ILUMINACIONES 2:
CINTIO Y FINA, SOBRE MEDARDO VITIER
...continuación 6...
El otro Vitier que conocí fue al músico. Nunca le había oído cantar nada. Jamás escuchaba la radio, ni la televisión, salvo al final, que seguía los discursos de Fidel, a quien admiraba. Me dijo una cosa muy bonita un día de un discurso de Fidel.
Vitier venía de su oficina por la mañana, del Ministerio de Educación, almorzaba y como era sabio, no dormía la siesta, sino que encendía su cigarro y caminaba por el pasillo hasta terminarlo. Después se sentaba, dormía muy poco y empezaba a estudiar.
Y hasta que no se ponía la mesa por la noche, yo no le vi hacer otra cosa en toda mi vida que estudiar. Como decía Guimarães Rosa, “Maestro no es el que siempre enseña, sino el que de pronto aprende”. Él no estaba siempre de maestro, sino de aprendiz, de estudiante. Eso: el único estudiante era él.
Nunca lo había oído cantar nada. Pero Sergito no dormía a ninguna hora del día, si no era con su abuelo. Y de pronto descubrimos que él recordaba de su época de guajiro las tonadas guajiras y también recordaba el zapateo.
Sergio Vitier: Y tocaba la filarmónica.
Fina García Marruz: La filarmónica era de los niños. No sabía de música, pero él buscaba las notas en la filarmónica, y reproducía la canción que él había oído en el campo, una música que yo no he olvidado porque es muy curiosa. Les voy a explicar por qué. Resulta que Vitier admiraba a José María de Heredia, “el francés”, primo del cubano José María Heredia. En El Fígaro, José María, el francés, que tenía una gran fama,[23] publicó un saludo a José María Heredia, el cubano.
Y empezaba: “Desde la Francia, / madre bendecida, / por la sublime libertad / ¡qué bella…” Fíjense que es una frase melódica larga, ¿verdad? El orden gramatical hubiera sido: “¡Qué bella fue la Francia madre de la libertad!” ¿no?, sin embargo, su construcción obedecía a un ritmo, y decía Vitier: “Ese hombre debió conocer muy bien el español, pero la frase tiene una construcción rara”.
“Desde la Francia madre bendecida por la sublime libertad, ¡qué bella! ¡Qué bella!” Él se la cantaba a Sergio cuando no se quería dormir, y era lo único que lo dormía. En serio: cargaba al niño, ponía su cabecita en el hombro, comenzaba a cantar y Sergio se quedaba dormido.
Se subía al niño en el hombro y con el tacón iba marcando en la primera frase: “Desde la Francia…” Lo que suena son las vocales, las consonantes no suenan ¿no? Entonces sonaba “A, E, I”, daba tres golpecitos y marcaba el ritmo de A, E, I: “Desde la Francia, madre bendecida”. Después: “Por la sublime libertad, ¡qué bella!”. Entonces invertía, en vez de A, E, I, marcaba; I, E, A. “Desde la Francia madre bendecida, por la sublime libertad, qué-bella”.
Cintio Vitier: Y lo bailaba, además.
Fina García Marruz: Lo cantaba y lo bailaba.
Cintio Vitier: Pero lo bailaba como dicen los bailadores, en un ladrillo.
Fina García Marruz: La frase melódica la convierte en rítmica, marcándola con el pie. Él no olvidaba que Heredia era el cantor de la libertad que había inspirado la guerra de la independencia, la guerra libertaria. Se ponía de pie para cantar el último verso, que era precioso: “De pie tocando tu vibrante escudo”. Marcaba la frase “E, U”: “De pie tocando tu vibrante escudo”. Y la terminaba apoyándose en una sola vocal: O.
Lo que me extrañaba de Vitier era que él no oía música, y me preguntaba cómo tocaba la filarmónica y cómo hacía el baile, la danza.
Cintio Vitier: Todo eso le venía de su infancia guajira.
Fina García Marruz: De su infancia guajira, de la cual no olvidaba ni los puntos ni los contrapuntos. Pero este no era ni un punto, ni un contrapunto, aunque se parece. Era una melodía muy rara…
Sergio Vitier: Yo no sé qué cosa era.
Fina García Marruz: Yo tampoco lo he sabido nunca, pero era muy especial, y tendría que ser algo que él oyó. Bien, no quiero demorarme más. No quiero pecar de plétora, como decía él.
Cintio Vitier: Peca de plétora, peca de plétora (se ríe).
Fina García Marruz: Para terminar —sin pecar de plétora—, quiero comentarles en pocas palabras la impresión última de Vitier. Su cualidad principal era la serenidad, el equilibrio de todos sus dones. Él decía que tenía de la madre la aequanimitas griega, la ecuanimidad, el estar por encima de lo que está pasando. De su padre, heredó la sensibilidad. Él tenía esas dos herencias muy fuertes. Ellos fueron sus primeros maestros, éticamente definieron su manera de ser. Ese equilibrio, esa serenidad, la mantuvo hasta la muerte.
Él decía que le gustaba mucho la frase de Martí “concretar para vigorizar”. La frase se vigoriza cuando se concreta. Y en eso era un maestro. Si tuviera que decir una sola cosa de Vitier, diría que fue como Martí pidió en aquella carta, que algunos creen fría,[24] y yo creo que es lacónica y dolorosa: “Sé justo”. Eso fue Vitier, un hombre justo. Era un hombre justo.
Cintio Vitier: Mira, hay una cosa que yo quisiera recordar ya para terminar este encuentro, que no es un homenaje, sino una conversación evocadora. Recuerdo que a mi padre fueron a verlo para que se solidarizara con el manifiesto de los estudiantes contra la prórroga de poderes de Machado.
En aquella ocasión pronunció un discurso en el Teatro Sauto de Matanzas, para mí inolvidable. Yo era un niño prácticamente y lo escuché temblando. Fue un discurso martiano y antimachadista, violentamente antimachadista, que no le costó la cárcel porque, en aquella época y en esta, en todas las épocas, hay personas buenas.
Un teniente de Matanzas, de apellido Madruga, lo protegió. Después de ese discurso mi padre tuvo que escapar para la finca de mi abuela en Empalme y esconderse allí. Claro, era un escondite relativo porque muchas personas sabían que allá estaba la finca de la familia. El teniente Madruga ocultó dónde estaba. Esas acciones son conmovedoras, porque podía costarle el puesto, e inclusive, ir a prisión, y sin embargo no dijo lo que sabía. En aquella ocasión, también debo decirlo, aprendí, a través de aquel discurso, que Martí no era ni podía ser solamente un motivo de estudio. Martí era un arma de combate.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[23] Véase “José María de Heredia”, Patria, Nueva York, 7 de julio de 1894, no. 119, pp. 2-3. (Reproducido de Le Figaro).
[24] En Familia de Martí, Ezequiel Martínez Estrada, considera que “el 1o de abril de 1895, Martí escribe al hijo, que ya no es Ismaelillo sino José Francisco Martí Zayas, la carta más desolada, árida y fría de su epistolario: él, tan cariñoso, gentil, desbordante de amor, cuyas despedidas bíblicas o islámicas solían proyectar el saludo a los familiares y a la casa, o como la bendición de los apóstoles al finalizar las epístolas a los fieles y a las iglesias. ¿Qué familia, qué casa tiene él que saludar ahora?” (La Habana, Editorial Nacional de Cuba, Cuadernos de la Casa de las Américas, 1962, p. 47).

