DON MIGUEL PEÑA
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¡Ah! ¿por qué firma Peña la orden de prisión de aquel anciano, de quien tenía el gobierno del puerto de La Guaira, en que lo prendía? ¿Qué es la grandeza, sino el poder de embridar las pasiones, y el deber de ser justo y de prever? Miranda, que en su capitulación con Monteverde desconoció el vigor continental e inextinguible de las fuerzas que estaban en su mano, no cometió más falta que esta. Era él anciano, y los otros jóvenes; él reservado, y ellos lastimados de su reserva; él desconfiado de su impetuosidad, y de su prudencia ellos: quebraron al fin el freno que de mal grado habían tascado, y creyeron que castigaban a un traidor, allí donde no hacían más que ofender a un grande hombre.
Cierra Casas,[16] el compañero de Peña en el gobierno, el puerto a los emigrados, de orden de Monteverde, a quien acata; queda Miranda preso; huye Peña; ampárale Caracas; surge de nuevo acaudillando bravos, en los valles de Aragua. Él resiste, él dirige, él mantiene. Boves, que algún nombre han de tener las fieras, cerca a Valencia. Mientras la espada tiene punta, esgrímenla los valencianos: rota ya hasta el pomo, cejan. A Peña, su hijo ilustre, acuden. Él se encara al terrible; recábale franquicias; arráncale promesa de respeto a clero y seglares, a gentes de armas y gentes pacíficas; tómale de ello juramento por su vida, honra y Dios. Mas tal como los ríos, que han amontonado con ruido sordo nuevas aguas ante la enérgica represa, sáltanla al cabo y quiébranla, y se echan por el cauce y por los bordes, en crespas ondas roncas, así la ola de sangre pasó sobre la mísera Valencia. Fueron horas frenéticas de bestia.[17]
De casa de la dama valerosa, Vicenta Rodríguez de Escorihuela, salió, protegido de un disfraz, el defensor del cerco. Acá se finge clérigo, y leñador allá, y allá demente. No olvida lo que ve, ni lo que oye. Vencer le es preciso, puesto que le acaban de vencer. El lamento es de ruines cuando está enfrente la obra!―Llega, por fin, al campo de Zaraza,[18] el jefe de los laureados de Rompelínea,[19] el que en Maturín desaloja a Morales,[20] en la Hogaza hiere a
La Torre,[21] en Quebrada Honda combate contra Quero,[22] y remata luego a Boves en Urica. ¿Qué importa a Peña que el agua le venga ahora, no ya de la porosa piedra, ornada de frondosa yerbecilla, sino de la rústica tapara? ¿Que sea su lecho el colgante chinchorro, o el áspero cuero, y troncos de árboles su asiento, y cráneos de caballos? Con su palabra calurosa y la autoridad que en sí llevaba, crea rápidamente y sin auxilio, sobre las menudas rivalidades de caudillos, un Congreso en el Llano.[23] Acá monta; allí riñe; seduce a este; a aquel convence. Él hace de los rivales apretados amigos; y de las guerrillas un ejército. Reúne un haz de rayos, y pónelo en las manos de Monagas.[24] Aquella obra está hecha, juntos aquellos miembros de gigantes, creada la República en el bosque. Allí arreciaba la persecución de los realistas: allí puso su esfuerzo encima del peligro.
Sale en busca de Bolívar, y atájanle las fiebres: que suelen mezquinas causas domar a hombres egregios. Se acoge en Trinidad, donde le quieren, y pronto cura. Aún le huelgan las carnes enfermizas, cuando vuelve a Guayana: que en tiempos de peligro, el pesar mayor es estar lejos de él. Su austeridad en los comienzos; su fortaleza en las adversidades; su prontitud en el consejo, le valen, a su vuelta, un puesto en Cúcuta. Hecho a las prácticas republicanas, por lo que admiraba y conocía las de la América del Norte; templado en sus ardores de convencional por sus tres años de Relatoría; encendido en amor vehemente por la independencia americana, que sus sufrimientos recientes acrecientan―combate con ligereza y sin fatiga, maravilla por la oportunidad de sus recursos, la madurez de sus juicios, la robustez y desenvoltura de su palabra. El Congreso le lleva a su Presidencia, y desde ella anuncia a la tierra habitada que Colombia ha nacido: ¡Ah, padre ingrato![25]
Envíale el Congreso a la ciudad histórica, donde a los cuatro vientos, retando a duelo singular a hombres y dioses, regó el polvo que le cupo en el puño el altivo Jiménez de Quesada.[26] De leyes sabe mucho, y lleva un cargo de leyes. Hay Alta Corte, que por ser alta es suya.―Que la preside, dicho se está con verlo en ella.―¡Qué hervir el de su casa, en Bogotá! ¡Qué apretarse contra los dueños naturales de la Tierra, y qué mirarse en ella como perseguidos y expatriados! ¡Cuán poco puede el genio generoso contra la obra de la discordia de los hombres! Todavía se alzan entre pueblo y pueblo aquellos muros que los españoles astutos levantaron![27] Sí, hubo falta en Bolívar: la de medir el corazón de todos los hombres por el suyo. Sí, hubo iniquidad en los conquistadores: la de amontonar obstáculos gigantes, de vientre de sangre, a la existencia de sus hijos. De 1adridos de gozques fue aturdido,―y de mordeduras de gozques, muerto, el formidable americano. Murió de amor de padre,―de ver morir a su hija.
No fue, por cierto, entonces cuando el doctor Peña cambió por otro más flexible y sombrío el carácter austero y poderoso de los primeros años de su vida. A cóleras populares, y a más temibles cóleras, hizo frente. Las manos trémulas del apasionado defensor, no alteraron los pliegues majestuosos de la toga viril del magistrado. Salvando urgentes trámites con extraña premura, sentencian a Infante dos jueces a muerte, uno a presidio: libre le quieren dos restantes. Llámase un conjuez, que vota a muerte. Pues entre tres votos a vida y tres a muerte, no hay sentencia de muerte. “¡No firmo esa sentencia!” A que firme le conmina el Vicepresidente. Que no puede conminarle arguye Peña. El Congreso[34] le acusa ante el Senado: ¡arrogantísima pieza de oratoria, su defensa! Las indómitas iras que azotaban el pecho del lastimado venezolano, no salieron a su rostro, ni a su lenguaje, sino con una amarga frase, preñada de dolor y de amenaza: “Yo abrigo la esperanza de ser el último colombiano juzgado por tribunales tan parciales!” Es una pieza esbelta y sólida, de oratoria de buena ley, ricamente engranada, donde la ciencia llega al lujo, la disposición a la amenidad, y el desprendimiento a la grandeza. ¡Con qué respeto debió oírsela, y qué respetuosa es toda ella! ¡Cómo ponía su orgullo herido por debajo del interés que la vida de Infante le inspiraba! Sus frases, como aquellos dardos celtas, partían robustas y aceradas, a clavarse en el trémulo escudo, que se doblaba a su gran peso.
“Inútil sería que un magistrado conociera la verdad y amase la justicia, si no tuviera la firmeza necesaria para defender la verdad que conoce y combatir y sufrir por la justicia que ama”.―Decíase que el doctor Soto, encarnizado enemigo de Infante, deseaba la toga de Peña:―“No he traído la toga para dejarla en este salón sagrado, y que la levante el que la pretenda o la haya pretendido, porque no fuese este acto mío tachado de soberbia”.―Que la voz pública acusaba a Infante: “¡La voz pública, esa estatua risueña que con voz sonora habla a cada uno el lenguaje que le agrada!”―¿Será crimen ese vigor con que defiende a un hombre infortunado?: “¡Mi crimen es mi gloria!”―Óyesele esta sentencia admirable: “El pueblo, dice, amigo de novedades, previene el celo de la justicia y anticipa las decisiones de los jueces”. “¡Condenadme!” acaba; “¡no hay poder humano sobre la Tierra que pueda hacer desgraciado a un hombre de bien!”
Argúyele el fiscal, a quien burla fieramente. Defiéndele con fraternal calor, “porque así lo haría ante un tirano”, el severo Mosquera.[35] Rebollo quiere que su desobediencia se le excuse. No lo quiere Hoyos. Con frío empeño y extemporánea destreza atácale Soto. Y Gómez.―“Es modelo de buenos magistrados!” prorrumpe Arosemena.―“¡Ha retardado el golpe de la justicia sobre un criminal que ha ensangrentado en las venas de un hombre indefenso la espada que la República le había dado para defender sus leyes!” clama con fogoso ímpetu Narváez.[36] Con grave continente y corteses frases levántase a acusarle Méndez.[37] Malo añade a la acusación dilatada plática. “Su desobediencia al Tribunal Superior que declaró que había sentencia, es falta leve”, dice el Vicepresidente del Senado. Se oye entonces a Briceño:―“Por error o capricho procede, mas no debe afligirse a hombre tan digno y a patriota tan constante con la máxima pena”.―“Cierto”, refuerza Márquez.[38]―“Máxima la merece!”―clama airado, Larrea.[39] “‘Harto nos ha costado la República, para que miremos como falta leve un hecho que tiende a subvertirla”. Con desenvuelto modo, presidencial estilo y común frase, alistase entre los acusadores don Luis Andrés Baralt, que presidía. “¿Es culpable de una conducta manifiestamente contraria al bien de la República?”―“¡No!” claman, de entre veinticinco senadores, veintitrés.―“Pero es culpable de una conducta manifiestamente contraria a los deberes de su empleo”,―declaran veintiún votos. Retacéanle la pena, como si no hallaran manera de imponérsela; y luego de diversas votaciones, viene a quedar en un año de suspensión de su empleo, y en que de su sueldo se pague a su suplente.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
Manuel María de las Casas.
El sitio de Valencia comenzó en junio de 1814 y la capitulación tuvo lugar el 10 de julio de ese mismo año.
Pedro Zaraza.
Así eran llamados los batallones de llaneros, preparados para penetrar, a fuerza de velocidad y arrojo, las barreras de soldados enemigos.
Francisco Tomás Morales.
Miguel de la Torre.
Juan Nepomuceno Quero.
Asamblea de San Diego de Cabrutica.
José Tadeo Monagas, quien, en asamblea organizada por Peña en 1816, fue designado Jefe Supremo, mientras estuviese ausente Simón Bolívar.
Alude al hecho de que posteriormente, en 1830, Peña fue el animador, junto a José Antonio Páez, de la separación de Venezuela de Colombia.
Gonzalo Jiménez de Quesada.
Véase divisiones internas.
Juan José Ossio.
José Antonio Pérez de Velasco.
Cayetano Arvelo.
Vicente Azuero.
Pudiera tratarse de Francisco Soto.
Francisco Perdomo.
Cámara de Representantes.
Pedro Mosquera.
Juan Salvador Narváez.
Ramón Ignacio Méndez de la Barta.
José Ignacio Márquez.
Pudiera tratarse de José Modesto Larrea.

