Donde confluyen los ríos

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«Creo que al fin podré poner el pie en Cuba como un verdadero preso. Y de ella se me echará sin darme ocasión a componer una forma viable de gobierno, ni a ajustar, como hubiera sido mi oficio, las diferencias ya visibles entre los que no entienden que para defender la libertad se deba comenzar abdicando de ella».

José Martí
16 de marzo de 1895

 

El héroe muere al retornar. Esa es su consumación.

     El mitologema completo recrea el viaje, la prueba, el descenso, la apoteosis. Y añade un detalle que pocos se atreven a leer, aquel que dice que el nostos es un desgarro. Ulises llega a Ítaca y encuentra un palacio sitiado por extraños. La cama nupcial, tallada en un olivo vivo, ha dejado de ser centro del mundo para convertirse es un mueble cuyo origen solo él y Penélope recuerdan. El nostos, el retorno, es descubrirse extranjero en lo propio.

     José Martí regresó a una tierra que su memoria había transmutado en promesa. La distancia es la madre de todas las fundaciones. Desde Nueva York, desde la noche que tanto amó («Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche»), Martí añoraba la isla verdadera, que es cosa distinta de la isla real. La verdad de una patria reside en su posibilidad. Por eso el regreso constituye siempre una forma de la muerte, pues se fuerza a la tierra a coincidir con la idea.

     El 19 de mayo de 1895 el cuerpo de Martí encuentra una bala española en Dos Ríos. La historiografía patria ha hecho de ese instante un altar. Cabe leer el acontecimiento como lo que realmente fue, la culminación de un nostos trágico, la evidencia de que el héroe pertenece al viaje, al lugar desde donde se parte. El héroe es el que se va. Quedarse, para él, es una forma de la muerte que precede a la muerte.

     Martí muere porque regresa. Muere por haber interrumpido el único estado que le era ontológicamente propio, la lejanía. La lejanía como vocación. La lejanía como patria. El desterrado carece de tierra y tiene por tierra la ausencia de ella. Cuando pisa el suelo que decía extrañar, el hechizo se rompe. La materialidad de la isla comparece como una afrenta a la isla ideal que su pluma construyó durante catorce años de exilio. Dos Ríos es, en sentido estricto, la venganza de lo real contra lo poético.

     Martí no era un guerrero, era un hombre de letras. Su lugar natural era la mesa de escribir, la tribuna, la madrugada del pensamiento, no la grupa ni el combate. Pero el nostos exige la exposición del cuerpo. El héroe que vuelve debe poner la carne donde antes puso la palabra. Debe demostrar que su verbo era también verbo encarnado. Y en esa demostración se le va la vida. La coherencia lo mata. El regreso es un acto de honestidad metafísica que la historia castiga con plomo.

     Cuba, entiéndase bien, funciona como la excusa del regreso, no como su destino. Martí necesitaba una Ítaca para justificar su condición de navegante. Pero Ítaca, cuando se llega, se revela como una isla pequeña, polvorienta, llena de perros viejos y criados infieles. La Cuba que Martí recibe en Playitas de Cajobabo es ya una Cuba atravesada por fuerzas que él no controla. Los generales del 68, la desconfianza del machete hacia el civil, la pulsión caudillista que él tanto temió y que tan lúcidamente diagnosticó en sus cartas a Máximo Gómez. El héroe vuelve y descubre que su guerra ya tiene dueños. Que su épica ya tiene intérpretes. Que su sacrificio será administrado por otros.

     Martí murió para que su muerte fuera narrada por voces que él no eligió. Ese es el verdadero drama del nostos. La palabra del héroe cede ante la palabra sobre el héroe. El cadáver habla menos que los vivos que lo reivindican. Un siglo y cuarto después, la Nación sigue discutiendo qué quiso decir aquel hombre, y cada facción extrae de su tumba la cita que necesita. Martí se ha convertido en el ausente más presente, en el regresado que nunca termina de llegar porque su llegada se difiere perpetuamente, se adultera, se confisca.

     Pensemos con Nietzsche: «hay hombres que nacen póstumos». Martí representa el caso inverso. Nació anticipadamente. Su obra, su pensamiento, su sensibilidad, pertenecen a una Cuba que aún está por existir, a una república que no ha terminado de acontecer. Por eso su regreso permanece incompleto. Porque se vuelve al pasado y Martí desbordaba el pasado que le ofrecía la manigua. Le sobraba futuro. El héroe del nostos llega siempre demasiado pronto o demasiado tarde. Nunca en la hora exacta. Esa inexactitud constituye su tragedia.

     Dos Ríos. El lugar recibe ese nombre porque dos ríos se juntan. Símbolo involuntario. Confluencia de corrientes. Mezcla de aguas. El cuerpo de Martí cae donde confluyen el exilio y el regreso, la idea y la materia, el poema y la bala. Los ríos continúan fluyendo. La herida deja de sangrar. Pero la herida simbólica, la del nostos incompleto, la de la patria que no alcanza a ser lo que su profeta aspiró, sigue abierta. Esa herida es el verdadero monumento. No el mausoleo de Santiago de Cuba. No la estatua ecuestre. La herida.

     Cuba ha hecho de Martí un nostos permanente. Lo convoca, lo invoca, lo administra. Pero lo mantiene en un estado de regreso suspendido. Porque si Martí volviera del todo, si su pensamiento regresara sin mediaciones, sin censuras, sin usos partidistas, la isla tendría que enfrentarse a la distancia entre lo que es y lo que él diseñó. Y esa distancia resulta insoportable.

     Sin embargo, algo escapa a toda administración. El nostos de Martí sigue ocurriendo. Ocurre cada vez que un cubano lee sus páginas y siente que aquello fue escrito esta mañana, para él solo, en un susurro que cruza el tiempo. Ahí está la verdadera vuelta. En la lectura. Cada lectura es un regreso de Martí. Cada lector es una Playitas de Cajobabo donde el héroe desembarca de nuevo, intacto, portando la misma pregunta: ¿es esta la tierra por la que tanto he dado?

     La respuesta la tiene cada conciencia que se expone a la intemperie de su obra. El nostos es íntimo. Esa es su condición.

     Martí muere de regreso. Su herida pide lectura. Solo lectura. Y también conciencia.