MARTÍ Y SU OBRA POLÍTICA

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     El político adolescente no se engañó ya un solo instante. Vio y midió en toda su profundidad el irreductible antagonismo que divide la vieja sociedad europea, amasada de preocupaciones y fanatismos, y la joven sociedad americana, llena de anhelos de progreso y libertad. Comprendió que la política colonial de España gira automáticamente sobre un eje, cuyos dos polos se llaman dominación y explotación; mientras que toda colonia necesita para desenvolverse con fruto, aprovechar sus recursos y ser dueña de sus actividades. No se le podía ocultar por tanto que sobre el tronco carcomido y anémico de la Metrópoli decrépita ningún renuevo podía crecer vigoroso, y que el único remedio al mal era dividirlo de la vieja cepa, arrancarlo, para que encontrase mejor y más rica savia en suelo propio. Martí llegó por el raciocinio a donde ya había llegado antes por el sentimiento, y fue desde entonces lo que había de ser siempre, separatista. Su ideal político tenía ya forma definida: la independencia de Cuba.

     Esta idea determina la orientación del resto de su vida. Ya no hará nada, no producirá nada que no tienda a encarnar ese gran designio en los actos que han de realizarlo. Como el austero y noble Mazzini, con quien tiene tantos y tan característicos puntos de contacto, puede escoger por lema de su bandera: “Pensamiento y acción”. Se proclama la república en España —sueño de una noche de verano,— y el mozo, que perora en las aulas y en los cafés, se va ante Figueras a pedirle la independencia de su patria. Se discute en las academias la manera de que el lazo federal mantenga unidas a Cuba y España, y Martí habla hora tras hora, batalla como un gladiador contra una cohorte, desbarata todos los argumentos, y mantiene que Cuba se basta a sí misma, y que debe aspirar a brillar sola, una estrella más en la pléyade de las repúblicas americanas.[8]

     Como no encuentra en torno calor ni simpatía, y el espíritu no desciende de lo alto para abrir aquellos oídos, ni calentar aquellos corazones, Martí deja a España, y comienza su larga peregrinación por gran parte de América. Reside en México y en Guatemala, donde sus múltiples aptitudes y su vertiginosa actividad le ganan nombre, estimación y honores. Escribe para periódicos y para el teatro, pronuncia discursos, enseña, y gana por todas partes corazones para sí y amigos para Cuba. Habla a esos pueblos libres de un pueblo hermano que esta esclavo, y derrama su sangre por la libertad. A esos americanos dice que el equilibrio de América está mal ajustado, porque falta una pieza central al grandioso mecanismo. Y lo dice tan hermosamente, que las almas se abren, y reciben la simiente fecundada.

     En lo mejor de su propaganda, caen rendidos por la fatiga y la indignación de su aislamiento los héroes de nuestra primera guerra de independencia. España brinda y consigue laboriosamente la paz.[9] Martí se detiene un momento con amargura y dolor, no con asombro. Pero es solo un momento. Mira hacia atrás el resplandor del gran incendio que se extingue y lanza las últimas llamaradas, fija sus ojos profundos en el porvenir donde solo se condensan tinieblas, y echa de nuevo a andar solo y en medio de la noche. Va solo, pero va adelante, va en la oscuridad, pero sigue un rumbo. Lejos, muy lejos, detrás del nubarrón espeso que cierra el horizonte, rutila todavía para él con la luz inextinguible la estrella polar de su vida.

     Vuela a Cuba, como si quisiera, nuevo Anteo, cobrar fuerzas con el contacto de la madre tierra. Quiere ver por sus ojos el suelo sembrado de escombros, y quiénes son los obreros del edificio que sobre ellos intenta levantarse. Quiere vagar por los campos de batalla y preguntar a las tumbas sin nombre si el espíritu de libertad yace enterrado en ellas para siempre. Quiere acercarse a los fatigados combatientes, y a los que ahora de refresco han escogido otro campo para otras lides. Quiere oír a los conformes y a los inconformes. Quiere hablar de cerca a Cuba, y que Cuba le responda.

     La respuesta no debió ser contraria a sus deseos, ni a sus designios, pues a poco se le oye tronar en la tribuna, y se sospecha que predica en secreto. La carrera del propagandista y del conspirador fue en Cuba corta. El volcán, que parecía apagado, se sacude y despierta en breve, aunque amenazadora erupción. El levantamiento de 1879 aborta, pero no sin gloria.[10] Es la protesta que se hace oír, en los días mismos en que la resignación a la derrota se preconizaba como un triunfo. Con motivo de los graves sucesos de Oriente, la mano del gobierno español cae otra vez sobre Martí, lo aprisiona, lo arranca de Cuba y lo confina a España.

     Martí se yergue altaneramente bajo el golpe, rompe el confinamiento, y asume de una vez para siempre la noble actitud de rebelión, que ha de conducirlo al sacrificio y a la inmortalidad. Rebelarse parece siempre fácil. Rebelarse en los momentos y en las condiciones en que lo hizo el patriota cubano resulta, sin embargo, extraordinario. Cuba yacía desangrada e inerme después de dos luchas tremendas. Si algo parecía flotar sobre ella era el anhelo de paz, para restañar las heridas y recuperar las fuerzas. Las poblaciones, cansadas de esgrimir las armas de la guerra, se afanaban solo por emplear los instrumentos de la paz. El lema era reconstrucción. Reconstruir ¿qué? Primero lo material, la casa en que abrigarse, la industria de que mantenerse; después, si había tiempo, se pensaría en las necesidades del espíritu, en las exigencias de la dignidad cívica, en las reclamaciones del derecho. Cada cual honraba y lloraba sus muertos; pero era difícil saber si alguien creía posible que resucitara la gran idea por la que habían sacrificado sus vidas. Si acaso, otras generaciones en lo venidero se encargarían de la ardua empresa. La actual había cumplido su deber y tenía entre las manos su labor. España podía estar tranquila; la colonia vencida iba a comenzar de nuevo a trabajar para el fisco y la burocracia, que representan y encarnan su soberanía.

     Un joven que vagaba sin hogar por el mundo, pensó que los cansados se engañaban en su cansancio, que los descreídos se engañaban en su falta de fe y los desesperados en su falta de esperanza. Pensó que la generación de entonces no había acabado, sino suspendido su tarea; y que, si era preciso, la nueva iría a ayudarla y sabría ayudarla. Pensó que no hay transacciones con la libertad, que se conquista o se pierde, y que ningún pueblo, si es digno del nombre de tal, puede resignarse a perderla. Creyó que cuando se saca la espada por ella, se puede bajar para tomar alientos, pero no se debe envainar. Y en sus sueños de gloria y dignidad patriótica, se vio a sí mismo con la espada de Cuba desnuda en las manos.

     Tenía fe en sí, en la pureza de su intención, en la eficacia del derecho. Y no necesitaba más. Ya desde entonces abrigaba la convicción, que expresó con noble confianza antes de lanzarse a la tremenda obra, y podía decir, como después: “Yo alzaré el mundo”.[11] Y se puso a levantarlo, con su corazón y su genio.

     Dos fases tenía la obra que iba a emprender el proscrito. Dos, cada una de las cuales exigía un hombre entero. Buscar elementos y simpatías fuera de Cuba, para ayudar eficazmente la empresa; reanimar espíritus, concordar voluntades, y dar plan y dirección a los que habían de ejecutarla dentro. En cada una de estas labores, Martí estuvo a la altura de su inmensa dificultad, y en una y otra se reveló dotado de las aptitudes más singulares y eficaces. Su sagacidad, su constancia, su asiduidad, su conocimiento de los hombres y de los pueblos con quienes se ponía en relaciones, lo justo de su criterio y de su apreciación de los sucesos y de las circunstancias políticas, todo en él fue notable, todo extraordinario; pero aquello que lo señala y pone a un lado, aquello que lo eleva sobre muchos que han poseído y poseen esas mismas prendas es la cualidad maestra, la que constituye a los directores de hombres y a los jefes de pueblos: su facultad de armonizar, de organizar. Manejar a los hombres sin violencia, tomar sus pasiones, sus creencias, sus ideales como una blanda masa, para echarla en el molde adecuado, hacer que sus fines personales, particulares, se subordinen espontáneamente al fin común, que sus fuerzas individuales concurran sin torcerse ni resistirse a formar la fuerza colectiva, no hay nada más arduo. Y cuantos conocen la historia de Martí en el destierro y sus trabajos con la emigración cubana saben que venció todas esas dificultades, y logró hacer de grupos dispersos, descorazonados y casi hostiles, un todo coherente, animado de un solo deseo y dispuesto a los mayores sacrificios. Se dirá que su acción enérgica sobre la multitud dependía de que lo animaba la misma pasión, abrigaba la misma creencia, tendía al mismo ideal, que todos aquellos hombres. Ciertamente; pero en él todos esos estados de alma se encontraban tan de relieve, tenían tal vigor y lograban de tal modo exteriorizarse, que se imponían a los demás como una fascinación; ellos reconocían en él su propio espíritu y lo seguían con plena confianza. Creían en Martí, porque Martí sentía como ellos y era sincero. No hay grande hombre, sin una gran sinceridad.

     En la emigración cubana de los Estados Unidos supo encontrar el revolucionario su primer punto de apoyo. El propagandista necesitaba otros de diversa índole; y reanudó su peregrinación por América. Antes había ido por aquellos pueblos buscando hogar; iba ahora buscando patria. No a pedir a ninguno patria prestada, sino a decirles que debían ayudarle para que la tierra, en que había nacido, hermana de ellos por la naturaleza y la historia, pudiera ser patria de sus hijos. Les mostraba a Cuba, la hermosa y triste Cenicienta del hogar americano, sola y sin amigos. Les pintaba su belleza y les refería sus infortunios. Y les hablaba de Europa despótica y de América libre, y les decía que la libertad americana sería solo un nombre hueco, mientras en el corazón del continente hubiera pueblos donde el europeo dominador pusiera la planta como amo, por derecho de conquista.

     La palabra de fuego del proscrito labró en el corazón de muchas gentes. A su paso sentía rebullir el corazón del Nuevo Mundo. Quizás entonces, en sus horas de insomnio, el soñador inspirado vio muchas veces llegar la hora solemne de la lucha, contempló a Cuba como inmenso campo de batalla, en que un joven David se alzaba desarmado, recogiendo del abrupto suelo el guijarro vengador para asestarlo sin miedo contra el soberbio Goliat; y al rumor de la lid y al clamor de los combatientes, le pareció que por las crestas alterosas de la Sierra y de los Andes se empinaban, en su dignidad y en su gloria marcial las repúblicas, vencedoras de España, miraban con júbilo el glorioso espectáculo, enviaban sus voces de aliento al mancebo animoso, y se precipitaban al cabo en su ayuda, desplegados al viento los pendones fulgurantes de Junín y de Ayacucho. Ah! su espíritu generoso no pudo nunca presentarle la visión sombría de la América Latina, dormida sobre sus laureles, mientras a pocos pasos, en suelo americano, se desangra un pueblo, en lucha desigual, lanzando el mismo grito de guerra, que le enseñaron los próceres de la emancipación del continente.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[8] Véase JM: “Cristino Martos”, Patria, Nueva York, 14 de febrero de 1893, no. 49, p. 2; OC, t. 4, pp. 429-430.

[9] Referencia al Pacto del Zanjón.

[10] Referencia a la llamada Guerra Chiquita.

[11] JM: “Carta a Federico Henríquez y Carvajal”, Montecristi, 25 de marzo de 1895, TEC, p. 25.