PARALELOS. LA PINTURA Y LA POESÍA EN CUBA

(SIGLOS XVIII Y XIX)

(Fragmentos)

...continuación 2

     Por la tarde Casal desea ver a su amigo Ramón Meza, quien tiene una meravigliosa colección de raras ediciones. Quiere enseñarle a Meza el libro de estampas japonesas que ha adquirido con procedimientos de obsesión infantil. Ha pasado por la vitrina donde se exhibe el primor japonés, hunde sus manos en los bolsillos y comprueba la rasante ausencia de blanca. Pasa y repasa por la vitrina donde el retrato del shagun Taira ha logrado alucinarlo. Recibe su paga en La Caricatura, tiene la obsesión de que ya alguien lo ha hecho suyo, llega jadeante a la colección de estampas, no nos riamos, lo mismo hacían Renoir o Van Gogh, y comienza el repaso de la delicia. Las damas y los amigos saborean una taza de té en el Pabellón de la Vacuidad. Un entrante, tokonoma, en la pared, reemplaza el wu wei de los taoístas. El kakemono fija lo visto agradablemente en la niñez. Se trata siempre de reemplazar en la cinta de las metamorfosis, de los cinco colores derivados del pájaro escarlata, que ondulan y gimen al fuego, por una visión placentera que nos fue regalada para siempre por el paideuma infantil. Siente que una cultura milenaria apoya las sustituciones de su poema, las paternidades del viejo sol reemplazadas por la luz de gas del microcosmos de su habitación, el oro de la mies pide tregua al oro grotesco de la cabellera teñida, los conjuros del ópalo en lugar de la serenidad irrefutable de los astros. Sabemos que saboreaba con delectación muchos poemas nuestros, por ejemplo, “La bacante”, de Luaces, o “A Miss Lydia Robbins”, de José Agustín Quintero. Aunque no lo sabemos con precisión le atribuimos la lectura de “A Nise bordando un ramillete”,[7] que tiene que haber conocido como una agradable fatalidad de las cosas que por obligación llegan a nosotros. ¿Qué cubano ha dejado de leerlo desde la niñez? Y allí encuentra con sosegada sorpresa aquel vencimiento del abril por la espumosa encajería. La perennidad de las rosas del bastidor ante el temblor efímero de las rosas del instante, ¡qué delicia ese momento de nuestra poesía, en que al adquirir Casal con el avivado paideuma de la niñez una colección de estampas japonesas, lo lleva a recordar al Rubalcava del xviii cubano, que humilló el abril de la naturaleza con un bordado que hizo retroceder a Flora!

     La poesía se apodera de la sacralidad de la lejanía. Tanto Casal como Martí se quedan absortos ante la Orplid, la ciudad de estalactitas, donde lo real y lo irreal se entrelazan en la lejanía que ondula. En la realidad, Casal rechaza a la más bella cubana de su época, para convertirla en materia de sus cantos tiene que disfrazarla de japonesa y verla desenvolverse en la galería de espejos de un baile. La realidad de Casal está en el disfraz y en el baile, la irrealidad de Martí está en que su imagen tiene que operar sobre la tierra prometida que le es negada y en la que únicamente puede encontrar los manantiales paradisíacos que lo colmen. Pero en ambos, realidad e irrealidad, y es ahí donde está la raíz de su sacralidad, en un grado muy superior desde luego en José Martí, tiene que actuar la imagen que devuelve la lejanía. Por eso al final Casal solo tiene deseos de aniquilarse, y Martí cuanto más penetra en la muerte más cerca está de la Orplid, de lo real entregado como en una resaca por la lejanía. Parece oír de nuevo el aviso teresiano[8] que le da la gravedad hispánica: ni por artificios humanos pretenda sustentarse, que morirá de hambre. Cuanto más avizora la muerte, Martí repite incesantemente que se siente como un niño, que lo tocan nuevas claridades, que camina en una calma gozosa,[9] como los místicos orientales que ante las pausas silenciosas exclaman conteniendo la respiración: Dios es uno.

     Alcanza la poesía en Martí la mayor dimensión de que ha disfrutado un cubano. La primera que se toca y descubre por aquellos españoles de ultramar como los llamaba Arango y Parreño, refiriéndose a los cubanos del xviii, Zequeira, Rubalcava, saltaban galoneados a reforzar batallones dominicanos, o se iban a gobernar a Cartagena, o mostraban sus pelucas de oidor en las audiencias mexicanas. Otra dimensión añade el romanticismo herediano: el bosque norteño, el terror y la muerte en la lejanía. Con Heredia, la poesía se apodera de toda la concha caribeña. Santo Domingo, Venezuela, México, los Estados Unidos quedan señalados por la expansión de la poesía cubana. Martí trae la más grande dimensión, dilata el mar Caribe hasta abrirlo de nuevo al Atlántico, y a este lo mete de nuevo en el Mediterráneo. Sus vivencias se proyectan en una dimensión colosal: La Habana, España, Francia, Inglaterra, los Estados Unidos, México, Guatemala, Venezuela, Haití, Santo Domingo y Santiago de Cuba. Ha completado un círculo y en su Diario comienza por poner pie en la arenera de las primeras fiestas americanas en el descubrimiento. Es lo que le faltaba para completar y al final ha edificado un círculo que lleva inscripto a la Tau de lo horizontal y lo vertical. Cuando muere, lo que queda es un almácigo con la Tau de lo estelar y lo telúrico, que aún reaviva y lanza una lengüeta de fuego que jamás será atravesada por el alfiler de oro de Fulvia Popea y que aún sigue siendo la más reverenciada y querida para la conducta secreta y las decisiones del día de la verdad en la muerte.

     Martí también entra al baile, pero entra para bailar con la más fea, con la muerte. Pero en su caso la muerte es la más bella, pues la sacralidad de su poesía está en morir en su tierra, que es paradójicamente tocar su lejanía, parece tener en la reminiscencia aquel terror de los primeros siglos del cristianismo, de que el que muere fuera de su tierra no puede acudir a la resurrección en el valle del esplendor, en el camino de la gloria.

     El baile de los cazadores tiene algo del bairán hindú para hombres fuertes. La cazadora va disfrazada con un frac colorado y el cazador lo hace de vizconde pintado que ha reemplazado el hacha por la pandereta. Pero al final, pues siempre la extrañeza que se prolonga termina en el terror, Martí apaga las luces del baile con uno de los más deslumbradores y enigmáticos versos suyos: como delante de un ciego pasan volando las hojas.[10] Esa metáfora está tan disfrazada como los personajes del baile, y su extrañeza nos produce también un terror suave. Una primera aproximación nos llevaría a contentarnos con que el ciego no ve, permanece indiferente, las volantes hojas. Pero si nos aproximamos con más temeridad a esos versos de Martí, derivamos que lo único que ve un ciego es que delante de él pasan volando las hojas. Aquí podemos rubricar lo que ya ha ido ganando Martí en relación con el primer romanticismo. Heredia, para llegar a la sublimidad terrífica, necesita del asordamiento de la gran catarata, pero a Martí le basta, con esas adquisiciones suyas que son para siempre, ver las indescifrables hojas que vuelan delante de un ciego, para mantener esa atmósfera de terror llevadero, pero igualmente enigmático que necesitamos a la salida de un baile. Otro de sus bailes, también en la lejanía, transcurre en el valle de Tenochtitlán, donde entierra a una hermana.[11] Siempre en Martí la tierra chupando la lejanía. Las manos como cortadas en un film de Eisenstein van dejando las pistolas y los puñales en la canasta donde aún se abrillanta la sensual resistencia de las frutas. Pero una mano, que es la del Eros y la bondad enloquecidos, extrae de la canasta maldita la pistola con la que termina a una inocencia. A la salida del baile, el trineo, la muerte. El trineo con el que se va de nuevo a una lejanía. Un latigazo, y la suavidad infinita de la nieve.

     En esos momentos es cuando José Martí comienza a fijar la escritura dibujada de su Diario, que es para mí el más grande poema escrito por un cubano, donde las vivencias de su sabiduría se vuelcan en una dimensión colosal. Este poema únicamente puede ser comparado con las Soledades del viejo Góngora o con Las Iluminaciones o Una temporada en el infierno, del hechicero niño de la tribu, del arúspice furioso, del mejor lector del hígado etrusco, Rimbaud.[12] En ese poema parece como si Martí hubiera terminado las dos Soledades que se le quedaron sin escribir a Góngora, la Soledad de las selvas y la Soledad del yermo. No importa la diferencia de los estilos ni las apariencias del ceremonial, me refiero tan solo a la cantidad hechizada. Y como los poemas que alcanzan esa calidad, en cualquier idioma, no pasan de los cinco personajes de una mano, nos obligan a compararlos y barajarlos. La cantidad hechizada comprendida entre “Lola, jolongo, llorando en el balcón[13] y un jarro hervido en dulce, con hojas de higo”,[14] es la misma cantidad comprendida en el paréntesis que va en las Soledades, desde (dando desde luego algunos tajos para desfigurar la escritura y descifrarla después) Pasos de un peregrino son errantes, hasta Perdidos unos, y a media rienda, / niega el sudor, niebla el aliento. Y Martí empieza a completar esa escritura dejada vacía por los clásicos. Nos va a dejar acabadas la Soledad de las selvas y la Soledad del yermo. Góngora no podía escribir sobre esos temas, hay una fatalidad en lo que se escribe y en lo que se diserta. Y eso que faltaba en lo clásico hispánico, estaba reservado para un americano y para un cubano, la selva que necesita y el desierto que pregunta y la flecha de la soledad americana que le parte la cabeza.

     Para habitar esa cantidad hechizada, un poeta tiene que haber alcanzado la sabiduría, ¿pero qué clase de sabiduría estaba ya en Martí cuando muere? La verdadera sabiduría hay que establecerla a partir de la primitividad, del puer senex, de lo que hay de niño viejo en el hombre. La sabiduría en su esencia tiene un carácter cosmológico y tribal. Arranca del encantamiento de las primeras reacciones y de la indistinción en la aparente diversidad. En la pelotilla del infante y en el globo ocular cansado del venerable de la tribu, está ya la esfera aristotélica, está ya la sabiduría como caudal del río. Lánzanse salivazos, colillas de cigarros, ramajes secos, los animales ahogados en su morado crujiente, las hibernaciones de los organismos que descansan en sus profundidades, la conciencia vertebral de los peces movilizados en el instante de capturar sus reflejos, lo invariable de su lámina aparencial que oculta sus incesantes mutaciones, todo ello forma el caudal del río. En su fondo, la madre del río, secreto de su crecimiento, y encima lo estelar silencioso de los taoístas. Ese caudal del río es la riqueza que opera en la sabiduría. En Cuba solamente ha sido alcanzada la sabiduría por el taita, el negro esclavo al llegar a su ancianidad, y en la poesía de la sacralidad que culmina en José Martí. Estos estilos de sabiduría surgen del hombre que se desenvolvió en circunstancias extremadamente hostiles y de muy difícil desciframiento. En aquellos hombres de reacciones fulgurantes, regidos por cordones nerviosos en extremo sutiles como los insectos, que a la postre tenían que mostrar una decisión serena y un camino irrectificable. Cuando se llega a ser un taita, se ha sufrido mucho desde la niñez y su radio en el tiempo se proyecta desde los abuelos a los nietos que viven en la unidad de una estancia, ya sean cafetales, plantaciones cañeras o sembradíos extensos y sutiles. En sus ochenta años, el taita irradia como un monarca, su bastón es un espinazo de manjuarí, o en sus manos enarbola un gajo de naranjo. Aconseja, da la receta para cortar la fiebre y une el destino de los enamorados. Señala la llegada de las lluvias y el peligro de la calcinación por el rayo. Conoce el zumbido de la cañada del río y el relincho peculiar del caballo cuando se acerca enmascarado el ciclón. Señala la mañana para la recogida del sembradío y la de la maldición en la estación estéril. Dice la sentencia hermosa como una canción y el plañido para acompañar la caducidad inevitable. El que se le acerca siente que vuelve a nacer y oye en sus dictados a la pitia délfica que nos repite que lo bello es lo más justo y la salud lo mejor. El taita vive en una cabaña, apartado, con pequeños animales graciosos, y él mismo se hierve sus yerbajos para la incorporación deleitosa. Dice la palabra de prudencia o inicia la gran rebeldía. Es un rey, un sabio, un hechicero, cuando muere parece como si un toro benévolo se lo llevase de paseo a la región de los lagos.

     La sabiduría del taita es la que ya Martí atesora en su Diario. La primera parte de esa escritura es para la sabiduría que lleva Martí. Su manera de aprender, el oído contra el viento. La lengua clásica que mueve es a veces como la de los cronistas. “El suelo, nos dice, de fango seco, se abre a grietas”.[15] El movimiento que como una cuña mete en las palabras, el verbo repite el sustantivo, como cuando lo que se dice está en su nacimiento. “Se abre a grietas”, donde la lupa de un purista comprobaría una reiteración de entomólogo, Martí se niega a separar verbo y sustantivo, aunque los dos vayan en la misma dirección. Su lenguaje no es nunca aprendido, sino pintado como un garabato para ser reconocido por la siguiente caravana. Para acercar una sensación a la nuestra, dice que el limón se exprime en la uña de la mula,[16] reemplazando casco por uña, para pegar más la sensación a la uña del hombre. Se encuentra con un pico roído de la época de Colón, que servía para las excavaciones de la Mina de la Bulla, formada del rumor de los indios al despertar para el trabajo.[17] Y luego la alucinada evocación de la casa pompeyana,[18] construida por cubanos de casa arrasada. No cree que el gallo se debilite porque coma arroz, pero lo mejor es que esté donde escarbe.[19] Se encuentra con “un peregrino, que con su canturria dislocada tenía absorto al gentío”. Martí encuentra el ensalmo, le habla el francés a chorros y lo reduce hasta la fuga.[20] Se solaza con esa sabiduría y cuando no se le amiga sabe sacudirle la cabeza a la serpiente. En el otro Diario, está ya con los guerreros acampados a la sombra de las colinas. Su sombra se agranda cuando conversa cerca de la hoguera. Ve surgir el gigante de las ruinas, tal como lo vio Heredia, pero ya en Martí el gigante está reducido por la corbata que le ha hecho un niño. De pronto se oyen las reyertas de los reyes en la tienda maldita de Agamenón.[21] Hay una página arrancada.[22] Me detengo absorto ante ese vacío. Pero mi perplejo se puebla, allí están, uno tras otro, los tres negritos de Juana Borrero. La página arrancada ha servido de fondo a la sonrisa acumulativa e indescifrable del cubano.

Abril y 1966.

José Lezama Lima

Tomado de “Paralelos. La pintura y la poesía en Cuba (siglos xviii y xix” (1966), La cantidad hechizada (1970), La Habana, Letras Cubanas, 2014 (edic. digital), pp. 190-192, 218-220 y 229-230, respectivamente.

Véase Bibliografía martiana de José Lezama Lima.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[7] Manuel Justo de Rubalcava: “A Nise bordando un ramillete”, Poesía cubana de la colonia. Antología, selección, prólogo y notas de Salvador Arias, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2002, p. 22.

[8] Referencia a Santa Teresa de Jesús.

[9] “Refrenaré mis emociones. Hasta hoy no me he sentido hombre. He vivido avergonzado, y arrastrando la cadena de mi patria, toda mi vida. La divina claridad del alma aligera mi cuerpo. Este reposo y bienestar explican la constancia y el júbilo con que los hombres se ofrecen al sacrificio”. (JM: “Carta a Gonzalo de Quesada y Benjamín J. Guerra”, [Cerca de Baracoa] 15 [16] de abril [de 1895], EJM, t. V, p. 160).

“En estos campos suyos, únicos en que al fin me he sentido entero y feliz […] Ya entró en mí la luz, Estrada, y la salud que fuera de este honor buscaba en vano”. (JM: “Carta a Tomás Estrada Palma”, [Jurisdicción de Baracoa, 16 de abril de 1895], EJM, t. V, p. 166).

“Es muy grande, Carmita, mi felicidad, sin ilusión alguna de mis sentidos, ni pensamiento excesivo en mí propio, ni alegría egoísta y pueril, puedo decirte que llegué al fin a mi plena naturaleza, y que el honor que en mis paisanos veo, en la naturaleza que nuestro valor nos da derecho, me embriaga de dicha, con dulce embriaguez. Solo la luz es comparable a mi felicidad”. (JM: “Carta a Carmen Miyares y sus hijos”, Jurisdicción de Baracoa, 16 de abril de 1895, EJM, t. V, p. 167).

“Me siento puro y leve, y siento en mí algo como la paz de un niño”. (JM: “Carta a Carmen Miyares y sus hijos”, Cerca de Guantánamo, 28 de abril de 1895, EJM, t. V, p. 192).

[10] JM: “XXII”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, OCEC, t. 14, p. 327.

[11] María Salustiana llamada familiarmente Ana, la hermana más afín de Martí, falleció en México, el 5 de enero de 1875 a los dieciocho años de edad.

[12] Arthur Rimbaud (1854-1895). Véase Cintio Vitier: “Imagen de Rimbaud” (Revista Lyceum, La Habana, febrero de 1952), Obras 1. Poética, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1997, pp. 47-59; y “Rimbaud” (28-09-1996), Cuaderno así (2000), Obras 10. Poesía 3, prólogo, compilación y notas de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2011, pp. 249-250; Fina García Marruz: “Recepción de Rimbaud”, La familia de Orígenes, La Habana, Ediciones Unión, 1997; Ángel Rama: “José Martí en el eje de la modernización poética: Whitman, Lautréamont, Rimbaud” (1983), Martí, modernidad y latinoamericanismo, selección de Julio Ramos y María Fernanda Pampín, nota de presentación de María Fernanda Pampín, Caracas, Fundación Biblioteca Ayacucho, 2015; y Alejo Carpentier: “Centenario de Rimbaud”, El Nacional, Caracas, 10 de septiembre de 1953, Los pasos recobrados. Ensayos de teoría y crítica literaria, La Habana, Ediciones UNIÓN, 2007, pp. 331-332.

[13] “Lola, jolongo, llorando en el balcón”. [JM: “De Cabo Haitiano a Dos Ríos” (9 de abril-17 de mayo de 1895), Diarios de campaña. Edición anotada, investigación y apéndices de Mayra Beatriz Martínez, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2019, p. 65].

[14] “Está muy turbia el agua crecida del Contramaestre,—y me trae Valentín un jarro hervido en dulce, con hojas de higo”. (Ibíd., p. 108).

[15] JM: “De Montecristi a Cabo Haitiano” (14 de febrero-8 de abril de 1895), Diarios de campaña. Edición anotada, investigación y apéndices de Mayra Beatriz Martínez, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2019, pp. 20-21.

[16] “Y para todo hay remedio en el mundo, hasta para la mula que se resiste a andar, porque la resistencia no es sino con quien sale a viaje sin el remedio, que es un limón o dos, que se le exprime y frota bien en las uñas a la mula,—‘y sigue andando’”. (Ibíd., p. 22).

[17] “A1 otro día por la mañana, antes de montar para Santiago, Don Jesús nos enseña un pico roído, que dice que es del tiempo de Colón, y que lo sacaron de la Esperanza, ‘de las excavaciones de los indios’, cuando la mina de Bulla: ya le decían ‘Bulla’ en tiempo de Colón, porque a la madrugada se oía de lejos el rumor de los muchos indios, al levantarse para el trabajo”. (Ibíd., p. 23).

[18] “[…] enfrente hay una casa como pompeyana, mas sin el color, de un piso corrido, bien levantado sobre el suelo, con las cinco puertas, de ancho marco tallado, al espacioso colgadizo, y la entrada a un recodo, por la verja rica, que de un lado lleva por la escalinata a todo el frente, y del fondo, por una puerta de agraciado medio punto, lleva al jardín, de rosas y cayucos: el cayuco es el cactus:—las columnas, blancas y finas, del portal, sustentan el friso, combo y airoso”. (Ibíd., p. 24).

[19] “Pilaban arroz, a la puerta de la casa, la mujer y una ayuda: y un gallo pica los granos que saltan.—‘Ese gallo, cuidao, que no lo dejen comer arroz, que lo afloja mucho’. Es gallero Manuelico y tiene muchos, amarrados a estacas, a la sombra o al sol. Los ‘solean’ para que ‘sepan de calor’, para que ‘no se ahoguen en la pelea’, para que ‘se maduren’: ‘ya sabiendo de calor, aunque corra no le hace’. ‘Yo no afamo ningún gallo, por bueno que sea: el día que está de buenas, cualquier gallo es bueno. El que no es bueno, ni con carne de vaca. Mucha fuerza que da al gallo, la carne de vaca. El agua que se les da es leche; y el maíz, bien majado. El mejor cuido del gallo, es ponerlo a juchar, y que esté donde escarbe; y así no hay gallo que se tulla’”. (Ibíd., pp. 28-29).

[20] “En un ventorro nos apeamos, a tomar el cafecito y un amargo: Rodeado de oyentes está, en un tronco, un haitiano viejo y harapiento, de ojos grises fogosos, un lío mísero a los pies, y las sandalias desflecadas. Le converso, a chorro, en un francés que lo aturde, y él me mira, entre fosco y burlón. Calló, el peregrino, que con su canturria dislocada tenía absorto al gentío. Se le ríe la gente: ¿con que otro habla, y más aprisa que el Santo, la lengua del Santo.—‘¡Mírenlo, y él que estaba aquí como Dios en un platanar!’—‘Como la yuca éramos nosotros, y él era como el guayo’. Carga el lío el viejo, y echa a andar, comiéndose los labios; a andar, al Santo Cerro”. (Ibíd., pp. 27-28).

[21] Debe referirse a la Entrevista de La Mejorana.

[22] Las páginas del Diario de campaña, correspondientes al 5 de mayo, el día de la entrevista de La Mejorana, se conservan. (Diarios de campaña. Edición anotada, ob. cit., pp. 87-89). Faltan las hojas relativas al 6 de mayo, cuando en Hondón de Majaguabo, en un ambiente más cordial, vuelven a encontrarse Martí, Gómez y Maceo.