Si extendemos la mano y acariciamos badinage, grotesco, divertissement, y apretamos más fuertemente que a los otros, divertimento, es porque hemos deseado el bello espectáculo del pez fuera de sus dominios. Revisamos su esplendor y su boca de angustia, y luego lo lanzamos a su rodada mansión. Proclama de nuevo su viveza, se mira la cola.
Porque se dice Divertimentos y no Grotescos, es una de las necesidades de este libro. El sueño de la razón crea monstruos, dice el mayor de los grotescos, el de Goya. ¿Por qué tiene que soñar la razón? Acaso para que se le vea su dulzón terciopelo, su cortesía que regala la mano. Y el bello tritón de Diago,[2] con el que se acompañan tan delicadamente estas diversiones, lanza el agua que traen los peces en unos odres disfrazados de pífanos, en el tazón de un juego de agua florentino. Y en torno de la fuente, las Gracias. No los grotescos, no los monstruos. La que sueña no es la razón, sino un niño.
Si son los recuerdos de la adolescencia, qué saludable tiene que ser la respiración de su prosa. Y no rechazado, sino dichosamente ignorado, el peligro de tanto crecendo, de tanto flujo crepuscular en el cuerpo de la regalía metafórica. Su riente diseño, rechaza la silueta del buque fantasma, sus silencios desorbitados y sus gruñonas marejadas. Su rizada caída por los peldaños de la friega con lo que todavía no es conciencia.
Cuando el pelele, como en los merenderos goyescos, salta fuera de la manta. se inicia el grotesco. En Aranjuez, por la influencia rococó, lo que hay son las fiestas, fêtes, champêtres, galantes. Aunque ya nuestros clásicos, el precioso Zabaleta apunta, con la sola exigencia de requerir del flemático, “quédase en la silla con el mismo sosiego que si estuviera en un tapiz”.
El divertissement aparece en la entrada y salida de los personajes, en el telón de fondo con estrellitas de tarlatana y con parches de tafetán como lunarejos. Pero en estos divertimentos de Eliseo Diego, uniéndose el grotesco con la fiesta, es la inteligencia tierna la que hace la estampa de lo que le rodea para deslizada en el recuerdo.
Estos divertimentos muestran la delicia de sus mezclas. Si aparece el tapicero, se recorta un abismo que le sirva de acompañante. El borrón se esboza al lado de cada figura, el pastelero, el jamaiquino, el tapicero, como un pintor que sitúa el amarillo cerca de un negro para que la luz no se irrite. Cuando el monstruo, al gusto del Dean Swift,[3] alza en su mano el barco, Jacques se entretiene con la vellosilla. Paseos del garzón ensimismado por la juguetería.
Entresaquemos de nuevo la palabra fiesta. Y celebrémosla. Fiesta para este libreto de Eliseo Diego. La de este cristal que ha cortado tan finamente el contorno de su adolescencia. Paseándose con unos recuerdos precisos, con la cabeza en la mano como en un carnaval romano. Y, sobre todo, la aparición de su prosa y de sus humores, con un sosiego, con una sobriedad calmosa que revelan el diseño de su adolescencia y la doma de su fiebre.
En el principio, dicen los Vedas, era el Niño de Oro. Si hay también las deslizadas cautelas del número de oro, cómo no recoger por su lección graciosa e inesperada, los compases de una visión que se reconoce por un toque ligero, huidizo. Hay una medida de niñez que el maduro tiene que alcanzar de nuevo para que su número de oro no se convierta en inscripción de hipogeo.
Una de las sorpresas de estas diversiones de Diego es su ligereza para situar el acompañamiento o la respuesta del coro en el que sobresale el ventrílocuo. Si utiliza a cantantes retiradas de la escena o a viejecillas con censuras dietéticas, no es para mostrar su boca cavernosa en un fuerte trazo goyesco, sino prefiere inventar el aparato de los aplausos (la uniformidad de los aplausos con guantes de goma, como en el cuento de Supervielle,[4] inicia las sospechas), o la fineza senil que sueña con la épica decisión de los garbanzos. Así también las hormigas frente al zapato viejo, sus ojos frente a aquella materia sentida como monstruosidad, “dos montes sin nombre ni contorno, dos cosas que según las hacen sus ojos numerosos jamás podrá soñarlas nuestra razón delirante”.[5]
El haber superado que la negrura o soplo de la atmósfera supere al peso en sí de sus protagonistas, le presta al libro su salud, la cordialidad de su tono que utiliza el susto, pero no el terror ni lo terrible. Un abismo, la cabra fosforescente, el vertedero aparecen como dramatis personae, como deliciosos elementos de composición.
La complacencia que me ha entregado este libro de Eliseo Diego, solo puedo compararla a la de algunos festivales nocturnos levantados por Zabaleta o a la del baile sorprendido por Alain Fournier.[6] Su fragancia y su pureza han creado una fauna bruñida por el rocío. No conozco, en la historia de la prosa cubana de los últimos veinte años, un libro de tanta claridad hechizada.
Tomado de Orígenes. Revista de Arte y Literatura, a. III, no. 10, La Habana, verano de 1946, pp. 45-46.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Eliseo Diego: Divertimentos, dibujos de Roberto Diago Querol, La Habana, Ediciones Orígenes, 1946.
[2] Roberto Diago Querol (1920-1945).
[3] Jonathan Swift (1667-1745).
[4] Jules Supervielle (1884-1960).
[5] Eliseo Diego: “De los zapatos viejos”, Divertimentos, ob. cit., p. 25.
[6] Alain-Fournier, seudónimo de Henri-Alban Fournier (1886-1914).

