JOSÉ MARTÍ: POESÍA Y REALIDAD

...continuación 5...

     Pero ahí, en el centro mismo de esa antinomia, al parecer insoluble, es donde está situado lo único capaz de sobrepasarla, al constituirse no ya en dialéctica, sino en paradoja: la fuerza que emana de lo débil de la que parte el amor.[49] En el poder, esa fuerza seguirá partiendo de lo débil, es lo que Martí expresa al decir “remedio blando al daño”; se trata de la misma ausencia de fuerza que vimos en los instantes poéticos estudiados antes. Es la paradoja esencial de Martí; lo que constituye su originalidad y lo que da a la revolución que crea su carácter inaugural; asumirla quiere decir estar de veras y claramente en la realidad, una realidad dada al poeta que se convierte, a través de la impulsión que la anima, en una sustancia que se manifestará también socialmente pero que el hombre solo social, político, revolucionario o no, desconocerá siempre. Es también el suceso que nos comunican los portadores de la moral abierta bergsoniana, la cual puede culminar en el misticismo cristiano pero cuya incesante emanación va llenando los instantes supremos de la Historia desde los pueblos índicos hasta la cultura griega, según nos enseña Simone Weil. Quizás en este momento el propio pensamiento de Simone Weil nos ayude a perfilar el nuestro. Tal como parece esparcido en los Cuadernos y referido a la idea de la mediación, que tanto la preocupó, viene a decirnos, en apretada síntesis, lo siguiente: desde la realidad, sometida a la necesidad y a la fuerza, debe alzarse el Amor; manifestado como obediencia en la materia, su aparición en el espíritu no será otra cosa que el sacrificio, que consiste en asumir la mediación, aceptando la carga de la fuerza y la necesidad y llevándola al punto donde no hay fuerza; es la noción de equilibrio en la que Simone Weil ve la culminación de la cultura griega, en la revelación que le fue otorgada, (como a la india y a la egipcia) junto a la que se depositó en el pueblo hebreo.[50] En esta situación estamos colocados de inmediato en la totalidad de lo real, una realidad que el rigorismo conceptual no alcanzará nunca de forma tan absoluta (de ahí la ausencia de sistematización en el pensamiento martiano, como veremos al examinarlo más adelante). Ahora bien, el hombre político parte, irremediablemente, de una experiencia racional primaria que culminará —al ejercer una acción modificadora en la sociedad— en el tipo revolucionario producido primero por la Enciclopedia, después por el Socialismo científico. Las formas de amor que pueden acompañar a estas entradas en la realidad partirán siempre de un apriorismo racional, desvinculado por otra parte de esa razón griega tan cara a Simone Weil al observarla en el pitagorismo, en Platón, y en la que vio siempre una religiosidad inmanente. Pero nada mejor que citar aquí sus propias palabras:

La ciencia griega nunca fue materialista ni profana, fue un objeto de estudio religioso. Este concepto desapareció con la llegada de Roma, para reaparecer brevemente en la Edad Media, también, de otra manera en el pensamiento gnóstico y en los círculos de iniciados; pero como en los cuentos de hadas, la ciencia que despertó en el siglo XVI después de un sueño de dos milenios ya no fue la misma; había sufrido un cambio radical, era ya de otra naturaleza absolutamente incompatible con nada que significara espíritu religioso.

     Del encuentro inmediato con la realidad procede el amor de Martí; de ahí su contacto, percibido tantas veces, con el amor cristiano tal como se manifiesta en su forma suma: la santidad. Al situarse de inmediato en lo real el santo se somete a las leyes de la fuerza y la necesidad como cualquier otra criatura natural; de ahí ese amor solidario, de hermandad, franciscano con la naturaleza; pero de esa aceptación de lo natural se eleva a su vez la sobrenaturalidad. La absoluta originalidad de Martí consiste en que su amor, laico en principio, nos llega sobrenaturalizado, y desde esa nueva esencia anima totalmente una actividad revolucionaria. Creo que la importancia incalculable de este hecho está apenas empezando a verse; es natural, por otra parte, que ante las conmociones producidas por las grandes revoluciones históricas se fijarán las personas de sus iniciadores como arquetipos del revolucionario; más difícil centrar la atención en el creador de una revolución de independencia limitada a una pequeña colonia española y que Europa, plagada de manifiestos, llegara a conocer el más hermoso de ellos.[51]

     Tal como vimos antes, la función del espíritu en este sobrepasamiento de las leyes de la necesidad y la fuerza es el sacrificio. En el revolucionario-tipo, el sacrificio es una de las condiciones que van a ser asumidas en la totalidad de su acción; parte por lo tanto de la voluntad como causa. Pero el sacrificio es la esencia de Martí, no es ya un movimiento volitivo, sino una categoría de valor supremo. Martí es el ser sacrificial, el que va a ser sacrificado, suceso que en el revolucionario-tipo puede acaecer o no. Y aquí, en esa esencia sacrificial es donde su figura alcanza esa sacralidad que todos le sentimos. En la última carta a su madre, cuando las palabras son ya testamentarias, más verdad que nunca, nos revela por última vez, antes de mostrarlo ya en la realidad de la muerte, la naturaleza de su sentido del sacrificio; no le dice que el sacrificio es necesario, sino que lo ama.[52] Ahí es donde creo encontrar la diferencia con una acción puramente político-revolucionaria; el fin puede ser semejante, la esencia no, y sabemos por la fenomenología que hay una diferencia de naturaleza entre la esencia de un acto y su fin. “La esencia de la pena —dice Max Scheler—, que es la expiación, no tiene nada que ver con el fin para la consecución del cual puede ser la pena empleada (por ejemplo, la protección y defensa de la sociedad, la intimidación, la corrección, etc.”). Pero ya antes que en Scheler encontramos una clara distinción entre la esencia y el fin de la pena en Crimen y Castigo. Pensemos en un ejemplo musical, en la nota común que debemos mantener, en los ejercicios elementales de armonía, al verificar el enlace de los acordes de dominante y tónica; la nota común permanece cumpliendo una función mediadora, pero la esencia del nuevo acorde no solo es distinta, sino opuesta a la del acorde del que partimos. Esta nota común es la que da origen a la ambigüedad que trato de dilucidar. El revolucionario-tipo jamás dejará de estar centrado en una moral generada —a pesar de aparentar lo contrario— en fórmulas cerradas. El estudio de una psicología o tipología revolucionaria tendrá que contar con esa situación desde la que se manifestarán las formas ideológicas que van a obrar en la realidad, las cuales, en nuestro siglo confluirán en el tipo de revolucionario creado por el socialismo científico y cuya personificación es Lenin. Más que en una epistemología, el marxismo culmina en una antropología filosófica que a través de la praxis puede llegar a establecer un nexo con la filosofía existencial, posibilidad que intuyó Gramsci —al tratar la unión dialéctica sujeto-objeto—, a cuya dilucidación dedicó magníficas páginas Lukács y que culmina en el Sartre de la Crítica de la razón dialéctica. Por eso quizá uno de los más seguros logros del marxismo es el haber establecido las condiciones que pueden llevar a la aparición de un tipo humano; ahora bien, en ninguna manera podrá este llegar a ser nuevo puesto que nunca rebasará las leyes que le son impuestas por el sustento lógico-ético del que parte. La relación de este tipo de hombre con la historia y la naturaleza está prefijada en la fuente de la que proviene: la concepción dialéctica de ambas, implícita, por otra parte, en todo el pensar la naturaleza, cuyo esbozo ya observamos en el instante en que el hombre va apartándose de la naturaleza para interrogarla por medio del signo y la cifra, es decir, los números o figuras de lo real.[53]

     Al culminar este proceso en los comienzos de la Edad Moderna, se completa la desvinculación del hombre con la naturaleza. “Frente a la antigüedad griega —dice Scheler— se produce por obra de la doctrina, tomada a los judíos, de que Dios es el invisible y el espiritual ‘Señor Creador’ del mundo, una enorme desvitalización y desanimación de la naturaleza entera, en favor de una poderosa exaltación del hombre como ser espiritual e individual por encima de la ‘naturaleza’, que estigmatizó como ‘pagana’ toda unificación afectiva con la naturaleza durante siglos —en rigor, hasta el movimiento franciscano, en que empezó a despertar de nuevo, fugazmente, la relación de hermandad del hombre con la planta, el animal, el viento, la nube”. Es decir, la relación simpática del hombre con la naturaleza va atenuándose a medida que avanza el saber sobre los medios que se emplearán para dominarla; esta atenuación progresiva es uno de los sucesos capitales en el desenvolvimiento de las formas de la conciencia europea. Nos lo explica Scheler diciendo: “Desde el punto de vista de la ciencia de la idea del mundo, la concepción organológica del mundo no solo ha dominado, puede decirse que plenamente hasta hoy en alguna de sus mil formas el mundo entero de los pueblos no occidentales, sino que también ha dominado —en principio— la principal corriente de todo el pensamiento occidental hasta el comienzo de la Edad Moderna; únicamente aquí e inicialmente solo dentro del círculo de una pequeña aristocracia de la cultura fue sustituida por una forma de intuición del universo mecánica en lo esencial. Con ello se abrió una distancia enteramente nueva entre hombre y hombre, así como entre hombre y naturaleza”. Observemos que Scheler hace arrancar esta subordinación de la naturaleza al hombre de la vieja idea judeo-cristiana que al colocar al hombre muy por encima de las realidades naturales le otorga ese carácter de dominador señor y maestro. Sin duda la visión ya específicamente cristiana va atenuándola en los Evangelios, pero con el ascenso de las ciencias físicas se restablece en toda su magnitud esta distancia que alcanza un carácter irrevocable en el Protestantismo y en las sociedades materialistas actuales (capitalista y socialista). Frente a esta pérdida constante de las potencias simpáticas del hombre en su relación con la naturaleza, la amorosidad cristiana aporta el misticismo “acosmístico y espiritual” considerado por Scheler como el polo opuesto “a la unificación afectiva índica e incluso griega antigua con el animal doliente o bienaventurado respectivamente del cosmos”.

     Quedan así separadas dos vastas zonas de la vida y la cultura; de un lado las grandes culturas índicas y orientales, con su asunción de hombre y naturaleza en una visión conjunta (unión afectiva del hombre con la naturaleza); de otro, la europea, en donde la quiebra de esta visión casi significa su existencia. Esta separación está compensada en Occidente por el saber racional sobre las cosas y por la aparición del amor “acosmístico y espiritual” a la persona entregado por el cristianismo. En un instante incomparable de la vida y la cultura europea esta bifurcación fue vuelta a juntar en una vida única y prodigiosa; imposible explicar este momento de manera tan magistral como lo hace Scheler en las memorables páginas que dedica a San Francisco y de las que citamos el comienzo:

Pero vino la obra de uno de los mayores escultores del alma y del espíritu en la historia europea que consiste en el memorable ensayo de dar unidad y traer a síntesis en un proceso vital a la mística del amor omnimisericordioso, acosmístico y personal que ya no mira hacia bajo, sino hacia arriba, aportado por el cristianismo y fundido con el amor de Jesús juntamente con la unificación afectiva vital-cósmica con el ser y la vida de la naturaleza. Tal fue la rara hazaña del Santo de Asís.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[49] “Es la paradoja del cristianismo —dice Simone Weil— el escándalo de la cruz, la propiedad de lo sobrenatural”. “Esta fuerza no está en las masas (que, sin embargo, pueden ser penetradas por ella), sino en ciertas almas”. Marx vio esta contradicción de la fuerza en lo débil, pero sin reconocer la sobrenaturalidad, que es lo único que hace legítima esa contradicción”. Si estas ideas pueden parecer místicas y especulativas, alejadas de toda realidad política, quisiera recordar que Simone Weil dedica casi toda su vida a la organización de los movimientos revolucionarlos sindicalistas franceses.

[50] Me parece ver la unidad y culminación de estas intuiciones en el desgarrador poema de Cintio Vitier, “La balanza y la cruz”. La idea del equilibrio, tal como encarna en Martí ha sido estudiada con hermosura y profundidad plenas por el propio Vitier.

Véase Fina García Marruz: “Relación del sentido de moderación y la capacidad de sacrificio. La ley de equilibrio”, El amor como energía revolucionaria en José Martí (1973-1974), Albur, órgano de los estudiantes del Instituto Superior de Arte, núm. especial, La Habana, mayo de 1992, pp. 109-119.

[51] Véase JM: Manifiesto de Montecristi. El Partido Revolucionario a Cuba (25 de marzo de 1895), La Habana, Centro de Estudios Martianos y Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, 2008.

[52] “Yo sin cesar pienso en Vd.—Vd. se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida y ¿por qué nací de Vd. con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil”. (JM: “Carta a doña Leonor Pérez Cabrera”, [Montecristi] 25 de marzo de 1895, TEC, p. 15).

[53] Notemos por otra parte, cómo a pesar de situarse el germen de esta escisión en el momento en que se inicia el pensar físico-matemático, persiste en el pensamiento europeo una interrelación entre ciencia y metafísica que se muestra desde el sustento que la indagación del mundo físico pueda dar a la teología, hasta la aparición de una metafísica en uno de los más insignes exponentes del pensar matemático contemporáneo, Whitehead, además de las frecuentes alusiones que al encuentro entre la metafísica y la hipótesis matemática han hecho Planck y Heisenberg.