Esos relojes que los padres dejan al morir a sus hijos todavía con el calor de su pulso, ese único objeto suyo que todavía late y pueden traspasar, esos relojes que van a seguir generosamente midiendo una hora que ya no les pertenece, esa única supervivencia suya que entregan a los hijos, cuando la vida ya a ellos nada les regala, lo tan modesto de ese regalo, lo tan efímero, lo leve de ese gesto, es de pronto tan enorme como el corazón del tiempo que sigue y seguirá ya sin todos, la dádiva del Padre, inmedible, latiendo.
Tomado de Fina García Marruz: “Esos relojes que los padres dejan…”, Habana del centro (1997), Obra poética, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2008, 2 t., t. II, pp. 142-143.