Señales

LA OTRA DESINTEGRACIÓN

Cerca del índice crítico que señala la falta de imaginación estatal, que no es en definitiva sino la ausencia de una proyección o impulsión por zonas más espléndidas, es necesario ir ya entregando las formas superadoras de esa desintegración. Si ese señalamiento es esencialmente crítico, su remedio tendrá que brotar de creación y de imagen. Es decir, no caer en el burdo maniqueísmo de señalar el mal y el paso del Maligno, sino también, y en eso nos tocamos y nos exigimos, de situarnos dentro de lo que Platón denominaba el conocimiento erótico. Ya Valéry había subrayado que la inteligencia europea había sido siempre muy superior a la política europea, y que eso había sido la salvación de Europa. La tradición romántica de embriaguez y ensueño se entrelazaba, se oponía—la evidenciaba—, a la otra tradición goethiana de claridad y alegría serena. Y así siempre dentro de los esperados causalismos en que se endurecen las formas estatales, el hombre europo mostraba junto con la infinitud de su espiral de conocimiento, las posibilidades de otras aventuras, donde el hombre podía rescatar su doble esencial destino: un conocimiento de lo otro y de lo múltiple, permaneciendo al mismo tiempo incesantemente tentador y oscuro.

     Medio siglo es unidad de tiempo apreciable para cualquier conclusión. Lo que fue para nosotros integración y espiral ascensional en el siglo xix, se trueca en desintegración en el xx. ¿Por qué acaeció así? Las conspiraciones bolivarianas, las guerras del 68 y del 95, Martí, la propaganda autonomista, eran proyecciones que no han tenido par en el medio siglo subsiguiente. Y en verdad que eran necesarias, pues su ausencia motivó el desplome y la intimidación en el siglo xx. Aún los jouisser más optimistas, tendrán que reconocer que las fuerzas de desintegración han sido muy superiores a las que en un estado marchan formando su contrapunto y la adecuación de sus respuestas. A la honradez municipal y foradada de los primeros años republicanos, ocasional y pintada, desde luego, pues si en aquellos venturosos años eran diez las familias que salieron beneficiadas de empréstitos y contratos, hoy son cien las que salen de cada Gobierno girando contra su propio banquero, que es la hacienda pública. Esa corriente, honda en lo negativo, indetenible casi, hubiera podido ser contrastada si en otros sectores del gusto y de la sensibilidad, se hubiera proyectado un deseo de crear, de mantener una actitud de búsqueda de lo capital y secreto. No es que intentemos paralelizar una situación y un remedio traído de la Francia del siglo xix, de la que se decía que por ser potencia de creación intelectual, había creado el mito de que era una gran potencia militar, pero sí indicar que un país frustrado en lo esencial político, puede alcanzar virtudes y expresiones por otros cotos de mayor realeza. Y es más profundo, como que arranca de las fuentes mismas de la creación, la actitud ética que se deriva de lo bello alcanzado, que el simple puritanismo, murciélago de los sentidos y decapitador de sus halagos. Si una novela nuestra tocase en lo visible y más lejano, nuestro contrapunto y toque de realidades, muchas de esas pesadeces o lascivias, se desvanecerían al presentarse como cuerpo visto y tocado, como enemigo que va a ser reemplazado. Si una poesía de alguno de los nuestros alcanzase tal tejido que mostrase en su esbeltez una realidad aún intocada, aunque deseosa de su encarnación, por tal motivo cobraría su tiempo histórico, recogeríamos claridades y agudezas que despertarían advertencias fieles. Pues el remolino de una imagen encarna al dominar la materia que se configura en símbolo. Ya en otra ocasión dijimos que entre nosotros, había que crear la tradición por futuridad, una imagen que busca su encarnación, su realización en el tiempo histórico, en la metáfora, que participa.

José Lezama Lima

Tomado de Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, primavera de 1949, año VI, no. 21, pp. 60-61.