CARTAS DE MARTÍ

...continuación 6

     “Borbones” se llaman entre los demócratas los viejos, los que gobernaban antes de la guerra, los que siguiendo el ejemplo inicial de los tiempos de ardiente contienda no concebían que bajo una administración hubiese empleado alguno que no compartiera sus miras políticas, los que en el gobierno contrajeron los vicios que de él nacen y han corrompido a los republicanos, los que más para los demócratas que para la Nación querían su vuelta a la gobernación pública, los que están a las tradiciones, y no a los tiempos. Mas en estos veinte años, mucha persona de buen pensar, mucho guardián de las libertades públicas, mucha gente moza a quien sacaba al rostro los colores la soberbia republicana, mucho elector del Norte que veía riesgos de guerra o tiranía en la tendencia del Partido Republicano a reunir en el poder federal las autoridades que pertenecen a los estados y garantizan el equilibrio y renovamiento indispensable a la existencia de esta nación vasta y numerosa, habían venido afiliándose, como al único partido combatiente fuera del que ocupaba el gobierno, al bando democrático, y creando dentro de él como tejidos nuevos, libres de la polilla que cernía la mente preocupada y los casaquines de seda de los empolvados “Borbones”. Ni celos del Norte, ni invasiones a México, ni intolerancias mezquinas, ni explotación del gobierno en beneficio de los partidarios. Enfrente de los males creados por el partido republicano, y por el disgusto de ellos, había formado bandera esta gente nueva bajo los demócratas, de modo que no batallaban como los “Borbones” para recobrar su influjo y aprovecharlo bien, sino para destruir los abusos republicanos, para estancar en lo posible la sed inmoral de puestos públicos; para establecer las organizaciones del partido de manera que todos sus miembros pudiesen expresar y realizar en él sus voluntades libremente; para reformar las elecciones de modo que los funcionarios no fuesen los meros ejecutadores de las imposiciones de las camarillas que le aseguraban el nombramiento; para aliviar de cargas innecesarias la importación de artículos y la vida general, sin comprometer de súbito la suerte de las industrias establecidas; para sacar de sobre las arcas del Tesoro a los explotadores que las cubren. Y contra estos demócratas nuevos, claman los trabajadores por empleos, los negociantes que los auxilian y dirigen, y los “Borbones”.

     Los “Borbones” son disciplinarios y quieren el mando como cuna propia, de que nada se debe a los que no sean miembros del partido, en lo que son como los republicanos de sangre entera. Y los demócratas menos miran el gobierno como la manera de afirmar el beneficio propio sirviendo con imparcialidad los intereses generales de la nación, y no creen que sea el gobierno una granja de los miembros del partido triunfante, donde pueden coger hasta la fruta, y rapacear a su placer, sino un depósito, en lo que se parecen a los republicanos de media sangre. Venían, por tanto, con semejante espíritu, hablando dentro de su partido con enemigos iguales, y acercados por natural simpatía, los mejores entre los republicanos y los mejores entre los demócratas. Tímidamente primero, y como en un ensayo, se unieron en Buffalo para la elección de corregidor de la ciudad a Cleveland. Ya con más franqueza, aunque sin confesión pública, juntaron de nuevo fortuna para elegir, siempre a Cleveland, gobernador del estado de New York. Por fin, abiertamente, y en notoria rebeldía, salieron de la Convención republicana muchos de los delegados más ilustres, decididos a apoyar; como apoyaron, al candidato de los demócratas, si en vista de este apoyo, el candidato fuese como fue siempre, Grover Cleveland.

     Porque tuvo el Partido Demócrata la fortuna de que apareciese en él el reformador que los tiempos requerían, duro como un mazo, sano como una manzana, independiente como un cinocéfalo. No usa pompas en el lenguaje, ni en la vida. Cuando pasa un bribón, dice: “Ese”. Cuando le piden que haga lo que no debe, dice: “No”. Cuando le representan que un acto de justicia podrá dañar su adelanto personal o el de su partido, dice: “Es justo”. Y como el país tiene ahora miedo de que los abusadores le sequen sus caudales, más aún que de que los “trabajadores” le vicien sus libertades políticas, se han dado todos a apoyar a este hombre sencillo, que se ha puesto sin miedo a la limpia de los bribones y la vigilancia de las arcas.

     Con el auxilio de los republicanos tan puros, y contra el sentimiento borbónico de su partido, fue electo Cleveland al corregimiento de la ciudad de Buffalo, para que la gobernase con imparcialidad e independencia. Con tal entereza condujo los negocios de la ciudad, y ganó por ello tal fama, que el elemento joven del Partido Demócrata lo sacó triunfante sobre los “Borbones” corridos, como candidato al gobierno del Estado de New York, a cuyo puesto subió en hombros de demócratas y republicanos que lo ayudaron, ya con su abstención, por no complacerles el candidato de su partido, ya con su voto silencioso. Y como Cleveland en su dificilísimo puesto mostró saber conciliar el agradecimiento a sus electores con sus deberes para con el estado, como no tenía que pagar por un empleo que no había solicitado; como que contra Tammany Hall, repleto de borbonismo, fue electo; y no cedió ni al deseo de atraerse más voluntades republicanas, ni a las amenazas de Tammany Hall; como gobernó con su partido sin faltar a sus deberes con la Nación, sino en ejemplo y provecho de ella, como en tiempos en que había clamor de honradez y fortaleza, subía la fama de Cleveland por fuerte y por honrado,—aconteció naturalmente que cuando con la designación de Blaine por la Convención republicana para la candidatura a la Presidencia culminó el desdén de los republicanos a la opinión nacional, y la indignación pública,—culminó de la otra parte, en la Convención Democrática, con floja e ineficaz oposición de los “Borbones”, el anhelo de reformas en aquel que había demostrado que no tenía miedo para afrontarlas, ni exageración con que deslucirlas, ni debilidad en llevarlas a remate en Grover Cleveland.

     Los republicanos disidentes, por considerar como un golpe en la mejilla la designación de Blaine, se organizaron en los Estados, se reunieron en junta pública, proclamaron su determinación de votar con los demócratas, y, contra gran parte de los demócratas mismos, los sacaron triunfantes.

     Los más mordidos de borbonismo, los más vivaces partidarios de los demócratas viejos, los que no querían en el gobierno a la democracia joven, formada en los problemas actuales para salvar en ellos a la Nación, sino la de antaño, amiga e incondicional de sus secuaces y consagrada a su servicio; los capataces de votos, que llenará Tammany Hall, siempre por Cleveland tratados con severa firmeza, y sin aquella adulación a que los solicitantes de sufragio tienen acostumbrados a los de Tammany,—en masa se revolvieron contra Cleveland, y ya a la callada, ya a la faz, prescindieron de su voto, o se lo dieron a Blaine, que halló fáciles partidarios entre estos “Tomasetes” y estos “Miquis”, y ayudados de ellos, en la gente de Irlanda, con el anuncio, desmentido, sin embargo por su conducta anterior, de que, en defensa de los irlandeses iba a poner la mano, como en el de un perro de presa, sobre el cuello inglés.

     Mucho puede Tammany Hall entre los electores de New York, y muy bien organizados los tiene. Muchos votos de Tammany Hall faltaron sin duda el día de elecciones, aunque en público, afectó decir que apoyaría a Cleveland, y luego ha ido a festejar su inauguración en Washington. Mucho irlandés votó por Blaine, aunque mucho alemán republicano hasta ahora, votó en cambio con la democracia. Pero las demás asociaciones democráticas de la ciudad de New York, a que, dado el equilibrio nacional de las fuerzas de los dos partidos, estaba la batalla presidencial reducida; y el comercio en masa, que llenaba las calles bajo la lluvia con procesiones y banderas; y los republicanos disidentes, que en plataforma, púlpito y prensa pelearon por Cleveland, con un ardor que entre los demócratas entibiaban mucho los “Borbones” airados, pudieron al fin, no sin grandísima dificultad, superar el voto de los republicanos disciplinados, y los tránsfugas demócratas por poco más de un millón de papeletas en diez millones de votantes: ¡honradas papeletas, alas del derecho, que por encima de candidaturas censurables aunque previsoras, como la de Butler, o ineficaces, como la del Partido de Temperancia,[13] o curiosas como la de la señora favorecida por las sociedades del sufragio femenil,[14] han llevado al sencillo reformador a que la oree y purifique, a la Casa Blanca!

     Así cayó el Partido Republicano del poder: así sube, y en esas dificultades queda en él, el elemento joven del Partido Demócrata. No tiene la virtud más enconados enemigos que los que la ven de cerca!

José Martí

 La Nación, Buenos Aires, 9 y 10 de mayo de 1885.

[Mf. en CEM]

Tomado de José Martí: Obras completas. Edición crítica, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, t. 22, pp. 53-79.