Carta de Fina García Marruz y Cintio Vitier

a José Lezama Lima [1]

La Habana, abril, 1976

Querido Lezama: En estos días hemos estado recorriendo mucho su palabra —viejas cartas, poemas— y ahora, por azar que no lo parece, este cuento suyo encantado, lleno de verdadero hechizo, con la atmósfera del colegio húmedo y grande, y lo engañosamente prometedor de ese “afuera” que luego le da a uno un poco en la nariz. Nos hemos reconocido en un adolescente que se promete un escape secreto, y luego siente un escape secreto, y luego siente que aquello no parecía ser su finalidad, y que las alas parecían anunciar una aventura más comprometedora. Sed de ese “más” que no es huida, aunque así la malentiendan los profesores. Nos ha encontrado esa tía de oleaginosa blancura[2] que lleva la ropa no sobre el cuerpo sino “contra” él, montada en una vaca, descendiendo lentamente del globo de la mañana. Cosas así dan ganas de vivir. Sentí que casi tocaba esa imagen de los paños sudorosos que se le quitan a una estatua de yeso,[3] porque de adolescente fui muy amiga de unos jóvenes escultores y vi mucho ese quitar y poner los paños a la estatua sin terminar. En general su cuento tiene para mí esto precioso, que despierta cosas olvidadas, y continúa en uno. Un cuento debe ser eso ¿verdad? No una acción que se describe sino una posibilidad que se abre: me parece que Ud. recorre el camino inverso al usual, aunque aquí me pareció que más que la imagen que posibilita el hecho, de que tanto ya se ha escrito, siguiendo sus textos, está el hecho que posibilita la imagen y la devuelve como en una cámara agrandada. A mí me parece que este cuento suyo ejemplifica, mejor que otros de su madurez,[4] esta doble relación: que unas cuantas gotas —como dice el más joven de los amigos— sea “poca cosa para nuestros zapatos”[5] y que al cabo se conviertan en una carta sideral en pared manchada. “Hubiera sido decoroso dar un grito”,[6] esto me parece que está detrás de todo, de esa huida de la huida también. No la fuga trivial, el vamos al cine del tercero entrometido, sino la otra misteriosa, de los cuerpos que no se enlazan: siempre en el granate, secreto de la joya.[7]

     Me gustó mucho esa emoción que no permite ver los rostros en un pasaje del cuento, y cómo ese rostro borrado se hace más intenso: espacio maravilloso del rostro de un amigo “doblemente cerrado, rítmico”,[8] y luego repelo del joven, cuando la mano lo obliga en vano a mantener una postura irreal, qué bien está. Parece como si la figura se completase mejor en esos intencionados y rotos toques. ¿Por qué dice Ud. que esos cuentos no le interesaban? Nos han encantado, Lezama. Estamos contentos de esa ausencia magnífica de prisa del español que ha esperado tres años para que Ud. se los envíe, como si fueran tres días.[9] ¿Sabe que me recordó su “castillo desangrándose”[10] el extraño castillo ensangrentado del prólogo de Martí a sus versos?[11] Gracias por una obrita deliciosa que aparece por ahí, hecha de juncos tejidos, pura delicia que nos vino a besar la mano agradecida y nos [sic] la mirada de esos dos botones desiguales en la marinera azul.[12]

Lo abrazan. Fina y Cintio.

P.D. Veo que no le he dicho de lo que acaso más me gustó de su cuento, y es cómo él está ya entero y cómo prefigurado en la imagen inicial de la gota de agua en el escudo de la joyería:[13] esa brumilla algo inglesa en su calle tan habanera de Trocadero y su malecón que más que servir de dique necesario de las aguas las subraya trazando una larga línea de sencilla belleza nuestra. No comprendo, Lezama, su indiferencia ante esto que me parece acaso, su mejor cuento o al menos el más de mi gusto. Su encanto no me parece distinto al del “Viaje a Citerea”:[14] los preparativos del viaje como algo más totalizador y naciente que el viaje mismo. Pero no la fuga romántica, sino la que avanza hacia el reencuentro como un poderoso clavicémbalo: los preparativos en fin que no conducen a lo que Ud. llama el tedio de tener al fin que pasear.[15]

     Temo haberlo fatigado hablándole en exceso de esto que sé que Ud. considera tan solo un ejercicio juvenil. Para terminar con algo más ligero, le voy a copiar, a los dos,[16] este poema de un librillo que terminé hace tiempo y que se llama festivamente “Nociones elementales y algunas elegías”. Dice así —Espere, voy a buscar la guitarra:

Oficios del participio pasivo

Habiendo escrito más de lo debido
he resuelto callar por algún tiempo,
habiéndome, sin duda, malherido,
delicado de mí, solo perplejo.

Habiéndome, sin duda, acostumbrado
a caminar de espaldas, sin resuello,
a esperar solamente lo esperado,
a esperar con arena o agua al cuello.

Roto, gastado el día, ilusionado
sin embargo, compóngome de nuevo,
exento, convencido, sujetado,

todo correcto en fin, vivo y coleando
el pez de poesía sin el cebo
y el ave que sin causa está volando.[17]

Con un abrazo para los dos en esta Pascua de Resurrección de

Fina

[¿lo que nos hizo reír con su “Lejos erraba el público que sobra siempre en las ciudades para bostezar en los incendios”?[18] Aunque luego completa —transformando lo que sobra en lo que os falta y asiste— o encienden el quinqué en las inundaciones[20] lo que es casi una La Tous][1]

Tomado de La amistad que se prueba, estudio introductorio, transcripción, notas, cronología y bibliografía de Amauri Gutiérrez Coto, Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2010, pp. 110-114. (Cartas cruzadas entre José Lezama Lima, Fina García Marruz, Medardo Vitier y Cintio Vitier).


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] Carta manuscrita íntegramente con la caligrafía de Fina García Marruz. La primera parte aparece firmada por “Fina y Cintio”, en cambio, la segunda, la subscribe solo su autora. La intención de esta epístola es comentar un cuento de juventud publicado por Lezama y cuyo texto Fina García Marruz y Cintio Vitier recuperaron para este en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional José Martí. José Lezama Lima: “Fugados”, Grafos, La Habana, noviembre de 1936, año IV, nos. 43-44, pp. 52-53. Véase la carta de Cintio a Lezama y la respuesta de Lezama a las mismas. (Nota modificada ligeramente por el E. del sitio web).

[2] “Cuando veo venir a mi tía, oleaginosa blancura y humedad de la mañana…”. (José Lezama Lima: “Fugados”, Cuentos, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1987, p. 12).

[3] “… como si quitásemos paños sudorosos de una estatua de yeso…”. (Ídem).

[4] En el libro José Lezama Lima: Cuentos / Short Stories (Bilingual Edition, Translated into English by Gloria Riva Morales, La Habana, Editorial José Martí, 2025), además, de “Fugados”, se recogen otros cuentos: “El patio morado” (Espuela de Plata, febrero 1941), “Para un final presto” (Literatura. Revista Popular, febrero 1944), “Juego de las decapitaciones” (Orígenes. Revista de Arte y Literatura, Primavera de 1944) y “Cangrejos, golondrinas” (Orígenes. Revista de Arte y Literatura, Primavera de 1946). Como se señala en la “Nota editorial”, “se excluyen los textos que Lezama clasificó de otro modo por el propio hecho de colocarlos en sus libros de poesía o ensayo: los casos, por ejemplo, de ‘Noche dichosa’, ‘Invocación para desorejarse’ y ‘Cuento de un tonel’, entre otras prosas de La fijeza, o páginas tan curiosas como ‘La mayor fineza’ de Tratados en La Habana”. (N. del E. del sitio web).

[5] Ibíd., p. 14.

[6] Ibíd., p. 19.

[7] “… con el taladro de los granates…” […] “… se detuvo a contemplar cómo el agua lentísima recorriendo las letras de un escudo que anunciaba una joyería había recurvado hacia la última letra…”. (Ibíd., pp. 19 y 9, respectivamente).

[8] Ibíd., p. 13.

[9] Referencia al editor español que le solicitó los cuentos a Lezama para publicarlos y que tuvo que esperar una respuesta por tres años.

[10] “Las nubes se abrían rápidamente mostrando el castillo que se desangraba”. (José Lezama Lima: “Fugados”, Cuentos, ob. cit., p. 17).

[11] “A veces ruge el mar, y revienta la ola, en la noche negra, contra las rocas del castillo ensangrentado: a veces susurra la abeja, merodeando entre las flores”. (José Martí: “[Mis amigos saben…]”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, Poesía completa. Edición crítica, preparada por Cintio Vitier, Fina García Marruz y Emilio de Armas, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1985, t. I, p. 233; OCEC, t. 14, p. 297).

[12] “Armando se fijaba en uno de los dos botones que se apartaban de la coloración azul con rayas blancas del traje de Luis, invariablemente una le parecía distinto, después empezaba el nuevo agrado descubriendo que los dos eran iguales”. (“Fugados”, ob. cit., pp. 14-15).

[13]  “La última gota se demoraba en el escudo de la joyería…”. (Ibíd., p. 11).

[14] Referencia a un poema. Charles Baudelaire: Las flores del mal, Eduardo Marquina, trad., Madrid, Librería Española y Extranjera, 1916, pp. 321-323.

[15] “…. convertido en el tedio llevadero del tener que pasear”. (“Fugados”, ob. cit., p. 14).

[16] Obviamente, se refiere a Lezama y a su esposa María Luisa Bautista (1918-1981).

[17] Para su publicación la autora cambió el 5to verso que quedó: “Habiéndome, sin queja, acostumbrado”. (Fina García Marruz: Habana del centro, La Habana, Ediciones UNEAC, 1987, p. 305; Obra poética, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2008, 2 t., t. II, p. 231).

[18] “Se formaba el público que sobra siempre en las ciudades para bostezar en los incendios…”. (“Fugados”, ob. cit., p. 13).

[19] “…para encender un quinqué en las inundaciones”. (Ídem).

[20] Lo que aparece entre corchetes está escrito al margen de la primera página.