BREVE TESTIMONIO DE UN ENCUENTRO INACABABLE

La misma tarde que por primera vez puse el pie en La Habana, camino de Santiago de Chile y tras un largo y accidentadísimo periplo entre la vida y la muerte, encontré a José Lezama Lima, el año de 1936.[1] Habíamos entrado en la ciudad por un mar que allí se hacía río, al pie de las casas, algunas espléndidas, nacidas del agua, y que luego se extendía en la inmensa bahía.

     Fue en una cena de acogida, más bien nacida que organizada, ofrecida por un grupo de intelectuales solidarios de nuestra causa en la guerra civil española. Se sentó a mi lado, a la derecha, un joven de grande aplomo y ¿por qué no decirlo? de una contenida belleza, que había leído algo de lo por mí publicado en la Revista de Occidente. No es cosa de  transcribir aquí mi estado de ánimo en aquel momento. En esta sierpe de recuerdos, larga y apretada en mi  memoria, surge aquel joven con tal fuerza que por momentos lo nadifica todo. Era José Lezama Lima. Su mirada, la intensidad de su presencia, su capacidad de atención, su honda cordialidad y medida, quiero decir comedimiento, se sobrepusieron a mi zozobra; su presencia, tan seriamente alegre, tan audazmente asentada en su propio destino, quizá me contagió.

     Estaba segura de reencontrarlo más tarde en un encuentro de esos que no se buscan, que vienen dados o que son nacimientos en la memoria y sus laberintos, en aguas transparentes y profundas, misterio y claridad. Y a través de tantos años sigue, no digo vivo sino viviente, dentro de mí, como si yo hubiera sabido que aquel joven pertenecía a mi vida esencial, sobre la cual pueden caer historias y, a veces, la Historia misma.

     Ya en La Habana, en el exilio, supe siempre, nos viésemos mucho o poco, que fue un encuentro sin principio ni fin.

     Salí de La Habana sabiendo que volvería, sabiéndolo él también. Me llegaban sus cartas en un período en que yo reaparecía en la ciudad acompañada de mi hermana Araceli,[2] lo que Lezama aceptó viendo en ella la metáfora de Europa. En aquella última época poblada, y a veces plagada, de conferencias, nunca él  dejó de asistir a ninguna. No se acercaba a saludarme al final, sino que, en el atrio de un edificio, que solía ser el club femenino de La Habana,[3] me hacía alguna advertencia, tal como esta: “María, has estado muy bien; ahora tienes que cuidar los problemas de la prosa”. Otra: “María, ¿por qué se te han puesto los ojos azules?” Y la verdad es que yo siempre los quería haber tenido azules. Al recordárselo yo por carta,[4] me habló del azul pálido del fondo de los cuadros clásicos de Murillo.[5]

     Lezama tenía la facultad de definir exactamente lugares  donde no había estado ni anhelaba estar, porque en él la metáfora, como se sabe, tiene un poder creador.

      Los diez poetas del grupo Orígenes de Lezama y su revista,[6] en cuya fundación yo tuve parte anónima y decisivamente, me fueron presentados. Me pidieron ayuda para que su labor tuviera el reconocimiento que merecía. Les prometí que así lo haría en mis colaboraciones en revistas de prestigio de América y Europa. Uno de los diez, Cintio Vitier, me respondió: “No, María; nosotros somos de aquí, queremos ser reconocidos aquí”. Le di entonces mi primer artículo[7] para Orígenes. Este ser “de aquí” resonó en mí avasalladoramente: este “aquí” era el lugar universal que yo había presentido y sentido en la presencia de José Lezama Lima, quien nunca había querido exiliarse. Él era de La Habana como Santo Tomás lo era de Aquino y Sócrates de Atenas. Él creyó en su ciudad.

     Bastantes años después yo le pedí la novela Paradiso en una carta[8] que de mí le llevó personalmente  el poeta José Ángel Valente.[9]

     Lezama vivía con su madre[10] y sus hermanas,[11] que le dejaban en plena libertad. Mas la madre, a quien  está dedicada en un volumen toda su poesía, cuidó no dejarlo solo. Luego le dio una esposa, una verdadera esposa, María Luisa,[12] quien, sin separarse de él, también le dejaba en libertad. Con ella hubo las nupcias prometidas, como todo en Lezama, por toda la eternidad.

     Ha habido quien ha creído que esta novela tenía un capítulo costumbrista y erótico. Yo nunca la he visto así. Era y es Paradiso una verdadera meditación sobre el génesis del hombre, sobre el génesis mismo.

      Lezama, católico órfico, según él mismo se declaró, y un singular orfismo el suyo, ya que, en  esta antigua y desconocida tradición, la ciudad no figura.

     Paradiso es, en principio, el viaje ritual que Dante Alighieri cumple en La Divina Comedia, al tener que descender a los infiernos para luego reaparecer dejando en prenda su luz en la oscuridad. Eso hace de Paradiso una obra auténticamente dentro de la tradición órfica, excepto lo señalado. El horror que en ella se manifiesta para el sexo de la mujer podría estar en los cuadernos  de Leonardo da Vinci. Eran para Lezama los ínferos la relación sexual, fuese con quien fuese. Buscaba otros modos de nacimiento. Encargó, creo que a Valente,  una edición del raro místico Jacobo Boehme,[13] Mysterium Magnum, donde este zapatero nórdico recoge la tradición de que la generación de Adán fue la de mirarse  en el agua, la de la mirada en ese medio  de generación  primera que, según el Génesis, precedió a todo. “El espíritu del Señor flotaba sobre las aguas el primer día de la Creación”. Las aguas creadoras, fecundas y vírgenes, él, Lezama, las buscaba y creía en ellas. Tal vez el modo de generación humana le parecía una tremenda herejía.

     El capítulo de Paradiso en que aparece el falo con todos sus nombres científicos[14] me extrañó. ¿Por qué no encontró la metáfora? Hoy, después de muchos años, me he contestado: “Lo que él estaba buscando era la generación en el agua por la mirada fecunda y virgen, de la cual Narciso, el tardío mito neoplatónico, puede ser un eco  que se transformó en impostura”.

     Lezama nunca fue un impostor. Él sabía muchísimo, y lo que no sabía lo intuía, lo llevaba dentro. Y esa intangible proeza incluye también a Paradiso y declara su búsqueda de lo que ya tenía y de su relación, creo, con su esposa María Luisa, que su madre le dio. Esta madre, declara él, cuando se quedó viuda,[15] no quiso nunca pensar en volverse a casar,[16] aunque fue tan joven y de tanta belleza. Yo la recuerdo con la frente de una santa, ya que la santidad en la mujer aparece en la frente sin palabras.

      Es lo que yo veo en Paradiso: esa frente pura y fecunda, esas manos invisibles, esa palabra  no escrita, siempre por escribir.

     Así era, será y es la obra de José Lezama Lima de La Habana.

Madrid, 7 de septiembre de 1986

María Zambrano

[José Lezama Lima: Paradiso. Edición crítica, coordinador Cintio Vitier, Madrid, Cátedra, 1988].

Tomado de La Cuba secreta y otros ensayos, edición e introducción de Jorge Luis Arcos, Madrid, Ediciones Endymion, 1996, pp. 180-183.

Otros textos de María Zambrano relacionados con José Lezama Lima :

  • María Zambrano: “La Cuba secreta”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, invierno de 1948, año V, no. 20, pp. 3-9; La Cuba secreta y otros ensayos, edición e introducción de Jorge Luis Arcos, Madrid, Ediciones Endymion, 1996, pp. 106-115.
  • María Zambrano: “José Lezama Lima en La Habana” (Índice, Madrid, junio de 1968), La Cuba secreta y otros ensayos, ob. cit., , pp. 171-176.
  • María Zambrano: “Hombre verdadero: José Lezama Lima” (El País, Madrid, noviembre de 1977), La Cuba secreta y otros ensayos, ob. cit., pp. 176-180.
  • María Zambrano: “Cartas a José Lezama Lima” (1939-1976), La Cuba secreta y otros ensayos, ob. cit., pp. 199-235.
  • María Zambrano: “Cartas a María Luisa Batista” (1976-1979), La Cuba secreta y otros ensayos, ob. cit., pp. 236-255.

Textos relacionados con María Zambrano en este sitio web.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] El encuentro tuvo lugar en el reconocido restaurant “La Bodeguita del Medio”. Así lo cuenta la Zambrano en 1968 en en su artículo “José Lezama Lima en La Habana”: “un día ni cercano ni lejano, un día de octubre del año treinta y seis, el mismo en que pisé tierra de América en La Habana, conocí pocas horas después, y sin anuncio alguno, a José Lezama Lima”. (La Cuba secreta y otros ensayos, edición e introducción de Jorge Luis Arcos, Madrid, Ediciones Endymion, 1996, p. 31). En carta a Lezama, fechada en La Piéce, Francia, el 15 de febrero 1975, le recuerda: “Cuando le vi aquella noche entre diversas gentes que allí había, se me destacó de todas ante todo por eso, porque le vi en el presente, un presente que no le abandonaría nunca, aunque muchas cosas pasaran”.  (La Cuba secreta y otros ensayos, ob. cit., p. 229).

[2] Araceli Zambrano Alarcón (1911-1972).

[3] Lyceum y Lawn Tennis Club.

[4] “Me dijo Ud. una tarde en el jardincillo a la puerta del Lyceo, a la salida de una de mis innumerables conferencias: María, se le han puesto los ojos azules al hablar. Y Ud. no podía saber que toda mi vida quise tener los ojos azules. Y solamente Ud. los vio aquella tarde”. (María Zambrano: “Carta a José Lezama Lima”, La Piéce,  3 de junio de 1975, La Cuba secreta y otros ensayos, ob. cit., p. 230).

[5] La carta de Lezama aparece fechada en La Habana, el 31 de diciembre de 1975. (Correspondencia entre José Lezama Lima y María Zambrano y entre María Zambrano y María Luisa Bautista, edición, introducción y notas de Javier Fornieles Ten; prólogos de Eloísa Lezama Lima y Tanghy Orbón, Sevilla, Espuela de Plata, 2006). El poeta de Muerte de Narciso alude también: “Desde aquellos años usted está en estrecha relación con la vida de nosotros, eran años de secreta meditación y desenvuelta expresión. La veíamos con la frecuencia necesaria y nos daba la compañía que nece sitábamos. Eramos tres o cuatro personas que nos acompañábamos y nos disimulábamos la desesperación. Porque sin duda, donde usted hizo más labor de amistad secreta e inteligente fue entre nosotros. De ahí empezábamos ya a verla con sus ojos azules, que nos daban la impresión de algo sobrenatural que se hacía cotidiano. Y usted estaba y penetraba en la Cuba secreta, que existirá mientras vivamos y luego reaparecerá en formas impalpables tal vez, pero duras y resistentes como la arena mojada”.

[6] Véase Cintio Vitier: Diez poetas cubanos, 1937-1947, antología, prólogo y notas de Cintio Vitier, La Habana, Ediciones Orígenes, 1948; y María Zambrano: “La Cuba secreta”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, invierno de 1948, año V, no. 20, pp. 3-9.

[7] María Zambrano realizó once colaboraciones en Orígenes. Revista de Arte y Literatura:

  • “La metáfora del corazón”, La Habana, octubre de 1944, año I, no. 3, pp. 3-10.
  • “El caso del coronel Lawrence”, La Habana, julio de 1945, año II, no. 6, pp. 47-51.
  • “Los males sagrados: la envidia” (fragmento), La Habana, primavera de 1946, año III, no. 9, pp. 11-20.
  • “Delirio de Antígona”, La Habana, verano de 1948, año V, no. 18, pp. 14-21.
  • “La Cuba secreta”, La Habana, invierno de 1948, año V, no. 20, pp. 3-9.
  • “Lydia Cabrera, poeta de la metamorfosis”, La Habana, 1950, año VII, no. 25, pp. 11-15.
  • “El misterio de la pintura española en Luis Fernández”, La Habana, 1951, año VIII, no. 27, pp. 51-56.
  • “Amor y muerte en los dibujos de Picasso”, La Habana, 1952, año IX, no. 31, pp. 17-22.
  • “Fragmentos”, La Habana, 1953, año X, no. 33, pp. 8-13.
  • “Tres delirios”, La Habana, 1954, año XI, no. 35, pp. 5-9.
  • “Dos fragmentos acerca del pensar”, La Habana, 1956, año XIII, no. 40, pp. 3-6.

[8] “Y como de Angel Valente, poeta, escritor, amigo, también recibo siempre algo bueno, me parece muy natural el que se conozcan, sean amigos para siempre. Y me alegra el que este encuentro se verifique teniéndome presente como si los presentara y no por azar. […] // De su Paradiso he oído algo, he leído algo. Mas no el libro que espero tener. Mas no se preocupe, pues que sé como el autor carece de sus propios libros ya impresos. // Sé que encontraré en él las entrañas del cielo, de los cielos más allá del laberinto de las raíces del infierno”. (María Zambrano: “Carta a José Lezama Lima”, La Piéce, 12 de noviembre de 1967, La Cuba secreta y otros ensayos, ob. cit., p. 214).

[9] José Ángel Valente Docasar (1929-2000).

[10] Rosa Lima Rosado (¿-1964).

[11] Rosa Lezama Lima (1909-1972) y Eloísa Lezama Lima (1919-2010).

[12] María Luisa Bautista (1918-1981).Contrajo matrimonio con Lezama Lima el 5 de diciembre de 1964 en la Iglesia del Espíritu Santo e impartió el sacramento el presbítero y poeta origenista Ángel Gaztelu. Fue secretaria del poeta y compañera de estudios de su hermana Eloísa Lezama Lima, quien cuenta lo siguiente: “Se enamoró secretamente de mi hermano, cuando tenían cuarenta y pico de años los dos. Entonces una vez que me voy de viaje, a Nueva York creo, entonces me dice: ‘Te tengo que decir algo muy grave. No puedo esperar a que vuelvas. Yo siempre he estado enamorada de tu hermano’. Yo me quedé atónita y le dije: ‘Yo creo que debes estar contenta porque el amor redime, pero no sé lo que él pensará’. Yo me fui de viaje y cuando volví se lo dije. Entonces mi hermano me contestó: ‘¡Qué cosa más comprometida!’ Ella era de familia como mormona o protestante. Yo me fui de Cuba y ella se quedó íntima de mi madre. La sacaba a pasear, la llevaba al teatro”. (Eloísa Lezama Lima: “María y Lezama: encuentros en la Habana”, Correspondencia entre José Lezama Lima y María Zambrano…, Javier Fornieles, comp., Sevilla, Editorial Espuela de Plata y Junta de Andalucía, 2006, p. 16).

[13] Jacob Boehme (1575-1624).

[14] Se trata del capítulo VIII, uno de los más famosos y polémicos de la novela, donde se relatan las “proezas eróticas” de Farraluque, con una descripción detallada y explícita de los órganos sexuales masculinos, con el uso de un lenguaje poco común, que mezcla lo científico, lo poético y lo grotesco. Esa fue la razón principal por la que las autoridades cubanas consideraron a Paradiso como una obra pornográfica y la prohibieron poco después de su publicación en 1966, permaneciendo censurada por un cuarto de siglo.

[15] Su esposo José María Lezama y Rodda, ingeniero y coronel de artillería del ejército cubano, quien se había alistado como voluntario en las tropas aliadas para combatir en la Primera Guerra Mundial, fallece el 19 de enero de 1919 a causa de la influenza en Pensacola, península de la Florida.

[16] “Tenía mi padre al morir treinta y tres años. Él estaba en el centro de mi vida y su muerte me dio el sentido de lo que yo más tarde llamaría el latido de la ausencia. El sitio que mi padre ocupaba en la mesa quedó vacío, pero como en los mitos pitagóricos, acudía siempre a conversar con nosotros a la hora de la comida […] Mi madre guardó siempre el culto del coronel Lezama: una tarde, cuando jugábamos con ella a los yaquis, advertimos, en el círculo que iban formando las piezas, una figura que se parecía al rostro de nuestro padre. Lloramos todos, pero aquella imagen patriarcal nos dio una unidad suprema e instaló en Mamá la idea de que mi destino era contar la historia de la familia”. (“José Lezama Lima: el peregrino inmóvil”, entrevista de Tomás Eloy Martínez, Primera Plana, Buenos Aires, 7-13 mayo de 1968, no. 280, pp. 58-61).