ILUMINACIONES 2:

CINTIO Y FINA, SOBRE MEDARDO VITIER

...continuación 2...

La poesía se presta para esos disparates. Un día, ya en la casa que vivo actualmente, muchos años después, me encontré con un paquete de cartas de mis padres, de la época en que eran novios. Estaba guardadito en un escaparate desde siempre y un día yo zafé las cintas que le ataban y me puse a leer aquellas cartas. Y descubrí, entre otras cosas, que mi padre también era un poeta. Cosa que no dejó de demostrarme en otras formas, porque también escribió algunos poemitas. ¿Recuerdas los poemitas que nos escribió?

Fina García Marruz: Sí, cómo no.

Cintio Vitier: Escribí estos versitos pensando en esas cartas de amor que mi padre le dirigía a mi mamá, María Cristina Bolaños. Ella entonces era su alumna en el colegio protestante “Irene Tolland”, de Matanzas.

Pasó el tiempo de la flor,
el azafrán, el gallo,
pasó el tiempo del amor,
un suave rayo.

Pasó el tiempo del amor,
la frente pura,
pasó toda la dulzura,
mi madre en flor.

     Este noviazgo ocurría entre la ciudad de Matanzas y la finca que estaba en un caserío llamado Empalme, cerca de Ceiba Mocha, por eso aparecen estas evocaciones de tipo rural.

La chispa azabache, el verde
rayado por el Sol,
la naranja que se muerde
y la postal tornasol.

Pasaron las lecturas
de las cartas de amor.
Llegaron manos duras.
Cayó la flor.[4]

     Aunque un poquito escéptico este final, me rehago a mí mismo pensando en aquellos amoríos, que dieron como resultado mi nacimiento, sobre el cual escribió mi querida Nancy Morejón una prosa también inolvidable.[5] Y me atreví a escribir este poemita que se llama: “Prosa para mi nacimiento”. No sé si podré leerlo, realmente:

Prosa para mi nacimiento

Hijo único de la declaración de amor
que hizo mi padre hace setenta años
como un romántico, un modernista, un provenzal de la provincia,
celebro que abril y mayo le fueran tan inmensos
y le inspiraran tanto como a mí este mayo y este junio
que me han lavado los ojos con la lluvia del silencio.
El silencio era el tema mayor de aquella epístola.

Rompe el llanto el silencio donde estaba
gestándose la nueva criatura,
imposible de decir en términos verídicos,
porque la bienvenida general lo desdibuja todo
y únicamente los ojos de la madre
saben qué es, quién es, aquello, aquél, en su ignorancia
que es la más alta flor de la inocencia.

Se mece el niño en esa flor, y llora,
nostálgico ya entre sangrientos nubarrones
de aquél silencio que era el vientre de la madre.

     Yo estaba escribiendo estos poemas entre mayo y junio, que están recogidos en un cuaderno que se llama así, Poemas de mayo y junio. Recuerdo una carta de mi padre a mi mamá —a la que iba a ser mi mamá—, de una belleza extraordinaria. Y en esta carta, el tema central es un elogio del silencio, cosa realmente tremenda entre dos novios. Notable, ¿no? “El silencio —dice él—, ese gran trabajador”. Son cartas de un lirismo precioso. Él era un poeta; cada vez lo siento más.

Roto el silencio en átomos y en astros,
roto en casas, en viajes y en ciudades,
roto en sílabas, en lenguas y rencores,
roto en árboles, en nubes y deseos,
roto en días y noches, verdades y mentiras,
dolores y alegrías, olvidos y memorias,
hecho añicos el silencio, comienza a trabajar.

“Ese gran trabajador que es el silencio”:
así decía mi padre en su declaración de amor.

Ahora han vuelto los dos a ser criaturas del silencio
y yo me acerco a ellos, a sus reliquias y cartas silenciosas,
les quito el polvo, las repaso, las pongo un rato al sol,
lleno de este estruendo que es el llanto del silencio,
y oigo en el fondo los golpes del gran trabajador
que no descansa nunca, ni en la noche estrellada.[6]

     Es un pequeño homenaje al enamoramiento de mi padre y de mi madre, a sus nupcias y a mi nacimiento. Estos son recuerdos estrictamente personales, que he querido compartir con ustedes, porque los quiero mucho a todos y a cada uno de los que están aquí.

     Recuerdo que cuando yo tenía siete u ocho años, mi padre ofreció una cena al gran escritor mexicano José Vasconcelos. Por cierto, tuve la oportunidad de recordarlo cuando me dieron el Premio Juan Rulfo en México.[7] A José Vasconcelos, el mexicano, y no al cubano, porque tuvimos en Cuba un Vasconcelos.

Fina García Marruz: Ramón Vasconcelos, un periodista bastante desorejado.

Cintio Vitier: Era un pillo, periodista; muy buen periodista, por cierto.

Fina García Marruz: Sí, era un buen periodista.

Cintio Vitier: A mi padre lo hicieron presidente del Grupo Minorista en Matanzas y una de las primeras actividades fue organizar el homenaje a Vasconcelos, que pasaría por Matanzas. No olviden que mi padre había escrito Del ensayo americano, un libro muy importante, el único que escribió sobre literatura, pues los ámbitos de interés fundamental de mi padre gravitaban sobre la filosofía cubana.

En Del ensayo americano aparecen Vasconcelos, Mariátegui y todos los grandes ensayistas del continente. Este libro lo publicó el Fondo de Cultura Económica de México. Mi padre tenía una gran admiración por Vasconcelos, quien después se echó a perder, parece, en México. No sé, quizás por las situaciones que hubo allá, pero de que era una estrella de la cultura mexicana, no cabe duda.

Fina García Marruz: Su Ulises criollo es una obra maestra…

Cintio Vitier: Lo recordé con motivo del Premio Juan Rulfo que me dieron allá. Yo era un niño y no se me olvida que, en vísperas de la llegada de Vasconcelos a mi casa en Matanzas, mi mamá me pidió algo especial para ese encuentro… Ah, mi mamá, que no olvido nunca, entre otras cosas, por sus ojos. Eran ojos que siempre me recuerdan un poema de Zenea dedicado a la gran actriz norteamericana Adah Menken.

Fina García Marruz: “Del color de las olas en reposo / el verde puro de sus ojos era, / cuando cubre su manto el bosque hojoso / con sombras de esmeralda en la ribera”.[8]

Cintio Vitier: Esos eran los ojos de mi madre.

Fina García Marruz: Sus ojos eran de un verde raro.

Cintio Vitier: Era muy bonita; ella era preciosa.

Fina García Marruz: “Sombras de esmeralda en la ribera”.

Cintio Vitier: De niño yo estaba enamorado de los ojos de mi mamá.

Fina García Marruz: Ibas a contar la historia de la bandera que te mandaron a hacer…

Cintio Vitier: Mamá me dijo: “Ve, sal corriendo ahora mismo, porque esta noche es el banquete a José Vasconcelos, que es una gran figura hispanoamericana, y queremos tener una bandera mexicana en el patio de la casa, donde el Grupo Minorista le va a dar un banquete”. Atravesé Matanzas, corriendo, como un loco, para pedirle ayuda a mi maestro de pintura; por aquel entonces yo quería ser pintor. Mi madre quería que yo fuera un niño prodigio de todas maneras y me puso a estudiar violín a los siete años…


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[4] Nancy Morejón: “Prosa para el nacimiento de Cintio Vitier”, Pluma al viento, Editorial Oriente, 2006.

[5] Nancy Morejón: “Prosa para el nacimiento de Cintio Vitier”, Pluma al viento, Editorial Oriente, 2006.

[6] Cintio Vitier: “Prosa para mi nacimiento”, Poemas de mayo y junio (1988), Obras 10. Poesía 3, ob. cit., pp. 113-114.

[7] “A mis siete u ocho años tuvo lugar en el patio provinciano de mi casa en Matanzas un insólito acontecimiento. Horas antes mi madre me había dado un lienzo blanco para que lo llevara a mi maestro de pintura y allí él estampara la bandera mexicana. Dada la urgencia del encargo, mi maestro utilizó los relieves de un sillón de mimbre para simular las plumas del águila. Muy contento volví corriendo por las calles de Matanzas agitando al aire la preciosa bandera. Ya de noche, entraban los últimos invitados. En un extremo de la mesa, bajo las estrellas, mi padre, pálido de emoción, se preparaba para dedicar aquella cena al señor que en el otro extremo guardaba un grave silencio. Oí el nombre de José Vasconcelos, símbolo entonces de la Revolución mexicana. Años después devoré todos sus libros a mi alcance. Hoy les traigo también a ustedes, no por invisible menos real, aquella bandera infantil”. (CV: “Palabras de gratitud al recibir el Premio Juan Rulfo”, Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2002, no. 25, pp. 269-270; www.cubaliteraria.com).

[8] “Del verde de las olas en reposo
el verde puro de sus ojos era,
cuando tiñe su manto el bosque hojoso
con sombras de esmeralda en la ribera”.
(Citado por Cintio Vitier en la “Sexta lección: La interiorización del tono. La obra de Zenea. Significación de Luisa Pérez. Su hermana Julia. Primera caracterización de lo cubano”, Lo cubano en la poesía (1958), en Lo cubano en la poesía. Edición definitiva, prólogo de Abel Prieto, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1998, p. 149).