arnés”. O este elogio femenino, prodigio de concisión: “Acudió ella, que lo era”. También sabe Martí abrir esos espacios en la frase, pero solo que en él lo que calla siempre es el sufrimiento, no el ingenio. “Palabras, no puedo”,[8] escribe a su madre en despedida, pero nada que ver con aquel ingenio que muestra lo mismo que oculta, esta augusta incoherencia del que se retira a arder solo.
Deja Gracián reducida su frase a tres o más palabras cifras que llevan sobre sí la carga del juicio, como si aspirara en el español a la calidad del latín epigramático. Estas supresiones prestan a su prosa esa calidad inconfundible de idioma grabado en una medalla, de idioma oracular. Hay a menudo en sus oraciones una palabra —casi siempre es un verbo— que equivale a otras muchas, que se levanta del lecho de la frase con una sobrecarga mayor de sentido, palabra rey, jaque mate de la frase toda. El papel que juega aquí el verbo es el opuesto al que juega en la frase de Martí. Si en Martí el verbo es tan dinámico en sus alcances que toda la frase se contagia de su animación, como si toda ella fuese verbo, en Gracián señorea y juzga, tiene en mayor medida que el adjetivo la valoración de la frase, es inmóvil como un juicio y tiene más que de acto de sentencia. Fiscal de la frase, absuelve o condena, y se ve que su estrado está más arriba, su función distinta a la de las otras. Asistimos al comportamiento singular de esos verbos, papel de concentradores de varias palabras, su salto de lo activo a lo valorativo:
“Arguye eminencia de caudal penetrar toda voluntad ajena”.
“Orejan la aprobación o la lisonja”.
“Ventura repiten de necio, méritos de desgraciado”.
“No graduaba de necio el Cardenal Madrucio…”.
“El diamante apela para eterno”.
“Si el percibir agudeza acredita en águila, el producirla empeñará en ángel”.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] “No, Martí no se formó en los clásicos: él es un clásico por sí mismo. Mucho antes de que leyera a Gracián, poseía el arte aforístico y la asombrosa rotundidad de las frases. No tomó de los romanos la concisión, sino que en él se dio de nuevo la concisión de los romanos”. (Gastón Baquero: “Cristo laico”, La fuente inagotable, Valencia, Pre-Textos, 1995, pp. 91-93).
[2] André Gide (1869-1951).
[3] El adjetivo “fiero” es usado “en el sentido de ‘vehemente’, no de ‘feroz’, en el sentido de una fidelidad a toda prueba”. [Fina García Marruz: “La guerra sin odios”, El amor como energía revolucionaria en José Martí (1973-1974), Albur, órgano de los estudiantes del Instituto Superior de Arte, núm. especial, La Habana, mayo de 1992, p. 145]. Véase, además, “Venezuela en Martí” (1981), Temas martianos. Tercera serie, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, p. 102.
[4] JM: “[Contra el verso retórico y ornado]”, Versos libres, OCEC, t. 14, pp. 233-234.
[5] “En la verdad hay que entrar con la camisa al codo, como entra en la res el carnicero”.(JM: “Con todos, y para el bien de todos”, discurso en el Liceo Cubano, Tampa, 26 de noviembre de 1891, OC, t. 4, p. 274).
[6] JM: “[Estas que ofrezco, no son composiciones acabadas]”, Versos libres, OCEC, t. 14, p. 83.
[7] José Ortega y Gasset (1883-1955).
[8] JM: “Carta a doña Leonor Pérez Cabrera”, [Montecristi] 25 de marzo de 1895, TEC, p. 15.

