Fiesta en Solentiname

Después del trayecto por el Gran Lago, desembarcamos en la isla.
Fuimos derecho hasta la iglesia donde se congregaban
las mujeres y los hombres, los viejos y los niños del pueblo.
El altar de Solentiname está rodeado de dibujos hechos por los
         niños.
Una mariposa de colores, un pájaro añil, y casitas y barcos.
El altar de Solentiname dice “que los niños se acerquen a mí”.
Giran, como la tierra, los dibujos: de lado unos, otros de frente.
Como la tierra nueva en que un día se verán los barcos
         embanderados
y los pobres tendrán una casa, y el ciempiés irá despacio
sin temor a ser pisado, y revolará alegre la mariposa de colores.
Reposará la tierra al lado de los volcanes como el cordero al lado
         del león.
En la naturaleza, lo que más se parece a una conciencia es el lago.
Y la iglesita de Solentiname está junto al gran Lago de Nicaragua.
Al altar de Solentiname se acercaron los campesinos.
Venían de sus ranchos, de las islitas de Mancarrón y la Venada.
Desde la avioneta militar se las veía, dibujadas en el agua.
Los campesinos venían de todos aquellos alrededores.
Del pueblo marino de San Carlos, de casas de madera,
y golondrinas que hacen sus nidos en los cables eléctricos
y se comen a los zancudos. De todas partes venían
a entrar en la iglesita que no se atrevieron a destruir
los que rompieron sin piedad los pobres techos de los ranchos,
se llevaron el zinc, los ladrillos del piso,
rompieron por gusto el horno de las cerámicas.
Los que destruyeron a Estelí, los que asesinaron al pueblo,
cómo iban a respetar la escultura de una garza, los libros.
Pero es el caso que, no se sabe por qué, dejaron esto intacto,
no pudieron destruir el altar dibujado por los niños,
el paraíso del pájaro, la casita y la mariposa, esperando.
Los campesinos de Solentiname fueron a recibir a su Padrecito
con ejército y música de cuerdas y de bombo
que tiene ese sonido apagado de bosque o latir del corazón.
Y él les anuncia que Solentiname será reconstruido.
Primero el rancho comunal, luego los otros. Pronto habrá un puesto
         médico
y ya no se les morirán los hijos, como a Doña Natalia,
porque era largo el viaje por el lago hasta el médico
que les cobraba lo que ellos no tenían. Una viejecita campesina
abraza llorando al Padre, porque creyó que lo mataría la Guardia
         Nacional.
Los niños se acercan, y él los besa, uno a uno,
pero no como besan los políticos. No les ha prometido
cosas por ahora imposibles, sino escuelita y granja
y cuadros que formarán a los que hagan otras iguales por el resto
          del país.
Gallinas tendrán todos con que alimentar los hijos.
También es pobre el gobierno.
Pero los pobres son generosos con los pobres
y ellos no piden mucho más: que los dejen
cocer en paz sus alimentos, que puedan curarse o aprender a leer
         los hijos,
y aun esto, que será solo el principio, les parece tanto
que sus ojos brillan agradecidos, mientras afuera, en el otro rancho,
las mujeres fríen en pailas enormes, plátanos para la fiesta.
Porque habrá después una gran fiesta, como dijo Doña Olivia,
la madre de Donald Guevara, mártir de San Carlos,
cuyos restos reposan junto a los de Elbis Chavarría, hijo de doña
         Natalia.
(Los de Felipe Peña aún no se han encontrado).
Es con una gran fiesta con la que hay que celebrar que ya no tendremos
         más mártires,
como si ellos hubiesen muerto para que no fueran más la tristeza y
         el duelo,
y para que todos disfrutasen de la comida y la bebida común.
Las mujeres fríen, en sus pailas enormes, carne y plátanos verdes.
En hojas de plátano sirven los nacatamales: los reparten entre todos,
después de recordar a los que dieron su sangre, como en una nueva
         eucaristía.
Ensartan en palos olorosos de monte la carne sangrante de la res,
y se huele, fragante, el olor del maíz, que es el olor de América,
y los hombres del maíz, las mujeres del maíz, del mito indígena,
surgen, como nuevas criaturas, entre los delantales todavía
         manchados y radiantes.

Fina García Marruz

Tomado de Viaje a Nicaragua (1987), Obra poética, 2 t., prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2008, t. II, pp. 10-12.