Nunca vimos hacer un cordel. Nunca vimos colocar un injerto en la cola de un pez. Pero vimos hacer un libro. Desde la energía penetrando en la mañana por todo el taller, hasta alzar el libro y verlo penetrado por las interrogaciones de la luz. Todas esas poquedades de un triunfo paseando, sudando y conversando, hasta hacer brincar todas sus páginas, presionadas por la uña como si fuesen una baraja. Un asentimiento de cabeza. Después la vibración rápida de todo el cuerpo. Alzar la voz: rebájese el color de la cubierta. La comparación inquietante. Volver al color primero. Cambiar el acecho de los márgenes con la intuición de la mano que se reitera. De una buena mano para la letra o para la amistad. Y ya podemos situar a Roberto Blanco en sus innumerables jornadas para cercar el buen libro a la bonne chanson.
La circunstancia de ese buen artesano es muy dichosa. La calle se ha convertido en la magia de un cono de luz. Lo que alcanza ese ámbito se transfigura y está ya en la vía iluminativa. Un convento que lo mismo sirve para las postas que para el museo. El parque donde la pereza bruñe las horas no regaladas. El alargado conversar en un mesón. Los encristalados pasteles de la guayaba. En medio de ese bullir, el artesano siente en el centro de su taller que su sudor es el de todos. Parecen bailar con las manos cogidas. Parecen bailar en un procesional, parecen cantar.
Como el maestro de obra que de un salto del ojo establece la relación entre el acarreo y la altura, el maestro imprentero une la buena mano y el ojo cúbico, como el de ciertas abejas. Roberto Blanco de un solo ímpetu ganaba el centro inefable entre el espacio y el color. Su mano pesaba lo que el ojo comprobaba. Su ojo recorre como un círculo ya dentro del cuadrado del libro. Ese recorrido encontraba muy pronto su centro de urdimbre, que para el buen artesano es la obra bien hecha, o sea “la claridad notable en la ejecución”, signo de la buena época en la mano de la obra. En esa tradición trabajó Roberto Blanco. De ella derivó la sobria embriaguez de su alegría.
Enero y 1972
Tomado de Lezama disperso, prólogo, compilación y notas de Ciro Bianchi Ross, La Habana, Ediciones UNIÓN, 2009, pp. 200-202.
Otro texto relacionado:
- Cintio Vitier: “El impresor”(1971), Testimonios (1953-1968), Obras 9. Poesía 2, prólogo, compilación y notas de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2011, pp. 322-323.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Signos, Santa Clara, Cuba, septiembre-diciembre de 1972, no. 10, p. 122. Escrito con motivo de la muerte del regente de la imprenta Úcar, García y Cía., “el taller renacentista”, donde Lezama y los origenistas publicaban sus libros. Obsérvese, en el segundo párrafo, la descripción, muy lezamiana, del entorno de la casa impresora, sita en la calle Teniente Rey, 15, en La Habana Vieja, muy cerca del antiguo convento de San Francisco donde hasta 1957 estuvo instalado el correo central y que después se pensó en utilizar para museo. El mesón al que se alude puede ser La Lluvia de Oro o Revoredo, cafés a los que Lezama y sus amigos acudían con frecuencia. El parque, el de la Fuente de los Leones o el de la Alameda de Paula, aledaños al convento… Allí se publicaron asimismo los cuarenta números de la revista Orígenes.

