MARTÍ Y SU OBRA POLÍTICA

...continuación 3

     Mas de seguro, si alguna vez lo hubiera turbado tan triste presentimiento, su ánimo fuerte no se hubiera abatido. Martí esperaba en América, pero sobre todo confiaba en Cuba. Esta fue su mayor grandeza. Y esto demuestra que estaba más compenetrado que ningún otro cubano del espíritu de su pueblo. La aspiración generosa que circulaba, como savia fortificante, por su alma, él la sentía palpitar en el alma de Cuba. Cuando todos o casi todos la creían descorazonada, recogiendo trabajosamente los restos de su manchada opulencia, para vivir la vida de los sentidos, él sabía que allá en lo íntimo de su pecho resonaban las sílabas del conjuro poderoso, que la maga libertad había destilado en sus oídos. Él sorprendía, los relámpagos de ira santa que pasaban por sus ojos, fijos en la tierra. Él escuchaba la elegía melancólica que salmodiaba en la noche. Él sabía que la postrada esperaba ansiosa la hora de sentirse fuerte, para saltar en pie; y que la sumisa tenía siempre en los labios el reto con que había de provocar a la batalla decisiva.

     No lo engañó su noble confianza. Por cada colaborador animoso que encontró fuera, encontró cien aún más animosos dentro. Mientras la obra pública de organización del partido revolucionario en el extranjero atraía las miradas y hasta las sonrisas compasivas, la obra secreta de la conspiración se ramificaba a escondidas por toda la Isla, ganaba prosélitos en todas las clases, se apoderaba del campo, minaba las poblaciones, se extendía como red de apretadas e invisibles mallas, y se adhería a todos los miembros del organismo social. Mientras en la superficie nada parecía irregular, y solo algunas pequeñas trepidaciones rompían de cuando en cuando su monótona tranquilidad, el fuego interno corría por las entrañas de la tierra, y se acumulaba en los lugares que habían de servir de cráter para expelerlo en conflagración estruendosa.

     Martí que impulsaba y seguía ese trabajo subterráneo, Martí que sabía cómo pensaban y lo que querían y lo que estaban dispuestos a hacer los más, los que no hablaban ni se exhibían, pudo por entonces contestar a un cubano distinguido,[12] que trataba de disuadirlo de su empeño, encareciéndole la poca disposición del país desvelado con otros propósitos, una frase luminosa que caracteriza gráficamente su obra. Le decía su interlocutor que la revolución se asfixiaría al nacer en una atmósfera de indiferencia, si no de hostilidad, y Martí le contestó sonriendo: “Usted ve la atmósfera, y yo veo el subsuelo”.[13] Aquí estaba todo. Su mirada profética había entrado desde mucho atrás en las entrañas del pueblo, y ahora sabía que todas las corrientes profundas estaban encauzadas, y que cuando Moisés tocara la roca, se precipitarían en catarata desbordada que ningún obstáculo podría detener.

     Martí vio más hondo que todos los suyos, porque sentía más hondo. La grandeza de su ideal explica la profundidad de su mirada. Y su entusiasmo, fortalecido por el dolor y el trabajo, le sirvió más que a otros su ciencia. En su labor de años, de muchos años, no conoció la fatiga, ni la impaciencia. Por eso pudo aguijar a los cansados y refrenar a los impetuosos. Seguro de sí mismo, supo estarlo de los demás. Tenía un talismán supremo, y era que estaba dispuesto al sacrificio. Toda su vida sufrió por Cuba: sufrió el destierro, sufrió la pobreza, sufrió la burla, sufrió la calumnia, sufrió el desconocimiento de los que más estimaba, y el apartamiento de los que más amaba. Pero tenía que seguir, debía seguir, solo o acompañado, y siguió. Al cabo se encontró acompañado por todo su pueblo.

     Cuando llegó la hora marcada en el reloj de su previsión, todo estaba listo. Soldados y jefes no esperaban más que la señal. El pueblo estaba detrás para seguirlos, para identificarse con ellos. El apóstol había concluido su obra de apostolado. Lo esperaba ya la obra de martirio. Su corazón profético se lo había dicho: “Para mí la patria no será nunca triunfo, sino agonía y deber”.[14] Cuando estalló la lucha que había preparado, creyó que el deber lo llamaba a la lucha, y fue a la lucha. Dio la cara a la muerte, que lo esperaba artera. Pero él daba siempre la cara. Voló a Montecristi, donde residía el veterano general,[15] que en su pensamiento simbolizaba el destino de su patria libre, se abrazó a él como a un lábaro santo, y en imperceptible esquife, con solo tres hombres, se lanzó al mar proceloso,[16]  pudiendo decir, nuevo César, mejor que César, “la fortuna de Cuba va conmigo”. Pisó la tierra amada, la pisó de nuevo, como lo había soñado, con el acero libertador levantado en alto. Un solo instante fulguró en el cielo de la patria, que se precipitó a recibirlo. Al levantarlo, cayó fulminado. El águila desapareció entre rayos. Cayó como un titán, pero cayó en lo alto, después de haber escalado el cielo. Y el mundo, que había sostenido en sus brazos, no se hundió con él. Había preparado diez mil brazos para recibirlo.

     Grande en la vida y en la muerte, heroico en el aspirar y en el ejecutar, así fue Martí. Ayer se le miraba como un conjunto de raras y contrapuestas cualidades. Hoy, a nuestros ojos asombrados y entristecidos, su vida nos aparece hecha de un solo bloque de indestructible granito. Martí fue un hombre tipo. Uno, por la fijeza de su idea, uno por la firmeza de su carácter. Todo lo inmoló por esa idea que no era otra sino la redención de un pueblo. El artista exquisito olvidó su arte, el hombre apasionado sus afectos.[17] Martí se desposeyó de sí mismo por completo y por completo se dio a Cuba. Demasiado sabía lo que cuesta esa consagración. Mas nunca se le vio vacilar. Aunque sus pies sangraran, proseguía su camino: aunque desgarraran sus oídos los silbidos y los insultos, continuaba mirando hacia adelante. ¿Qué obstáculo podía detenerlo? ¿Qué riesgo amedrentarlo? Sabía él que la mirada de Cuba lo seguía, y estaba dispuesto a merecer esa preferencia, para enseñar a los otros a merecerla. Sabía más, sabía que iba a la muerte, lo presintió, lo profetizó. Pero, ¿qué le era la muerte, si lo que él quería era dar vida a un pueblo? Para que resplandeciera en lo más alto la pureza de su corazón sería quizás necesario que una bala enemiga lo traspasara. No importaba. Él iría a desafiar la bala enemiga. Pero entonces sus enemigos, que eran los enemigos de Cuba, tendrían que callar avergonzados; y este silencio sería el principio del triunfo de Cuba. Él no lo presenciaría, no disfrutaría de sus beneficios. Tampoco importaba, si ya su obra estaba realizada, y Cuba recogía el fruto glorioso y sangriento

     ¿Cabe mayor grandeza de alma? No, no hay vida más digna de admiración que la del patriota cubano José Martí. Sus amigos íntimos lo reconocían cuando le daban el noble y cariñoso título de maestro. Los cubanos todos lo reconocemos, cuando lo veneramos con el nombre insigne de mártir. Fue maestro que enseñó doctrinas de libertad, lecciones de concordia, ejemplos de dignidad moral. Y por su vida de abnegación y por su muerte heroica ha merecido que se sintetice su carrera en la palabra gloriosa, que pone un limbo resplandeciente en torno de unos cuantos grandes nombres, en la que inmortaliza a los Prometeos, clavados en su roca y a los Cristos, clavados en su cruz, la palabra SACRIFICIO.

Enrique José Varona

Tomado del Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1995, no. 18, pp. 214-224. (De la colonia a la república, La Habana, Sociedad Editorial Cuba Contemporánea, 1919, pp. 83-94).

Otros textos relacionados:

  • Enrique José Varona: “Mis recuerdos de Martí”(Revista Bimestre Cubana, La Habana, julio-agosto de 1932), Yo conocí a Martí, selección y prólogo de Carmen Suárez León, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2012, pp. 177-181.
  • Enrique José Varona: La Edad de Oro, (“Miscelánea”, Revista Cubana, La Habana, t. X, no. 2, agosto de 1889, pp. 185-186), Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1989, no. 12, p. 314.

Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[12] Nicolás Heredia.

[13] “En ese subsuelo estaban, para él, no solo las causas sociales profundas, sino también la raíz ética del hombre, y los mártires que son ‘las raíces de los pueblos’, cuyo sacrificio exige la configuración de un sentido histórico”. (Cintio Vitier: “La irrupción americana en la obra de José Martí” (1972), Temas martianos. Segunda serie, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, p. 8).

Justo de Lara (José de Armas y Cárdenas) refiere la siguiente la anécdota: “[…] Yo acababa de salir entonces de La Habana [diciembre de 1891], donde la idea de un movimiento revolucionario se consideraba generalmente como una locura y el Partido Autonomista, cualesquiera que fuesen las simpatías de algunos de sus prohombres, se hallaba en el apogeo de su fuerza, y rechazaba toda tentativa de organizar un movimiento armado. Para mí era indudable que el país rechazaba la revolución y, sin embargo, Martí que veía las cosas desde fuera, y recibía informes de oscuros y modestos agentes, me aseguraba que el sentimiento revolucionario era general en toda la Isla y que en La Habana vivíamos, sin saberlo, sobre un volcán. Sus últimas palabras, que jamás olvidaré, tuvieron un acento de sombría convicción y profético presentimiento…”. [“Martí” (1908), Yo conocí a Martí, selección y prólogo de Carmen Suárez León, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2012, p. 22].

En varios artículos de prensa y discursos revolucionarios, Martí alude al carácter inexorable e imperceptible, como los ritmos sutiles de la naturaleza, de la Revolución que se gesta:

“Con la unión de los servidores generosos de la patria, se vence y compele a los que en la hora propicia y madura, esquiven el mandato y la oportunidad del honor. O se hacen las cosas a tiempo, o se queda con el descrédito y la culpa de no haberlas querido hacer.—A paso firme, y por debajo de la tierra, adelanta segura nuestra obra”. [JM: “Los sucesos del Cayo”, Patria, Nueva York, 2 de marzo de 1894, no. 101, p. 4. (No aparece en la edición de las Obras completas). Véase en Escritos desconocidos de José Martí, recopilación, prólogo y notas de Carlos Ripoll, New York, Eliseo Torres & Sons, 1971, p. 114. (Las cursivas son del E. del sitio web)].

Vamos, seguros, a un fin conocido: vamos sin prisa, y sin desviación, como las corrientes fatales de la naturaleza. Por eso importa tan poco que caiga, en el agua que corre y crece, una flor venenosa, o que del seguro holgazán de la orilla, le tiren piedras al agua que pasa. El agua sabe su camino: y sigue, silenciosa”. [JM: “España en Melilla”, Patria, Nueva York, 28 de noviembre de 1893, no. 88, p. 2; OC, t. 5, p. 335. (Las cursivas son del E. del sitio web)].

[14] “Carta a Federico Henríquez y Carvajal”, ob. cit., p. 24.

[15] Máximo Gómez Báez.

[16] En la noche del 11 de abril de 1895, en medio de un torrencial aguacero, Martí y cinco compañeros más [mayor general Máximo Gómez Báez, general Francisco Borrero Lavadí, coronel Ángel Guerra Porro, César Salas Zamora y Marcos del Rosario Mendoza], abordan un bote de remos bajado del vapor alemán Nordstrand. Desembarcaron en La Playita, punto de la costa sur cercano a Cajobabo, en el municipio de Baracoa, en la región más oriental de Cuba. Véase la “Carta a Carmen Miyares Peoli y sus hijos”, Jurisdicción de Baracoa, 16 de abril de 1895, EJM, t. V, pp. 167-168.

[17] Véase lo que al respecto escribe Fina García Marruz: “Estas cartas [a Enrique Estrázulas] recuerdan lo que había en Martí de buen disfrutador de vinos o de artes, de todos los dones legítimos de la vida, [lo] que hace más meritoria la renuncia que hizo de ellos. No fue Martí ese patriota enterizo y de una sola pieza que muchos ven nada más en él. Estas como almas varias y aun contrapuestas que en él se dieron se reflejan en los Versos sencillos, tan llenos de amor a lo natural como de amor al arte, y dedicados a Mercado y a Estrázulas, al grave y al benévolo, uno todo deber callado, todo expansión solar el otro”. [“Las cartas de Martí” (1968), Temas martianos. Primera serie (1969), La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, p. 415].