El Rostro de Vallejo

Estas cosas pasan: no recuerdo cuándo. Voy a buscar en el estante
que está cerca de la lluvia, pero no aparecen ni la revista ni el
libro ni los libros ni la sonrisa cuando salíamos en esa desbandada
suave de los coloquios, para bajar por esa extraña escalera de
Casa de las Américas que parece que no está rodeada de nada y
que está como amarrada a su maciza condición. Cuando entramos
a ella vallejianamente parece que subimos para abajo y bajamos
para arriba. Pero antes hay como una puerta, no es exactamente
eso, la señal de que uno va a salir con la oculta emoción de que
salir fuese una angustiosa entrada. Por ahí salimos tantas veces
con amigos y con desconocidos que son nuestros amigos. Aquella
vez lo desconocido era una sonrisa que se llamaba Julio Vélez,
el más bajito de los que hablaron, y de él sólo recuerdo que yo
estaba buscando su sonrisa y él descansaba tranquilo en lo holgado
de sus ropas. Algo le dije de política. No estaría mal, le dije,
como si estuviera inconforme con algún pintor desconocido, que
cuando hablamos de Vallejo habláramos un poco de política. ¿Un
poco?, me oí decir, atronadoramente, y la catarata se desplomó a
mi lado inundando todas las escaleras posibles e imposibles. Por
otra parte el más alto estaba en una esquina castigado. Era tan alto
que parecía destinado a quedarse solo vigilando el transcurso del
salón desierto, cuando las pinturas se inflaran como velámenes
solitarios. Era tan alto que el llanto no llegaba a él y allá arriba se
quedaba extrañamente indeciso, cabeceando entre el llanto y la
duda. Era tan alto que Julio Vélez, el más bajito y andaluz hasta
unos tuétanos que no me sospechaba, sin contar sus cárceles
franquistas, debió verlo como un hermano inalcanzable, como vemos
el humo. La pesadumbre del humo hacia arriba. El humo dibujando
a Gelsomina sobre los techos de La Habana. Era tan alto que
se había quedado solo mientras que Julio Vélez sigue apretado
por tantos amigos que se empujan unos a otros para decirle algo.
Pero a Raúl Hernández Novás ¿quién le decía, quién le dice algo?
Cuando íbamos a decir, cuando decíamos, su silencio no estaba a
nuestro alcance, ni siquiera al suyo. Nos quedábamos buscando
su silencio por una playa desierta, como ahora encontramos la
sonrisa y la risa y el sabor del vino compartido y la centella del
flamenco hablado en el persistente coro de los amigos de Julio
Vélez. Amigos asomados al brocal del pozo. Después, en otra escena, asomados al Guadalquivir donde Julio Vélez lentísimamente
y de un solo trago arroja en múltiples libritos su primer libro
de poesía. El Guadalquivir lo acepta porque, aunque él no lo crea
todavía, es un buen poeta. Si algo hay que oír en este mundo será
la opinión del Guadalquivir. Pero a Raúl ser un buen poeta, y hasta
un gran poeta, no lo consuela nada, precisamente por eso está
en aquella esquina donde las paredes parecen una libreta escolar
abierta, como castigado. ¿Tendremos que dejarlo allí cuando bajamos
la escalera suspendida entre el cielo y la tierra, cuando van
a cerrarlo todo, cuando las colgaduras van a inflarse en la alta
noche de la Casa vacía? Se acabó el coloquio, Raúl, despierta,
no es verdad que estuvieras castigado, todo era un juego como el
de los hermanitos de Vallejo. Julio Vélez se vuelve para mirarlo.
Ahora puede verlo, y comprende que tiene que ofrecerle las
manos de sus amigos, que se aprietan a su alrededor para decirle
algo también a Raúl. Quizás están hasta palmoteándolo, porque
ya no se ve tan alto, y Julio Vélez ha crecido un poquito, y se
están abrazando silenciosamente en la algazara de los amigos.
Entonces parece que todo dibujara un rostro.

12 de febrero de 1994

Cintio Vitier

Tomado de Cuaderno así (2000), Obras 10. Poesía 3, prólogo, compilación y notas de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2011, pp. 244-246.