Mesías. El término proviene del hebreo מָשִׁיחַ (“Mashíaj”), que significa literalmente “ungido”. En el Antiguo Testamento, la unción con aceite era un rito que se realizaba para consagrar a reyes, sumos sacerdotes y, en ocasiones, a profetas, como señal de que eran elegidos por Dios para una misión especial. Por ello, personajes como el rey David o el sacerdote Aarón son llamados “ungidos” en las Escrituras.
Con el paso del tiempo, la esperanza del pueblo judío se concentró en la figura de un “Ungido” por excelencia: un descendiente del rey David que restauraría el reino de Israel, traería la paz al mundo, reuniría a los exiliados, reconstruiría el Templo de Jerusalén y establecería la justicia divina.
Cuando este término se tradujo al griego, se convirtió en Χριστός (“Christós”), que también significa “ungido”. De ahí proviene la palabra “Cristo”. Por eso, para los cristianos, Jesús de Nazaret es el Mesías (el Cristo), aunque con una diferencia fundamental: mientras el judaísmo espera todavía la venida de un Mesías humano y político, el cristianismo identifica a Jesús como ese Mesías, pero entendido como un salvador espiritual que murió y resucitó para redimir a la humanidad del pecado.

