JOSÉ MARTÍ: POESÍA Y REALIDAD

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     Sin embargo, no debemos comenzar por buscarle sentidos al poema de Lezama; me parece que el mejor acercamiento es el colocarnos de una vez en el centro de un mundo infinitamente relacionable. Alcanzaremos así su “posible” en un “súbito” (palabra cara a Lezama en cuanto significa el apoderamiento inmediato de la imagen) y solo entonces se nos irán revelando sentidos. Cocardasse y Passepoil debaten muchas cosas en el memorable diálogo que sostienen en el poema;[35] si no partimos del “súbito” que los dos nombres nos producen al recordarnos las aventuras de Enrique de Lagardère en nuestras lecturas de Paul Feval de niños —como le sucedió a Julio Cortázar—, creo que perderemos mucho de la riqueza de ese diálogo. De manera que la memoria, en su acepción más modesta, enlaza aquí cierta realidad con el acontecer poético. Hay un tiempo, entonces, en la lectura del poema en el que Cocardasse y Passepoil siguen siendo los dos familiares truhanes de nuestra niñez.

     Señalamos ejemplos tan opuestos para indicar las distintas apariciones de la poesía. Creo inútil decir que no se trata en ningún caso de dilucidar la mayor pureza poética, sino indicar las vías hacia su manifestación, a la vez que, en cierta manera, la semejanza de nuestra actitud al asumir el suceso poético. Otra vez desde la modesta posición de lector de poesía diría que este suceso nos propone una realidad a cuyas leyes debemos someternos: esta realidad será siempre tan misteriosa como la realidad misma; tan “difícil” nos será entonces acompañar el paseo dominical de Martí[36] como seguir el desarrollo de las Aventuras sigilosas en Lezama, el itinerario del Príncipe Igitur, o participar en las visiones de los Versos libres.

     Ahora bien, no cabe duda que el suceso poético en los poemas de Martí que nos ocupan parte de lo inmediato para apelar a lo inmediato, de las realidades más humildes que adquieren un valor en lo que son sin que intervenga ese principio de transfiguración que al alcanzar lo que Vitier llama el “símbolo inverificable[37] ha ejercido —como el propio Vitier nos enseña— la función esencial de la poesía, y más aún de la cristiana. Por suma que sea, tiene entonces el poeta cristiano en sus manos una poética que le ha sido dada por añadidura (pensemos en lo que el dogma y la liturgia han entregado a la poesía de Claudel); a dónde la lleve será ya condición de su genio personal.

     Lo que más nos toca en el acercamiento de la poesía laica a las cosas es esa despojada aparición de la realidad, esa liturgia natural que se muestra en los instantes más altos de esa poesía y que puede culminar en la aparición del “ciervo herido” martiano, que va en busca de amparo a un monte cercano,[38] sin duda, al otero por donde asoma el “ciervo vulnerado” místico. Difícil de vencer aquí la tentación de unir los dos ciervos, de sobrepasar lo inmediato del ciervo martiano e ir a identificarlo con el ciervo de San Juan. Pero sabemos que el ciervo de los Versos sencillos es el verso, de modo que a nuestros dos movimientos anteriores, el ir hacia y el venir de, habrá que añadir, para situar de alguna manera a la sustancia poética que estudiamos, un permanecer. Lo que me parece también conmovedor en esta visión de las cosas en Martí, como en Vallejo y Machado, es cómo el amor va manifestándose y creándose a sí mismo en la vía, en su fidelidad a lo real, despojado de la gracia transfiguradora que viste a las cosas de hermosura; solamente en el respeto a su laicismo hallaremos su sacralidad. Y aquí es donde se verifica la unión con el amor cristiano, que ya no radica en la idea del bien. Desde las más viejas éticas y poéticas la idea del bien y la idea de lo bello van a constituir categorías estéticas y morales sumas, rigurosamente establecidas; cualquier movimiento renovador o conservador tanto en poesía como en lo social debe contar con este a priori, con esta entidad pre-establecida. La moral cristiana modifica esta relación. Veámoslo en la claridad con que nos lo explica Max Scheler: “he aquí el gran punto de inflexión en el camino de la idea antigua del amor a la cristiana; según aquella hay un amor al bien; según esta, es el amor quien porta el valor bueno en el más primitivo de los sentidos”.

     Vemos entonces a la poesía, en los casos que tratamos, portando y manifestando al tiempo el valor bueno, sin ninguna relación a algo previo ni en lo ético ni en lo estético. Más para alcanzar esta segunda pureza, la palabra misma debe someterse a vías purgativas, hasta llegar por sí misma a su propia “noche oscura”. Empieza de esta manera la soledad de la palabra. Es preciso que veamos la sacralidad de este momento; separada de ese “contacto sacramental con las criaturas” que dice Carlos M. Luis en su hermoso ensayo “Prestigios de nuestra Palabra”, asume en ese momento la misión del Verbo en su instante más desolador: queda separada del Padre. Su primer movimiento es el descenso, la “Temporada en el Infierno”; desde allí, imposibilitada de clamar por el Padre, de proferir el “lama sabachtani”, tiene que interrogarse por su ser; al hacerlo, como sucede siempre en esta situación límite, se encuentra con la Nada. Asistimos entonces al monólogo de la palabra, a esa crítica constante a la que se somete, sea hecha desde la propia poesía o desde ese análisis semántico que arranca de Wittgenstein y el Círculo de Viena hasta Carnap; a ese afán constante de establecerle a la palabra la función, de deslindarle y hasta de aniquilarle el sentido. Calvario del Verbo, peregrinación de la palabra como palabra desventurada, puesto que me parecen convenir a las vías de la palabra hacia su encuentro consigo misma los conceptos de Hegel sobre la conciencia desdoblada al tratar del subjetivismo piadoso:

Pero su verdadero retorno a sí misma o su reconciliación consigo misma se presentará como el concepto del espíritu hecho vivo y entrando en la existencia, porque ya en ella es como una conciencia indivisa, una conciencia doble; ella misma es la contemplación de una autoconciencia en otra y ella misma es ambas, y la unidad de ambas es también para ella la esencia; pero para sí no es todavía esta esencia misma, no es todavía la unidad de ambas.

     Examinemos estos exilios de la palabra en uno de los momentos en que alcanza su tensión mayor, en Trilce de César Vallejo. Sometida al constante sacrificio, a las metamorfosis y transfiguraciones más súbitas, al desgarramiento de un sentido para alcanzar otro al parecer imposible, asistimos al peregrinar de la palabra desventurada en busca de sí misma; nos desgarran entonces ese “2 destilado en una sola tanda” (Poema XVII);[39] ese “vusco” “bolver”, las arrasadoras faltas ortográficas del poema IX[40] y “la península parada por la espalda abozaleada, impertérrita en la línea mortal del equilibrio” (Poema I).[41] Sin embargo desde ahí, desde esas experiencias al parecer puramente semánticas, la palabra no solamente cumple un rol sacrificial, sino profético porque ¿qué pensaremos al ver ese mismo 2 de “Trilce” aparecer “viejo” en el cuaderno de los niños del mundo “si la madre España cae”,[42] si “la península abozaleada, impertérrita en la línea mortal del equilibrio” cae?, y al ver esa misma falta ortográfica del poema IX ahora escrita en el aire real de la Guerra Civil española por el dedo de Pedro Rojas y diciendo: “¡Viban los compañeros!”[43] Y ¡qué tremendo sentido alusivo cobra esa falta!, pues de lo gramatical pasa a hacernos ver una falta mayor, que nos impulsa a buscarle remedio acompañando a la mano que la escribió. Encuentro sumo del verso con la realidad —y otra vez aquí la intuición inaudita de doña Leonor Pérez—, puesto que esa falta de Trilce mostrándose ahora no solo en el aire, trazada por el dedo de Pedro Rojas, sino en cualquiera de los cegadores muros de España vuelve a ser “escrita” en la realidad. ¿Qué encuentro inaudito es este, desde la palabra misma, desde el Logos, desde los “Cristos del alma?”[44] ¿Qué revolución crea?; tendrá que ser otra revolución, una revolución que no llega a hacer, por ejemplo, la palabra surrealista que permanece en los infiernos o infiernillos a los que desciende; y, menos aún, la palabra revolucionaria oficial, que se contenta con denunciar a la United Fruit o a la Anaconda Co. o en hacer melifluos cantos —supongo que ahora eliminados— a un frío asesino.[45]

     Esta manifestación de la palabra encarnada y mediadora es la revolución de Martí en el idioma y en la historia. La vía sacrificial la verifica Martí ya en la persona. Entonces o hay que darle un nuevo sentido a la palabra revolución o hay que sacar a Martí del sentido convencional de esa palabra. Observemos que don Ezequiel Martínez Estrada, en su libro Martí: el héroe y su acción revolucionaria[46] dice estas palabras, sin duda justas:

Sublime paradoja martiana: hacer una guerra revolucionaria con amor, inmolación personal, literatura y ciencia política; revolución sin atentados, sin perfidias ni crímenes, verdadera cruzada cívica y de heroísmo sin tacha. Estas cualidades del Martí revolucionario que estoy dando a través de mi prisma, es lo que me ha impedido darle una clasificación con arreglo a la tipología propia de los revolucionarios en general.

     No podrá nunca darle a Martí, ni don Ezequiel ni nadie, esa clasificación dentro de lo que entendemos por una tipología revolucionaria. Ahora bien, simultáneamente con todos los atributos que queramos otorgarle, Martí fue sin duda un político y un revolucionario. Aquí está la paradoja que todos en algún momento percibimos y que Martínez Estrada señala; puesto que, si comparamos a Martí con la imagen del revolucionario habitual, de Robespierre[47] a Lenin, veremos en él algo no solo sobrepasador sino distinto. Debemos entonces mantener esa paradoja no como algo accidental, sino constituyéndola en esencia, e indagar desde ella la acción revolucionaria de Martí. Quizá se vea ahora más claro por qué me he detenido en el estudio de los casos en los que la poesía, más que a ensalzar la realidad, va a testificarla, va a alcanzar su ser desde lo real; al ser poeta, Martí asume la realidad en forma desconocida por el hombre vinculado exclusivamente a lo social. A mi juicio esta observación produce el enlace necesario entre las dos fuentes de la acción en Martí, la poética y la social, comenzando por la afirmación en igualdad de ambas y en el estricto respeto a sus manifestaciones. Por lo pronto hay una nota común entre Martí y el revolucionario-tipo: ambos van a enfrentarse con la realidad, ambos van a modificarla. La diferencia está, a mi juicio, en el origen de esos movimientos similares. El revolucionario, o más bien el hombre político, revolucionario o no, considerará la realidad por lo pronto y primordialmente como una relación de fuerzas, en sentido idéntico al que resulta de la observación del físico. Esta consideración inicial es, desde luego, común al observador en el poder y al despojado de él; ambos, al sentirse existiendo en una dinámica histórica, están sometidos a una ley común: la necesidad. El pensamiento revolucionario consiste entonces en otorgar a una de estas fuerzas —en ese momento la más débil— una suprema razón moral (es el instante hermoso de todo pensar modificador de la sociedad, el que el propio Martí elogia en Marx: “Como se puso del lado de los débiles, merece honor”), la cual, ejercida desde el poder (ya ha dejado de ser débil) llegará, a través de un proceso específico, a establecer la justicia. Ahora bien, este proceso, cuya duración no puede predecirse, cuenta necesariamente con el ejercicio de la fuerza (es el segundo postulado del pensar revolucionario también visto por Martí al decir: “Pero no hace bien el que señala el daño, y arde en ansias generosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blando al daño”).[48] El advenimiento de la justicia se va colocando en un devenir que la llevará a su cumplimiento en un tiempo necesariamente hipotético. Se trata de un tiempo radicalmente espacializado, referido siempre a un futuro determinante y apriorístico —es decir, un no-futuro—, nunca al presente que se habita como memoria y como futuridad al tiempo; ocurre aquí la confusión entre lo posible y lo real que Bergson dilucidó magistralmente. La duración real, en el sentido bergsoniano, no cuenta; de ahí la crueldad inherente al proceso, al concebir el tiempo humano en función mecánica y finalista, no como algo que dura; de ahí el sacrificio implacable del ahora, insustituible y personal, al impasible Moloch del futuro. Vienen entonces las preguntas atroces ¿cuántos años?, ¿veinte?, ¿cien?; ¿cuántas víctimas?, ¿miles?, ¿cientos de miles? El transcurso de ese tiempo, sin embargo, está alimentado por la esperanza; desde esa esperanza funciona en todo su poder la idea revolucionaria; pero hasta su cumplimiento, fuerza y necesidad seguirán constituyendo el núcleo mismo de lo real. Volvemos a la hormiga bergsoniana: mientras transcurre ese proceso el revolucionario-tipo dará la respuesta de la moral instintiva: “es necesario, porque es necesario”, aunque entre ambas afirmaciones puedan colocarse volúmenes explicativos. El hecho, al parecer, no tiene salida; queda aún la libertad del hombre al ejercer su acción modificadora sobre la historia, pero en el transcurrir mismo de esa acción las vías seguirán llamándose necesidad y fuerza.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[35] José Lezama Lima: “Diálogo en una giba”, Aventuras sigilosas, ob. cit., pp. 20-21.

[36] Véase Fina García Marruz: “Un domingo de mucha luz”, Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1988, no. 11, pp. 253-282; Temas martianos. Tercera serie (1995), La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, pp. 9-46. (Conferencia en el Primer Curso Libre sobre José Martí, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 11 de marzo de 1987).

[37] Cintio Vitier: “Poesía como fidelidad”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, 1956, año XIII, no. 40, p. 28; ob. cit., p. 114.

En Lo cubano en la poesía (1958), Cintio afirma: “Toca […] Martí el misterio poético por excelencia: lo que hemos llamado […] el “símbolo inverificable”: el sobrepasamiento de las cosas en su propia apariencia o aparición sensible”. [“Séptima lección. El arribo a la plenitud del espíritu. La integración poética de Martí”, Lo cubano en la poesía. Edición definitiva, prólogo de Abel Prieto, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1998, p. 206. (N. del E. del sitio web)].

[38] “Mi verso es de un verde claro
Y de un carmín encendido:
Mi verso es un ciervo herido
Que busca en el monte amparo”.
(JM: “V”, Versos sencillos, ob. cit., p. 307).

[39] César Vallejo: “Destílase este 2 en una sola tanda”. [“XVII”, Trilce (1922), Poesía completa, ob. cit., p. 127].

[40] César Vallejo: “IX”, Trilce (1922), ob. cit., p. 119.

[41] “Y la península párase
por la espalda, abozaleada, impertérrita
en la línea mortal del equilibrio”.
[César Vallejo: “I”, Trilce (1922), ob. cit., p. 111].

[42] César Vallejo: “XV. España, aparta de mí este cáliz”, España, aparta de mí este cáliz (1939), Poesía completa, ob. cit., pp. 382-383.

[43] César Vallejo: “III”, España, aparta de mí este cáliz (1939), ob. cit., pp. 364-365.

[44] César Vallejo: “Los heraldos negros”, Los heraldos negros (1919), Poesía completa, ob. cit., p. 3.

[45] (Aludo aquí al revolucionarismo convencional de [Pablo] Neruda, no a su auténtica voz poética, siempre grande).

[46] Ezequiel Martínez Estrada: Martí: el héroe y su acción revolucionaria, México, Siglo XXI Editores, 1966.

[47] Maximilien François Robespierre (1758-1794).

[48] “Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los débiles, merece honor. Pero no hace bien el que señala el daño, y arde en ansias generosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blando al daño. Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres. Indigna el forzoso abestiamiento de unos hombres en provecho de otros. Mas se ha de hallar salida a la indignación, de modo que la bestia cese, sin que se desborde, y espante. Ved esta sala: la preside, rodeado de hojas verdes, el retrato de aquel reformador ardiente, reunidor de hombres de diversos pueblos, y organizador incansable y pujante. La Internacional fue su obra: vienen a honrarlo hombres de todas las naciones. La multitud, que es de bravos braceros, cuya vista enternece y conforta, enseña más músculos que alhajas, y más caras honradas que paños sedosos”. [JM: “Honores a Karl Marx, que ha muerto” (fragmento correspondiente a la crónica “Suma de sucesos”), La Nación, Buenos Aires, 13 de mayo de 1883, OCEC, t. 17, pp. 64-65].