Doce de los Órficos

...continuación 2

La aparición de los trasgos, con sus anchurosas
colchas líquidas, impiden a los animales más sutiles
acercarse libremente para que también puedan reconocernos.
¿En la coincidencia del reconocimiento hay un misterio
de equilibrio, en que se conjugan el arco de los imanes
y la elipse gomosa? Cuando queremos rehacer el equilibrio,
aparece el fruto dorado y la tenaz naturaleza de la tentación.
¿Es un equilibrio o una naturaleza la levadura o la ananké?
¿Puede la reina dar órdenes al ejército de coperos?
La reina domina la humedad que necesita el cangrejo negro
y tiene la clave temporal de la absorción de la tierra.
La venatoria la coloca en el tapiz oyendo lo que nadie dice,
anticipándose a los desprecios indescifrables del murmullo.
El linternero quiere cobrar de nuevo sus servicios,
que señalan la oportunidad de caer sobre los imanes y la elipse.
El linternero reconoce lentamente las dos vasijas
y púdico elemental se retira cuando comienza la tentación.
El mensajero suda al desvestirse y los trasgos
le aportan la media jícara y los dos imanes

Cuando la esfera deja de escindirse en el cuadrado
y la conjugación del verbo reúne lo semejante con lo hostil,
el aliento, la cantidad de aire penetrador es también un signo,
rocía la indistinción de la torre negra y de la noche.
Lo semejante solo se rompe con la resurrección.
¿Cómo allí se liberan efímeras sucesiones
y el tedioso señalamiento de la causalidad operadora?
Pero la resurrección casca el secreto del saber en el humeo pompeyano
y la búsqueda se adormece en los encontronazos de la berlina.
La indistinción de la torre y de la noche semejante,
surgen de la dualidad gozosa de Tiresias
y las miserables interrupciones de su cayado en el placer
                                                                                                                   de las serpientes.
La socarronería de Tiresias reúne la tentación y el conocimiento.
¿Puede llegar la resurrección en la conjugación del verbo,
o el circulo de imán puede decapitar a la elipse?
Sin el reloj cognoscible de la torre negra no podría existir la tentación.
Si el cayado no fuese una serpiente seca, no podría
intervenir en el círculo copulativo de las dos serpientes.

La posesión quiere penetrar por la balanza de la justicia apolínea;
hay la manera de poseer del duende y la del trasgo:
quemar en el lunar de un solo punto o la musicada
extensión de los pasos del lince recorriendo la sangre;
la posesión por el fuego y la posesión por el agua.
Y la otra posesión: ¿leer es poseer el libro de la vida,
donde tiene que leerse nuestro nombre, y ya no somos poseídos?

Es visible el miedo ante la mirada, pero es invisible
el miedo cuando somos mirados; lo que se nos escapa
y nuestro jineteo hasta la orilla del mar, donde el duende
eleva la pira funeral para unir los dos reflejos
del sabeo y del adriático, el entrañable y el pulimentado.
La unión del ígneo posesión de la mirada y la ocupación del trasgo
en la balanza apolínea eliminan el brazo de codo torcido,
el diablo, el diablo como hongo de cuarzo transparente;
como maniquí que hace de pelele y de ventrílocuo;
el diablo de sobremesa cuando recuenta las aljabas verbales,
y las va sorbiendo en la falsa sucesión y la espada robada,
como enano loco que chilla cuando alguien quiere reconocer
a su amo. Él no quiere reconocer, ocupar o poseer,
sigue jugando a los dados delante de la estatua
de Hércules Buraico, pero ya sin misterio.
Él es el espíritu promedor, el que se entrega podrido,
en las separaciones monstruosas de la noche, a los duendes
                                                                                                                          o a los trasgos.

El diablo escamotea el pentáculo con el Resultado.

Los dos ejércitos, como la indistinción de la torre y de la noche,
usan capa larga y se tapan la cabeza,
y justifican que el linternero quiere cobrar sus servicios.
El papalotero, cuando no se precisaba si el mensajero subía la torre,
cobraba los emblemas de su poderío, el camello que rompe
los vitrales dejando el cangrejo negro de su corcova.
Vienen a reclamar y las tapas no se cierran, contempla
el caballo mascando hojas con grillos, y la hoja
viene al círculo, entonces los vasos comunicantes,
las groseras colchas de los trasgos espesándose.
Los dos vasos comunicantes, ya no hay regreso.
La hoja escapada de la rumia va al círculo,
donde los grillos raspan de nuevo del quelonio la armonía.
El diseño de la rumia favorece la elipse de la venatoria
del dios Pan, es entonces cuando la hoja
se escapa hacia los vasos comunicantes, no al círculo.

El perro conversador y la serpiente como flecha,
nos obligan a cerrar los ojos: entonces surge la inocentada de los niños
                                                                                                                              inocentes.
El bufón acuesta su rostro en la huella de los cascos,
oculta en su capa y lo deposita cerca del cocodrilo.
El balde negro, carrozas y el desierto, los sacerdotes
giradores y los aulladores. El girador acude a la mesa
del café de los enmascarados en estío y por las lluvias.
Los sacerdotes giradores siguen los doce planetas,
y los aulladores conversan con el perro en el billar.
¿Podemos asir el sonido del marfil cuando los tres juegos
distinguen las tres lunas? ¿La caña y el marfil
se unen por el golpe en el desierto? Espero.
Los giradores van rotando sus mesas, y los aulladores
extraen la espina del bambú del golpe del marfil.
Hay un ritmo también en el bolsón del cuello de la iguana,
la penetración del agua y su golpeteo por el junco numerado.
Los aulladores están allí, para percibir el cuello
de la iguana cuando se transfigura en lo semejante.

Los monstruos tiran nueces tropiezan en la sala de las rejas.
Los disfraces, imanes, jícaras y semicírculos,
se enroscan como pellejos viejos al caldero,
y los días de cosechas se transparentan traspasados
por el cuarto de luna sin lenguaje.
Los trasgos, como Buridán, entre dos lagos, se esconden
en las esponjas, que pisadas chirrían el sonido
que se extingue al asimiento de la hijastra.
Endurecida la musical esponja se rompe
en el órgano ecuestre del confesionario.
El rezongado lago del mamuth creciendo,
alborota las entrecortadas sílabas de la esponja.
La escamora sale y el audible lago
preparan los andamios y los polvorosos floripondios
que van a ser fumados por los trirremes del mural.
Las ahumadas escaleras coinciden con la demagogia del entronque,
donde las sillas romanas esparcen blandamente el calendario.
Trepa por la gotera y por la escala, ya en el centro del armonio,
liga las cuerdas reacias al conjuro, cuando asciende
el ahorcadito relame el horóscopo bufón.

José Lezama Lima

Tomado de José Lezama Lima: “Doce de los Órficos”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, 1953, año X, no. 33, pp. 78-84.