Señoras, señores:
Sean mis primeras palabras expresión de gracias para vosotros. Tan brillante concurso colma los deseos de la Sociedad Literaria, que os ha convocado, a vosotros, sus amigos, para honrar la memoria de uno que fue amigo de todos cuantos supieron amar lo bello y admirar la grandeza de alma, porque llevaba su mente poblada de imágenes bellas, y su corazón latía por todo lo excelso y heroico. La Sociedad contaba con vosotros, para pagar esta deuda de gratitud y amor a uno de sus presidentes más queridos, que aquí, como en todas partes, ha dejado huella luminosa para marcar sus pasos y coro de alabanzas para acompañar su nombre. ¿No fue él quien dijo que “los héroes son propiedad humana, comensales de toda mesa y de toda casa familiares”?[2] La Sociedad contaba con vosotros, para rendir este póstumo tributo al literato insigne, al orador elocuente, al patriota fervoroso, caído antes de tiempo, pero ya desde antes colocado, por sus extraordinarios merecimientos, en la gloriosa constelación de los héroes de América.
No podía, ni debía la Sociedad Literaria abstenerse de tributar este público homenaje a su presidente José Martí, porque muchas de las paginas brillantes de su historia fueron escritas por la mano de aquel que, en medio de una vida vertiginosamente atareada, para todo tuvo tiempo y en todo ponía su corazón entero, que era fuente inagotable, y la totalidad de sus fuerzas, que no parecían conocer la intermitencia, ni la fatiga. Martí hacía florecer cuanto tocaba, porque sabía aprovechar la más débil chispa, y calentando los corazones, producía con unas cuantas ramas secas un incendio. A todos aquí comunicó vigor, por todos lados esparció vida, y la Sociedad Literaria floreció en su tiempo, como si la mano gentil de un hada hubiera trazado en torno suyo círculo resplandeciente.
Nadie hubiera podido sospechar el verlo afanarse, multiplicarse, acudir a todo, improvisar fiestas, ampliar los programas y el objeto de esta sociedad, sacando recursos no se sabe de dónde, allegando elementos valiosos, armonizando aptitudes, concertando voluntades; que esta impaciente actividad, que esta premiosa tarea no eran sino descanso para su espíritu, hostigado por otros propósitos más altos, persiguiendo otro ideal más remoto, empeñado en otra más grande empresa, en la suya verdadera, en la definitiva, en la de su existencia, en aquella para la cual todas las demás que emprendía y acababa no eran sino preparación y bosquejo. El artista probaba su mano en trabajos efímeros, para tenerla flexible y educada cuando hubiera de ponerse a la obra maestra.
En todas las tareas que se impuso encontró siempre dóciles sus múltiples aptitudes, porque esas varias y brillantes facultades, esas luminosas facetas de su gran inteligencia, convergían todas, como los radios al centro, a una facultad suprema, que las animaba y vigorizaba: el entusiasmo. Su portentosa fantasía desplegaba las alas a todos los vientos del espíritu, mas no para vagar al ocaso, con la facilidad gallarda del mero dilettante; sino para buscar por cada rumbo lo mejor, lo más exquisito, la flor de perfección que soñaba, y que su corazón ardiente le hacía amar con indecibles transportes. Amó siempre su obra. He aquí el secreto de sus grandes éxitos. Era cada una la hija predilecta, en las horas de preparación y labor, y la concebía y la quería la más gallarda, la más hermosa, la más acabada. No colocó su ideal en un mundo inaccesible. Quiso y logró esculpirlo en la roca de la realidad. Dio valor a cada situación de su vida, precio a cada trabajo. Hizo cada vez y en cada caso lo más y lo mejor que pudo. No hay regla de vida más alta, ni más fecunda.
Atravesó la vida como quien lleva en las manos antorcha y pebetero. Mas cuando llegaba el caso, quitaba del cinto el hacha o bajaba del hombro la piqueta y las empuñaba con resolución. Quería alumbrar y perfumar; pero sabía que muchas veces es preciso antes descuajar el bosque, o acabar de derruir el edificio carcomido y ya inservible. Mas destruyera, preparara o edificara, todo lo hacía como si no hubiera de hacer otra cosa. Sabía que este era el medio, el único medio de hacer al cabo la grande obra, que era el imán de su alma, la que sentía palpitar debajo de las otras, como se siente bullir el agua profunda en las entrañas de la roca.
Por eso fue su vida al parecer tan compleja. Peregrinó por el mundo con una lira, una pluma y una espada. Cantó, habló, escribió, combatió; dejó por todas partes chispas de su numen, rasgos de su fantasía, pedazos de su corazón; pero en cualquier ruta, por todos los senderos su vista estaba siempre fija en la solitaria estrella, que simbolizaba su honda y perpetua aspiración de hogar y patria. De su poesía se exhala un perfume sutil la nostalgia del desterrado. Cuando su pluma corre sin freno sobre el papel, cuando su palabra se desborda desde la tribuna, se adivina que lo aguija, que lo impulsa la visión distante de Cuba que lo llama, y le pide que escriba para ella y que hable por ella, y alumbre las conciencias y encienda los corazones. Aquí está la nota profunda de su alma y esto constituye la unidad perfecta de su vida. Martí poeta, escritor, orador, catedrático, agente consular, periodista, agitador, conspirador, estadista y soldado no fue en el fondo y siempre sino Martí patriota. Para ver y abarcar desde un punto central la existencia tan accidentada de este grande hombre nada es tan adecuado como considerar su labor política. Esta es la esencia; las demás fases de su vida pública son detalles y accidentes.
Cuando se veía a Martí silencioso, la espaciosa y limpia frente decía inteligencia; los ojos dulces, profundos y melancólicos sobre toda ponderación decían arte, denotaban la honda simpatía de un alma con todas las cosas tristes, que son ¡ay! las más bellas en la vida del hombre. Pero cuando Martí hablaba, de tal suerte vibraban sus palabras, las recorría tal fluido de vida brotando a borbotones, que empezaba a comprenderse que el soñador escondía un verdadero hombre de acción. Y si entonces se le veía levantarse nerviosamente ágil, dirigirse rápido a la tribuna, erguirse en ella, casi abrazarla, llenarla y empezar a dar salida al raudal impetuoso de sus pensamientos que empujaban las palabras y rebosaban de ellas, como de cauce demasiado estrecho para contenerlos, el simétrico cerco de su cabellera tomaba forma de aureola, y el orador se transfiguraba en apóstol. Se comprendía entonces que aquel hombre hablaba para obrar, y que su palabra era fuego para calcinar corazones empedernidos y palanca para levantar pueblos aletargados.
Martí no era un político especulativo. En el gabinete, delante del libro, pensaba en el club, veía la plaza pública, rebosando de multitudes afanosas, oyendo la arenga tribunicia que las llama a la conquista del derecho. Los problemas políticos no tenían para él objeto, si no se resolvían por la concertada acción de sucesos provocados y previstos. Su temperamento artístico lo hacía encarnar abstracciones y teorías en hombres y pueblos. Su refinamiento moral lo hacía comprender que no se justifica la acción sino por el bien que de ella resulta. El artista concebía un ideal político, hermoso y apetecible; el moralista lo cotejaba con la realidad imperfecta y deforme; y por eso aborrecía esta con todas las fuerzas de su corazón generoso e iba en pos de aquel con todo el ímpetu de su voluntad indomable. Martí era y tenía que ser lo que fue, un gran agitador político, un Mazzini, un Kossuth, un Stambuloff.
Temprano lo consagró la vida, temprano lo ungió el dolor para su duro apostolado. En el albor de la existencia, niño de diez y seis años, algunas líneas llenas de fuego juvenil, algunos versos en que se estremecía su ansia de adolescente por la libertad,[3] lo condujeron maniatado ante un tribunal español, ante un consejo de guerra; y por esos enormes delitos, el niño imberbe sintió que manos brutales remachaban en sus piernas un ignominioso grillete. El primer contacto de su alma pura con el poder brutal que dominaba su patria fue ese cruel ultraje a la dignidad humana, respetable siempre, más respetable en la primera mocedad, risueña e inocente. Aquel niño soñador, de espíritu inmaculado, fue confundido en un presidio con criminales soeces, porque había escrito algunos artículos de periódico[4] y un ensayo de tragedia.[5] Todo el horror del sistema colonial de España se le reveló de una vez y para siempre. Los estólidos verdugos que cargaron de cadenas aquel niño endeble, no podían sospechar, en la estrechez de sus entendimientos, el ángel vengador que había de surgir de entre aquellos hierros, armado con la lengua llena de imprecaciones y con la espada fulminante de rayos.
El niño se hizo hombre en el dolor inmerecido y en la ignominia injusta, y el hombre comprendió su vocación irrevocable y se sintió profeta. Profeta para estigmatizar la protervia de la tiranía más inicua, y profeta para evocar, predecir y apresurar la resurrección, la regeneración del pueblo, que bajo esa tiranía agonizaba. Su espíritu entra desde entonces en ebullición, desde entonces comienza su labor perenne, su incesante actividad, el batallar que no había de encontrar descanso hasta la hora suprema de la final y gloriosa batalla. Su primer arma fue la pluma, su primer palenque la tribuna. Libertado de sus hierros, que son el primer timbre de su ejecutoria de mártir, sale desde luego a la plaza pública a predicar su cruzada. El tirano lo había arrancado de su Isla amada y lo había conducido al suelo de la aborrecida Metrópoli. Allí se encontró, y aceptó aquel campo para empezar la lid. No le importaba tener el sol de frente, ni que los jueces fueran sus verdugos. Desde entonces, y como siempre, tenía fe, fe profunda en la justicia de su causa.
Su primer folleto[6] es una denuncia generosa del más nefando de los crímenes que comete España contra los cubanos, cuando mezcla al patriota, en contubernio indigno, con el criminal, lo carga con la cadena infamante y lo somete al palo del cómitre sin dignidad y sin entrañas. Martí, condenado a presidio por un conato de delito político, protestaba contra la infamia sin tamaño de hacer purgar con una pena degradante el crimen de amar la patria y la libertad. Se dirigió a España, que pretendía entonces arrancar de sus hombros el manto de plomo de cuatro siglos de opresión, se encaró con ella, con la España revolucionaria, creyendo que su noble protesta seria escuchada; pero España ha sido siempre sorda, cuando la voz de un cubano le ha pedido justicia.[7]
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Discurso pronunciado en la velada conmemorativa de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, en Nueva York, la noche del 14 de marzo de 1896.
[2] JM: “Los héroes del Polo”, La Nación, Buenos Aires, 17 de abril de 1884, OCEC, t. 17, p. 177.
[3] Véase JM: “¡10 de Octubre!”, Versos en periódicos y otras publicaciones (1868-1889), OCEC, t. 15, p. 55.
[4] Véase JM: “El Diablo Cojuelo”, Habana, 19 de enero de 1869, OCEC, t. 1, pp. 19-21.
[5] JM: “Abdala”, La Patria Libre, La Habana, 23 de enero de 1869, OCEC, t. 1, pp. 22-33.
[6] JM: El presidio político en Cuba, Madrid, 1871, OCEC, t. 1, pp. 63-93.
[7] JM: La República española ante la Revolución cubana, Madrid, 15 de febrero de 1873, OCEC, t. 1, pp. 101-110.

