CARTAS DE MARTÍ

...continuación 5...

     Y como considerable número de demócratas del Norte habían servido con lealtad la causa de la Unión, no les dañó grandemente que los estados rebeldes les continuasen afiliados, sino antes bien les dio la formidable masa de votantes que para equilibrar la de los republicanos, dueños de todo el Norte, necesitaban, mientras que la adhesión del Sur se explicaba como el natural apoyo de estados oprimidos al partido que mantenía la obligación nacional de respetar, como caudal ajeno, los derechos reconocidos por la Constitución a los Estados. Señores del Norte eran los republicanos: y del Sur, los demócratas. Más poblado estaba el Norte que el Sur, pero esta merma de población la reparaban los demócratas con sus partidarios del Norte numerosos. El combate, pues, comenzó a ser reñido desde las primeras elecciones y a pico cerrado. Con un poco que aflojasen los republicanos, con un poco que los demócratas creciesen, la victoria podía cambiar de lado.

     Para un cambio en el gobierno, no se necesitaba un vuelco redondo de la opinión nacional, sino una oscilación ligera. Quedaba, para los demócratas, reducida la contienda a aguardar los yerros de los republicanos, a esperar a que se apaciguase la desconfianza que de ellos se tenía por su arraigo en los estados rebeldes, a presentar en las grandes cuestiones nacionales un programa más seguro y conforme a las tradiciones, que el de los republicanos. Todo lo cual dejaron de hacer cegados por intereses locales, durante largos tiempos. Y el poder les viene hoy, no de sí mismos, ni de ninguna especial virtud de la idea democrática, sino de la confianza que, a pesar de su partido, inspira Cleveland, por independiente y honrado, en un momento de corrupción gubernamental y alarma pública, en que la independencia y honradez hacen gran falta.

     Aseguradas las libertades esenciales, sin cuyo completo goce no está justificada la paz en ningún pueblo honrado; anonadada la intentona de separación que puso a la vez en peligro la eficacia de la República como forma de gobierno, y la existencia de la unión nacional; creados, en consecuencia de la población, confianzas y créditos que trajo la guerra, intereses enormes,—los problemas que a la guerra siguieron, salvo el de  las franquicias del Sur, que los republicanos cercenaban y amparaban los demócratas, fueron, más que políticos, económicos. Y el de importancia mayor, y el único con el que uno de los dos partidos hubiera podido presentar batalla, era el problema del librecambio, que a cada elección parecía venir a ser el caso de combate, pero del que, como del escollo en que ha de zozobrarse, huían con igual tenacidad ambos partidos.

     El librecambio, que solo impide el desarrollo de las industrias ficticias, y asegura baratez a la vida general, base firme a la riqueza y al comercio, y la paz, que de esto viene, a la Nación, se hacía cada vez menos fácil en los Estados Unidos, por haberse creado, al abrigo de un sistema engañoso, numerosas industrias violentas que ocupaban a centenares de miles de obreros, a los que humanidad y prudencia aconsejan no dejar súbitamente sin oficio.

     No son en los Estados Unidos partidos de clases diversas los dos que se disputan el gobierno. Fabricantes y obreros hay con los demócratas; fabricantes y obreros hay con los republicanos. Por sus notables principistas y abnegados servidores de la cosa pública sobresalen los demócratas, pero muchos de ellos, como Cox, son hombres acaudalados; como Hewitt, grandes manufactureros.

     Y manufactureros y operarios, tanto de un bando como de otro, son, según sus alcances intelectuales y la independencia de sus industrias, librecambistas o proteccionistas. De modo que esta no pudo ser línea divisoria entre las organizaciones rivales. Poderosa ala librecambista tiene el Partido Demócrata: más poderosa acaso la tiene el Republicano: y cuando una u otra de estas dos opiniones contendientes en el seno de cada partido ha querido extremarse y declararse como dogma de él, la opinión rival se le ha opuesto con tanta energía que la tentativa ha sido abandonada, porque de seguro abría en dos el partido, que para sus demás fines necesitaba conservar la Unión.

     En economía, pues, uno y otro partido andaban igualmente vacilantes. En religión, fuera de estar siendo socavados ambos, como por el diente de una nutria, por la Iglesia católica, tan dividido en protestantes y católicos está el uno como el otro. En política, sí que los divide, aun sin saberlo ellos, el diferente concepto de la nación y su gobierno; pues los republicanos, que vinieron de la guerra, trajeron a la conducción de los negocios públicos los desembarazos y acometimientos de los vencedores, y en su política fueron de notar siempre, como pecho velloso que no alcanza a esconder la pechera bruñida, las cualidades del combate: el botín y la violencia; mientras que los demócratas, que de viejo guardan la leyenda republicana, miraban de mal grado a la muchedumbre violenta y novedosa, amiga de mandos imperiales y de pompas, y de excursiones por tierras ajenas, que, porque había salvado de un peligro a la nación, se creía autorizada a prescindir y blasfemar de su espíritu:—por lo cual, aunque descontentos de mucho inmigrante burdo que a la prédica de las libertades les seguía, íbanse del lado demócrata los guardadores de la República: los enemigos del soldado.

     Pero como unos y otros, aparte de esta distinción (no visible sino a las miradas penetrantes) donde gobernaban, gobernaban con iguales abusos, por ser ambos tajos de un mismo pueblo; como en ninguna cuestión capital se diferenciaban, sino que se dividían de igual manera; como que, el único problema imponente, a no ser el de la corrupción electoral y administrativa, era ese del sistema económico que la exuberancia de la producción y dificultad del comercio venían cerrando, en él parecían haber de parar al fin ambos partidos, e irse de un lado los librecambistas, republicanos y demócratas, y de otro, los proteccionistas de ambos bandos.

     Mas los pueblos ricos, conservadores de suyo, solo aceptan en casos extremos las soluciones radicales, y ven todo cambio con horror secreto. De modo que como, a la vez que estas penurias económicas, cuyo remedio ha de ser a la fuerza violento y costoso, había disgusto de la arrogancia republicana, pruebas de su imprudencia en el manejo de los caudales del Erario, y miedos de que la libertad electoral, ya muy desfigurada por los que han hecho negocio de la política, quedase definitivamente en sus manos, por ahí se han manifestado primero, por no costar ahí nada el cambio, las inquietudes y cóleras del país descontento.

     Y esto, no por sacudimiento de la masa votante, que solo se estremece cuando el hierro le entra en las carnes, o el lobo le aúlla a la puerta; sino por la briosa arremetida de la gente pensadora, que apenas vio cierto el peligro de la República, saltó a la plataforma, peroró desde los ferrocarriles, propagó por toda la nación la alarma, enfiló sus soldados en las cajas de imprimir, y en el borde de una navaja ganó la contienda. Mas lo curioso es que la victoria de los demócratas la han ganado los republicanos.

     En la nación venían gobernando los republicanos; pero en algunos Estados los demócratas; y en New York, donde la opinión fluctúa, con inclinaciones democráticas, unos y otros, con lo que se tenía ocasión de ver que los de la oposición no eran más escrupulosos que los del gobierno en el modo de reclutar partidarios y premiarlos. New York principalmente estaba como roída por una caterva de hombres lustrosos y obesos, consagrados, con gran provecho, a mantener subordinado el voto de la ciudad a los intereses de una añeja corporación democrática. Tammany Hall, que como por la distribución de empleos pequeños y el avivamiento de las pasiones irlandesas, disponía del voto de la ciudad que es más importante que el del resto del estado y decide de él, no solo imponía sus candidatos al partido, sino que, por lo que New York pesa en los negocios nacionales, y por no poder haber ahora presidente sin el voto de New York, no podía aparecer candidato democrático a la presidencia a menos que no consintiese de antemano en servir los intereses de Tammany Hall. Y los candidatos que sacaba electos, sabíase ya que entraban a sus oficios obligados a repartir puestos y ganancias con los miembros de la asociación: de estos empleos mayores obtenía los menores con que tenía sujetos a los votantes, que en cambio de ellos le daban el poder necesario para imponer condiciones a los que deseaban ser electos, o sacar por sobre sus contendientes a los que la asociación deseaba elegir.

Era Tammany Hall, con ser demócrata, tipo acabado, por lo que aquí lo describimos a la carga, de ese sistema de capataces, de caciques, de gamonales del voto que,—con no admitir en las listas de las asociaciones de barrio del partido sino a los que acataban sus voluntades, tenía sujeto por la raíz el voto público. Al fin, los no admitidos, que por indiferencia o respetos, venían viendo en silencio este abuso, se levantaron, y votaron. La revuelta fue en el campo republicano. Se levantaron los votantes ultrajados contra el boss,[12] el cabecilla, el gamonal. Se levantó primero Brooklyn, hogar de la Iglesia protestante, que guarda a pesar de sus estrecheces—¿por qué no decirlo?—la semilla de la libertad humana.—¡Ah Holanda!—¡Ah Guillermo de Orange! ¡Ah, sembradores! vuestra mano, penetrante como una consagración—se ve aún sobre el hombro de estos reivindicadores de la limpieza de sufragio. Sacasteis a la mejilla, mejor que nadie en Inglaterra y en Francia, la dignidad humana, que ya no se irá jamás del rostro. Fue Brooklyn la primera en rebelarse contra el boss, que en Tammany Hall tenía su representación más acabada. Y eligió a su Mayor, un joven honrado y rico, contra la oposición de los capataces del voto en Brooklyn. Y como el mal era nacional, por la Nación se esparció el contento y por los electores el crecimiento de fuerza que da la victoria. Y luego por sobre el boss eligió el Estado a su gobernador. Y al fin sobre el boss, tipificado en Blaine, eligió la Nación su Presidente. El canevá de toda aquella urdimbre electoral, el huevo de toda aquella vileza, era la repartición de los empleos públicos. Los que “trabajaban” por el triunfo de un partido, se proclamaban con derecho exclusivo a que este los recompensase con los destinos de la Nación, así como los que de alguna manera contribuían a la victoria, y sin influjo o pecunia hinchaban el voto, creíanse con naturales títulos a las concesiones y preferencias que están en mano de los administradores de negocios públicos; de lo que deriva que el electo a un puesto no fuese en él, como que sin aquellos votos interesados no hubiera podido alcanzarlo, más que el cómplice y servidor expreso de estos intereses; vendida como se ve estaba la Nación, a los traficantes activos de la política, que por el alejamiento de las urnas de los votantes desinteresados o entrabados por miramientos de partidarios o tibios, dominaban sin contrapeso en las deliberaciones de ambos bandos. Porque donde llegaba al gobierno el demócrata, como que subía por la misma tortuosa escala, quedaba sujeto a iguales compromisos. El gobierno tiene puestos que dar, y abusos que permitir, y contratos que autorizar; y los trabajadores lo eran por la golosina de los puestos, y los que los ayudaban, por la de las contratas y permisos. Lo que a los buenos republicanos indignaba, indignaba también a los buenos demócratas. Y así vinieron a juntarse, en la saludable revuelta, unos y otros. Porque aquella misma diferencia en el partido dominante entre los republicanos de sangre entera, que mantenían en todos sus extremos la política gamonal, de disciplina, acometimiento y despojos, de subserviencia de sus adversarios, de befa y estrago de los pueblos débiles, de gobierno de conquista en conquista en lo interior y lo exterior,—y los republicanos de media sangre, que querían mayor respeto a la voluntad nacional, menos alarde en las relaciones extranjeras, más pureza en las elecciones y distribución de empleos, más libertad para los miembros del partido,—existía, por causas iguales y con equivalente encono entre los demócratas. No se habla aquí del Sur, cuya simbólica democracia anda dividida por causas locales relacionadas con la guerra; sino del Norte, y de New York en especial, donde se extremó el mal y ha comenzado la cura.

Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[12] En inglés; jefe. Véase la crónica “El ‘boss’ y los ‘halls’”, publicada en La Opinión Nacional, de Caracas, el 15 de noviembre de 1881, en la que José Martí explica ampliamente en qué consiste este cacique político. (OCEC, t. 9, pp. 109-111).