“Motivos para Mariángela”

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“Todas las calles que conozco/son un largo monólogo mío”, son los dos primeros versos del poema “El transeúnte”, de Rogelio Echavarría. El caminar solitario puede ser también, más veces acaso, un largo mirar y esperar. A veces sin palabras.

     Salí de la librería, el miércoles en la tarde, y emprendí el camino a mi casa. Desde hace 38 años, ya casi, transito por estas calle de Chapinero. Varío constantemente de rutas. Todavía puedo sorprenderme andando por lugares no recorridos o no recordados, mejor. Hasta que una señal, sólo identificada por mí, me dice: “Por aquí ya pasaste”.

     Entré a la librería. Una de las que se enlazan con mi camino. Una de las pocas a las que entro a ver si algo me está aguardando. Para mí o para el negocio.

     El librero me preguntó:

     -¿No viste los libros de Fernando Soto Aparicio que estaban ahí?

     -No recuerdo, creo que no.

      -Estaban autografiados. Vino otro librero y se los llevó.

     -¡Qué bien para él! Lo que es para uno es para uno.

     Recorrí nuevamente todos los estantes. Tenía tiempo antes de regresar a mi casa. Encontré (entre otras cosas) un libro de Jorge Ibargüengoitia, Instrucciones para vivir en México, para un lector barranquillero. Di la vuelta y me detuve en el estante de poesía. Aún estaban dos libros de poesía de Fernando Soto Aparicio (¿No se los habían llevado? ¿Por qué no se llevaron estos?). Uno me llamó la atención: Motivos para Mariángela. No tenía pie de imprenta y estaba dedicado: “ Para la voz de Lucy Daza Roa, con todo aprecio”. Nada más. Ninguna fecha o lugar. Lo compré junto a los otros que me hallaron.

     Al otro día, jueves a las cinco de la madrugada, lo ofrecí (junto a otros de poesía de la generación sin nombre) en las redes de la librería. Alguien lo preguntó. Nos quedamos esperando la confirmación de su venta. A las 11:34 alguien más lo preguntó. Le dimos el precio. A las 11:35 lo compró.

     El viernes vino a recogerlo junto con su esposa (era la segunda vez que venía, había comprado antes los cuentos completos de Thomas Mann). Se lo pasó a ella.

     -Mira… por fin…

     Su rostro se iluminó como el de una manzana. Lo miraba sin creerlo…

     No pude evitar preguntarle por lo qué estaba pasando…

     -Llevó cuarenta y ocho años buscando este libro. Antes de que yo naciera mi papito declamaba. Nació en Tunja y él declamaba en la radio. Cuando estaban escogiendo el nombre él dijo: “Yo quiero dedicarle a mi hija este libro”. Siempre fue especial para mí a pesar de que no tuve el nombre de Mariángela. Finalmente me pusieron el nombre de mi mamita. Me los leía cuando estaba en la barriguita de mi mami. Él era comerciante y construía. Edificios, casas y demás. Era muy buen lector. Declamaba hermoso. Un amigo de él lo encontró en una biblioteca en Boyacá (no estoy segura si era en Chiquinquirá) y le sacó una fotocopia. A todo el mundo él le decía: “El libro, el libro…”. Eso es lo único que tenía. Habíamos ido por muchos lugares, por muchas ferias de libros antiguos y no estaba. Hoy en día mi papi ya no está conmigo pero sabe la felicidad cuando mi esposo mi mandó la foto suya. “¡Mira, lo conseguí!”, me dijo. “¡Cómpralo, cómpralo!”, le respondí. La fortuna. Dios nos llamó. Siento una felicidad inmensa. Una felicidad que es como tener a mi papito acá, saber que era algo que él añoraba y quería para mí. Es como si me llegara un regalo. Yo cumplo años el lunes…

      Puse mi mejor cara de circunstancia y le dije a su esposo:

     -Pudo haber esperado tres días y dárselo de cumpleaños.

     -Sí, no lo pensé. Estaba muy emocionado de encontrarlo al fin.

     Y, junto a tres libros de Stefan Zweig, se marchó Motivos para Mariángela, que sin haberme sido encargado nunca, tuve el privilegio de hallarlo cuando correspondía para cumplir el anhelo de un padre para con su hija.

Chapinero, Bogotá, 10 de mayo de 2026