LA IDENTIDAD COMO ESPIRAL [1]

Mecanuscrito en tinta negra, con enmiendas y tachaduras hechas en máquina de escribir y también a mano.

1. La palabra latina idem, de la que proceden “idéntico” o “identidad”, significa “lo mismo” como término de comparación o referencia, no como condición de ser. Según el Diccionario, se dice idéntico “de lo que en substancia y accidente es lo mismo que otra cosa con que se compara”. Filosóficamente, sin embargo, el llamado “principio ontológico de identidad” (A=A) significa que toda cosa es igual a ella misma, o ens est ens, de donde se deriva el llamado “principio lógico de identidad”, teniendo ambos en común que no admiten contradicción en sus términos.

2. Ahora bien, cuando hablamos de “identidad cultural” no podemos referirnos a una invariabilidad ontológica, ni menos lógica, pues “lo cultural” se sitúa totalmente en el devenir, fuente de todos los cambios y contradicciones. ¿A qué identidad, entonces, nos referimos? Personalmente he preferido, cuando he intentado caracterizar “lo cubano” en sus expresiones poéticas sucesivas[2] o en las manifestaciones de su eticidad histórica,[3] hablar de “modos de ser”, no de modos del ser, o de un ser claramente definible, si bien la intencionalidad gnoseológica de estas búsquedas resulta inocultable. Para no renunciar a ella ni pasarla, por así decirlo, de contrabando, para, en una palabra, legitimarla, quizás nos sea más útil, no el sentido filosófico ni lógico, sino el sentido etimológico y coloquial de la palabra identidad, en cuanto supone la comparación de una cosa con otra que, en este caso, es su propio desideratum.

3. Identidad cultural no sería, entonces, coincidencia inmutable de un ser, consigo mismo, sino el máximo parecido posible de una manifestación expresiva con el proyecto creador que en ella va implícito. Quizás, por eso, intuitivamente, solemos equiparar “identidad” con “raíces”, porque en el concepto de estas coinciden la idea de fundación con la de un desarrollo. Quien dice raíces dice tronco, ramas, flor y frutos, a saber, nuevas fecundaciones. El proyecto creador (que pertenece a la comunidad, ya que no es invención particular de nadie) con el que nos “identificamos”, con el que nos “re-conocemos”, es precisamente el de una interminable fecundación a partir de unas raíces que cada vez quieren acercarse más, parecerse más, ser más idéntica a su propia flor, a su renaciente fruto. Y si utilizamos, además, en lugar de “raíces”, las voces “herencia” y “legado”, también la acepción forense de “identidad” puede servirnos en cuanto “el heredero”, según esa acepción, “se tiene por una misma persona con el causante de la sucesión”. Solo que en nuestra lectura la sucesión ya no es meramente individual, sino colectiva, y lo que al “heredero” y al “causante” los identifica como comunidad histórica, junto al legado de sus propias raíces, es el futuro de ellas.

4. Lo que mejor nos identifica, pues, nuestra más creadora identidad, no puede ser únicamente un catálogo de “logros”, de realizaciones, de paradigmas. Sin desdeñarlos, la identidad está más cerca de la utopía que de la consagración. La identidad no es un hecho consumado. Ejemplo máximo, José Martí. Si sabemos que en él está nuestra realización mayor, es porque históricamente no pudo consumarse, porque cada día aparece en nuestro horizonte. El proyecto comunitario del que fue mentor y apóstol, es decir, vocero y delegado hasta la muerte, donde los sueños de Varela y de la Luz llegan hasta la hipertelia de Lezama, es decir, siempre más allá, nos propone barrer la casa de baratijas archivadas y llenarla de una luz desconocida. Ese es el proyecto: una luz desconocida. Allí podremos estrenar todos los días una décima de El Cucalambé y un pensamiento de Sócrates, la intensidad reminiscente de una danza de Lecuona[4] y … lo que gustéis. Las raíces, en lo oscuro. La flor, inesperada.[5] El fruto, quién sabe hasta dónde. El tambor batá dialoga con la guitarra de mi hijo,[6] y eso es algo más que mestizaje, algo más que sincretismo: eso es identidad como espiral, como sorpresa, como esperanza. Como conquista de nosotros mismos. Apartémonos de ese teatro en que todos somos extranjeros, de la vergüenza del falso guateque, del museo en que el goterón sobre la hojaza de la mañana ocupa una tarjeta.
Que no se pierda eso que Lezama llamó “lo maravilloso natural”[7] donde sobrenada la cultura, el diálogo riente de los dioses y con ellos. No definir:[8] iluminar. Y ser iluminados. No solo heredar: crecer.

5. A lo que más nos parecemos es a un perenne nacimiento, llámese gestación o dialéctica lo que lo hace posible. Del Pacto del Zanjón nacieron la Protesta de Baraguá y el Partido Revolucionario Cubano. A la injerencia norteamericana respondieron los primeros jóvenes que hicieron ondear en el asta marxista la bandera del antimperialismo martiano, idéntica a la bandera de la patria.[9] Del fracaso de la Revolución del 30 surgió una edad de oro para nuestra cultura letrada y popular, y nació la Generación del Centenario. Ante el desplome y la desaparición del campo socialista, se comprende que muchos desconocedores de nuestra historia hayan vaticinado y esperado también nuestro próximo desplome. Ignoran la costumbre que tenemos, no solo de resistir, sino sacar el mejor partido de las adversidades, de renacer o crecer en ellas. Esa costumbre no es solo una tradición, es una característica de nuestro proyecto, se parece a nosotros, nos parecemos a ella, es parte y función vital de nuestra identidad. De ahí que en pleno “período especial”, en medio de la ruina visible de nuestras ciudades, y como el mejor medio de defender las cuotas de justicia irrenunciables, estamos comenzando de nuevo por el replanteo de la necesaria originalidad de una Revolución cuyas raíces fundamentales están en nuestra historia; por la comprensión de que la inevitable salida de Cuba a las realidades del mundo controlado por la hegemonía de Estados Unidos es una prueba de fuego sin la cual la Revolución Cubana no podría estar segura de su viabilidad histórica; por la convicción, en fin, de que, para hacerle frente a este que podemos llamar tiempo de sumos peligros y tentaciones, y en general para darle un sentido ético, dinámico y creador a nuestra resistencia, que es la forma militante de nuestra identidad, no existe mejor inspiración y guía que la obra, la enseñanza y la persona misma de José Martí.

6. Finalmente, nos preguntamos si de los complejos fenómenos del exilio y de las emigraciones, que a veces diríanse más bien trasplantes culturales, de la dolorosa partición de nuestra sociedad, de nuestras familias, no habrá de resultar un nuevo crecimiento. Del Estado podemos disentir; de la nación, en cuanto es un pueblo asentado en un territorio, podemos alejarnos; pero la nacionalidad, que en definitiva es la cultura en su más amplio sentido, nos une a todos. Que los portadores de esa cultura, al emigrar, adopten o incorporen otros contenidos, experiencias, costumbres y sabores, no le quita necesariamente su unidad y puede añadirle diferencias enriquecedoras o empobrecedoras, sin que descontemos un margen, a la larga, de desarraigos totales e irreversibles. Reiterando nuestro ejemplo, máximo también en el plano artístico-literario, el escritor José Martí solo extrajo beneficios de su contacto con la cultura norteamericana. Sin haberse convertido, como algunos pretenden, en un “producto” de esa cultura, libremente incorporó de lo mejor de ella dimensiones filosóficas (Emerson), nuevos espacios poéticos (Whitman) y reguladores estilísticos de la propia lengua que enriquecieron su pensamiento y desplegaron y tensaron los registros de su verbo. No fue un caso único, y está por estudiar a fondo el influjo positivo y negativo de la literatura norteamericana en la cubana, como se ha estudiado la fecunda interrelación de ambas culturas en el ámbito de la música. Pero ampliando el radio de nuestras consideraciones hasta lo que entendemos en estas líneas por cultura nacional, nos preguntamos: Ustedes, los cubanos que no han dejado de serlo en su corazón y que no viven en la Isla, y nosotros, los que aquí seguimos viviendo en tan distintas circunstancias, ¿no somos ya de hecho sustentadores e impulsores diversos de una única nacionalidad, de una sola cultura nutrida de identidades y de diferencias?

7. Históricamente no hemos admitido nunca la adversidad estéril, el sufrimiento inútil. De todo este dramático proceso, más que cicatrices que se vayan borrando y olvidando, más que reajustes razonables de perspectivas mutuas y de acuerdos prácticos, aunque todo ello sea tan deseable, debieran nacer otras espirales de esa identidad que nos mira desde los ojos de nuestros fundadores y también, con extraña vehemencia, desde los ojos de nuestros desconocidos descendientes. Ojalá que sepamos ser el puente de ambas miradas, y que nuestros diálogos puedan auspiciar para todos una Cuba siempre fiel a sí misma, y, siguiendo la vocación de su propia identidad, siempre mayor que ella misma.

Cintio Vitier

4-11-95


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] Mecanuscrito en tinta negra, con enmiendas y tachaduras hechas en máquina de escribir y también a mano. El texto fue leído durante el II Encuentro la Nación y la Emigración, celebrado en La Habana, el 4 de noviembre de 1995. Se publicó por primera vez en la revista La Gaceta de Cuba, La Habana, enero-febrero de 1996, pp. 24-25.

[2] Véase Cintio Vitier: Lo cubano en la poesía (1958), en Lo cubano en la poesía. Edición definitiva; prólogo de Abel E. Prieto, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1998.

[3] Véase Cintio Vitier: Ese sol del mundo moral, para una historia de la eticidad cubana, 1ra edic., México, D.F., Siglo XXI editores, 1975.

[4] Ernesto Lecuona Casado (1895-1963).

[5] “Trabajo como una oscura raíz, para que arriba haya flor. Nada sé. Trabajo. Como la raíz no ve la flor, no veré yo mi triunfo. ¿Qué es triunfo sino flor que no se ve? Y si mi trabajo no da flor. Pero trabajo, haya flor o no, y este es mi triunfo, trabajar en lo oscuro, ignorado, para que arriba pueda vibrar una flor invisible”. (Samuel Feijóo, Ariel, año VII, 2004, no. 1, p. 19).

[6] Sergio Vitier García Marruz (1948-2016).

[7] José Lezama Lima: Paradiso. Edición crítica, coordinador Cintio Vitier, Madrid, Cátedra, 1988, p. 433.

[8] “Definir es cenizar”. (José Lezama Lima. Citado por Manuel Pereira: “El curso délfico”, en Paradiso. Edición crítica, ob. cit., p. 641).

[9] Véase Cintio Vitier: “Hacia un marxismo martiano”, Lecciones cubanas (1990), Obras 11. Estudios y ensayos; prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2014, pp. 394-405.