I. ARRIBO
Llegar al Palacio de las Ursulinas es toparse con un sueño en ruinas. En el corazón de urbe, su fachada de neomudéjar habanero aún presume de un esplendor incongruente. La arquería imita a la mezquita de Córdoba, el pórtico del Cine Universal replica el Patio de las Doncellas del Alcázar de Sevilla. Pero la magnificencia es un eco. El hollín de los camiones y las grietas del tiempo han tejido una costra oscura sobre la piedra, desdibujando sus arabescos y mocárabes. Es una metáfora demasiado evidente de la propia ciudad. Una silueta majestuosa, un diseño histórico deslumbrante, carcomido por la ruina y la suciedad de la intemperie. Entrar no es un gesto sencillo, es un descenso. Un laberinto de escaleras, patios interiores que filtran una luz pálida y pasillos que huelen a humedad y a años detenidos.
El destino no es un salón, sino un taller. El del artista Yornel Martínez. Una habitación de cinco por siete metros, de un puntal altísimo, y que para llegar a él obliga a ese peregrinaje íntimo por las entrañas del edificio. La conversación, antes de comenzar, deriva hacia las librerías habaneras. Se comenta, con la mezcla exacta de nostalgia y lucidez, cómo los anaqueles ceden espacio a las máquinas de café y a los mostradores de mercado. El libro, objeto de culto, se convierte en adorno de fondo para el consumo rápido. Es un síntoma, una pequeña muerte cultural que, de alguna manera, anticipa el tema de la tarde: la persistencia de un grupo que, durante treinta años, ha hecho del arte un acto de resistencia vital.
Ahí, en ese cubículo de altos techos, Nelda Castillo, Mariela Brito y Lázaro Saavedra ofrecen un recorrido. Un viaje por tres décadas de funciones y acciones de «El Ciervo Encantado», que en realidad son más, porque hunden sus raíces en las primeras obras de Nelda en el Teatro Buendía. El diálogo es un tejido de referencias. Se elude la dramaturgia en el sentido clásico, se aborda la obra desde la plástica. No es adorno, es la médula. El grupo se siente más heredero de las artes visuales que de la tradición teatral del texto. Por eso sus acciones son performances, escenografía móvil, instalación como centro gravitatorio de la actuación. El cuerpo, la sinestesia, el videoarte y los acompañamientos sonoros ocupan el lugar del diálogo guionado. Es un teatro que presenta realidades más que historias.
Las referencias a los grandes maestros surgen como descubrimientos. Aparece la torsión de los cuerpos de Rodin, la oscuridad de los frescos de Goya, la mirada penetrante de los personajes de Velázquez, la espiritualidad alargada de El Greco. Y luego, las referencias explícitas, las que son sangre directa. La obra de Antonia Eiriz, esa fuerza expresionista y desgarrada que parece hecha para ser habitada en escena. Se menciona la colaboración de artistas contemporáneos como Duvier del Dago, Mayim-B, El Sexto, que son coautores de una visión. Y entonces, entiendes que cuando se habla del Ciervo, el adjetivo sobra. Llamarlos transgresores, disruptivos o vanguardistas es un pleonasmo. Porque el arte, cuando es auténtico, y lo que aquí se narra lo es, carga con todos esos calificativos como parte de su definición más elemental.
II. DESCUBRIMIENTOS
La conversación se asienta y Nelda Castillo comienza a destilar ideas. Son sedimentos de una práctica de treinta años. La primera es un desplazamiento radical de la intencionalidad. Ella no busca, descubre. La búsqueda, argumenta, presupone una hipótesis, un camino trazado de antemano, una certeza a la que se quiere llegar. El descubrimiento, en cambio, es una rendición a lo imprevisto. Por eso, la profunda identificación de sus acciones con una pintura de Eiriz o una escultura de Rodin no es el resultado de una investigación conceptual previa. Es un hallazgo posterior, un reconocimiento. La obra visual ya estaba ahí, latiendo en la misma frecuencia que la acción escénica, y el encuentro se produce en el territorio de la intuición, no en el del intelecto programático. Es una ética del hacer. No fuerza la realidad para que encaje en una idea, se abre a las resonancias que las referencias generan.
La segunda idea emerge del origen mismo del grupo. Su nombre es una síntesis poderosa: el cuento homónimo de Esteban Borrero, el poema «La isla en peso» de Virgilio Piñera y los estudios antropológicos de Fernando Ortiz. De esa triple raíz brota la obsesión por la libertad y la identidad. Nelda cuenta que a los actores se les pide que se relajen antes de salir a escena. Ella, en cambio, les pide libertad. La distinción es ontológica. La relajación es un estado de reposo que conduce a la inacción, a una pequeña muerte de la voluntad. La libertad, por el contrario, es tensión, es conciencia, es vida en estado de alerta. Se trata, más que de soltar el cuerpo, de cargarlo de intención. Es la diferencia entre un cuerpo que espera una orden y un cuerpo que genera su propio verbo.
La tercera idea es una defensa de la memoria frente a la historia. La historia, dice, la escriben los vencedores, es un relato oficial, una línea recta y depurada. La memoria es un archivo vivo, anárquico, lleno de pliegues y contradicciones. Y la memoria que «El Ciervo» convoca es múltiple. Está la memoria del cuerpo, ese registro de dolores y placeres que no necesita palabras; y está la memoria del pueblo, esa narración subterránea que circula en anécdotas, en canciones, en rituales olvidados, casi siempre en las antípodas del discurso académico o del libro de texto. Rescatar esa memoria no es un gesto arqueológico, es un acto artístico. Es devolverle la palabra a los que no figuran en el monumento.
La cuarta y última es la más sutil, y quizá la que condensa todas las demás. Nelda afirma que en sus obras no concibe personajes, sino seres. El personaje lleva en sí la semilla de la representación, del disfraz, de la copia. Se «re-presenta» algo que ya existe o que se imagina según un código. El ser, en cambio, se engendra en el instante. No imita, no recrea; es. Es una criatura sin pasado ficcional, que existe solo en la acción y cuya verdad es la del cuerpo y la del espacio en el presente. Es la aspiración a un teatro que haga ser lo que es, no que no cuente lo que fue. Una vez más, la libertad.
Al salir del taller, el laberinto de las Ursulinas se revela menos caótico. La suciedad de la fachada ya no es solo ruina, también es pátina. Y la metáfora de la ciudad, esa Habana majestuosa y deslumbrante pero ruinosa, adquiere otra luz. Quizá la ciudad, como el arte de «El Ciervo», no necesita ser restaurada a un esplendor falso. Quizá su grandeza no está en su pasado glorioso. Tal vez la hallamos en la libertad con la que sus seres, no sus personajes, siguen habitando la memoria, descubriendo, sin buscarlo, su propia forma en la piedra carcomida.

